Macrófago Vitae: Infección by Izquierdo97 at Inkitt
Customize readability
Aa

Macrófago vitae: Infección

All Rights Reserved ©

Summary

Tras un experimento fallido en un laboratorio secreto de una base militar cubana, un pequeño pueblo de campo sucumbe a un apocalipsis zombi. Historias llenas de terror y desesperación les esperan a los personajes, las decisiones que tomen les cambiará la vida de manera inimaginable, en ocasiones para bien y en ocasiones para mal. Solos o acompañados tendrán que buscar la forma de lidiar con los muertos vivientes, tratar de esconderse y en ocasiones enfrentar a la muerte para sobrevivir un día más. Los recursos se agotan y el tiempo es el mejor soldado de un asedio donde los muertos son los que atacan.

Genre
Scifi
Author
Izquierdo97
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Unidad militar

Recién se ocultaba el sol y la noche ganaba ímpetu con una luna llena que se encontraba más brillante que nunca. Hacía ya varios meses que no se presenciaba el satélite natural de la Tierra tan grande y brilloso como el que ese día deslumbraba los edificios y calles de La Habana. Se podría decir que tenía luz propia. Un cielo despejado de todo rastro de nube dejaba ver una alta gama de estrellas, dando como resultado un paisaje digno de admiración. Una verdadera obra de arte diría José, un joven de unos dieciocho años que se encontraba cumpliendo el Servicio Militar Obligatorio en una unidad militar en las afueras de la Habana, cerca de un pequeño pueblo llamado El Guatao, en el municipio La Lisa.

La unidad militar estaba aislada de la sociedad, sólo una larga carretera de tres kilómetros y en pésimas condiciones estructurales la conectaban con el pueblo. Era un área de aproximadamente mil quinientos metros cuadrados, en sus alrededores había una llanura donde, en el día, el ganado vacuno abundaba. Dentro de la unidad, hacia el Este, se encuentra el albergue donde duermen los oficiales, en su mayoría jóvenes del servicio militar; cerca de este, varios metros al Sur, está ubicada la enfermería.

En el extremo Sur de la unidad, se encuentra un garaje donde se estacionan los autos propios del lugar, en su mayoría Jeeps antiguos. En frente de este, se halla ubicada una plazoleta que sirve de escenario para los eventos políticos y matutinos que se realizan con regularidad. Es un área lo suficientemente grande para acoger, con espacio de sobra, a todos los militares del lugar.

Al Oeste de la plazoleta encontramos el área de la cocina, la cual consta de dos secciones: una nave bastante amplia para el comedor y otra un poco más pequeña para la cocina propiamente dicha. A esas horas de la noche la actividad en ella es mínima, sólo los encargados de preparar el desayuno del día siguiente se encuentran en la misma. Varias cuadras al norte de la cocina, se ubica la gaceta donde se encontraba José, marcando así el inicio del Sector Nueve.

Justo en el centro de la unidad militar, se erige imponente un edificio de dos plantas, lugar donde se sitúan las oficinas directivas del recinto. Es el área más transitada de todas durante el día, se podría decir que cada persona pasa por sus alrededores en más de tres ocasiones al día, ya sea por una causa u otra.

José había cumplido gran parte de su estancia en el Servicio Militar y, como era habitual, se encontraba de guardia. Una larga y aburrida jornada le esperaba. Prefería los turnos de posta interna como el que le tocaba ese día, aunque se aburriera un mundo los prefería a tener que estar de pie toda la noche patrullando de un lugar a otro. Al menos en ese lugar podía sentarse.

Por lo general, su labor consistía en vigilar una puerta por la cual no se acercaba casi nadie en la noche. Le habían designado el Sector Nueve, un área donde la entrada era muy limitada, sólo un grupo muy reducido de personas tenían acceso al mismo y cuando lo hacían, por lo general era de día. Aunque aquella noche había notado un flujo inusual de personas entrando y saliendo; sin duda, más de lo habitual.

A pesar de que le resultaba extraño, no le llegaba a preocupar. Al menos así no se quedaba dormido en su turno. José estaba a días de recoger su baja y largarse de una vez y por todas de aquel infierno de vida militar. No podía arriesgarse a que, por quedarse dormido en su turno de guardia, le extendieran el plazo de su servicio como castigo.

No tenía ni la más mínima idea de lo que se ocultaba detrás de la puerta metálica que custodiaba. Tenía el conocimiento de que detrás de ella, unas escaleras descendían para dar paso a una especie de sótano, donde se desenlazaba el Sector Nueve. Mucho menos podía imaginar lo que estaba sucediendo justo debajo de él aquella noche. De haberlo sabido, hubiera salido corriendo de su puesto sin importar las consecuencias.

El Sector Nueve era un misterio, se podría decir que estaba prohibida su mención de cierta manera. En los meses que llevaba prestando servicio en la institución había observado que, además del teniente de la unidad, las personas que tenían acceso al lugar vestían largas batas sanitarias y muchos ya peinaban canas.

Le gustaba fantasear con que la puerta que tanto le mandaban a custodiar era la entrada a un laboratorio secreto, de donde algún día saldría la cura para el cáncer, el VIH-SIDA o algo similar. Incluso en ocasiones se decía a sí mismo que esa zona era como el Área 51 en los Estados Unidos, pero que los "comunistas", como él les decía a los militares de su país, eran mucho más inteligentes y no iban especulando sobre sus avances científicos; sino, ¿por qué tener tanto sigilo con un simple sótano?

Pasaba horas meditando en las noches, ¿qué más podía hacer? Al fin y al cabo, estaba atado a esa pequeña cabina de dos por dos, donde sólo tenía una endeble mesa de madera, sobre la que descansaba una libreta trabajosamente acomodada en el borde. La misma estaba destinada a registrar las salidas y las entradas de todo el personal, sin importar cuántas veces en el día fuesen. Contaba además con un ordenador antiguo, que lo único que proyectaba eran las imágenes captadas por la cámara de vigilancia que, para variar, apuntaba a la solitaria puerta de hierro. Una silla escolar, verdaderamente incómoda para que pudiera sentarse y un interruptor que sólo servía para abrir la puerta del Sector Nueve.

En una ocasión, José intentó salir y dar una vuelta por los alrededores. No resultó muy bien; terminó sin pase por casi dos meses y limpiando los establos desde que salía el sol hasta que se ocultaba por el Oeste. Dos cosas le habían quedado sumamente claras: la primera, que no volvería a "violar" una guardia, como le llamaban ellos; la segunda, que las vacas cagaban como diablo, no entendía de dónde sacaban tantas heces en tan solo una noche, quizás por el hecho de estar siempre masticando, se decía a sí mismo.

Pasaba ya la medianoche, notaba en el ambiente cierto grado de tensión, cuestión que de cierta forma lo incomodaba. En más de una ocasión, había entrado y salido el teniente coronel Adolfo, un hombre que de tan sólo mirarlo inspiraba más miedo que respeto. Se decía que imponía los más severos castigos a reclutas como él.

José, por su parte, trataba de pasar desapercibido, aunque a veces no era tan sencillo. Afirmaba que mientras menos supieran sus superiores de su existencia, mucho mejor. Por tanto, mantenía un perfil bajo para no sobresaltar, había sido testigo de que a los que sobresalían no les iba bien en aquel lugar.

Ahí iba de nuevo el teniente, por cuarta vez en lo que transcurría de noche, se acercaba a la puerta metálica y solicitaba el acceso. Bien podía pasar sin necesidad de enseñar su identificación, pero si algo José había aprendido bien en ese puesto es que, sin importar la prisa de alguien, los protocolos son los protocolos y están hechos para ser cumplidos.

El teniente se posicionó justo al frente de la ventana de cristal y apoyó su identificación en la misma. José sacó el bolígrafo de su bolsillo y se apresuró a inscribirlo una vez más en el libro de pase. Notó cómo unas gruesas gotas de sudor recorrían la frente de su superior. Su rostro, más que cansancio, denotaba preocupación. Su labio inferior temblaba tan finamente que era casi imperceptible, incluso pasó desapercibido por José, el cual se fijaba siempre en el más mínimo detalle de todo lo que sucedía a su alrededor.

—Una noche algo agitada, ¿no? —Se atrevió a decir el recluta pese a todo pronóstico.

El teniente sólo le dedicó una mirada gélida, llena de desagrado y se retiró con paso apresurado hacia la puerta que recién comenzaba a abrirse.

‹‹Maldito zoquete malhumorado›› pensó el recluta, pero se contuvo de decirlo en voz alta.

Se limitó a ver como desaparecía entre las penumbras del interior del local y empezaba el descenso de las escaleras, mientras las puertas se cerraban con un sonoro clic tras él.

El sistema de acceso al lugar era algo complicado; desde afuera sólo podía abrirse, mientras que desde el interior se podía abrir y cerrar a voluntad. José no entendía el punto de aquello, era un sistema algo absurdo a su parecer, pero era algo que no le interesaba mucho, sólo quería que los días pasaran rápido para salir de aquel infierno de unidad.

La noche, como de costumbre prosiguió tranquila. Para José, estaba siendo, pese a todo, muy aburrida. No tenía en qué entretenerse en los momentos que estaba a solas.

Otro de los reclutas de guardia, un joven llamado Marcos, pasó por la garita de José. El joven había ingresado hacía poco menos de dos semanas. Su uniforme le quedaba holgado, pues no había tenido tiempo aún de arreglarlo ya que perdió su primer pase por no saber tender su cama. A estas alturas, seguía sin saber hacerlo, pero encontró otros métodos de lo más ingeniosos para evitar que se desordenara: como no dormir en la cama de él, sino en otra de algún compañero de guardia o trataba de esforzarse al máximo para no desordenar mucho la suya. En los últimos días, optó por sujetar las sábanas a cada esquina con alfileres. Era una buena estrategia, podía moverse cuanto quisiera que, si se aflojaban los alfileres, era cuestión de volverlos a apretar y listo, por lo que se sentía más que agradecido de que le compartieran semejante técnica. Lo que para algunos era una bobería, para él se había convertido en su salvación, en un salvoconducto a su próximo pase.

Marcos pasaba de recorrido, su guardia consistía en recorrer el perímetro varias veces en la noche, vigilando que todo estuviera en orden. Llevaba una linterna que dibujaba unos haces de luces perfectos que iluminaban todo cuanto tocaban. Las sombras de los objetos salían alargadas y distorsionadas en ocasiones al proyectarse en una pared. La luz de la linterna, iban de un lado a otro sin hacer énfasis en nada en especial, simplemente estaba haciendo lo que le tocaba por obligación.

Lo hacía con desdén puesto que, a él, no lo motivaba nada de aquel lugar, ni las reglas, ni los horarios, ni las guardias que tenía que hacer, ni la comida que ni siquiera se podía comparar a la que tanto estaba acostumbrado a comer en casa y mucho menos le gustaba estar lejos de su X-box, era lo que más añoraba de su casa. Como todos, extrañaba a la familia, pero era más importante para él su consola, esta le proporcionaba mucho placer, podía pasar horas sentado ante ella jugando sin sentir el tiempo pasar; sin embargo, el Servicio Militar Obligatorio, le había arrancado ese placer de su vida.

Se acercó curioso a la gaceta de José procurando no hacer ruido, sabía que le estaba prohibido acercarse al lugar, pero no le interesó. Estaba aburrido y hacer algo para cambiar su condición, era lo único que le llamaba la atención. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, tocó el cristal con ímpetu haciendo que José se sobresaltara, pues no había notado la presencia del joven.

—¿Tienes un cigarro? —preguntó casi en susurro, tratando de contener la risa del salto que había dado aquel muchacho.

José, extrañado por la presencia del recluta y aún con la sensación de sus latidos cardíacos en su garganta, sumado a su pecho bamboleante por el calor del momento, se llevó una mano al oído para indicarle que no le escuchaba en lo absoluto. Marcos hizo como si estuviera fumando y él comprendió de inmediato, al unísono negó con la cabeza, pues él, no fumaba, de hecho, detestaba a los fumadores, de solo pensar en el aroma inconfundible del tabaco, le entraban náuseas.

—¿Qué más da? —Dejó escapar un bufido de reproche, ahogó su risa en una mueca, negó con la cabeza y continuó con su recorrido riendo en silencio.

Marcos no se había alejado ni cinco metros tan si quiera del lugar, cuando la puerta metálica comenzó a abrirse dejando salir, a un hombre de piel morena de unos cincuenta años que llevaba verdadera prisa. Se trataba del Dr. Méndez, uno de los científicos más prestigiosos del lugar, sin duda, era uno de los que más destacaba del grupo.

José siempre le veía rodeado de varios doctores más jóvenes que le trataban con mucho respeto. La impresión que causaba en José, era de una persona de carácter fuerte, seguro de sí mismo, pero lo que lograba ver en él, en la noche de hoy, pese a la poca claridad del lugar, era algo totalmente diferente. Su rostro desencajado denotaba preocupación, incluso José podría jurar, que hasta miedo.

Se apresuró hacia el ventanal de la gaceta y tocó con desmedida fuerza el cristal. Se encontraba agitado, tal pareciera que había acabado de correr una maratón. José se acercó algo impresionado. El doctor había dejado una mancha en el cristal de una sustancia viscosa que en la oscuridad de la noche se veía negruzca. Le impresionó a primera vista aguas albañales, pero no podía serlo, no se imaginaba al doctor sumergiendo sus manos en la fosa, por nada del mundo lo lograba conjeturar en tal situación y menos usando aún su bata blanca.

—¡¡¡Cierra la puerta!!! —gritaba el Dr. Méndez a todo pulmón mientras zarandeaba con fuerza una vez más el cristal—. ¡Cierra la maldita puerta de una vez soldado, es una orden! —Hizo énfasis en las palabras finales, en su rostro cruzaba la desesperación.

Marcos, que había sentido el bullicio iluminó la escena con su linterna y quedó petrificado al instante con lo que descubrió. De la puerta del Sector Nueve, que ya estaba abierta a su máxima capacidad, salía un hombre vestido con un uniforme verde olivo. Poseía una fea herida en el cuello que dejaba ver, a la luz de la linterna, cómo emanaba la sangre aún, la cual manchaba toda su ropa. Pese a esto y contra todas las leyes de la humanidad, se mantenía en pie.

«Tal vez por la adrenalina del momento» intuyó.

Marcos, con manos temblorosas hizo un barrido por el cuerpo del militar con el haz de luz. Descubrió que tenía la manga de su uniforme hecha jirones, tal como si un gato hubiese jugado a rasgar con sus garras la camisa, la cual se encontraba muy pegada a la piel por estar enchumbada en sangre. La escena horrorizó a Marcos de tal manera que sintió por un instante que no podía respirar.

—¿Qué mierda es eso? —susurró más para sí mismo que para que fuera escuchado por alguien.

El hombre de la herida en el cuello parecía excitado por los constantes golpes del Dr. Méndez. Abrió la boca de una forma casi inhumana dejando escapar un estertor que le heló la piel a Marcos. Al instante se lanzó a la carrera con movimientos torpes. Su andar era como el de una persona que lleva mucho tiempo en una misma posición y comienza a moverse de repente con todo el cuerpo entumecido.

Se avalanchó sobre el Dr. Méndez, pero este le recibió con un fuerte golpe en el centro del pecho que le hizo retroceder varios pasos; sin embargo, no cayó, en el último momento logró estabilizarse. Marcos miraba desconcertado.

—¡Cierra la puerta de una maldita vez! —Las palabras del doctor sonaban más a súplica que a una orden.

José no lograba atinar a nada, estaba petrificado en el lugar. Se encontraba tan centrado en lo que sucedía y ahora, que lograba ver con claridad gracias a la luz proveniente de la linterna de Marcos, se daba cuenta que la bata del Dr. Méndez estaba embarrada en un líquido rojo que, sin duda, era sangre. Él no parecía estar herido, pero ese hombre que lo atacaba con énfasis, sí que lo estaba. La fea herida en su cuello provocó en José arqueadas que no llegaron al vómito, nunca había visto algo similar.

Méndez trató de hacerle entender que era necesario cerrar la puerta, pero tenía sus propios problemas. El militar del cuello destrozado volvía a por él con más furia aún. Extendía los brazos hacia delante en un gesto tórpido de agarrarlo, sus manos como garras amenazaban con destrozar lo que encontraran. Sin duda, desgarrarían el pecho del doctor sin esfuerzo.

De la puerta salía ahora a la carrera una mujer joven, trastabilló en el último escalón y casi cae al suelo. José la conocía bien, no sabía su nombre, pero sí la había visto en más de una ocasión y se había fijado bien en ella. Era sin duda una de las mujeres más guapa que había visto en su corta vida y aunque tardó par de segundos en reconocerla, no le quedaban dudas de que era ella.

Hasta hace par de horas atrás, había sido una joven apuesta, sus rizos dorados resaltaban con sus brillantes ojos azules y esa sonrisa que siempre le esbozaba cuando pasaba por el punto de control le revolvían las hormonas a José. Pero esta noche estaba irreconocible, su cabello estaba desaliñado y empegostado. Su cara, por sí sola, daba pavor, le faltaba un pedazo del labio superior dejando ver su dentadura, una baba negra le corría por el agujero de la cara y caía de forma continua sobre sus pechos.

Al verla, José no pudo aguantar más la revoltura de su estómago, le sobrevino un buche amargo que acabó expulsando en un pequeña explosión por su boca. Embarró todo cuanto alcanzó con el contenido de su estómago. Se recostó a la pared para tomar aliento.

No era todo, a la joven le faltaba el brazo derecho, el vestido que en la mañana llevaba por debajo de la bata, estaba rasgado y manchado de sangre en toda su extensión. Emitió un alarido incapaz de salir de la garganta de un humano. Se giró lentamente a la izquierda, en busca de la señal luminosa que la alumbraba dejando ver, a la perfección, las atrocidades de su cuerpo mutilado. Se lanzó a la carrera tras la luz que provenía de la linterna de Marcos.

Para Marcos, que aguardaba sólo a unos escasos cinco metros de donde estaban aconteciendo los hechos, ver aquella mujer salir en tal estado, fue más que suficiente para darse cuenta que tenía que poner tierra de por medio entre esas personas y él.

Así que, sin pensarlo dos veces, echó a correr en sentido contrario. Al principio, sintió que sus piernas pesaban una tonelada, moverlas estaba resultando una tarea sumamente difícil, pero poco a poco, fue recuperando la soltura en ellas. No se quedaría a esperar a que aquella joven le alcanzara, estaba bastante cerca y eso le ponía los pelos de punta.

No tenía ni la más mínima idea de lo que estaba sucediendo, no podía tan siquiera imaginárselo. No estaba seguro de si aquella joven con heridas atroces corría hacia él con el fin de que la ayudara o para acabar con él. De lo único que estaba seguro era que una señal de peligro inminente se había encendido en lo más profundo de su cerebelo y la única orden que este daba era correr, correr y seguir corriendo, sin importar lo que sucediera después.

José hasta ahora había pasado desapercibido por ellos. Vio como el Dr. Méndez había vuelto a golpear al militar que lo atacaba sin freno. Observó también que la mujer que, hasta hace unas horas atrás, había sido una hermosa rubia, estaba totalmente desfigurada y salía tras el haz luminoso que se alejaba cada vez más del lugar.

Presenció, además, como el Dr. Méndez lograba estampar al militar contra la ventana de cristal, no una sino dos veces. La misma con el primer enviste aguantó sin problemas, solo una marca de sangre quedó plasmada en el vidrio formando una mancha sin forma específica. Pero en el segundo impacto hizo un estruendo terrible al quebrarse y caer sobre el militar.

Todo parecía indicar que no acusaba dolor alguno, pues se puso más eufórico. Abría y cerraba la boca como una bestia salvaje, aleteaba los brazos como si estuviese nadando mientras el doctor le mantenía sujeto por el cuello. Fue entonces cuando le miró a los ojos, no encontró pupilas ni iris, solo una capa blanca que se fusionaba a la perfección con la esclera, daba la impresión de estar viendo a un ciego.

—¡Sale y dame tu arma! —gritó entre jadeos el doctor.

Estaba haciendo un verdadero esfuerzo para mantenerse fuera del alcance de las fauces de aquel hombre que amenazaba con morderle.

—Vamos date prisa no tenemos toda la maldita noche.

—No servirá de mucho, está descargada —dijo José mientras salía de la cabina.

—Entonces cierra la puñetera puerta de una vez.

—No puedo —dijo nervioso José—, este interruptor solo sirve para abrirla, ustedes son los que la cierran al entrar.

El militar se revolvía como un toro de feria, el Dr. Méndez resistía a duras penas, sus fuerzas comenzaban a flaquear, era cuestión de momentos que cediera ante una nueva sacudida.

La situación se tornaba cada vez más peligrosa, por el umbral del Sector Nueve acababa de salir el teniente coronel Adolfo junto a dos compañeros de trabajo del Dr. Méndez, se trataba del Dr. Rey y del Dr. Matías.

Por unos instantes José tuvo una sensación de alivio, de que todo había acabado ya, que había sido una mala broma y que era solo una patraña del teniente para retenerle la baja.

Su teoría se desmoronó cuando pudo definirlos bien. El teniente Adolfo llevaba la manga de su camisa verde olivo suelta, la camisa enchumbada de sangre se encontraba desbrochada completamente. La piel de su abdomen había desaparecido casi en su totalidad y de la herida colgaban, casi rozando el suelo, las asas intestinales.

El Dr. Rey se encontraba con el torso desnudo, la piel desgarrada en el centro del pecho dejaba a la vista varias costillas, su piel había pasado a ser totalmente roja por la sangre incrustada en ella. Pero sin duda, lo más traumatizante para José, era ver cómo al Dr. Matías le faltaba la mitad de la mandíbula y su lengua, algo hinchada, se asomaba de vez en vez por el orificio. Los tres monstruos al unísono comenzaron su avance sin freno hacia sus presas.

—Doctor tene... tene... tenemos compañía —tartamudeó nerviosamente.

Méndez apartó la mirada del militar que él tenía obligado con casi la mitad del cuerpo dentro de la gaceta de control de pase. Fue sólo un instante, pero entendió la magnitud del problema, era peor de lo que había imaginado. Le dedicó una pequeña mirada a José que daba pequeños pasos dubitativos hacia atrás y se encontraba tan pálido que dudaba que la sangre aún corriera por debajo de su piel.

Entendió a la perfección que no le serviría de mucho el recluta, se encontraba en shock y no era para menos, la situación lo ameritaba. No todos eran capaces de ver a personas con heridas de muerte correr hacia uno, como si fueran depredadores. Así que, sacó fuerzas de lo más profundo de su ser, tal vez impulsado por las ganas de vivir y de aferrarse a la vida.

Jaló de un solo tirón al militar por la camisa del uniforme para sacarlo del interior de la gaceta y de un empujón, hizo que chocara contra el teniente y sus colegas que ya se encontraban a sólo dos pasos de darle alcance. Cayeron enredados en una maraña de brazos y piernas. De ser personas normales y, por tanto, tener conciencia, no les hubiera costado ni medio segundo en levantarse.

Méndez sabía que carecían de esa habilidad, lo había vivido dentro de los laboratorios del Sector Nueve, no eran capaces de pensar, actuaban por puro instinto, eso de cierta forma les daba algo de ventaja.

Méndez agarró a José por el brazo y tiró de él con brusquedad. Encontró resistencia haciéndolo perder tres valiosos segundos. Ya para entonces sus perseguidores comenzaban a intentar levantarse. No importaba si para ello tenían que pisar la cabeza de uno o el brazo de otro, lo que los hacía de cierta forma algo torpes y les provocaba más de una caída.

—Si quieres vivir, aunque sea solo por esta noche —dijo el científico tras darle un golpe considerable al recluta en el rostro sacándolo de su ensimismamiento—. ¡¡¡Corre!!! —Le gritó a todo pulmón, sin más, comenzaron una carrera por sus vidas.

Let Izquierdo97 know what you thought about this chapter!
Love this

1

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Grimtorn Gamma - Zwischen Macht und Mythos

Kristin: Eine fantastische Geschichte, überraschend bis zum Ende, wo alle Fäden zusammen laufen❤️ Richtig schön geschrieben und auch noch eine eigene Sprache erfunden. Mega 🤩 Ich bin froh, dass ich meine Muttersprache einigermaßen beherrsche und hier wird mal eben einen neue Sprache aus dem Ärmel geschüttel...

Read Now
Erbin des Schattens

kuesterinfo: Sehr spannende Geschichte, tolle Charaktere und starke Dialoge!!! Bin gespannt wie es weiter geht!!!

Read Now
Stripped Shadows

bm: Sehr gutes Schreiben. War total in der Geschichte und habe mitgefiebert, wie es weiter geht. Konnte das Buch kaum zur Seite legen Sehr spannend geschrieben. Freue mich auf Band 2 Hätte gern das Ruby mit Beiden lebt.Und es fehlen noch sehr viel Antworten

Read Now
His dark little secret

C.: Die Charaktere sind toll herausgearbeitet, die Story spannend und abwechslungsreich. Ich kann nicht aufhören zu lesen. ❤️

Read Now
Claws: A Rogue Werewolf story

anastasiamirau: Ich habe den Eindruck, dass es ab und zu an Tiefe fehlt oder nicht genug ist...einige Einschridungen erscheinen mir zu schnell aber sowas ist Geschmackssache...storytelling ist spannend

Read Now
In einem Feld voller Schmetterlinge

Mirastycall: Es ist einfach unglaublich mehr kann man dazu nicht sagen da es einfach Perfektion ist.😭

Read Now
Claimed by the Knight

Emily012: Raze and Freya make every moment unforgettable.

Read Now
I Accidentally Hacked Into The Alphas Chat Group And Now He Wants Me As His Mate

Susan: So far overall I rate this story way above a 10. The plot is fantastic, a young girl an IT pro doing hack jobs.. I love it.The author's writing style if so good. The wording makes you feel part of the story. When Elena is drenched in water you feel and hear the squish squash of her socks and shoes. ...

Read Now
His to protect: Major's therapist

sarah: Reading all your books one by one and loving them

Read Now