Prólogo
Una joven viajera, de vestido burdeo y maletín, siempre está sonriendo. Su voz es suave, serena, ni muy aguda, ni muy grave. Su trenza negra le hace cosquillas en los tobillos, sus ojos son tan oscuros que parecieran absorberte si los miras mucho tiempo, pero a su vez, la luz del sol le da un toque de leche a ese amargo café. Sus ojeras son extensas, le dan un aire melancólico a su mirada. Su piel extremadamente blanca, a veces, la hace parecer enferma. Habla con el viento, las plantas y animales, siempre sonriendo.
”Estará loca” Dicen los que se la cruzan.
”¿Y su familia?”
Nunca obtienen respuesta, sólo una pregunta la hace detenerse, su contestación siempre es la misma:
” Quiero que todo el mundo sea feliz, como yo”
Sus pies son ligeros, nunca la oyes llegar. En su maletín guarda pequeños muñecos sonrientes hechos de diferentes materiales: género, lana, algodón. Sus tesoros.
”Es la gente a la que he hecho feliz”, dice orgullosa. El pueblo ama sus muñecos, están muy bien hechos, hacen sonreír a quienes los ven.
Guarda uno en específico, con mucho cuidado, en una cajita de cristal. Cuando lo enseña sus ojos brillan con especial emoción. Es un pequeño muñequito de hilo, con cabello rubio y ojos de cielo, ropas turquesas y sonrisa radiante. Los finos dedos de la joven acarician la cajita con delicadeza y ternura, transmite un cariño singular.
”Es mi primer muñeco, la primera persona que hice feliz… Y mi primer amor”. Por un instante uno puede pensar que su sonrisa se quiebra, pero es sólo una ilusión, nunca la verás llorar. Sonríe con melancolía y pareciera llegar algo de color a su pálido rostro…
Viajero…
¿Quieres que te cuente la historia de la chica frente a la que nunca debieras llorar? En esta ciudad, la que la vió nacer, es conocida como “Melphómenne”.








