Capítulo 1
(PoV: Elara)
Lioren era color. Era el sonido de las bicicletas golpeando el pavimento, el olor a pan recién horneado y el sol que siempre encontraba un hueco entre los árboles para calentarte la cara. Era mi hogar.
Y ahora, se estaba convirtiendo en una mancha borrosa a través del cristal del coche.
—¿Estás bien, Elara? —la voz de mi madre sonó suave, cargada de esa culpa que intentaba disimular desde que empacamos la primera caja.
—Sí —mentí, apretando mis dedos contra el borde del asiento hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Solo... es extraño.
A mi lado, Naeris, mi hermana de quince años, no compartía mi melancolía. Ella estaba sumergida en su teléfono, ignorando el mundo exterior. Para ella, la mudanza era un fastidio necesario; para mí, era como si alguien estuviera arrancando mis raíces de la tierra con las manos desnudas.
El primer problema surgió cuando cruzamos la frontera del condado. El GPS de mi padre empezó a parpadear de forma errática antes de quedar totalmente en blanco.
—Maldita sea, otra vez sin señal —gruñó mi padre, golpeando suavemente el tablero.
El paisaje cambió de golpe. El verde vibrante de Lioren se tiñó de un gris ceniza. Los árboles se volvieron más altos y delgados, con ramas que parecían dedos esqueléticos rascando un cielo plomizo. La bruma apareció de la nada, tan espesa que el capó del coche parecía desaparecer por momentos.
—¿Por qué está tan oscuro? —preguntó Naeris, dejando el móvil por primera vez. Su tono ya no era de aburrimiento, sino de una ligera inquietud.
—Es el clima de la montaña, chicas —trató de calmar mi madre, aunque ella también miraba por la ventana con el ceño fruncido.
“Bienvenidos a Kyraen”. El arco de piedra oscura que nos recibió parecía la entrada a otro siglo. El pueblo no era solo gótico, era pesado. Un silencio absoluto, casi antinatural, caía sobre las calles empedradas. Las farolas de hierro forjado ya estaban encendidas a pesar de que no era tarde, bañando los callejones con una luz amarillenta y mortecina.
—Las casas no tienen ventanas abiertas —observé en un susurro, sintiendo un escalofrío—. Ni siquiera hay gente en las calles.
Era verdad. Kyraen parecía un pueblo que se protegía de algo.
Justo antes de llegar a nuestra nueva calle, mi padre tuvo que frenar en seco. En medio de un cruce estrecho, tres sombras se movieron con una lentitud deliberada.
No eran ancianos, eran chicos de nuestra edad. El que iba en el centro se detuvo y giró la cabeza hacia nuestro coche. Tenía el cabello oscuro y una complexión imponente. Pero lo que me heló la sangre fue el contacto visual.
A través de la bruma y el cristal, sentí una vibración eléctrica que me recorrió la columna. Sus ojos no brillaron, pero se sintieron como dos puntos de presión en mi pecho, un magnetismo gélido que me obligó a contener la respiración.
—¿Papá? —llamé, con la voz temblorosa.
—Solo son chicos cruzando, Elara. Tranquila.
Él arrancó de nuevo, pero yo no pude apartar la vista del espejo retrovisor. Los tres seguían allí, estáticos en medio de la calle, viéndonos desaparecer en la niebla como si estuvieran esperando nuestra llegada.
Habíamos dejado atrás los colores de Lioren. Y lo que nos esperaba en Kyraen no era solo una casa nueva, era un destino que ya nos estaba observando y yo lo sentía arder bajo mi piel.









Me atrapo el primer capítulo