Capitulo 1 - Un nombre para la puerta
A un día de Santerral, Eda había empezado a contar las veces que su hermano miraba hacia atrás.
Llevaba nueve.
La primera había sido al dejar el carro de los carboneros. La segunda, mientras ella se arrodillaba para sacarse una piedra de la bota. Las otras siete no habían tenido motivo.
En la última, Tarin se había detenido.
—¿Qué pasa?
El chico miraba el recodo por el que acababan de subir. Tenía el pelo pegado a la frente y una mano cerrada alrededor del pájaro de madera que llevaba remendando desde Las Dos Orillas.
—Nada.
Eda se acomodó el hatillo sobre el hombro.
—Entonces anda. Si te quedas ahí, voy a tener que volver a buscarte, y pienso cobrarte.
Tarin la miró.
—No tienes cambio.
—Te lo dejo a deber.
Él sonrió apenas y echó a andar.
Eda esperó a que la adelantara. Desde el camino se veía una hilera de chopos, la parte trasera del carro y una columna de humo que el viento extendía sobre los campos. Nada más.
Se quedó mirando hasta que el carro desapareció.
Santerral olía a col hervida, leña húmeda y ropa puesta a secar demasiado cerca del fuego.
Las primeras casas crecían alrededor del camino sin dejar espacio para una plaza. Una mujer había tendido sábanas entre dos ventanas enfrentadas. Debajo, un hombre arreglaba un eje con el carro todavía cargado y dos niños discutían por quién debía sujetar la mula. En la puerta de una panadería había un soldado sentado sobre un saco vacío.
Eda se detuvo ante la tablilla del precio.
La cifra anterior seguía viéndose bajo la nueva.
—Tenemos pan —dijo Tarin.
—Tenemos algo que fue pan.
—Si lo mojas…
—Si lo mojo, tendré menos agua.
Siguió caminando antes de que pudiera ver cuánto le quedaba en la bolsa.
Habían calculado cuatro días desde Las Dos Orillas. Llevaban seis. El camino del bosque estaba cerrado y el rodeo los había obligado a pagar un carro, dos noches bajo techo y una comida que Tarin apenas había tocado. Eda aún pensaba en las lentejas que había dejado en aquel cuenco. Le daba vergüenza recordarlas con tanta claridad.
Un grupo de soldados bajó por la calle. Transportaban a un hombre en una puerta arrancada de sus goznes. Bajo la manta asomaba un pie descalzo.
Eda tiró de Tarin hacia la pared.
Los porteadores pasaron sin mirarlos. Uno tenía el cuello de la camisa rígido de sangre seca. Otro preguntaba, una y otra vez, cuánto faltaba.
La mujer de las sábanas recogió una esquina para dejarlos pasar.
—Arriba —les dijo—. Después de la fuente.
Nadie le dio las gracias.
Cuando la calle quedó libre, Tarin seguía mirando el pie que sobresalía de la manta.
—Anda —dijo Eda, más suavemente.
El hospital ocupaba la ladera detrás del pueblo. Había tejados de distintas alturas, un campanario bajo y un muro al que habían añadido contrafuertes sin preocuparse por igualar la piedra. Un canal salía de debajo del recinto y descendía junto al camino. Varias mujeres lavaban vendas en él, aguas abajo de la fuente.
Una de ellas levantó un trapo, lo examinó contra la luz y volvió a meterlo en el agua.
Eda buscó una entrada.
Encontró dos.
Por la grande acababan de entrar los soldados. Ante la pequeña esperaba una fila de gente con bultos, cestas y el cansancio de quienes ya habían hecho otras filas.
Se colocaron detrás de una anciana con una jaula cubierta.
Desde dentro llegó el golpe de un cubo contra el suelo.
Tarin volvió la cabeza.
Diez.
Eda le puso dos dedos en la muñeca.
—Mírame.
Él obedeció.
Tenía los ojos claros, enrojecidos por el polvo. Los mismos ojos que ella había visto asomarse por encima de la borda para comprobar si los peces dormían. Quince años y todavía le quedaba aquella expresión cuando algo le interesaba: la boca un poco abierta, la cabeza inclinada, el resto del cuerpo esperando.
—¿La oyes ahora?
La anciana de la jaula se volvió.
Eda bajó la voz.
—Tarin.
—No.
Lo dijo demasiado deprisa.
Ella retiró la mano.
Habían ensayado lo que dirían. Problemas para dormir. Mareos. Momentos de confusión. Todo cierto, todo incompleto.
En el último pueblo, un hombre que curaba verrugas había oído la palabra voz y pedido que sacaran al chico de su casa. Después había cobrado la consulta.
Eda aún tenía ganas de romperle algo.
La fila avanzó.
La mujer que recibía a los recién llegados tenía tinta en el pulgar y una manga mojada hasta el codo. Trabajaba detrás de una mesa estrecha, con un libro abierto y una cesta de tablillas a sus pies.
—¿Herida, fiebre o alojamiento?
—Mi hermano necesita que lo vea alguien.
—¿Herida o fiebre?
—No lo sé.
La mujer levantó la vista.
No parecía mucho mayor que Eda. Llevaba el cabello oscuro recogido en dos trenzas y un delantal verde con un bolsillo torcido de tanto peso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al chico.
—Tarin.
—¿Has comido hoy, Tarin?
Él miró a su hermana.
—Un poco.
La mujer hizo una marca en el libro.
—¿Has vomitado? ¿Te duele algo? ¿Puedes beber?
Tarin respondió que no, que no y que sí.
—Lleva varias noches sin dormir bien —intervino Eda—. A veces se queda… distraído. Le hablas y tarda en contestar.
—Ahora te estoy contestando —murmuró él.
—Ahora sí.
La mujer esperó. Eda agradeció que no sonriera.
—Soy Sabela. Primero comeréis algo. Después buscaré a alguien que pueda examinarlo.
—¿Cuánto?
Sabela miró la bolsa que Eda ya había empezado a sacar.
—Guárdala.
Eda no lo hizo.
—Puedo trabajar. Sé llevar una barca, arreglar un cabo. Cargar. Lo que haga falta.
—¿Sabes lavar sábanas?
—Sí.
—Entonces procura que no te vea la encargada antes de que comas.
Esta vez Tarin sí sonrió.
Sabela les acercó dos tablillas claras, agujereadas en un extremo.
—Un nombre en cada una.
Eda pasó el pulgar por la madera. Había letras raspadas bajo la superficie.
—¿Para qué?
Sabela señaló la pared detrás de ellos.
Bajo el alero colgaban docenas de tablillas. Algunas tenían nombres; otras, una rueda, tres rayas, una espiga. Las había nuevas y tan oscuras que apenas se distinguía la marca.
—Para saber a quién estamos alojando. Si no escribís, podéis elegir un dibujo.
—Sabemos.
Eda tomó la pluma.
Escribió su nombre despacio. La punta se enganchó en una veta y dejó una mancha junto a la última letra. Le molestó más de lo que debería.
Tarin no cogió la suya.
Estaba mirando hacia el patio.
—¿Puedo quedarme con él? —preguntó Eda.
—Mientras tengamos sitio juntos.
—Necesito quedarme con él.
Sabela dejó de ordenar los papeles.
—Buscaré dos jergones.
No lo prometió. Eda decidió que podía confiar un poco más en ella por eso.
Al otro lado del patio, un soldado discutía con una mujer de cabello gris. Él señalaba el edificio por donde habían entrado los heridos. Ella mantenía las manos juntas a la altura de la cintura.
—No puedo acostarlos en el suelo —decía el soldado.
—Y yo no puedo levantar a los que ya están dentro.
—Son órdenes.
La mujer miró la puerta que usaban como camilla.
—Entonces ayúdame a llevarlo. Luego hablaremos de tus órdenes.
Sabela siguió la mirada de Eda.
—La priora —dijo.
No añadió nada más.
Tarin había dejado el pájaro encima de su tablilla.
—¿Dónde está la fuente? —preguntó.
—En el patio de abajo —respondió Sabela—. Os llevaré cuando…
Alguien gritó su nombre desde el corredor.
Una muchacha sostenía un montón de vendas contra el pecho. Entre ellas se extendía una mancha roja.
Sabela se puso en pie.
—Esperad aquí. No os vayáis.
Se llevó el libro, pero dejó la pluma.
Eda lo vio. Aun con la prisa, lo había recogido antes de marcharse.
Esperaron.
La anciana de la jaula se sentó en un banco y levantó un extremo del paño. Dentro había una gallina de cuello casi desnudo. Sacó unas migas de la manga y se las ofreció por entre las varillas.
Tarin miró el pájaro de madera que tenía en las manos.
—El suyo funciona mejor.
—El tuyo come menos.
Él intentó mover un ala. La pieza quedó torcida.
—Se ha vuelto a salir.
—Porque el pasador es corto.
—Ya lo sé.
—Te lo dije antes de que lo cortaras.
Tarin la miró con un cansancio que, por un instante, fue únicamente el de un hermano menor.
Eda alargó la mano.
—Déjame verlo.
Él se lo entregó.
La madera estaba tibia. En el cuerpo del pájaro quedaban marcas antiguas de cuchillo y otras más claras donde Tarin había tratado de corregirlas. Eda sujetó el ala con la uña y la hizo girar.
De pequeña había tenido paciencia para esas cosas. Ahora siempre estaba pensando en lo que faltaba por hacer mientras arreglaba lo que tenía delante.
—Con un trozo de hilo aguantará hasta mañana.
Buscó en el borde de su camisa una hebra suelta.
Fue entonces cuando Tarin dijo:
—Aquí no.
Eda levantó la vista.
—¿Qué?
Él miraba hacia el corredor por donde se había ido Sabela.
—Nada.
—No me digas nada otra vez.
La anciana alzó los ojos de la jaula.
Tarin se pasó la lengua por el labio partido.
—Creí que me habías hablado.
Eda dejó el pájaro sobre la mesa.
Quería cogerlo por los hombros. Quería exigirle que le contara cada palabra, cada ruido, cada cosa que no estaba donde debía. También quería que llegara Sabela y les diera sopa, y que después Tarin durmiera hasta la mañana y todo resultara haber sido hambre.
Se inclinó hacia él.
—Si vuelve, me lo dices. Aunque sea una tontería.
Tarin asintió.
—Prométemelo.
Esta vez tardó.
—Te lo prometo.
Del patio llegó el chirrido de unas ruedas. Dos hombres empujaban la camilla vacía. Uno llevaba la manta doblada bajo el brazo.
Eda no quiso pensar en lo deprisa que habían vuelto.
Se concentró en el hilo.
Sabela regresó con dos cuencos y les pidió que la siguieran.
Cruzaron el patio por un camino estrecho entre bancales. Había coles, hierbas atadas a pequeñas estacas y flores blancas creciendo donde nadie parecía haber decidido plantarlas. En una galería, tres personas comían sentadas contra la pared. Una dormía con la cuchara dentro del cuenco.
Eda buscó marcas de riqueza y encontró reparaciones: tejas distintas, una ventana cerrada con madera, un escalón rehecho con la mitad de una lápida.
Aquello la tranquilizó más que cualquier plegaria.
—Esta noche os quedaréis en la sala de la escalera —dijo Sabela—. Está llena, pero lejos de los heridos. He hablado con alguien para que vea a tu hermano después del reparto.
—Gracias.
La palabra le salió seca.
Sabela no pareció ofenderse.
Bajaron cuatro escalones. Al fondo de la galería se abría un arco más bajo que los demás. Una puerta de madera cerraba el paso. Tenía un travesaño grueso y, a su lado, varios ganchos vacíos.
Tarin se detuvo.
Eda lo supo antes de volverse: dejó de oír sus pasos.
El chico miraba la puerta.
—Por aquí —dijo Sabela.
Él no se movió.
Eda le tocó el brazo y sintió cómo se tensaba bajo la manga.
—Tarin.
Su hermano parpadeó.
—No quiero dormir ahí.
—No vais a dormir ahí —respondió Sabela—. Esa parte está cerrada.
—¿Desde cuándo? —preguntó Eda.
—Desde antes de que yo llegara.
Sabela esperó junto al primer escalón. El vapor de los cuencos le humedecía la barbilla.
Tarin seguía mirando el travesaño.
Eda se puso delante de él.
—Mírame.
Le costó apartar los ojos de la puerta.
—Vamos a comer —dijo ella—. Luego te tumbas. Yo me quedo contigo.
—No tengo sueño.
—Yo sí. Puedes vigilar que no me roben las botas.
El intento no sirvió.
Por primera vez en todo el viaje, Tarin parecía a punto de llorar.
Eda recogió el hatillo del suelo. No recordaba haberlo dejado caer.
La sala de la escalera tenía once jergones y espacio para ocho.
Sabela les consiguió dos junto a la pared, bajo una ventana estrecha. Les dejó los cuencos y una manta que olía a jabón débil. Antes de irse, le recordó a Tarin que aún faltaba su nombre en la tablilla.
Él no contestó.
Eda comió sentada en el suelo. La sopa tenía cebada, col y algo de grasa flotando en la superficie. Estaba demasiado caliente. Se quemó la lengua y siguió comiendo.
Al cabo de un rato, Tarin hizo lo mismo.
Eso la sostuvo.
Mientras comiera, mientras pudiera enfadarse por un pasador mal cortado, mientras siguiera siendo capaz de señalar que ella no tenía cambio, quedaba algo que Eda entendía.
Cuando terminó, dejó su cuenco debajo del jergón y sacó la tablilla.
—Escribe.
Tarin tenía ambas manos alrededor de la sopa.
—Después.
—Se la devolveremos cuando venga.
—He dicho después.
Eda se quedó quieta.
Varias personas dormían a pocos pasos. Una mujer, de espaldas a ellos, tosía contra un pañuelo.
Eda bajó la tablilla.
—¿Qué te ha dicho?
Tarin miró la ventana.
—En la puerta —insistió ella—. Has oído algo.
El chico dejó el cuenco con tanto cuidado que apenas hizo ruido.
—No quería decírtelo.
—Lo sé.
—Porque ibas a querer marcharte.
Eda notó el peso de las monedas que le quedaban. El camino. Los seis días. Las lentejas abandonadas en un cuenco.
Se sentó a su lado.
—Dímelo.
Tarin frotó con el pulgar la pequeña herida de su labio.
—Ha dicho que aquí podemos quedarnos.
Eda esperó.
—Que no hace falta seguir andando.
Desde el patio llegó una risa breve, enseguida apagada por el ruido de un cubo. Alguien llamó a Sabela. La mujer del pañuelo volvió a toser.
—¿La misma voz? —preguntó Eda.
Tarin asintió.
Ella tomó la tablilla y la puso boca abajo.
Podían comer. Podían dejar que alguien lo examinara. Nada los obligaba a pasar allí la noche.
—No tienes que hacer lo que te diga.
—Ya lo sé.
—Y no tienes que responderle.
Tarin no levantó la cabeza.
Eda sintió frío en los brazos.
—¿Le has respondido?
Él asintió una sola vez.
—¿Qué le has dicho?
—Le he preguntado cómo sabía que íbamos a venir.
Eda miró hacia la entrada de la sala. Desde allí se veía el primer tramo de la escalera, los pies de quienes cruzaban la galería y una franja de luz sobre la piedra.
Tuvo que obligarse a volver la vista hacia su hermano.
—¿Y qué ha contestado?
Tarin buscó su mano bajo la manta.
—Que ha venido con nosotros.



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