Capitulo I
La Academia Valerian
En un mundo donde la magia y la espada definen el destino de cada persona, la Academia Valerian se alza como el mayor bastión del prestigio y el poder. Solo los hijos de la nobleza y los talentos excepcionales logran cruzar sus puertas.
Entre ellos, un joven transferido, (T/N), llega cargando rumores despectivos y la mirada incrédula de todos. Despreocupado, bromista y difícil de tomar en serio, parece ser el opuesto a lo que Valerian representa... y, sin embargo, su presencia pronto desatará tensiones ocultas.
A su lado estarán Elara, la heredera marcada por la traición de su padre y decidida a recuperar el honor de su apellido, y Kaelis, la espadachina implacable que ha jurado protegerla aunque nadie lo pidiera.
Pero entre los muros de mármol y gemas de la Academia Valerian, los rumores son armas, los lazos son pruebas, y cada secreto tiene un precio.
Y (T/N) guarda el suyo celosamente.
En lo alto de la torre central, un salón circular dominaba la vista de toda la academia. Siete figuras se reunían alrededor de una mesa de obsidiana, cuyas vetas brillaban como brasas encendidas. Cada uno de ellos era un pilar de Valerian, un maestro entre maestros, guardianes del prestigio de la institución.
Phoenix, la Maga de Fuego: cabello rojo como brasas, ojos ámbar que parecían capaces de calcinar a cualquiera con una mirada. Su temperamento era tan volátil como su elemento, pero su maestría en las llamas la hacía respetada y temida por igual.
Sylas, el Archimago de Sombras: un hombre de túnica negra y voz grave, siempre midiendo cada palabra como si tejiera hilos invisibles en el aire.
Lyanna, la Encantadora de Vientos: etérea, de cabellos plateados, sus movimientos parecían danzar incluso cuando estaba quieta.
Dorian, Maestro de Acero: un hombre robusto, con cicatrices en el rostro, cuya simple presencia imponía disciplina.
Seraphine, la Hechicera de Cristal: fría y distante, como si observara el mundo a través de un prisma que solo ella comprendía.
Magnus, Guardián de la Tierra: enorme, de barba espesa y ojos verdes, su voz resonaba como un temblor en la piedra.
Isolde, Maestra de Aguas: serena, de mirada profunda, como si siempre llevará consigo los secretos del océano.
Phoenix fue la primera en romper el silencio.
-Así que es cierto... un transferido. -Su tono estaba cargado de incredulidad-. ¿Quién en su sano juicio permitiría algo así?
Dorian soltó un gruñido.
-Dicen que no proviene de una familia noble. Un don nadie. Valerian no es un lugar para mendigos.
Lyanna entrelazó los dedos sobre la mesa, su voz un susurro que flotaba en el aire.
-Y sin embargo, aquí está. Hubo manos poderosas detrás de esta decisión. Nadie llega a Valerian sin que alguno de nosotros lo apruebe... o lo tolere.
Sylas entrecerró los ojos, como si leyera un secreto en las sombras mismas.
-No subestimemos la jugada. Tal vez este muchacho es una pieza en un tablero mayor. O tal vez... es una distracción.
Phoenix chasqueó la lengua, molesta.
-Distracción o no, no toleraré incompetencia en mis aulas. Si no demuestra valor, arderá antes de que termine su primer mes.
Magnus, con su tono profundo, intervino.
-O quizás nos sorprenda. La piedra más tosca puede ocultar una gema en su interior.
El salón cayó en un silencio tenso. Todos sabían que la llegada del nuevo estudiante no era casualidad. Y todos estaban dispuestos a observar con lupa.
Desde lo alto, los siete profesores miraban por los ventanales hacia los patios de la academia, donde los rumores crecían como un incendio.
Un nombre todavía no pronunciado empezaba a dividir opiniones.
En el patio norte, lejos del bullicio principal, dos figuras femeninas caminaban juntas. Era fácil reconocerlas: no tanto por la gracia de sus pasos, sino porque sus nombres cargaban historias que se susurraban en cada esquina de Valerian.
Elara era la primera en llamar la atención. De estatura baja para los estándares de la academia, su cabello castaño oscuro caía en ondas suaves hasta los hombros, y sus ojos verdes guardaban un brillo alegre que desentonaba con los rumores que la rodeaban. Su uniforme estaba impecable, pero lo que destacaba en ella era la sonrisa. Una sonrisa obstinada, como si se negara a dejarse aplastar por el peso de su apellido.
Porque Elara era hija de un traidor.
Su padre, un hombre que alguna vez ocupó un alto rango en Valerian, había caído en desgracia por traicionar la confianza de la academia. Desde entonces, cada paso que Elara daba estaba marcado por esa sombra. Muchos la miraban con desprecio; otros con desconfianza. Pero ella seguía allí, con la cabeza en alto, decidida a limpiar el honor de su familia.
A su lado caminaba Kaelis, su contraste perfecto. Alta, de cabello negro recogido en una trenza larga, mirada afilada y postura marcial. Su porte era el de una guerrera nata: la mano nunca demasiado lejos del mango de su espada, el andar firme, la voz baja y segura. Kaelis no sonreía con facilidad; de hecho, casi nunca lo hacía. Donde Elara irradiaba luz, Kaelis proyectaba una sombra protectora.
-¿Lo escuchaste? -preguntó Elara, con tono curioso-. Dicen que hoy llega el transferido.
Kaelis no se molestó en mirar alrededor; sus ojos permanecieron atentos al camino frente a ellas.
-Lo escuché -respondió con sequedad-. Y no me interesa.
Elara infló las mejillas, como una niña a la que acaban de llevar la contraria.
-¿Cómo que no? No pasa todos los días que aceptan a alguien de fuera. Menos aún si no es noble.
-Precisamente por eso no me interesa. -Kaelis giró apenas la cabeza para observarla-. Lo más probable es que sea un incompetente que nos hará perder el tiempo.
Elara soltó una risita.
-Eres tan negativa, Kaelis. Quizás sea alguien sorprendente.
-O quizás sea otro idiota que se cree especial -replicó Kaelis, su tono más cortante de lo habitual-. Y si es así, no pienso tolerar que se acerque a ti.
Elara suspiró, sacudiendo la cabeza.
-Siempre tan sobreprotectora...
Kaelis no respondió. No tenía que hacerlo. Ya había demostrado incontables veces que estaba dispuesta a enfrentarse a cualquiera que osara dirigirle una palabra cruel a Elara.
Ambas continuaron su paseo, sin saber que pronto estarían ligadas al destino del muchacho del que todos hablaban.
Mientras tanto, en los corredores de mármol, los rumores se propagaban como pólvora. Grupos de estudiantes se reunían en pequeños círculos, susurrando con voces que, aunque bajas, siempre encontraban la manera de llegar a los oídos correctos.
-Dicen que no tiene apellido -comentó un joven de cabello rubio, con una sonrisa burlona-. ¿Te imaginas? Un don nadie entre nosotros.
-Escuché que lo aceptaron por lástima -añadió una muchacha de ojos grises, cubriéndose la boca para ocultar su risa-. Que viene de una aldea perdida, sin riquezas ni sangre noble.
-Más bien porque alguien lo obligó -intervino otro, con gesto serio-. No entras a Valerian sin conexiones. Algún profesor debe estar jugando a sus favoritos.
Las risas siguieron, mezcladas con palabras que cada vez eran más crueles.
-Lo verás, seguro camina con la cabeza alta, intentando aparentar lo que no es.
-Será divertido verlo fracasar en la primera prueba.
-Y si es tan pobre como dicen, ¿cómo piensa encajar aquí? Ni siquiera tendrá ropa decente.
El tono despectivo no se limitaba al transferido. En una esquina, un grupo de nobles mencionaba a Elara y Kaelis.
-¿Lo guiarán esas dos? -preguntó uno con sorna-. Qué apropiado. La hija de un traidor y su perrita faldera cuidando a un campesino.
Las carcajadas resonaron en el pasillo, cargadas de veneno.
Lo que ellos no sabían era que esas palabras no tardarían en llegar a oídos de las mismas a quienes se referían.
Las puertas principales de la Academia Valerian se abrieron con un chirrido solemne. El sol bañaba de luz el atrio de entrada, donde las escaleras de mármol ascendían hasta el portón decorado con relieves antiguos.
El muchacho que cruzó aquel umbral no se parecía a los estudiantes de túnicas elegantes que llenaban el lugar.
(T/N) caminaba con las manos en los bolsillos, un andar despreocupado que contrastaba con la solemnidad del recinto. Su uniforme, recién entregado, no llevaba adornos ni bordados de nobleza; era sencillo, funcional... y, de alguna forma, más limpio que el aire mismo.
Algunos estudiantes dejaron de hablar para mirarlo. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y desdén.
(T/N), notando las miradas, arqueó una ceja y sonrió.
-¿Qué pasa? -dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular-. ¿Nunca vieron a un chico guapo antes?
Un murmullo recorrió el pasillo. Varias risitas contenidas, varios bufidos de desprecio. El comentario solo sirvió para alimentar los rumores.
Un noble de segundo año, con gesto arrogante, masculló entre dientes
-Qué ridículo... ni cinco minutos en Valerian y ya se cree alguien.
(T/N) escuchó, claro. Pero en vez de molestarse, simplemente lanzó un guiño en dirección al chico y siguió caminando como si nada.
Para los estudiantes, aquella actitud era insolencia. Para él, era simplemente martes.
En medio de aquel ambiente tenso, una voz femenina rompió el murmullo.
-Disculpa... ¿eres el transferido?
(T/N) giró la cabeza y se encontró con Elara. La luz del sol se reflejaba en sus ojos verdes, y por un instante, su sonrisa parecía iluminar más que los mármoles de Valerian. A su lado estaba Kaelis, imponente, observando con una mezcla de desconfianza y autoridad.
-Depende... -respondió (T/N), ladeando la cabeza con aire juguetón-. ¿Quién pregunta? ¿Una admiradora secreta?
Elara parpadeó, sorprendida, y luego rió suavemente.
-Soy Elara. Me asignaron como tu guía. Y ella es Kaelis.
-Tu guardaespaldas, ¿eh? -replicó (T/N), mirando de arriba abajo a Kaelis. El comentario no arrancó ni una mueca; su expresión siguió siendo pétrea, aunque sus ojos brillaron con un destello de advertencia.
Elara, incómoda por la tensión, intervino rápido
-Te mostraremos los alrededores de la academia. Es... bastante grande, y puede ser confuso al principio.
(T/N) se encogió de hombros.
-Perfecto. Mientras no me hagan correr, todo estará bien. Odio correr... -miró a Elara con picardía-. Aunque caminar contigo no suena nada mal.
Elara se sonrojó apenas, pero no apartó la vista. Kaelis, en cambio, dio un paso más cerca, interponiéndose entre ambos con su típica firmeza.
-Cuidado con lo que dices.
(T/N) levantó las manos, como si se rindiera, pero con una sonrisa traviesa en los labios.
-Tranquila, era un cumplido inocente. No muerdo... salvo que me lo pidan.
Kaelis entrecerró los ojos, mientras Elara se llevaba una mano al rostro para ocultar la risa.
Fue así como comenzaron el recorrido, los tres caminando por los pasillos de mármol. Las miradas siguen puestas en ellos: unas llenas de curiosidad, otras de desprecio.
Y los rumores no hacían más que crecer.
Los corredores de Valerian estaban adornados con tapices antiguos y vitrales que representaban gestas de héroes legendarios. Elara explicaba con entusiasmo cada rincón, mientras Kaelis caminaba a su lado, siempre atenta, como una sombra protectora.
-Este es el Gran Pasillo Central -dijo Elara, señalando el techo altísimo decorado con cúpulas y relieves-. Une las cuatro torres de estudio: alquimia, hechicería, invocación y combate.
(T/N) apenas levantó la vista, distraído, aunque dejó escapar un silbido.
-Impresionante... aunque un poco exagerado, ¿no? Seguro el que lo construyó estaba compensando algo.
Elara se tapó la boca, intentando no reír, mientras Kaelis lo fulminaba con la mirada.
-Un poco de respeto no te vendría mal -gruñó la guerrera.
-Claro, claro... -respondió él, sonriendo con inocencia-. Prometo ser un buen estudiante... algún día.
Elara rodó los ojos, pero con una sonrisa que suavizaba el momento.
Sin embargo, alrededor, las cosas no eran tan ligeras. Estudiantes murmuraban mientras pasaban cerca del trío.
-Ese es el nuevo... -susurró una joven noble-. ¿De verdad aceptaron a alguien como él?
-Dicen que es hijo de campesinos, ¿no? -respondió otra, con tono burlón-. Lo traen aquí como si Valerian fuera un circo.
-Y encima anda pegado a Lady Elara... qué descaro.
Elara fingía no escuchar, aunque sus mejillas se tensaban. Kaelis, en cambio, apretaba el paso, con la mano descansando sobre el mango de su espada.
(T/N), por su parte, parecía ajeno.
-Wow, ¿escucharon eso? -dijo de repente, girándose hacia las dos nobles que cuchicheaban-. "El nuevo es guapo, irresistible y camina como todo un héroe". Gracias, chicas, yo también pienso lo mismo.
Elara se quedó helada un segundo, antes de soltar una risa nerviosa. Kaelis casi tropieza de la rabia.
Las dos nobles, enrojecidas por la humillación, se alejaron indignadas.
El recorrido los llevó hasta el Patio de Entrenamiento Norte, un amplio espacio empedrado donde grupos de aprendices practican hechizos y espadazos bajo la supervisión de instructores.
Fue allí donde aparecieron.
Cuatro jóvenes, vestidos con uniformes impecables y adornos que delataban linajes antiguos, se interpusieron en su camino.
Darian Veylore: cabello rubio cenizo, sonrisa afilada, mirada de serpiente. El típico líder manipulador, con voz melosa pero cargada de veneno.
Lyra Montclair: alta, de cabello negro como el ala de un cuervo, con ojos que parecían medir y juzgar cada detalle. Su lengua era más filosa que una espada.
Corvin Draemir: musculoso, de porte marcial, mandíbula cuadrada y cejas siempre fruncidas. Poco hablador, pero sus gruñidos pesaban como martillazos.
Selene D'Orval: delicada en apariencia, con cabello plateado y una sonrisa dulce... demasiado dulce. Era la más cruel de los cuatro, disfrazando veneno con amabilidad.
Darian fue el primero en hablar, con una reverencia fingida hacia Elara.
-Lady Elara... siempre un placer verla. Aunque confieso que me sorprende su compañía.
Lyra añadió con un suspiro teatral
-Sí, pensábamos que la futura heredera tendría mejor gusto en... amistades.
Selene, con su voz melosa, clavó la estaca
-Aunque supongo que alguien como usted, Elara, siempre tuvo un corazón caritativo... incluso para recoger cachorros callejeros.
Los ojos de Elara brillaron de indignación, pero antes de responder, Kaelis ya había dado un paso al frente. Su mano estaba firme sobre la empuñadura de su espada.
-Cuiden sus palabras.
Corvin dejó escapar una carcajada grave.
-¿Y qué hará la perrita faldera de Lady Elara? ¿Ladrar más fuerte?
La tensión se volvió palpable. Kaelis apretó los dientes, y su pulgar corrió apenas el guardamanos de su espada, lista para desenfundar.
(T/N), hasta ese momento aparentemente distraído mirando las nubes, suspiró y dio un paso al frente.
-Vaya, vaya... ¿Esto es un tour de bienvenida o un concurso de insultos baratos? -comentó con su sonrisa burlona.
Darian lo miró de arriba abajo, como quien observa un insecto.
-Tú... deberías saber cuál es tu lugar.
-Lo sé perfectamente -respondió (T/N), encogiéndose de hombros-. Justo aquí, molestándolos a ustedes. Qué coincidencia, ¿no?
Elara, pese a la tensión, no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Kaelis, aún conteniendo la furia, bajó apenas su mano de la empuñadura.
Los cuatro nobles, sin embargo, no se retiraron. La primera batalla -de palabras- apenas había comenzado.
El aire en el patio se tensó. Algunos estudiantes que entrenaban dejaron sus prácticas y comenzaron a acercarse, atraídos por la confrontación. Era raro ver a nobles de alto linaje encarando tan descaradamente a otros alumnos, y más aún si en medio estaba Lady Elara.
Darian inclinó la cabeza, con un gesto de falsa compasión.
-Escúchame, forastero. Aquí no estás en los campos donde creciste. Aquí no basta con sonreír como un bufón para ganarse un lugar.
-Ah, entonces todo este tiempo invertí mal mis horas practicando mi sonrisa -replicó (T/N), llevándose la mano al mentón como si meditara seriamente-. Qué decepción. Tendré que buscar otra habilidad... tal vez hacer malabares.
Algunos estudiantes contuvieron la risa, sorprendidos por su descaro. Lyra, molesta, cruzó los brazos.
-No es gracioso. Tu mera presencia ensucia los pasillos de Valerian.
Kaelis no pudo más. Dio un paso adelante, su voz retumbó como un trueno.
-¡Ya basta! Ni una palabra más contra él, ni contra Lady Elara.
Corvin soltó un gruñido gutural.
-Mira cómo se altera la guardiana... ¿Temes que alguien robe tu puesto de sombra obediente?
La mandíbula de Kaelis se tensó tanto que parecía a punto de romperse. Elara, en cambio, extendió una mano, tocando suavemente el brazo de su amiga para detenerla.
-Kaelis, no. Eso es lo que ellos quieren -murmuró, aunque su propia voz temblaba de rabia contenida.
Selene, con su sonrisa venenosa, inclinó la cabeza.
-Qué cuadro tan conmovedor. Una heredera con su perrita guardiana... y un campesino que juega a héroe. Estoy segura de que los pasillos estarán encantados con esta nueva obra de teatro.
Los murmullos a su alrededor se multiplicaron. Frases despectivas comenzaron a mezclarse entre los estudiantes que observaban
-No durará ni una semana.
-¿Qué pensaban los profesores al aceptar a alguien así?
-Se nota que solo está aquí por lástima.
Elara tragó saliva, con los ojos fijos en el suelo. Kaelis, en cambio, se irguió, dispuesta a desenfundar si era necesario.
Fue entonces cuando (T/N) se encogió de hombros, como si nada de eso lo afectara, y lanzó una última frase con una sonrisa pícara
-Vaya, con tanto drama me siento como la estrella de una obra. Espero que al menos aplaudan cuando termine mi función.
El silencio que siguió estuvo cargado de tensión. Los nobles lo miraron con desprecio, pero en sus ojos se reflejaba algo más: molestia por no lograr quebrarlo.
Darian chasqueó la lengua, y los cuatro se retiraron lentamente, como depredadores que deciden postergar la cacería.
-Disfruta tu estancia, forastero -dijo, con una sonrisa gélida-. Te aseguro que no será larga.
El grupo se dispersó, dejando tras de sí un aire envenenado de rumores y miradas inquisitivas.
Elara respiró hondo, intentando recuperarse.
Kaelis seguía rígida, con la mano aún en el mango de su espada.
(T/N), por su parte, simplemente se estiró como si nada hubiera ocurrido.
-Bueno -dijo con ligereza-, ¿seguimos el tour o esto fue el espectáculo principal?
Elara no pudo evitar soltar una carcajada breve, nerviosa. Kaelis bufó, aunque la sombra de una sonrisa le cruzó el rostro.
Desde lo alto de la Torre Principal, siete figuras observaban la escena a través de un amplio ventanal.
-Ya empezó a llamar la atención -comentó una voz grave, perteneciente a Dorian Kael, maestro de estrategia.
-O más bien, a provocar caos -replicó Lyssandra Veyra, la maga de ilusiones, con una sonrisa intrigada.
-Típico de alguien que no conoce su lugar -gruñó Varkos Ironhand, instructor de combate cuerpo a cuerpo.
La única que permanecía en silencio era Phoenix, la maestra del fuego. Sus ojos dorados brillaban con intensidad mientras seguían cada movimiento de (T/N).
-Lo subestiman -dijo finalmente, con una voz firme y segura-. Ese muchacho... tiene algo que ninguno de ustedes ve todavía.
El resto de los profesores intercambiaron miradas, cada uno con su propia opinión, pero todos sabían lo mismo: el arribo del nuevo estudiante ya estaba moviendo piezas en el tablero de Valerian.
Y aquel solo era el primer día.








