Un sueño hecho pelota
A rodar mi vida cantaba Fito Páez. Ojalá eso de rodar fuera tan musical como ese estribillo pegadizo que marcó una época. Déjenme que les explique: En primer lugar, eso de rodar puede ser en algún estadio de primera división; rodás en el Maracaná, en el Camp Nou, en el Wembley. No rodás en las canchas de la liga de Ferroviarios de Villa Moreno donde laburo yo. Poco pasto, mucho pozo. Casi que no sé lo que es moverse en línea recta, ser mimada por un poco de césped, que me pisen para una gambeta vistosa. Nada. Vivo dando saltitos aún ante el más mínimo pase.
Y acá voy a ser empática con el pobre futbolista que me tiene que dominar mientras yo voy rebotando entre cráteres y montículos de tierra con cascotes. Eso de que un jugador “lleva” la pelota acá no aplica. En estas canchas hasta el más lírico te va empujando con lo que puede, la rodilla, la tibia, el peroné, los tobillos, lo que pinte.. Eso sí, mi empatía tiene límites loco. No puedo bancar a esos defensores rústicos que nos clavan tremendos puntazos en medio de la jeta y nos mandan a la mierda, como esa vez que un burro me reventó sobre un costado a mitad de cancha y recién pude frenar a dos cuadras en el estacionamiento de un supermercado, después de rasparme varias veces contra el pavimento y de rebotar sobre los techos y capós de autos cuyos dueños encima terminaban puteándome a mí. ¡Agarrátela con el forro que me pateó sorete, que bien podría haberme sacado al lateral con un simple toque para cortar la jugada! Eso le habría gritado de haber sido dotada de una boca.
¿Que si en la altura doblamos o no doblamos? Depende quién nos patee, obviamente. A mí en la liga suelen venir algunos que se auto perciben exquisitos y me quieren entrar de tres dedos para que yo haga comba, esquive la barrera y me cuele en el arco pegada al palo. Eso imaginan estos caballos que terminan dándote con el juanete y cuando nosotras nos vamos cinco metros afuera se agarran la cabeza sorprendidos de cómo no se nos ocurrió entrar ¿Qué pretendías genio, que después de ese zapallazo que me pegaste yo hiciera graciosos firuletes en el aire y me metiera sonriente en el ángulo? ¡Por lo menos cortate las uñas tarado, que ya estoy toda tajeada por tu culpa!
Ahh, mirá si me hubiera tocado ser aquella pelota que impulsó Maradona en ese mágico tiro libre indirecto dentro del área contra la Juventus en el 85. Se cuenta que ese afortunado balón quedó tan extasiado después de la “caricia” del Diego que cuando entró al arco gritó el gol casi hasta descoserse. En un reportaje en Mundo Pelota de 1987 dijo “Si hubiera tenido manos me quedaba colgada de la red festejando”. Lo mismo debió sentir la que usó este dios del fútbol también ese año en el famoso calentamiento en Munich ¡Me muero de envidia! Seguro que esa pelota mientras el Diego hacía jueguitos se reía como un nene brincando en una cama elástica. Si me tocaba a mí les juro que habría que exigido que nunca más me lavaran un solo gajo.
Así y todo un día, entre tantas torpezas de potrero de un partido mal jugado, entró un flaco alto y esmirriado que se paró como enganche y que, se comentaba en el baúl de pelotas del club, parecía ser de buen pie. Yo, una pelota con experiencia, lo miré desconfiada porque ya no me dejaba impresionar fácilmente. Había visto muchos habilidosos blanditos que ni bien nos recibían, al primer empujón trastabillaban y nos perdían. Siempre hablamos entre pelotas veteranas sobre la falta de resiliencia de esta generación de pibes de cristal que no nos saben cubrir ante la marca ruda del rival.
Bueh, al ratito veo que me pasan a este flaco. Me recibe bien, poniéndome suavemente la suela del botín encima y haciéndome frenar en seco. Eso me gustó, me hizo sentir segura, fue una muy buena primera impresión, como cuando dos humanos que recién se conocen se saludan con un fuerte apretón de manos y se miran a los ojos. Se genera un vínculo. Garpa.
Al instante veo que el cinco adversario, una especie de heladera con botines, viene en plena embestida dispuesto a exterminar al flaco. La mayoría de los pibes en esa situación suelen largarme rápido hacia el primer compañero que ven y saltar por encima de la bestia que los viene a querer triturar, pero no fue el caso de este muchacho. Este se quedó quieto esperando la arremetida del toro y, cuando lo tuvo a medio metro, me hizo rodar lentamente hacia adelante con un sutil empujón del talón… yo, atontada, me vi de repente deslizándome entre los tobillos del mastodonte que pasaba rabiosamente de largo ¡Un caño!! ¡Acababa de ser protagonista de un caño en esa liga de brutos que se juntan a descargar sus frustraciones a fuerza de agarrones y patadas! Lloré por entre mis costuras y nadie advirtió, a pesar de lo seca que estaba la tierra, el hilo de lágrimas que dejé entre las piernas de aquél orco. De sólo recordar la belleza de ese momento me desinflo de la emoción.
No fue Maradona, no fue en el estadio del Nápoli ni en Munich, pero ese día y en esa pedregosa cancha polvorienta, yo fui una pelota feliz.









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