Capítulo 1. Una nueva vida
En un mundo de alfas, betas y omegas, las jerarquías no solo definen el poder, sino también la forma en que cada persona debe moverse, hablar y hasta respirar en sociedad. Los alfas dominan los espacios con su presencia, los betas mantienen una aparente neutralidad que los vuelve invisibles y funcionales, mientras que los omegas, pese a su sensibilidad y capacidad empática, cargan con estigmas que los obligan a ocultar o limitar lo que realmente son.
Alex, una estudiante de intercambio, lo entiende demasiado bien. Viene de otro país, de otra cultura donde las reglas no eran exactamente las mismas, y ese choque la mantiene en un constante estado de alerta. Ella es una omega recesiva, alguien cuyo instinto no se somete tan fácilmente y cuya presencia puede resultar incómoda para quienes esperan de un omega docilidad o silencio.
Para protegerse, decide hacerse pasar por una beta: toma supresores, regula su aroma y controla cada reacción para no llamar la atención. No es que no le interese pertenecer a algún grupo, simplemente no confía.
Alex no había hablado con nadie desde que llegó.
El idioma, las miradas y las reglas silenciosas del nuevo colegio la hacían sentir fuera de lugar. Sabía que en ese país ser omega significaba algo distinto: no solo debilidad, sino peligro. Por eso decidió ocultarlo.
Pasaron horas, días y semanas en las que la joven, con cuidado, empezó a observar a su alrededor: grupos de estudiantes, algunos más llamativos que otros. Miraba a unos y a otros, pero no podía dejarse llevar; tenía demasiado miedo de confiar en las personas equivocadas.
Intentaba no acercarse demasiado a nadie. No quería rumores ni despertar el interés de ningún alfa.
Pero un día, mientras caminaba sola por los pasillos traseros, escuchó voces.
Se asomó con cuidado y vio a un joven pelirrojo que estaba siendo acorralado por tres alfas y dos betas. Ella sabía quién era, pues el chico destacaba por su cabellera roja. No tuvo que pensarlo demasiado.
Así que su primer impulso fue correr, y lo hizo.
Corrió sin rumbo hasta llegar a la cancha de básquetbol, donde estaba Rian un alfa de aura tranquila, con cabello negro ligeramente desordenado y piel muy clara. Es más alto de lo que aparenta, silencioso, observador, frío por fuera pero extremadamente perceptivo por dentro. Su presencia impone sin necesidad de alzar la voz, un jugador muy destacado del equipo, junto a otros chicos.
Ella sabía que él podía ayudar pues lo había visto junto al omega y aunque no sabía si eran pareja o no apostó por ello.
Sin pensarlo, tomó una pelota y se la lanzó directamente a Rian.
—¡Oye, imbécil! —gritó, fingiendo enojo.
El alfa se giró sorprendido, con una mirada afilada que heló el aire. Alex sintió un escalofrío. Había conseguido lo que quería: llamar su atención.
Cuando Rian empezó a seguirla, ella corrió con todas sus fuerzas de regreso al callejón.
El plan era simple: llevar al alfa hasta allí.
El miedo la impulsaba, pero también una extraña sensación de justicia.
Al llegar, atravesó el grupo que rodeaba al pequeño omega pelirrojo. Los chicos se quedaron inmóviles, confundidos, mientras Alex trepaba al muro con un salto ágil y quedaba arriba, jadeando.
En ese instante, Rian apareció detrás de ella.
Su mirada se desvió del rostro de la desconocida hacia el omega acorralado.
Su expresión cambió. La furia que traía se volvió puro instinto.
Los otros alfas apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que Rian los apartara de un golpe.
Sus amigos llegaron segundos después, sin embargo, no sabían a quien ayudar, pues el alfa podía contra todos.
En cuestión de minutos, todo terminó.
Los agresores huyeron con moretones, y el pequeño omega, temblando, se refugió en los brazos de Rian, llorando en silencio.
Desde lo alto del muro, Alex observó la escena.
No había querido involucrarse.
Pero ahora sabía que ya no podría permanecer invisible.
CONTINUARÁ








