Chapter 1 " Fue solo un sueño?"
Me encontraba al borde de un abismo.
Sentía el frío recorrer mi cuerpo, mi corazón latía frenéticamente y mis ojos estaban llenos de lágrimas. Estaba a punto de hacerlo, de “acabar con mis problemas”… o al menos eso decía la sociedad.
La gente seguramente se preguntaría: ¿por qué lo hizo? Otros, quizás, me criticarían. Pero, al final, no importa lo que haga: siempre se fijarán en mis errores, en lo bonita o fea que soy. Después de todo, son así: te hacen daño, te destruyen… y luego siguen su vida como si nada.
Creí que podría superarlo y seguir adelante, pero cuando vi cómo la persona que consideraba parte de mi familia me abandonaba solo para encajar en la sociedad… esa fue la gota que derramó el vaso. Ya me sentía completamente sola en un mundo al que no pertenecía.
Ya estaba lista para dar el siguiente paso.
Un pie ya estaba en el aire. Cerré los ojos y, justo cuando iba a saltar, escuché una voz.
—¿De verdad vas a hacerlo? —preguntó una voz masculina.
Pensé que era mi imaginación.
Pero entonces…
—¡Espera! ¡No lo hagas!
Me estabilicé en el muro y abrí los ojos.
—¿Qué quieres? —pregunté, dándole la espalda.
—Quiero evitar que cometas un error —respondió.
—¿Un error? Mejor dicho, voy a ponerle fin al error. Así que, por favor, vete y déjame en paz.
Iba a saltar, pero esta vez su mano se cerró alrededor de mi muñeca.
—¿Qué carajos quieres? —pregunté con un nudo en la garganta.
—Por favor, escúchame —dijo aquel chico.
Miré su rostro fugazmente, lo suficiente para memorizarlo.
Intenté zafarme de su agarre, pero fue en vano.
Entonces volvió a hablar:
—Sé que en realidad no quieres morir. Sé que intentaste luchar y salir adelante.
—¿Y cómo sabes eso? —pregunté, confundida.
—Puedo sentirlo.
Fruncí el ceño.
—¿Puedes sentirlo? —repetí con ironía.
—Sí. No creo que hayas tomado esta decisión de la noche a la mañana. Seguramente algo te detenía. No pareces la clase de persona que se rinde fácilmente.
—No intentes detenerme. No me conoces, no sabes por lo que pasé —dije mirando un punto fijo.
—Es cierto, no te conozco —respondió—. Pero sí creo saber cómo te sientes. Yo también estuve en tu lugar alguna vez. Quizás las razones no fueron las mismas, pero el dolor… ese sentimiento de no encajar, de darlo todo y que nadie lo note, de que solo vean tus errores… eso sí lo conozco. Sé cómo se siente gritar por ayuda y que nadie te escuche, cómo la oscuridad te atrapa cada vez más. Pero escucha: no tienes la culpa. Por más perfecta que intentes ser, siempre habrá alguien que quiera hacerte sentir menos.
—¡Entonces, qué hago! —grité.
—Juro que lo intenté todo —continué con la voz quebrada—. Pero aún no logro salir de ese lugar. Solo quiero tener una vida normal, ser feliz… Después de todo, solo soy humana.
—¿Crees que es justo? —preguntó él.
Lo miré, confundida.
—Mira hacia abajo.
Bajé la mirada. Había gente riendo, disfrutando la noche. El contraste con mi situación dolía. Desvié la vista y sentí los ojos picarme.
—¿Crees que es justo que ellos se diviertan mientras tú eres la única que sufre? —continuó—. Quizás las personas que te hicieron daño ahora estén riendo o durmiendo tranquilas, mientras tú estás aquí queriendo acabar con tu vida por culpa de lo que ellos hicieron.
Lo miré a los ojos y susurré:
—Por favor… quiero dejar de sentir este dolor en el pecho. Quiero despertar algún día y poder decir con alegría que estoy viva… sin sentirme culpable por estarlo.
—No te juzgo —dijo con suavidad—. Sé lo mucho que has luchado por llegar hasta aquí. Pero, ¿no crees que aún eres muy joven para dejar que tu historia termine así? Regresa y demuéstrales que, con o sin su ayuda, lograste cumplir tus objetivos. Y si nadie te felicita, no importa: tú sabes lo mucho que te costó. Si alguien se fue sin explicación, déjalo ir. Quizás quedarse te habría hecho más daño. Muy pronto encontrarás un lugar donde puedas ser libre… y esta vez, no estarás sola.
—Así que, por favor, ¿puedes bajar? —preguntó extendiendo su mano.
Sus palabras encendieron una chispa dentro de mí.
Yo quería vivir.
Estiré mi mano lentamente, hasta que la suya la tomó.
Él me ayudó a bajar sin dudarlo. Apenas mis pies tocaron el suelo, me arrodillé y rompí en llanto. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura. A pesar del frío de la noche, los brazos que me rodeaban eran cálidos. Me sostenía contra su pecho de una forma que me hacía saber que estaba ahí, que no me dejaría caer.
“Si fue un sueño, ¿por qué el abrazo se sintió tan real?”, pensé.
Era una noche como cualquier otra: fría y oscura. Entonces, ¿cómo explicar que, cuando sus brazos me rodearon y me apretó contra su pecho, sentí una calidez que llevaba tanto tiempo sin sentir?
—Cuando soñamos, el tálamo está activo, enviando a la corteza cerebral imágenes, sonidos y sensaciones —explicó mi psicóloga—. Por eso, podemos oír, sentir y ver en nuestros sueños de forma muy parecida a cuando estamos despiertos.
—Estoy segura de que no fue un sueño —dije, sentándome.
—Entonces explica por qué te encontramos desmayada en la azotea del edificio, sola —replicó la doctora Emily.
—Quizás tuvo que irse…
—Revisamos las cámaras. No entró ni salió nadie del edificio a esa hora, y la persona que te encontró fue el vigilante. Mira, te lo he dicho muchas veces: los sueños son reflejos de lo que necesitamos. Y el tuyo fue exactamente eso: lo que necesitabas. —Su tono mostraba cansancio.
Desvié la mirada. Mi vista se nubló, y ella pareció notarlo.
—Lo siento… —empezó a decir.
—Quizás tengas razón —interrumpí—. Lamento seguir insistiendo con el tema. Tal vez pronto lo supere. —Me levanté y recogí mis cosas.
—¿Ya te vas? Aún falta para terminar la cita.
—Sí. Recordé que tengo algo importante que hacer. Quizás nos veamos la próxima vez. Gracias. —Dije rápidamente mientras salía.
—Cuídate —alcancé a escuchar.
El aire frío golpeó mi rostro, testigo de mis lágrimas. Sentía que si me quedaba allí, me rompería, y no podía hacerlo frente a alguien que no me creía. Después de todo, ¿quién lo haría? No había pruebas de que alguien más estuviera conmigo esa noche.
Aquel chico que me salvó el 31 de octubre… ese chico misterioso de ojos marrones brillantes, cabello oscuro casi hasta los hombros, rostro sereno y voz suave que transmitía una tranquilidad que no había sentido en años.
Ha pasado un mes, y sus palabras siguen repitiéndose en mi mente como un mantra que me mantiene en pie. Pero yo quiero volver a verlo. Quiero saber su nombre, quiero ser su amiga. Quiero creer que fue real… y no solo un sueño.








