Nuestro día llegó
—No puedo creer que sigas durmiendo cuando hoy subimos los documentos —gruñó Kate entrando a mi habitación sin permiso— Se nota que quieres ir a Corea, ¿eh?
—Dios, deja el drama. Todo está listo —respondí, sentándome en la cama—Recuerda que soy más organizada que tú.
—Sí, sí, súper organizada. Mejor prepara el desayuno, yo subo los archivos.
Mientras la mañana corría, ella enviaba los documentos y yo servía el desayuno. Luego nos arreglamos para ir a clases. Al llegar, nos recibieron Jay, mi novio y Zayn, el novio de Kate.
—Dios… se ven increíbles —dijeron al unísono, como un coro mal ensayado.
Nos echamos a reír. Los cuatro éramos inseparables, o al menos eso pensaba yo. Últimamente mi relación con Jay iba en picada, pero prefería ignorarlo.
En el aula, el profesor no había llegado, así que nos sentamos. Gabe, nuestro amigo más chismoso, llegó agitado.
—¡Ya publicaron a los postulados del intercambio!
—Obvio aplicamos —dije— Morimos por ir.
—Sí, y para esta princesa es más fácil por lo de “coreana” —añadió Kate empujándome el hombro.
—Eso ya lo sé —respondió Gabe— pero lo realmente jugoso es que Marjorie también aplicó… y está hablando con el decano.
—¿Ella? —fruncí el ceño— Si el proceso fue interno. Solo aceptaban promedios altos.
—Pues parece que sacó contactos de debajo de la mesa —dijo encogiéndose de hombros.
Kate rodó los ojos.
—Imagínate tener que convivir con ella otro año entero. Me muero.
—Tranquila —respondí— Si entró por contactos, no puede competir con nosotras.
Y no sabia cuanto me equivocaba. Las semanas pasaron hasta que por fin llegó el correo más esperado de mi vida. Kate y yo fuimos aceptadas. En siete meses viajaríamos a Seúl para terminar la carrera y hacer prácticas en una empresa asociada a la universidad.
Compartiríamos un depa cerca de mi familia. Estábamos tan felices que lloramos abrazadas en medio del pasillo. Nuestros novios celebraron con nosotras, aunque detrás de su emoción había un miedo evidente.
—Son catorce mil ochocientos cincuenta kilómetros —murmuró Zayn tomando la mano de Kate— Un año entero lejos de ti… es una locura.
—No exageres —ella le sonrió— Vamos a lograrlo.
—No es como que planeen sernos infieles —bromeé.
Zayn respondió escandalizado. Jay, en cambio, se quedó mudo. Ni un gesto, nada. Esa indiferencia se me clavó en el estómago, pero preferí no darle vueltas… aunque sabía que algo no estaba bien.
(…)
Mi cumpleaños llegó unos días después. Kate y Zayn me llevaron a cenar porque Jay “estaba ocupado”. Me regalaron un peluche de Shooky que casi me hace llorar.
—Y espera a ver el regalo de Jay —dijo Zayn— se lució esta vez.
Mi celular vibró en ese instante. Un número desconocido, el mismo que me envió una foto anteriormente. Cuando abrí el mensaje, las manos me temblaron. No era una foto… eran varias. Jay y Marjorie juntos, muy juntos. Demasiado a decir verdad. Supe que ya no tenía forma de engañarme más.
Pedí disculpas y salí del restaurante casi sin aire. Kate corrió detrás de mí. Me llevó a mi casa, cerró las cortinas y destapó una botella de soju. Le conté todo: lo de la fiesta, lo de Marjorie, lo de Jay. Ella escuchó sin interrumpir, como si estuviera memorizando cada detalle para luego matar a alguien.
Bebimos hasta que la cabeza me zumbó. Yo solo quería apagar ese día. Apagar todo. Y cuando por fin creí que nada más podía romperse, me llegó el mensaje que cambiaría lo que yo creía saber sobre mi novio:
“Falta poco para que sepas toda la verdad. Jay no es quien crees.”
El remitente era el mismo número desconocido. Y esta vez no había fotos. Solo un video. Un video que comenzó a reproducirse solo. Y que me dejó helada.
Despues de lo sucedido, los días pasaron lento, pero a la vez demasiado rápido. Jay insistía en verme, me llamaba a cualquier hora, dejaba mensajes de voz y hasta fue a mi casa. Yo, fiel a mi decisión, me negué a abrirle la puerta. No quería escucharlo, no quería verlo, no quería volver a caer.
A una semana del viaje le envié un mensaje corto, casi frío:
“Jay, lo nuestro terminó. No quiero hablar más del tema. No me busques.”
No hubo explicación, no había nada que explicar. Me había roto el corazón de formas que todavía no entendía. La distancia sería mi cierre definitivo.
Y así llegó el día. A pesar de todo lo malo, el día que habíamos esperado por meses al fin estaba ante nosotras.
—¡Sam, apúrate! —refunfuñó Kate mientras revisaba por décima vez los pasajes— Vamos a perder el vuelo por una taza de matcha.
—Relájate. Aún tenemos tiempo para el transbordo —respondí mientras me entregaban la bebida— Ya estás en L.A., disfruta por un segundo.
—Tú sabes que soy nerviosa, ¿por qué haces cosas que me ponen peor?
Estaba por soltar una broma cuando algo, mejor dicho, alguien captó mi atención.
—Oh, Dios… Kate, no vas a creer quién está detrás de ti.
Ella giró con la velocidad de un rayo. Quedó congelada, al igual que yo. Era Park Jimin, el Park Jimin. Ahí, dos metros de ambas.
—Srta., su bebida —dijo el vendedor, sacándome del trance.
Tomé el vaso casi por inercia. Kate se pegó detrás de mí como si con eso pudiera ocultarse, y cuando intenté girar… choqué con ella. Tropecé y caí encima de alguien, regando mi matcha por todas partes.
—¡Sam, qué hiciste! —gritó Kate en modo tragedia griega.
—¡Por tu culpa tropecé! —repliqué, pero al voltear para disculparme, mi alma abandonó mi cuerpo.
Me había estrellado contra Jimin. Mi torpeza, como siempre, brillando en el peor momento. Los guardaespaldas nos rodearon al instante.
—¿Sr. Park, está bien? —preguntaron dos de ellos.
—Señoritas, no se acerquen —ordenaron los otros.
Morí. Literalmente dejé de existir. Incliné la cabeza, avergonzada hasta las lágrimas.
—Lo siento mucho, de verdad. Tropecé y… Aish…lo lamento tanto, Jimin.
Él levantó la mano, indicándole a los guardias que se relajaran.
—Está bien —dijo con una sonrisa suave— Fue un accidente, ¿verdad?
—Fue mi culpa —intervino Kate llorando— Me puse detrás de ella.
—No se preocupen —respondió él con calma— Solo es ropa. Aunque sí es una pena que se haya desperdiciado tu bebida, ¿?.
Mi corazón dio un salto.
—Samantha, soy Samantha Lee, pero me dicen Sam. Y… puedo compensarlo si quieres.
Jimin soltó una risa breve que me desarmó.
—Acepto la compensación, pero ahora tengo prisa o perderé mi vuelo. Dale tu contacto a mi guardia.
Sonrió de nuevo. Sonrió para mí y luego se fue, dejándonos en un estado que ni siquiera sé cómo describir.
Le di mi número al guardia con manos que no sentía. Kate y yo nos quedamos paradas ahí como estatuas hasta que el altavoz nos devolvió a la realidad.
Solo teníamos diez minutos para llegar a la puerta de embarque. Corrimos como si nos persiguiera un demonio, pero llegamos a tiempo. Embarcamos. Y así, sin procesar nada, comenzó nuestra travesía.
Llegamos a Corea a las cuatro de la mañana. El guardaespaldas de mi papá nos estaba esperando. Viajamos como reinas porque él no permitió que tomáramos clase económica. A las seis ya estábamos en la casa de mis padres. Mi mamá lloró apenas me vio. Como su hija única, el drama estaba garantizado.
Desayunamos, hablamos un rato y luego subimos a mi cuarto para ducharnos y dormir. Teníamos dos días para ver nuestro departamento, hacer los trámites con la universidad y que nos asignaran una productora.
Esos dos días volaron. El departamento que mis padres me compraron ya estaba amoblado. Solo faltaba decorarlo a nuestro estilo. Paseamos por Seúl, comimos como si no hubiera un mañana y disfrutamos nuestra nueva libertad.
El cuarto día amaneció… y nosotras no. Debíamos entrar a las 8:00 am a HYBE, pero eran las 8:30 cuando abrí los ojos. El grito fue tan fuerte que mi alma se escaló sola.
—¡Kate, levántate! ¡Nos van a matar!
—¿Qué? ¿Cómo que ya es hora? ¡Nos botaron, cierto!
Nos arreglamos en tiempo récord y salimos disparadas. Por suerte vivíamos a diez minutos de la empresa. Tomamos un taxi mientras sudábamos ansiedad.
Al llegar, chocamos con un grupo de hombres que caminaban como si la alfombra fuera suya. Les lanzamos una mirada asesina y seguimos sin detenernos.
Llegamos a la oficina de gestión de talento humano, pero estaba vacía. Solo había personal de limpieza.
—Todos los ejecutivos están en reunión por el ingreso del nuevo personal —nos explicó una señora.
Respiramos… vivas por ahora. Nos sentamos y esperamos.
—Dios nos ama —dijo Kate soltando una risa.
—Exagerada —reí también— Y no ignores que soy tu salvación diaria.
Una voz detrás nos interrumpió.
—Señoritas, buenos días. ¿Necesitan algo?
Era una mujer elegante, de sonrisa cálida. Me puse de pie.
—Buenos días. Soy Samantha Lee y ella es Katherine Moreno. Venimos por el programa de intercambio.
—Bienvenidas —dijo— Soy Eun-ji. Las estábamos esperando… aunque llegaron un poquito tarde, ¿verdad? —nos guiñó un ojo— Pasen, los ejecutivos quieren conocerlas.
Entramos a la sala de juntas. Amplísima, impecable. Al fondo estaba el Sr. Bang, mi tío Bae y varios accionistas. Hicimos una reverencia y nos presentamos. El Sr. Bang nos observó con atención.
—Bienvenidas. Un gusto tenerlas aquí. Pero díganme… ¿por qué media hora tarde?
—Fue culpa del transporte, señor. No volverá a suceder —respondimos al unísono.
Él me enfocó.
—Según tu tío, viviste muchos años aquí. ¿Cómo cometes un error tan simple?
—Llevo más de cuatro años sin venir —respiré hondo— Todo cambió y me confundí. Lo siento de verdad, no volverá a pasar.
El Sr. Bang sostuvo mi mirada unos segundos. Luego sonrió.
—Espero que seas igual de capaz que tu tío. Y tú también, Katherine.
—Lo seremos —respondimos inclinándonos.
El ambiente se relajó. Mi tío sonrió orgulloso. Pero lo que no sabía… es que la verdadera prueba apenas estaba por comenzar. Porque mientras nos daban los lineamientos del programa, mi celular vibró.
Un mensaje desconocido. El mismo número.
“Bienvenida a Corea, Sam. Pensaste que el video era todo… pero aún falta la parte más importante.”
Mi sangre se heló. Habia pensado que despues de tanto tiempo mi ruptura con Jay y el video había sido el final. Pero no fue asi solo era el inicio.








