Padre, ¡No Es Lo Que Usted Cree! by Roberto Liberman at Inkitt
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Padre, ¡no es lo que usted cree!

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Summary

En un colegio religioso marcado por la solemnidad y la censura, Roberto, un muchacho de catorce años, es sorprendido mostrando una revista “Playboy” a sus compañeros. El incidente desata la furia moral de sus superiores. Entre sermones, castigos y carcajadas, la historia pasa del miedo al ridículo, y del ridículo a la libertad. “La Revista Prohibida” es una mirada irónica y tierna a la adolescencia, a la hipocresía de los adultos y al poder liberador de la risa.

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Padre, ¡no es lo que usted cree!

Capítulo Primero

Parte Uno: En la Oficina del Rector (1974)

Lo primero que notó Roberto fue el silencio. No era un silencio apacible, sino uno tenso, que acechaba. Que juzgaba.

Solo después de cruzar el umbral se atrevió a levantar la mirada.

La oficina del Rector en el Colegio Santa Cruz parecía diseñada para hacer sentir pequeños a los alumnos. La luz del sol se filtraba por los altos ventanales, pero no lograba suavizar la solemnidad del lugar. Los muebles de caoba se imponían contra las paredes. En el centro, el enorme escritorio parecía menos un mueble que el estrado de un tribunal.

A un lado estaba el Padre Felipe, con los brazos cruzados y el rostro impenetrable.

Roberto se quedó junto a la puerta. No sabía si debía avanzar o esperar una orden. Sus zapatos producían leves chasquidos involuntarios contra el piso encerado.

Entonces el Rector Alfonso rompió la quietud.

—Roberto, ¿tiene alguna explicación para lo que se nos ha comunicado? Que hoy, una vez más, se ha comportado de manera altamente indecorosa en el aula, mostrando a sus compañeros una revista lasciva procedente de los Estados Unidos. Dígame, ¿es cierto esto?

Roberto tragó saliva. Tenía la garganta seca.

—Padre Rector, con todo respeto, yo no la traje. Nunca tuve la intención de causar…

—No evada la pregunta —lo interrumpió el Padre Felipe—. La revista estaba en sus manos y varios alumnos fueron testigos. Reconózcalo: fue usted quien se las mostró.

Roberto bajó la mirada. Sus dedos se tensaron a los costados del cuerpo.

—Padre… sí, la revista estaba conmigo —balbuceó—, pero no era mía. Y si alguien la vio, fue apenas una hojeada rápida… sin detenerse mucho.

El Padre Felipe dio un paso hacia adelante.

—¿“Sin detenerse mucho”… y no era suya? No subestime nuestra inteligencia, Roberto. Yo mismo examiné la revista. Es una Playboy. Nueva. De este mismo año. Un ejemplar así no pudo haberse adquirido en Chile. Solo pudo haber llegado al país desde el extranjero.

Dejó que sus palabras se asentaran.

—Y dígame, Roberto… ¿quién acaba de regresar de los Estados Unidos?

Roberto se quedó inmóvil, con la vista clavada en el suelo.

El Rector Alfonso se inclinó hacia adelante.

—¡Responda! Si no fue usted, ¿quién la trajo? ¿Quién tuvo la osadía de introducir semejante inmundicia en esta institución sagrada?

—Yo... yo no lo sé —susurró Roberto—. Tal vez alguien más…

—¡No nos mienta, muchacho! —exclamó el Padre Felipe, golpeando el escritorio con fuerza.

—Cada mentira solo aumenta su vergüenza. Esto no fue un accidente. Usted trajo esa revista a Chile. La puso en manos de sus compañeros. Contaminó sus mentes con imágenes impuras que ofenden la decencia y se burlan de la dignidad de la mujer, de la familia y de Dios mismo.

El rostro del Rector Alfonso se enrojeció.

—Primero trae teorías evolutivas, desafiando las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia. ¿Y ahora esto?

—¡Mujeres desnudas, poses indecentes, suciedad que amenaza los cimientos de la moral! ¿Qué será lo próximo, Roberto? ¿Drogas? ¿Armas? ¿Ha decidido convertirse en un agente de corrupción dentro de este colegio?

Roberto negó rápidamente con la cabeza.

—No, Padre Rector, por favor… no quise hacer daño, lo juro.

—¿No quiso hacer daño? —replicó Alfonso—. ¡Exhibe pornografía ante muchachos impresionables! ¡Traiciona la confianza de las familias que nos confían a sus hijos! ¿Cree que esto es un juego? ¿Le parece divertido corromper a los demás?

La mirada del Padre Felipe permanecía fija sobre él.

—Sus compañeros nunca olvidarán lo que les mostró. Usted abrió la puerta a la corrupción. Aunque alegue inocencia, sembró veneno en sus mentes. Ese será su legado.

—Admita que esta revista era suya —dijo el Rector Alfonso, marcando cada palabra—. Confiese ahora, o enfrentará consecuencias mucho más graves.

El pecho de Roberto volvió a oprimirse. El aire le faltaba.

—Sí… Padre Rector… sí, la traje…

—Pero le juro que no fue para hacerle daño a nadie. Solo… quise mostrarla. Pensé que era inofensiva.

El Rector Alfonso golpeó el escritorio con la palma de la mano.

—¿Inofensiva?

—¡La pornografía nunca es inofensiva! Destruye el respeto, la disciplina y el honor. Se burla de todo lo que este colegio representa. Deshonra a su familia, a esta institución y a su propia alma.

El Padre Felipe se acercó un paso más.

—Así que finalmente admite que la trajo de su viaje.

—Entonces la compró.

—Con todo respeto, Padre Felipe… yo no compré la revista.

El Rector Alfonso intervino de inmediato.

—¿Entonces qué? ¿Simplemente la robó?

—¡No! —respondió Roberto, elevando la voz por primera vez—. No la robé, Padre Rector.

—Con el mayor respeto… nunca tomaría algo que no es mío. Ni aunque nadie estuviera mirando.

El Padre Felipe lo observó con severidad.

—Curioso. —Primero niegas ser el dueño, ahora niegas haberla robado…

El Rector Alfonso desvió la mirada hacia el Padre Felipe.

—Me temo que estamos ante un mentiroso compulsivo.

—¡Juro sobre la Biblia que ni la compré ni la robé! —exclamó Roberto, desesperado.

—¡¿Cómo se atreve a jurar sobre la Biblia por una revista llena de suciedad y perversión?! —tronó el Rector.

—Perdóneme, padres… —dijo Roberto, tropezando con las palabras—. La verdad es que fue un regalo de despedida de mis amigos americanos. La dejaron en mi casillero después de la práctica, la noche antes de mi regreso a Chile.

—Mentiras… más mentiras para cubrirse —dijo el Padre Felipe, negando con la cabeza.

—Si no me creen… puedo probarlo —replicó Roberto rápidamente.

Los dos sacerdotes lo observaron.

—En el centro hay un póster desplegable de la señorita Farrah Fawcett. Ábranlo y verán una dedicatoria escrita sobre… sobre uno de sus pechos. Los nombres de mis amigos de Estados Unidos también están allí, exactamente donde le dije, Padre Felipe… sobre… sobre el izquierdo.

El silencio que siguió fue absoluto.

El Padre Felipe se quedó inmóvil unos segundos, estudiando a Roberto.

Sin decir una palabra, tomó la revista.

Pasó las páginas lentamente hasta encontrar el póster desplegable.

La habitación contuvo la respiración.

Finalmente, el Rector Alfonso rompió el silencio.

—Bien, Felipe… ¿existe o no esa dedicatoria?

El Padre Felipe mantuvo los ojos fijos en el papel brillante

—Sí… sí, hay una. La lista de nombres se lee con claridad, pero el contenido de la dedicatoria, incluso en inglés, es altamente cuestionable.

—Esos amigos incitan a este joven al goce corporal y al desenfreno mientras hojea la revista. El mensaje es inequívoco, Padre Rector; no hay duda.

Roberto sintió que el rostro le ardía.

—Sí… es verdad, y lamento profundamente el contenido de esa dedicatoria. Pero ellos solo estaban bromeando, Padre… es humor americano. Con todo respeto, no debería tomarse literalmente.

Los ojos de Alfonso se endurecieron.

—Humor americano o no, Roberto, eso no te absuelve.

—Traer semejante material… y presentarlo como un “recuerdo inocente” a tus compañeros… revela una falta de criterio alarmante, casi enfermiza, que no puede ignorarse.

—Exactamente —añadió el Padre Felipe, doblando nuevamente el póster con cuidado meticuloso—. Y ahora díganos, Roberto, ¿qué lo llevó a traer esta revista aquí? ¿Qué esperaba conseguir?

—Padre… yo… solo quería conservarla como recuerdo de esos amigos. No pensé que sería un problema.

—¿Un “recuerdo”? Eso no justifica la inmoralidad. A tu edad, deberías ya saber que es altamente inapropiado y una ofensa a tu conciencia y a Dios.

—Lo siento muchísimo, padre… de verdad, no quise causar problemas… no pensé… —susurró Roberto, con la voz quebrándose.

—No pensó. Exactamente. Nunca piensa —dijo el Rector, inclinándose hacia adelante—. Imprudente. Insolente. Vanidoso. Se cree astuto… trayendo revistas a escondidas, difundiendo teorías de monos y hombres… pero no es más que un muchacho embriagado de arrogancia.

El Padre Felipe dejó escapar un largo suspiro.

—Que esto le sirva de lección, Roberto. Las intenciones no borran la realidad.

El Rector asintió lentamente.

—Cada error tiene consecuencias… y es usted quien debe enfrentarlas.

Roberto sintió el peso de aquellas palabras.

El Rector Alfonso levantó una mano hacia el techo, hablando como si pronunciara un sermón.

—Incluso el Hijo de Dios supo perdonar a los indignos. A usted también se le concederá una única oportunidad. Pero escuche bien, muchacho; la cuerda ya está al límite. Vuelva a desviarse y ni siquiera Cristo mismo podrá interceder por usted. Será expulsado sin contemplaciones.

Roberto sintió que el corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho.

Asintió rápidamente.

—Sí, Padre Rector… entiendo. Gracias por su clemencia. Le juro que no volverá a ocurrir. Haré todo lo necesario para recuperar su confianza… la suya y la del Padre Felipe.

—Su última oportunidad —dijo el Padre Felipe, con una voz fría y definitiva—. Recuérdelo bien. Un paso en falso y no volverá.

—Sí, Padre Felipe… juro que no lo olvidaré —dijo Roberto, aún con la cabeza inclinada—. ¿Puedo retirarme con su permiso y el del Padre Rector?

El Rector asintió lentamente.

—Puede irse. Pero recuerde… no habrá otra oportunidad.

Roberto giró hacia la puerta.

Su mano ya estaba sobre la manilla cuando se detuvo.

—Padre Rector… Padre Felipe…

Ambos lo miraron.

—Perdonen mi atrevimiento… pero… ¿sería posible… recuperar la revista?

El Rector no respondió. Sus ojos lo dijeron todo: imposible.

El Padre Felipe permaneció en silencio, observándolo con una frialdad que no dejaba lugar a dudas.

Roberto bajó los hombros.

—Mis disculpas… perdónenme.

Se dio vuelta y salió de la oficina.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido suave y definitivo.

Cada paso por el pasillo lo alejaba de aquel lugar, pero no de lo ocurrido.

Detrás de la puerta cerrada, la historia tomaba otro rumbo.

Capítulo Segundo

Parte Dos: La Confesión Después de la Confesión

La oficina quedó sumida en un silencio distinto.

Durante unos segundos, ninguno de los dos sacerdotes habló.

Ya no era el silencio pesado de una acusación, sino la quietud de dos hombres que acababan de terminar su representación.

El Padre Rector Alfonso se recostó en su silla y se acomodó los lentes.

Al otro lado de la habitación, Felipe permanecía junto a la puerta, con expresión divertida.

Ahora que estaban solos, podían bajar la guardia y hablar libremente sobre el muchacho que acababa de salir… y sobre todo lo ocurrido.

El Padre Rector soltó un largo suspiro.

—Eso sí que fue una escena.

Volvió la vista hacia la puerta por donde Roberto había desaparecido.

—No veía a un cabro tan asustado desde hace años.

Hizo una pausa, buscando en su memoria.

—¿Quién fue?

Chasqueó suavemente los dedos.

—Ah, sí. Martínez, el del tercero medio.

Por un instante, pareció disfrutar el recuerdo.

—Pero este muchacho de ahora… casi me quiebra los lentes del puro susto.

Felipe dejó escapar una risita y se apartó de la puerta.

—Te juro, Alfonso… parecía un conejo encandilado.

—Y las cosas que decía con esa carita de inocente…

Imitó la voz temblorosa de Roberto.

—“No quise hacerle daño a nadie”.

—A los catorce años se creen capaces de convencer hasta al mismísimo diablo para salvar el pellejo.

—¿Convencer? —dijo Alfonso—. Si apenas podía juntar dos palabras bajo mi mirada. El pobre muchacho estaba completamente paralizado.

Felipe dejó escapar otra breve carcajada.

—Y esa revista… —dijo el Padre Rector, sosteniéndola—. Casi había olvidado lo que una simple página a color puede provocar en la mente de un adolescente.

Hizo una pausa.

—Supongo que, dentro de todo, deberíamos agradecerle.

El Padre Felipe levantó una ceja.

—¿Agradecerle?

El Rector dejó la revista sobre el escritorio.

—Al menos tuvo la cortesía de traer el pecado directamente hasta mi oficina… y no quién sabe dónde más.

Una sonrisa más amplia se dibujó en el rostro de Felipe. Apoyó ambas manos en la cintura.

—¿Dar gracias, dices tú?

—Yo estaba pensando algo completamente distinto.

Se inclinó hacia Alfonso.

—Quizás la próxima vez tendremos que esconder nuestra propia colección.

El Rector le dirigió una mirada de reojo.

Felipe sonrió.

—Dios nos libre de que alguien encuentre a Farrah Fawcett entre nuestras oraciones.

Por unos segundos, la oficina se llenó de una risa que habría parecido imposible minutos antes.

El Padre Rector negó lentamente con la cabeza, aún divertido.

—Tienes el humor de un demonio, Felipe.

Volvió a acomodarse en la silla.

—Pero sí… debemos reconocer que tuvimos suerte.

Bajó la vista hacia la revista otra vez.

—Demos gracias de que fue solamente un Playboy.

Hizo una pausa.

—Y no otra filosofía moderna o…

Levantó la vista hacia Felipe.

—Dios nos libre… otra teoría de hombres-monos.

El Padre Felipe abrió los ojos con exagerada solemnidad.

—Cierto.

Se llevó una mano al pecho.

—Porque uno nunca sabe qué será lo próximo que traerán estos muchachos.

Caminó unos pasos por la habitación.

—Y pensar que antes nuestros grandes problemas eran manchas de tinta en los textos sagrados.

—Ahora nuestro gran desafío es ese torrente de hormonas disfrazado de curiosidad.

El Padre Rector se frotó las sienes y suspiró.

—Ah… la adolescencia.

Miró hacia los ventanales.

—Que Dios la mantenga bien lejos de nuestras puertas…

—Aunque debo reconocer que tiene su gracia.

El Padre Felipe llegó hasta la puerta y tomó la manilla.

—Digamos que fue una buena prueba de paciencia… y de autocontrol.

Antes de abrir, volvió la cabeza hacia el Rector.

—Pero la próxima vez…

Levantó un dedo con fingida seriedad.

—Mejor cerremos las ventanas.

El Padre Rector sonrió y asintió lentamente.

—De acuerdo, Felipe. De acuerdo.

—Bien cerradas… y bajo llave.

Parte Tres: El Santo Grial del Playboy

El vapor de las duchas todavía flotaba espeso en el aire del camarín. Los cabros se secaban con las toallas, tirando tallas y cagándose de la risa entre ellos, mientras las carcajadas rebotaban contra los casilleros metálicos.

Roberto entró con la cara seria, sintiendo aún el peso de la oficina del Rector. Intentó mantener la compostura, pero apenas se dejó caer en la banca, estalló en carcajadas.

Todas las cabezas se giraron al instante.

En segundos, los demás ya estaban alrededor suyo, oliendo que venía una buena historia.

—¡Ya, culiao! ¡Cuenta, po! —exclamó Pereira, empujándolo con el hombro—. ¿Te agarraron a combos con la Biblia o qué te hicieron?

Roberto no respondió. Se subió de un salto a la banca, infló el pecho y arrancó con la voz grave del Rector:

—“Joven Roberto… no solo ha venido a envenenar a sus compañeros con teorías gringas del hombre-mono… ¡sino que ahora pretende corromper a todos con mujeres desnudas!”

Los cabros se doblaron de la risa mientras Roberto caminaba por la banca, moviéndose como un cura furioso en pleno sermón. De pronto afinó la voz y clavó un dedo acusador.

—“Esta revista es imposible que exista en Chile… claramente la trajo usted mismo… ¡usted es la mula del demonio, transportando pecado en papel satinado!”

Soto aullaba, golpeando el locker con el puño.

—¡Te apuesto que Felipe ya la tiene escondida bajo la sotana, culiao!

—¡Csm, hueón! —saltó Rodríguez—. ¡Imagínate al viejo con la Farrah Fawcett mientras reza el rosario!

El camarín perdió el control. Los golpes contra los lockers sonaban como metralla, las toallas chasqueaban en el aire y las carcajadas llenaban cada rincón.

Roberto alzó la toalla como si fuera la revista sagrada. Elevó la mirada y volvió al tono solemne del Rector.

—“Si el Hijo de Dios concede perdón incluso a los más perdidos… usted también tendrá otra oportunidad…”

Por un instante mantuvo el silencio dramático.

Su voz cayó de golpe a un susurro rasposo, casi confidencial.

—“Pero la revista ni cagando te la devuelvo, hueón… esa weá es pa’ puro pajeo santo esta misma noche.”

La explosión fue inmediata.

Pereira terminó en el suelo, sacudiéndose de la risa y golpeando la banca con las manos, mientras Soto apenas podía mantenerse de pie.

—Seguro el Rector y Felipe están agarrándose a combos ahora mismo —lanzó Jaramillo, con voz solemne.

—“¡Me toca a mí primero, que yo soy el Rector!”

Roberto hizo una reverencia exagerada, adoptando una voz humilde y servicial.

—“Gracias, Padre Rector, gracias, Padre Felipe, con su permiso…”

Pero al segundo siguiente cambió la expresión y estalló en una rabia teatral.

—“¡Gracias las pelotas, viejos pajeros! ¡Cómprense su propio Playboy en vez de robármela, pa’ su pura calentura!”

El camarín volvió a estallar. Gritos, golpes en los lockers, toallas volando por todas partes. Alguien se persignó con exagerada solemnidad antes de doblarse de la risa.

—Hueón, esa revista no la va a ver nunca más nadie… —exclamó Soto—. Se la van a turnar como si fuera el Santo Grial.

Roberto levantó la toalla como un cáliz de misa.

—“Hermanos, olviden las hostias… esta noche comulgamos con la Farrah Fawcett. ¡Amén!”

El camarín explotó por última vez.

Lo que había sido humillación unas horas antes ahora era otra cosa: broma, código, leyenda de camarín.

Fue en medio de esa risa descontrolada, de esa irreverencia que todavía no sabía cómo nombrar, donde Roberto descubrió algo nuevo.

No era libertad.

Todavía no.

Pero era algo peligrosamente parecido.

Epílogo — Del Miedo a la Libertad

Roberto, ya con treinta y cuatro años, se reclinó en su silla mientras el zumbido nocturno de la sala de redacción se apagaba lentamente a su alrededor. Afuera, Los Ángeles seguía su propio ritmo, muy ajeno al Chile de su adolescencia: más rápido, más brillante, casi indiferente a los temores que alguna vez habían definido otra vida.

Pero la memoria tiene su propia geografía, y rara vez obedece al presente.

Lo llevó de regreso a 1974.

A la oficina del Rector.

Al olor de la madera pulida, seca y excesivamente limpia, como si la habitación misma se hubiera esforzado demasiado por parecer respetable.

A las voces severas.

A la certeza de haber sido ya juzgado.

Pero la memoria nunca se quedaba allí.

Siempre terminaba llevándolo al camarín de aquella misma tarde.

Al vapor de las duchas.

A los gritos.

A los lockers golpeados por las carcajadas.

A la risa de sus compañeros convirtiendo lo que había parecido una tragedia en algo completamente distinto.

Lo que había comenzado como humillación en un lugar se volvió otra cosa en otro. No desapareció: cambió de forma. Se volvió una historia compartida. Algo más liviano. Algo vivo.

Con los años, ambos recuerdos perdieron sus bordes más duros.

Lo que alguna vez pareció una tragedia ahora se parecía más a una escena de Chéjov: solemne, teatral y levemente absurda.

Roberto sonrió.

Aquel año había sido duro. Las sombras, largas.

Y aun así, escondido en medio de ellas, algo había comenzado.

No exactamente libertad.

Pero algo peligrosamente cercano.





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