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GRAVATAG

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Summary

Una joven de Ciudad de México, estudiante de ciudad universitaria, tenía poderes sobrenaturales que contenían el poder de la gravedad, esa era la joven llamada zanery o tambien llamada gravatag descubrió que sus poderes provenían de los anunnaki, que muy pronto se convertirá en la defensora de toda la ciudad de México, una joven valiente, una mujer con miedos, pero nunca se dará por vencida, porque ahora su deber es proteger a los ciudadanos y proteger a sus seres queridos, de una amenaza cósmica a escala universal.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Sombras sobre Ciudad Universitaria

© 2025 NSTUDIOS :Francisco Méndez

Todos los derechos reservados.

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de este libro,

su almacenamiento en un sistema informático, o su transmisión en cualquier forma

o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, grabación o cualquier otro,

sin el permiso previo y por escrito del autor.

Primera edición: 2025

Ciudad de México, México

Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos

son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.


Para todos aquellos

que han sentido el peso del mundo sobre sus hombros,

y aun así deciden levantarse y luchar.

A los soñadores que creen en lo imposible,

y a quienes están destinados a cambiar el destino de la humanidad.

“PROLOGO”

Ciudad de México. Un corazón que late sin cesar, iluminado por mil luces

y oscurecido por secretos que pocos imaginan.

Bajo su cielo contaminado se tejen historias de amor, miedo y esperanza.

Pero esta vez, algo más profundo se gesta en sus entrañas.

Algo que el mismo universo ha decidido poner a prueba.

Zanery no lo sabe aún, pero está a punto de convertirse en la chispa

que incendiará un destino mucho más grande que ella misma.

Así comienza la historia de Gravatag,

la guardiana que no pidió serlo,

la heroína que el mundo necesita,

y cuyo poder atraerá amenazas que superan la comprensión humana.

Porque cuando los velos del universo se corren,

no hay vuelta atrás...




GRAVATAG



Introducción a Zanery

Página 1

Zanery Merino caminaba por las calles empedradas del centro histórico de la Ciudad de México. El sol se filtraba a través de los árboles, iluminando los adoquines con un brillo cálido. Era una mañana tranquila, sin prisas ni preocupaciones. Solo el canto de los pájaros y el murmullo lejano de la gente rompían el silencio de la ciudad despierta.

Caminaba con un ritmo relajado, disfrutando del aroma a café recién hecho y pan horneado que salía de las cafeterías cercanas. Las personas que pasaban a su lado la saludaban con una sonrisa, y Zanery respondía con un gesto amable. Todo parecía perfecto para un paseo sin prisas, un momento para pensar y disfrutar de la vida.

Con 23 años, Zanery era una joven de cabello largo y negro que caía en cascada por su espalda. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que parecía ver más allá de lo evidente.

Estudiante de la UNAM, su vida era un delicado equilibrio entre los estudios y su pasión por la historia. Le fascinaban los grandes eventos y personajes del pasado, y sentía que el conocimiento de la historia le ayudaba a comprender mejor el presente.

Curiosa y analítica, Zanery siempre buscaba respuestas y soluciones a los problemas que se le presentaban. Aunque tranquila y reservada, su humor seco y sarcástico solo se mostraba ante unos pocos privilegiados.

Pero había algo que la hacía diferente. Algo que la conectaba con un mundo más allá del suyo. Desde niña, había sentido que existía algo más allá de la realidad cotidiana, una sensación persistente de que no encajaba del todo en el mundo que la rodeaba.

Zanery intentó ignorarla, pensando que era una fase o producto de su imaginación hiperactiva. Sin embargo, la sensación nunca desapareció. Cada vez más, sentía que estaba perdiendo el control sobre su vida.

Página 2

De repente, un hormigueo recorrió sus dedos, como si una corriente eléctrica fluyera por su cuerpo. Se detuvo, observando sus manos sin encontrar nada extraño. La sensación se intensificó y un ligero mareo la obligó a apoyarse en una columna cercana.

Cerró los ojos, intentando calmarse, mientras la gente pasaba preocupada a su alrededor. Zanery les hizo un gesto leve: estaba bien. No quería llamar la atención ni que nadie supiera lo que estaba ocurriendo.

Cuando abrió los ojos, se encontró en un lugar desconocido. La habitación era oscura y silenciosa, con paredes de piedra y un techo abovedado. No tenía idea de cómo había llegado allí ni qué sucedía.

Una luz suave y difusa iluminaba el espacio, proyectando sombras que bailaban en las paredes. Se sintió desorientada, atrapada en un sueño que parecía real, y un escalofrío recorrió su espalda.

De repente, una luz brillante llenó la sala. En el centro, apareció una figura: una mujer anciana, con cabello blanco y ojos que parecían atravesar el tiempo.

La mujer se acercó y habló con voz suave y melodiosa:

—Zanery, tienes un don. Un don que te permitirá controlar la gravedad y doblar el espacio a tu voluntad.

Zanery se quedó sin palabras, confundida y asustada. La mujer sabía más de ella que ella misma.

El silencio llenó la habitación. Zanery respiró hondo, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Su corazón latía con fuerza, mezclando miedo y emoción. Todo lo que había conocido hasta ahora parecía insignificante ante la magnitud de aquel descubrimiento.

Por primera vez, la sensación que había sentido toda su vida tenía un nombre: un don, un poder que estaba a punto de cambiarlo todo.

Zanery se quedó en silencio, mirando a la mujer. Sus pensamientos giraban sin cesar: ¿cómo podía controlar algo tan increíble? ¿Qué significaba todo esto para su vida?

El mundo que conocía estaba a punto de expandirse más allá de lo imaginable, y con ello, la aventura de su vida apenas comenzaba.



Página 3

🌌 CAPÍTULO 1

Sombras sobre Ciudad Universitaria

La Ciudad de México dormitaba bajo un cielo pesado, cubierto por nubes que parecían arrastrar siglos de secretos. Sobre los edificios modernistas de Ciudad Universitaria, el viento danzaba con hojas secas, murmurando historias antiguas que nadie más escuchaba.

Zanery caminaba sola por los pasillos de la Facultad de Química. Sus pasos retumbaban en el suelo pulido, resonando en corredores vacíos iluminados apenas por luces fluorescentes. A esa hora —pasada la medianoche— solo quedaban custodios somnolientos y estudiantes rezagados que huían del insomnio resolviendo cálculos imposibles.

Ella no estaba ahí por tarea alguna.

Estaba ahí porque algo la llamaba. Algo que ardía en lo profundo de su pecho cada vez que se acercaba a estos laboratorios, donde se rumoraba que científicos financiados en secreto por el gobierno experimentaban con energías más allá de toda comprensión humana.

Se detuvo frente a un ventanal que daba a un patio interior. Las luces del campus se reflejaron en sus ojos oscuros, pero por un instante —apenas un parpadeo— un leve resplandor púrpura atravesó su iris. Zanery parpadeó, respiró hondo. Aquello ocurría cada vez con más frecuencia.

Acarició la superficie de una columna de piedra volcánica. Sintió cómo la gravedad a su alrededor fluctuaba levemente, como si el mundo dudara durante una fracción de segundo. Era sutil, pero suficiente para confirmar lo que temía: su don estaba creciendo. O quizás… desbordándose.

—No aquí… —murmuró para sí misma, cerrando los ojos. Intentó calmar la pulsación en su sien.

No era momento ni lugar para dejarse llevar.

Al otro lado del campus, una figura recorría un pasillo sin encender linterna. Éric Domínguez, con bata arrugada, ojos inyectados de obsesión, cargaba un maletín metálico que sostenía como si llevara dentro la mismísima clave del universo.

Se internó en un laboratorio marcado con un letrero oxidado:

Página 4

“Área restringida. Proyecto Cuántico 27.”

Dentro, cables gruesos reptaban por el suelo como víboras, conectados a un cilindro transparente rodeado de bobinas. Paneles brillaban con datos imposibles de seguir. Un zumbido eléctrico se extendía por el piso, haciéndolo vibrar como el preludio de un terremoto.

Éric exhaló, se quitó la bata y dejó ver un traje ceñido con circuitos incrustados que pulsaban tenuemente en azul. Colocó el maletín sobre una mesa de acero, lo abrió, y reveló un corazón energético palpitante. Una miniaturización de un reactor que ningún gobierno admitiría haber financiado.

—Hoy dejamos de ser esclavos de las leyes naturales… —dijo, su voz cargada de un fervor que rayaba en locura.

Activó un panel. El cilindro chisporroteó. Rayos azulados saltaron de las bobinas, recorrieron su traje, treparon por su cuello hasta sus sienes.

Éric gritó. No de dolor. Sino de júbilo.

En otro punto del campus, Zanery se estremeció. El aire cambió. Se hizo pesado, casi opresivo. Como si un imán gigante hubiera sido activado en las entrañas de la Tierra.

—¿Qué demonios están haciendo? —susurró.

Y sin pensarlo más, salió corriendo hacia el origen del temblor. Cada zancada aumentaba la sensación de que la gravedad misma se doblaba bajo sus pies.

Página 5

Zanery corría sin detenerse, ignorando las miradas curiosas de un par de estudiantes trasnochados que la vieron pasar como un borrón negro y púrpura. Al doblar un pasillo, su respiración se detuvo: el aire parecía más denso, como si el concreto estuviera a punto de colapsar por un peso invisible.

El edificio 27 surgió frente a ella, con sus ventanas vibrando tenuemente. Desde dentro escapaban destellos azules, breves relámpagos que bailaban tras el vidrio.

—¿Qué carajos…? —murmuró.

Cruzó la puerta con un leve empujón gravitatorio; las bisagras cedieron sin resistencia, el metal casi se deformó. Entró a un corredor que olía a ozono quemado y metal fundido. Los tubos fluorescentes del techo titilaban, moribundos.

De pronto, un chillido rompió el silencio. No era humano. O quizá sí, pero deformado por algo que retorcía la propia naturaleza.

Siguió el sonido hasta llegar a un gran salón central. Ahí lo vio.

Éric Domínguez estaba suspendido en el aire dentro del cilindro de vidrio. Su cuerpo arqueado en una postura imposible, los brazos abiertos como crucificado por fuerzas invisibles. Rayos eléctricos saltaban de su pecho a los aparatos alrededor, chisporroteaban, se retraían, regresaban a él.

Su rostro era una máscara de éxtasis.

Sus ojos completamente blancos.

Su boca abierta en un grito silencioso.

Zanery apenas respiraba. Podía sentir cómo el campo magnético del lugar luchaba contra su propio dominio gravitatorio. Algo le susurraba que Éric no estaba absorbiendo energía. No, era algo peor.

Él la estaba devorando.

—¡Éric! —gritó, sin saber por qué. Su voz rebotó en las paredes de concreto.

Por un instante, Éric pareció escucharla. Su cabeza se inclinó, sus pupilas regresaron por un segundo, enfocándola. Luego sonrió. Una sonrisa rota, desprovista de humanidad.

—Zanery… siempre fuiste especial. —Su voz sonaba metálica, modulada por un millar de estáticas.

—Detén esto antes que—

Pero nunca terminó la frase.

Página 6

El cilindro explotó en un estallido de luz azul que la arrojó varios metros hacia atrás. Zanery rodó por el suelo, cubriéndose el rostro. El calor era insoportable. El aire vibró, se comprimió y luego se expandió con un rugido sordo.

Cuando logró abrir los ojos, Éric estaba de pie en medio de un cráter fundido. Chispas danzaban sobre su piel, sus venas parecían hilos luminosos bajo la carne.

—Ahora lo entiendo todo —dijo él, casi con dulzura. Levantó la mano y la electricidad brincó entre sus dedos como un títere obediente—. La energía… la gravedad… están encadenadas. Y yo tengo la llave.

Zanery sintió cómo su propia gravedad fluctuaba, tirando de ella hacia Éric. Como si él fuera un nuevo centro de masa. Algo más que humano.

Intentó resistir, pero su cuerpo se inclinó involuntariamente. Sus poderes respondían a aquel magnetismo brutal. Su estómago se retorció.

—Éric… no sabes lo que haces.

—Claro que lo sé. ¡Estoy despertando! —y con un gesto violento, lanzó un rayo directo a los controles del laboratorio.

El edificio tembló. Luces de emergencia parpadearon. Una alarma distante comenzó a sonar, un lamento rojo que presagiaba el colapso.

Zanery entendió, en un destello brutal de certeza, que esa noche terminaría con Ciudad Universitaria reducida a ruinas… o algo peor.

Así que hizo lo único que podía. Cerró los ojos, inhaló hondo, y dejó que su propia gravedad explotara desde su núcleo. El suelo se deformó bajo sus pies. El polvo se elevó en pequeños torbellinos. Todo el laboratorio comenzó a vibrar en torno a ella.

Cuando abrió los ojos, sus pupilas brillaban con un púrpura profundo.

Y por primera vez en su vida, Zanery no contuvo nada.

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