Capítulo 1
#1. Sueños o Recuerdos.
No importa cuántas veces cierre los ojos, no puedo ignorar los pocos rayos de sol que atraviesan los enormes edificios y logran golpearme la cara con frecuencia. Las maletas no me permiten moverme y, lastimosamente, aún nos faltan dos horas de recorrido. Cuando dejamos las carreteras, ya ocultas por las enormes sombras de la tarde, los cálidos rayos del atardecer de la autopista me golpean más fuerte desde el asiento trasero de la camioneta de mi tío. A lo lejos, en el horizonte del mar, la playa se despide del sol, mientras que nosotros seguimos a la interminable fila de automóviles que pronto nos dejará atrás.
—¿Cómo va todo allá atrás? —Comentó el hombre al volante de este interminable viaje.
—Molesto, con sueño e incómodo. —Dije con un suspiro pesado. Desde que dejamos la última posada, el extraño dolor fantasma desapareció, pero la sensación de ser oprimido se quedó grabada en mi cabeza.
—... ¿Te parece bien detenernos en la próxima gasolinera? Necesito cambiarle el pañal a Diana.
—Okey... pero puedo sacar a Saza; no quiero que se vuelva a enojar por encerrarla durante bastante tiempo.
—Claro, mientras no lo dejes alejarse mucho. No quiero que escape y retrase el viaje.
—No escapará; después de todo, ya no le gusta alejarse de mí.
En la gasolinera al fin pude estirar las piernas; mi tutor se adentró a la tienda para pagar la gasolina, comprar los suministros de bocadillos y buscar un lugar para cambiar a la pequeña de casi cuatro años. Mientras que yo acomodo las maletas de la cajuela para mover las cajas de ropa, cuando entre estas, una transportadora azul se sacude un poco; dentro, una bola de pelos se levanta, estira y sacude.
—Ya despertaste, Saza. Ya no sigues enojado por encerrarte en tu jaula. —El felino de ojos amarronados me mira fijamente antes de ignorarme y concentrarse en su tercer baño del viaje, acomodando su pelaje gris. Entre una rápida estirada y un momento para ir al baño, el sol desapareció y la noche nos envolvió al continuar con nuestro camino. Pronto solo dejamos la autopista y la poca luz fue reemplazada por la oscuridad de lo profundo de los valles entre las misteriosas montañas.
Después de una eternidad viajando, 2 días y 5 horas en carretera, al fin dejamos la solitaria arboleda para adentrarnos en una división de la cual sobresale un viejo letrero [Bienvenidos a Libelan, creciendo para un mejor futuro]. En segundos, la interminable fila de árboles manchados de verde y naranja se transforma en hileras de casas y edificios.
El centro del lugar está rodeado de puestos familiares, turistas y estudiantes. A mediados de Mareck en el ciclo Ciervo. Las escuelas ya deberían haber comenzado los primeros días; me pregunto cómo será la nueva escuela. El pueblo está bastante animado para ser de noche. ¿Se tratará de algún festival? Cuanto más nos adentramos al centro, las tiendas y puestos comienzan a aumentar, al igual que la gente, pero contrario a mi percepción, avanzamos bastante rápido.
En algún momento perdí la mirada en el centro de las personas, mirando fijamente a una persona de capucha roja. Entre tanta gente, él o ella destacaba de manera extraña, como si brillara con luz propia. Reaccionando al estruendo de la repentina pirotecnia, ella voltea la mirada, y por un segundo pude ver sus ojos grises, brillantes, como el resplandor de la plata. Pero mi vista es cortada por una máscara de conejo negro que se pego al cristal de la ventana; el sobresalto fue grande, sacándome de mi ensoñación y reaccionando a mi entorno. La feria que antes nos rodeaba desapareció; en cambio, avanzamos por calles casi desoladas, sin puestos o gente, salvo por los ocasionales estudiantes que regresan a sus hogares; el reloj del auto marca las 10:16.
—¿Estás bien, Alex? Te estaba diciendo que ya casi llegamos a la casa… Te va a encantar el observatorio.
—Sí, solo, creo que estoy cansado, necesito una cama y 10 horas de sueño corrido. —Aunque agradezco la oferta de mirar las estrellas, no creo poder disfrutarlo mientras me preparo mentalmente para ser el chico nuevo del pueblo. ¿Es acaso un mal augurio, una premonición de fracaso?, ¡queridos dioses! ¿Por qué no son más claros?
Como dictó mi tutor, solo quince minutos después de despertar de aquel extraño sueño llegamos a la dichosa casa; el jardín era su propio ecosistema de helechos y enredaderas, la pintura desgastada se caía a pedazos; milagrosamente, no se derrumbaban las paredes enteras. El terreno se conectaba al bosque, por lo que las canaletas de agua estaban infestadas de nidos.
—Tendré que llamar al guardabosques o a los rescatistas; será mejor no molestar a las aves del lugar, por lo que Saza se quedará dentro de la casa hasta nuevo aviso.
—Sí… —La sala principal y el recibidor estaban cubiertos por sábanas amarillas, que alguna vez fueron blancas; las escaleras en U ocultaban los estantes sin libros y una puerta al comedor. A la izquierda, la cocina y lo que parece ser un laboratorio viejo. A la derecha del comedor, un letrero marcaba el invernadero; por precaución y por los chillidos que se escuchaban, decidí no inspeccionar lo.
En la segunda planta las cosas cambiaron un poco; el lugar se encontraba más limpio. La primera puerta era una habitación de doble cama; a la izquierda, el dormitorio principal, el baño y la lavandería. A la derecha, al fondo del balcón interno, se encontraba la puerta al balcón del pequeño observatorio; en el mismo pasillo, la puerta a un corredor de repisas y la entrada a una habitación de doble cama.
En el centro del techo de la habitación se encontraba una puerta trampa, la cual desplegó una pequeña escalera corrediza, que llevaba a un ático del mismo tamaño que el cuarto, salvo por la ventana en el techo inclinado.
—Alex, ¿qué te parece? Puedes elegir primero la habitación que gustes. —Gabriel ya se encontraba subiendo las maletas de ambos mientras que en su espalda se encontraba Diana en su cangurera, aún medio dormida.
—Me quedo con esta, está conectada con el observatorio y creo que las escaleras de caracol se conectan con el invernadero.
—¡Uhg! El problema con la fauna del bosque se agrava cada vez más, entonces que Diana se quede en la habitación del centro y yo en la principal; así estará más segura.
Después de un rato arreglando la habitación de Diana para que durmiera mejor, regresé al ático sobre mi habitación; más que sucio, estaba polvoso, y lo único que ocupaba espacio era un viejo baúl de madera con el candado oxidado, que cayó de un golpe.
—¿Crees que encontremos oro, Saza? —Aunque Gabriel no quería dejar que Saza recorra la casa, por miedo a que case algún animal, sé que él nunca fue un apasionado de la caza, aunque lo hace bien, y que prefiere los paseos por el parque a acercarse a otro ser vivo. Por mi pregunta solo recibo un cabezazo buscador de caricias y un ligero quejido.
El baúl solo contenía viejas libretas, hojas sueltas y uno que otro frasquito con ramitas secas. En la placa interior marcaba las iniciales Dr. L. K. como propietario.
—Oh, nada memorable, supongo que al menos puedo quedarme con el baúl. Las libretas y las hojas solo contenían una infinidad de notas en letra cursiva, demasiado gastada como para poder leerla.
—¡Alex! ¡La ducha sí sirve, baja a bañarte antes de irte a dormir!
—¡Ya escuché! Bien, Saza, mañana moveremos estas cosas.
En la mañana siguiente, me desperté un poco mejor; mi tío ya se encontraba platicando con un equipo de trabajadores para que se encargaran de los dos jardines y el invernadero, y el equipo de mudanza ya estaba en la entrada moviendo los muebles más grandes. Mientras que Diana se encontraba en el sillón de la sala observando todo en silencio junto con Saza como guardiána. Aunque tenía otros planes para mi primer día en el pueblo, decidí quedarme a, al menos, ayudar a mover mis cajas del camión de mudanza.
Terminaron antes de la hora prevista y Gabriel se encargó de comprar comida para todos. La casa ahora parecía mucho mejor, aunque el invernadero seguía siendo un territorio de guerra.
Mientras recogía algunas bolsas de basura para dejarlas en los contenedores, levanté la vista a la extensión de bosque que se encontraba del otro lado de la cerca de madera. No sé si fue por el silencio de los árboles o por tratar de encontrar lo que fuera que me pareciera familiar, que no noté que la puerta por donde salí no se cerró bien.
Cuando reaccioné, una mancha de pelos grises ya se encontraba sobre la madera, listo para saltar y perderse en el bosque.
—No te atreverías… —Los ojos dorados me miraron fijamente con las pupilas casi desvanecidas en una línea, como diciendo “Mírame” antes de desaparecer y dejar un rastro de hierba alta doblada.
—Mierda. Dejando las bolsas que cargaba en el suelo, regresé solo para tomar mi sudadera y un par de cosas para adentrarme en el interior del bosque tras el fugitivo.
—Gab, Saza se escapó, fue directo al bosque. Voy tras él, llevo mi navaja y mi brújula; no creo perdeeeer… me. Grité al interior de la casa antes de resbalar y caer de bruces al tratar de frenar en seco para girar.
—¡Alex! ¡Estás bien, ¿qué pasó?
—No es nada, Saza escapó; voy a buscarlo antes de que anochezca, quédate con Diana. Con lo dicho y sin prisa por ver los raspones en mis manos, me adentro entre los abedules y robles que están comenzando a dejar caer sus hojas al suelo.
La tarde todavía es iluminada por el sol, pero el viento otoñal es fuerte, por lo que cierro bien mi vieja sudadera mientras busco cualquier rastro del pequeño cazador furtivo. En la carrera no puedo evitar imaginar cómo sería la brisa veraniega y el sonido de los pájaros cantando durante la primavera.
Las ramas de los árboles creando una agradable sombra o mostrando sus flores y frutos; para aquel momento ya no estaba corriendo, pero aún me mantenía alerta en busca de aquel gato atigrado. Cuando escucho el murmullo del agua, me dirijo a esta; si hay algún arroyo cerca, es posible que esté jugando cerca.
En efecto, me encontré con un pequeño riachuelo que escapaba de una laguna conectada a una pequeña cascada que ocultaba una enorme cueva. El agua era tan cristalina a pesar de las hojas que caían; en el fondo podía ver piedras tan grandes como mi cabeza; en lo alto de la cascada, una torre de piedra me resultaba familiar.








