Respiraciones que no existen
Las puertas del hospital se cerraron detrás de mí con un sonido metálico y frío. Eran las 11:54 p.m., mi turno de noche recién comenzaba. Otra madrugada entre máquinas que pitaban, pasillos vacíos y el eco de pasos que no siempre eran humanos.
El Hospital General siempre había tenido una reputación extraña:
ruidos sin explicación, puertas que se cerraban solas, sombras fugaces.
Pero yo nunca había creído en esas cosas.
Hasta hace unas semanas.
—¿Lista para otra noche eterna? —me preguntó Marisol, mi compañera de turno vespertino, miraba como me entregaba la carpeta con los reportes.
—No tengo opción —sonreí cansada.
—Ten cuidado con la sala vieja… la 304 —susurró, bajando la voz.
—¿Otra vez empiezas con historias? —bufé.
Pero Natalia no sonrió.
—No es historia. La enfermera nueva dijo que escuchó pasos dentro… y no había nadie.
Rodé los ojos, pero el escalofrío me recorrió igual.
—Buenas noches —me despedí, intentando sonar más segura de lo que me sentía.
Cuando ella salió, el hospital quedó con su verdadera voz:
el zumbido de las luces, el eco de carritos metálicos lejanos, el golpeteo del reloj.
Caminé hacia el tercer piso con mi linterna en mano. Parte del hospital estaba en remodelación desde hace años, pero nadie entendía por qué nunca avanzaba.
Al llegar al pasillo 300, todo se sentía… distinto.
Más frío.
Más silencioso.
Como si el aire observara.
Mi pulso se aceleró sin razón.
“Solo cansancio”, me dije.
Pero al abrir la carpeta noté algo:
Había un paciente asignado a la habitación 304.
Mi respiración se detuvo un segundo.
Eso era imposible. Esa sala está fuera de servicio.
Miré dos veces.
Nombre del paciente:
>Camilo Orantes
Estado: Inconsciente
Habitacion: 304
Tragué saliva.
—Seguro es un error del sistema —murmuré en voz baja.
Aun así… mis pies caminaron hacia esa puerta.
Cada paso hacía que mi piel se tensara, como si alguien caminara detrás de mí.
Y justo cuando estaba frente a la puerta 304…
La manija se movió sola.
Apenas, como un suspiro metálico.
Me congelé.
La luz del pasillo parpadeó.
Una corriente helada pasó detrás de mi cuello, como si algo —o alguien— se inclinara y me oliera el cabello.
No había nadie.
Pero lo sentí.
Un susurro rozó mi oreja.
Tan suave… tan cercano… tan imposible.
—No tengas miedo…
Me giré bruscamente.
Nada.
Solo el pasillo vacío.
Mi corazón golpeaba en mis costillas.
—Alucinaciones… —dije en un intento torpe de convencerme.
Aun así, apoyé mi mano en la puerta y empujé.
La habitación estaba oscura, excepto por la luz azulado del monitor aún conectado a la pared… aunque no había cama, ni cables, ni absolutamente nada dentro, pero a pesar de eso, había un enorme espejo, usualmente colocados en los baños, no me sorprendes puesto se supone que este hospital estaba aún en remodelación, pero fuera de eso.
La habitación 304 estaba vacía.
Totalmente sin un paciente al cual debo monitorear.
Pero la pantalla seguía mostrando signos de vida.
Latidos. Respiración. Ondas cardíacas.
—Esto no tiene sentido… —susurré.
Entonces, escuché pasos dentro.
Lentos.
Firmes.
Como de alguien caminando hacia mí.
Pero no veía a nadie.
Mis dedos apretaron la linterna con fuerza.
—¿Hay alguien aquí? —mi voz tembló.
Silencio.
Hasta que la puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.
Me giré y la linterna cayó al piso.
Porque frente a mí, a menos de un metro, había un hombre.
Alto.
Piel pálida como luna.
Cabello oscuro, desordenado.
Ojos… Dios… unos ojos grises tan intensos que parecían atravesarme.
No respiraba.
No parpadeaba.
Pero estaba allí.
—No deberías estar aquí —logré decir.
Él sonrió apenas, como si hubiera esperado siglos para escuchar mi voz.
—Te llevo observando semanas —respondió con una voz baja, grave, real.
Mi piel se erizó entera.
—¿Quién eres?
Su mirada descendió lentamente por mi cuello, mi pecho, mis labios.
Como si ya me conociera.
—Soy Camilo —susurró acercándose un paso—. Y tú… eres la primera persona que me puede ver.
Retrocedí hasta sentir la pared.
Él avanzó sin miedo.
—No es posible —balbuceé—. Tú… tú estabas en ese monitor, pero… no hay cama, no hay registro real, yo…
Mi voz se quebró.
Él levantó su mano, lento, como si tocara aire pesado.
Sus dedos rozaron mi mejilla.
No deberían haber podido tocarme.
Pero los sentí.
Frío.
Eléctrico.
Ardiendo y helado al mismo tiempo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Un jadeo escapó de mis labios.
Sus ojos brillaron, hambrientos.
—Creí que nunca sentiría otra vez —murmuró cerca de mi boca—. Pero tú… tú me devuelves algo que creí perdido.
No sabía si debía gritar, correr… o permitirlo.
Su otra mano rozó mi cintura, atrapándome entre él y la pared sin esfuerzo.
Mis piernas temblaron.
Él inclinó su rostro, su aliento frío rozando mi cuello.
—No tengas miedo… —susurró—. No estoy aquí para lastimarte.
Su pulgar trazó mi labio inferior.
—Estoy aquí… porque no puedo dejar de desearte.
Y entonces lo sentí:
Su presencia.
Su energía.
Su cuerpo, aunque no tenía cuerpo.
Pegado al mío.
Invisible… pero imposible de ignorar.
Mi voz salió apenas audible:
—¿Qué eres?
Su sonrisa fue peligrosa.
—Lo que nunca pensaste que te desearía.









Thank you so much for your comment. I'm thrilled to know you connected with the story; it's a huge motivation to keep creating.
Go ahead and share your opinions regarding.