Lo Que Dejaste En Mi by Pedro lopez at Inkitt
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Lo que dejaste en mi

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Summary

Jenny vuelve a la vida de Samuel, reabriendo heridas que él enterró para sobrevivir. Entre medias verdades y heridas que nunca terminaron de cerrar, ambos descubren que el pasado no perdona: solo espera. Y cuando todo lo que queda es lo que duele, perdonar puede ser el acto más doloroso… pero quizás lo único capaz de salvarlos.

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El edificio más alto que había visto en su vida

La notificación le vibró en la palma.

«Ya llegué.»

Eso fue todo lo que escribió Jenny. Sin emojis. Sin ansiedad aparente. Solo esas dos palabras.

Minutos después, el teléfono le respondió con una ubicación. Una dirección limpia. Sin explicación, sin voz, sin promesas.


Jenny bajó del taxi y se quedó mirando hacia arriba.

—¿Qué carajos…? —murmuró.

Ese edificio no parecía real. Era de vidrio oscuro, tan pulido que podía verse a sí misma reflejada en las puertas. Torres imponentes, modernas, como arrancadas de una película gringa. Sintió que tal vez se había equivocado. Releyó la dirección. No, era esa.

Entró. El aire acondicionado la golpeó de frente. Todo olía a mármol caro y desinfectante. En el fondo, una mujer con moño perfecto y uñas impecables estaba en recepción.

—Disculpa —dijo Jenny, con voz algo tímida—. Busco a Samuel Rivas.

La recepcionista alzó una ceja.

—¿De parte de quién?

—De Jenny. Una amiga.

La mujer levantó el teléfono, marcó, esperó.

—Señorita Jenny, Samuel dice que espere. Puede sentarse por allá.

Jenny caminó hacia el sofá blanco y brillante como si fuera una trampa. Se sentó. Dejó la maleta a un lado. Eran casi las tres de la tarde.

Una hora pasó. Luego otra. Luego cinco. El sol se fue. El edificio comenzó a vaciarse. Gente elegante salió con café en la mano, hablando por teléfono, riendo. La recepcionista guardó sus cosas y se despidió del guardia con un “hasta mañana”. Para las 9:30, el lugar era un desierto de mármol.

Jenny seguía ahí. Sin noticias. Sin mensajes.

El estómago le rugía.

—¿Señorita Jenny? —dijo una voz femenina.

Giró la cabeza. Una chica de traje negro ajustado le extendía una bolsa de papel.

—Soy la secretaria de Samuel. Esto es para usted.

—¿Un almuerzo?

—Una cena —corrigió la secretaria—. Él manda decir que ya viene.

Y se fue. Tan rápido como llegó.

Jenny comió en silencio, sentada en el sofá. El arroz estaba caliente. El pollo tenía especias que nunca había probado. Después de comer, el sueño le cayó como un abrigo pesado. Apoyó la cabeza contra el respaldo. Cerró los ojos.

Soñaba, cuando algo la sacudió.

—Hey, amiga.

Un pie golpeó el borde del sofá.

Jenny abrió los ojos de golpe. Parpadeó. Cuando sus ojos se terminaron de ajustar a la luz del salón, Frente a ella, de pie, con la luz reflejándose en sus gafas, estaba Samuel.

Llevaba una chaqueta oscura. El reloj que usaba no era de los baratos. Había cambiado. Y no solo en lo externo.

Y detrás de él, como una sombra discreta y elegante, estaba la secretaria que antes le había traído la cena. El maquillaje intacto, el paso firme, los tacones resonando contra el mármol como metrónomo de oficina.

—Vamos —Samuel no dijo nada más.

Se giró y empezó a caminar hacia los ascensores. Jenny agarró rápido su maleta y lo siguió, sin entender si aún soñaba o ya había despertado del todo.

Bajaron hasta el sótano.

Las luces automáticas se encendieron con su llegada. El parqueadero estaba vacío, silencioso, salvo por un único carro en el fondo: un deportivo azul oscuro que brillaba como una joya bajo la luz blanca del techo.

Samuel caminó hacia él como quien regresa a casa. Pulsó un botón en la llave y el auto se iluminó, emitiendo un pitido seco.

—Súbete —le ordenó, sin siquiera mirarla.

Jenny se detuvo un segundo. El carro parecía irreal. Como de revista. Como un espejismo. Lo rodeó y abrió la puerta trasera con manos inseguras.

Samuel tomó el volante. La secretaria se acomodó en el asiento del copiloto. Jenny se sentó atrás, como una niña llevada por adultos que hablaban otro idioma.

El auto arrancó con un rugido sutil y elegante. Apenas se movían, la secretaria abrió una tableta y comenzó a dictar.

—Lunes: junta con los coreanos a las 8:00, almuerzo con los inversores de Medellín a la 1:00, llamada con el bufete a las 4:30. Martes: revisión de contratos, reunión con el banco, viaje pendiente a Cali…

La lista no paraba. Jenny la escuchaba con los ojos clavados en la ventana, pero no entendía ni una décima parte. Samuel respondía con monosílabos, cambios de planes, ajustes en los horarios. Usaban nombres, códigos, números. Ella se sentía como si estuviera escuchando a dos ejecutivos alienígenas.

Hasta que la secretaría hizo una pausa.

—¿Desea que le deje libre mañana, señor? —preguntó, sin levantar la vista de la pantalla.

—¿Y por qué? —replicó Samuel, sin apartar la mirada del camino.

—Pensé que tal vez… quería algo de tiempo con su amiga.

Un silencio.

Por primera vez, pero con disimulo, Jenny giro la mirada hacia ellos.

Un cambio de tono: Frío. Cortante. Peligroso.

—¿Ahora cuentas chistes? —dijo Samuel, sin una pizca de humor—. ¿Quieres que te regale pintura y un disfraz de payaso?

Jenny parpadeó. El aire se volvió denso. El cuero del asiento se le pegaba a la piel como cinta adhesiva.

La secretaria bajó la cabeza, apagó la tableta.

—Perdón, señor —susurró.

—Haz tu trabajo. Y nada más —espetó Samuel, sin mirar a nadie.

Unos minutos después, el carro se detuvo frente a otro edificio, uno más modesto, aunque igualmente elegante. La secretaria bajó.

—Hasta mañana, señor —dijo desde afuera.

Samuel no respondió, solo levantó dos dedos, como si se deshiciera de un insecto molesto.

El carro volvió a avanzar. El silencio se extendió entre ellos como una tela pesada. Jenny pensó en preguntar cómo estaba. Pensó en decir algo, cualquier cosa. ¿Qué había hecho todo este tiempo? ¿Vivía solo? ¿Estaba feliz? Pero se tragó las palabras. Después de lo que vio… prefería callar.

El edificio donde se detuvieron esta vez era diferente. Mucho más alto, mucho más moderno. Un portero uniformado salió a recibirlos.

—Buenas noches, señor Samuel.

—Buenas noches. Ella se va a quedar conmigo —dijo él, señalando a Jenny sin darle tiempo de hablar—. Anótela. Pase libre para entrar y salir.

—Sí, señor —respondió el portero, sin hacer más preguntas.

Entraron al vestíbulo. Mármol blanco, luces cálidas, silencio.

Subieron al ascensor.

El ascensor era amplio, lujoso… pero no había lugar para el aire. Jenny se acomodó un mechón detrás de la oreja. Samuel no la miraba. Él revisaba su celular. Ni una palabra. Ni una pregunta. Solo el zumbido del motor subiendo piso tras piso.

Ding.

El ascensor se detuvo, la pantalla marcó 22.

El ascenso fue largo.

Salieron, caminaron por un pasillo hasta detenerse frente a una puerta: 47.

El apartamento era grande para Jenny. Inmenso, para alguien solo. Piso de cerámica blanco y paredes de tonos grises. ventanales, luces tenues. Sin fotos, un pequeño estante de libros. Todo estaba perfectamente limpio, ordenado, decorado con precisión.

—Cocina allá, baño allá —dijo Samuel mientras caminaba sin voltear—. Regla, o que uses lo lavas y lo dejas dónde estaba. Ven.

La llevó por un pasillo. Abrió una puerta, presiono el encendedor al lado de la puerta.

La luz se encendió y la miró directo a los ojos, como un padre estricto.

—Tu habitación.

Era una habitación de huéspedes. Sencilla, pero cómoda. Una cama individual, un closet, una mesa de noche con una lámpara.

—Gracias —, dijo ella, casi por reflejó.

Samuel no añadió nada. Se dio la vuelta y desapareció tras la puerta que estaba al fondo del pasillo.

Jenny se sentó en la cama. Sintió la suavidad del colchón, el frío del silencio. Miró la maleta sin abrir. Luego, el techo.

——¿Qué estoy haciendo? —suspiró.

Tal vez… había sido mala idea.

En la habitación del fondo, Samuel se acostó. Puso el celular en modo avión.

Cerró los ojos.

—¿Qué estoy haciendo?

Tal vez… también había sido mala idea.

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