Randonauts by Darakiel at Inkitt
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Randonauts

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Summary

Los lamentos de los caídos resuenan en el laberinto, un clamor que desgarrador que resuena en el plano onírico. Con miedo y angustia, los Perdidos huyen como ratones, buscando refugio en la oscuridad, donde solo el miedo y el hambre reinan. El viento aúlla bajo la luna azul, mientras los engranajes giran, tejiendo un espiral de caos y locura. Los frágiles se desvanecen como cenizas, sus sueños y anhelos reducidos a polvo, mientras los rezagados avanzan entre los muertos, con la mirada marchita, a cada paso. ¿Cuántos turnos les quedan por jugar? ¿Cuántas vidas les sobran por perder? ¿Por cuánto tiempo contemplarán un nuevo amanecer antes de que la muerte los reclame? En este laberinto de sombras, donde los dioses juegan con la vida y la muerte, cada susurro es un eco del pasado, cada paso, una apuesta contra el olvido. El aire mismo pesa, como si el tiempo se negara a avanzar. Y sin embargo, en medio del vacío, las almas se niegan a morir. La luna los observa desde lo alto, testigo mudo del juego eterno. El tablero se extiende bajo ellos, hecho de carne, concreto y cenizas. Los dioses sonríen. El destino aguarda. Los dados giran. Y en el silencio sepulcral, solo una pregunta persiste, como una plegaria. ¿Por cuánto tiempo durará esta pesadilla? El eco se pierde entre los corredores infinitos del sueño onírico. Las piezas vuelven a moverse. Y el juego continúa.

Genre
Fantasy
Author
Darakiel
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Pesadilla

"¿Por qué acabamos así?"

El pensamiento cayó sobre la mente de Nordoll como agua helada. No era una pregunta retórica, sino una constatación tardía de la locura desatada.

El Distrito Exterior de Traqueteus se había convertido en un matadero a cielo abierto. El hedor metálico de la sangre fresca se mezclaba con el de la carne podrida, filtrándose por calles y callejones como una marea invisible. No hacía falta ver los cuerpos para saber que estaban ahí.

—¡Por favor! ¡Ten piedad! ¡Prometo que no volverá a pasar!

El hombre estaba de rodillas, con la espalda contra un muro de ladrillos descascarados. Temblaba. Sus manos sucias se aferraban al aire como si aún existiera algo a lo que sujetarseñññ

Nordoll lo observaba desde la sombra de su capucha. En su mano derecha, una daga corta reflejaba la luz mortecina con un brillo carmesí. No había odio en los ojos rojos del niño, solo una quietud fría, casi clínica.

Aquel hombre lo había guiado hacia una emboscada de saqueadores, prometiéndole una ruta segura hacia la muralla. Ahora no era más que un cabo suelto. Un error que debía ser corregido.

"Todos estamos condenados. Los distritos Centro y Medio caerán tarde o temprano."

—¡Ya sé! —chilló el traidor al verlo avanzar—. ¡Quieres comida! ¿Verdad? ¡Puedes ir a mi casa! ¡Tengo de todo! ¡Lo juro!

"El orden dejó de importar. También la honestidad. En este tablero solo cuenta llegar vivo al próximo amanecer."

Nordoll cerró los ojos e inhaló despacio, activando la autohipnosis. El ruido de la ciudad se disipó. Solo quedó su pulso, lento y exacto. Cuando volvió a abrirlos, el mundo había perdido urgencia.

Para su mente inducida, el hombre dejó de ser una persona.

Era un obstáculo biológico.

—¡ALTO! —gritó en un último espasmo de desesperación, extendiendo una mano temblorosa, como si pudiera detener el acero con palabras.

El grito murió a mitad de camino.

El corte fue limpio.

Nordoll limpió la hoja en la ropa del cadáver sin detenerse a mirarlo. A lo lejos, recortada contra el cielo gris, una silueta con cuernos de carnero y apéndices que no deberían existir se deslizaba lentamente entre las nubes, completamente ajena a la carnicería humana.

Sacó su teléfono de entre las ropas.

3:30.

—He perdido demasiado tiempo —murmuró con voz neutra.

Las bestias atacaban con más frecuencia al caer la tarde. Afuera, el tiempo siempre jugaba en contra.

Se agachó y comenzó a saquear el cuerpo. Comida. Munición. Un encendedor. Nada personal. Nada que importara. Solo al final encontró una llave metálica en uno de los bolsillos. La sostuvo un segundo antes de guardarla.

—Supongo que usaré tu casa como refugio temporal.

Se quedó mirando sus manos. Estaban manchadas de sangre, sí, pero también de algo peor: una indiferencia que dos meses atrás le habría parecido una señal de locura.

"La civilización es un barniz muy delgado" pensó, mientras el viento arrastraba el llanto de alguien en un callejón cercano.

"Sesenta días de miedo y hambre bastan para que alguien te venda por una lata de conservas."

Ya no recordaba qué se sentía tener miedo.

O tal vez el miedo se había vuelto su estado natural.

Alzó la vista hacia el cielo y cerró los ojos con fuerza. Por un instante, el hedor a muerte desapareció, reemplazado por un aroma limpio y dulce. Sándalo.

Dos meses atrás

Distrito Exterior de Traqueteus

Hora: 14:15

El aire acondicionado de la pequeña tienda de inciensos El Loto de Marfil zumbaba con suavidad. Nordoll, con la mochila preparada al hombro como siempre, sostenía un paquete envuelto en papel seda.

Sándalo puro. El favorito de Savaryne.

Había caminado desde el Distrito Medio solo por eso. Quería que la casa oliera así cuando Savaryne regresara de su viaje con Calyra.

—Son doce régulos, muchacho —dijo el tendero, un hombre mayor que leía el periódico con calma—. Es raro ver a alguien de tu edad con una mochila tan pesada en un día tan caluroso. ¿Vas de campamento?

Nordoll esbozó una media sonrisa, la que usaba para parecer normal. Sus ojos rojos estaban ocultos tras lentes de contacto.

—Algo así. Me gusta estar preparado.

Extendió la mano para pagar.

El reloj de pared se detuvo.

No hubo explosión. El sonido simplemente desapareció. Pájaros, motores, voces: todo se apagó al mismo tiempo. Una presión brutal le recorrió la base del cráneo, como si algo hubiera presionado un interruptor dentro de su mente.

El suelo dejó de existir durante un parpadeo.

A través del escaparate, Nordoll vio cómo el horizonte de la ciudad —las montañas verdes, la autopista nacional— se desintegraba en fragmentos negros y violetas. Como si una imagen fuese rasgada desde atrás, su lugar fue ocupado por troncos colosales, imposibles, tan altos que no se distinguía su copa. Un cielo gris y muerto dominaba las alturas.

El tendero soltó el periódico. El papel quedó suspendido un instante antes de caer con un peso antinatural.

—¿Qué… está pasando…? —murmuró Nordoll.

El sueño lo reclamó antes de obtener respuesta.

El silencio que siguió no fue paz, sino vacío. Flotó en la nada hasta que la gravedad regresó de golpe.

Su rostro golpeó el suelo de madera. El aroma a sándalo se mezcló con olor a ozono y electricidad estática.

Nordoll abrió los ojos. El polvo le irritaba las pupilas. Se quitó los lentes de contacto con manos temblorosas, revelando el rojo intenso de sus ojos en la penumbra.

—¿Señor…? —llamó.

El tendero yacía en el suelo, roncando con pesadez.

Intentó ponerse de pie. Las piernas no le respondieron. Gateó hasta el escaparate y entonces lo entendió.

La calle había desaparecido.

En su lugar se extendía un bosque de pesadilla. Árboles de corteza pulsante se alzaban decenas de metros hacia el cielo. El aire era denso, húmedo, con un sabor a moho antiguo. Y detrás de todo, dominándolo todo, se alzaba un muros colosales que no figuraba en ningún mapa.

Nordoll siguió la línea de piedra hasta que la comprensión lo golpeó.

—Esto… no es la Tierra.

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