Capítulo único .La evolución de los elementos
Cuando el meteorito cayó en la Tierra, la vida desapareció. Solo quedaron el fuego malvado y una tierra estéril. Poco a poco, el planeta fue equilibrándose y dejó de ser aquella bola rojiza y humeante, parecida al mismo diablo, para transformarse en una preciosa combinación de colores: azul, verde y marrón. Junto al blanco de las nubes, parecía un lienzo que transmitía vida y esperanza.
De los cuatro elementos, solo tres regresaron: el agua, el aire y la tierra. El fuego, el más inocente, seguía desaparecido.
El mar volvió a jugar cariñosamente con la tierra, dándole besos en la orilla. El aire, que no dejaba de recordar a su amigo el fuego, a veces buscaba entretenimiento y fastidiaba a sus compañeros: soplaba con fuerza y hacía que el agua golpeara a la tierra con tortazos en vez de besos. La tierra se enfadaba y el aire reía con picardía.
Poco a poco, el agua, con la ayuda de la lluvia, dio a luz a árboles y plantas. Surgieron los primeros animales; algunos se devoraban entre ellos y otros, los herbívoros, pactaron con la tierra un poco de sustento a cambio de paz y tranquilidad.
Entonces apareció el ser humano.
Los primeros hombres convivían con la tierra sin inmiscuirse demasiado en la vida de los elementos. Y aunque la tierra volvía a padecer, como en la época de los dinosaurios, aceptaba con bondad a esa nueva raza, pensando que sus hijos serían el sustento de aquellos seres.
Al principio, los tres elementos vivían independientes del ser humano e incluso sintieron alegría, porque el hombre hizo resurgir al fuego inocente. Por fin los cuatro elementos estaban juntos de nuevo. ¡Qué felicidad para el aire, que recuperó a su compañero de juegos!
Pero el ser humano tenía raciocinio, y a medida que evolucionaba, los elementos evolucionaban con él. Llegaron la escritura, los imperios, las conquistas… hasta nuestra época actual.
El hombre comenzó poco a poco a inmiscuirse en la vida de los elementos, porque dependía totalmente de ellos: el agua y el aire eran esenciales para vivir, la tierra le daba alimento y un lugar donde asentarse, y el fuego le proporcionaba luz y calor.
Si se hubiera limitado a esto, nada malo habría ocurrido.
Pero el hombre quería más. Siempre ha sido egoísta por naturaleza y ha deseado poder y riqueza.
Empezó entonces a utilizar los elementos no solo para sobrevivir, sino para su propio beneficio. Al principio manipuló el fuego y el aire para destruir pueblos, incendiándolos y avivando las llamas con fuertes vientos. El ser humano intentaba apagar aquello usando el agua. El fuego quemaba a los hijos de la tierra, y los elementos no entendían cómo esa raza era capaz no solo de destruirlos a ellos, sino también de arruinar aquello que era imprescindible para su propia vida.
Con el paso de los siglos la situación empeoró.
Con la revolución industrial, crearon máquinas para desplazarse y comenzaron a usar carburantes cada vez más perjudiciales. El aire empezó a sentirse sucio por dentro.
Diseñaron barcos que navegaban por el agua, arrojando desechos que la contaminaban, y el agua dejó de sentirse limpia.
El fuego seguía siendo usado para destruir: su llama ya no era rojiza y azulada, sino negra y embrutecida.
La tierra añoraba los besos del mar, pues en su lugar los humanos levantaban edificios.
Todo esto cambió a los elementos y los volvió más hostiles hacia el ser humano.
Ellos también podían ser peligrosos si se sentían acosados.
Así comenzaron los huracanes, las lluvias torrenciales, los calores extremos, los fríos insoportables, los maremotos y los terremotos…
Todos ellos provocados por nuestros antiguos amigos, dirigidos a castigar al ser humano.
Y aunque saben que con ello también se dañan a sí mismos, solo esperan resistir hasta que estos seres despiadados se extingan… y así poder volver, al fin, a jugar.


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