Capitulo 1: la entrada al infierno
La noche de 1995 caía húmeda sobre la pequeña ciudad de Lyon, Francia. La casa de los Moreau estaba en silencio, salvo por el rumor del viento que arrastraba hojas secas contra las paredes. El reloj de la cocina marcaba las once y media.
En el fondo de la vivienda, la puerta trasera quedaba apenas entreabierta, tal vez, entre el festejo y la preparación por el cumpleaños que estaba a punto de llegar habían olvidado empujarla hasta el cierre. La hendija dejaba entrar una línea de aire frío que se mezclaba con el aroma a madera encerada. Fue por allí donde se deslizó la presencia que alteraría todo.
No emitió sonido alguno, solo un leve crujido de bisagra. La sombra se adentró en la penumbra, cruzando la cocina con pasos que median cada centímetro del suelo. Sobre la mesa descansaba un cuenco con frutas y, en un soporte de madera, brillaban los cuchillos de cocina. Una mano tomó el más grande, dejando tras de sí un vacío amenazante.
Caminó derecho por el pasillo que llevaba a la habitación matrimonial, Yanel Dubblé dormía de costado, envuelta en mantas. Su respiración era tranquila, ajena al peligro que reptaba por la escalera. La silueta subió con lentitud, evitando todo ruido, hasta que la madera cedió con un gemido suave. Yanel se movió en sueños, sin despertar.
El filo bajó con precisión. Un golpe seco, un jadeo quebrado, el despertar en un instante convertido en pesadilla. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, reflejando el destello metálico antes de apagarse. El colchón absorbió el derrame oscuro, y la sábana blanca se volvió un lienzo macabro.
Robert Moreau, su esposo, estaba a un costado del pasillo, del otro lado de la habitación; en el living, reposando sobre el sillón de terciopelo verde mientras veía su programa favorito en la televisión. se sobresaltó con el ruido, apenas tuvo tiempo de girarse. Su cuerpo moreno, fuerte pero desprevenido, se levantó con un gesto instintivo de defensa. Sus ojos café se encontraron con la escena, y el horror apenas alcanzó a delinearse en su rostro. Quiso alzar la voz, pero el silencio lo devoró cuando el acero atravesó su resistencia. Una lucha breve, sofocada, hasta que la habitación se hundió en el silencio.
El intruso no se detuvo a contemplar. Recorrió la casa, cruzó la sala y volvió a perderse en la puerta trasera, que se cerró apenas con un golpe suave. La casa quedó muda, como si nada hubiese sucedido, salvo por los cuerpos que ya nunca volverían a moverse.
El tiempo transcurrió unos minutos. Luego, los pequeños pasos de Cecile resonaron en el piso superior. La niña, de apenas cinco años, había escuchado un murmullo extraño. Se restregó los ojos, todavía prisionera del sueño, y comenzó a descender por la escalera. Cada peldaño crujió bajo sus pies desnudos.
Cuando su mirada alcanzó el final del recorrido, se congeló. La sala se le presentó iluminada solo por la penumbra azulada que filtraban las cortinas. El aire estaba pesado, impregnado de un olor metálico. Avanzó unos pasos, balbuceando un llamado tímido hacia su madre.
Entonces los vio.
Las figuras de Yanel y Robert yacían sin vida, sus cuerpos deformando la quietud de la habitación. La sangre se había extendido en hilos que parecían buscar el suelo. Cecile no comprendió del todo qué significaba, pero el instinto bastó. Un grito desgarrador salió de su garganta, quebrando el silencio, resonando en cada rincón de la casa y en las vacías calles de Lyon.
Las sirenas no tardaron en hacerse presentes. El resplandor azul y rojo se proyectó sobre las fachadas, desnudando las sombras de los edificios viejos.
Un vecino había marcado el número de emergencias poco después de escuchar aquel grito que le heló la sangre. “Una niña… parece una niña”, balbuceó al teléfono, incapaz de explicar más.
La primera patrulla frenó frente a la casa de los Moreau. El portón estaba cerrado, pero la puerta trasera permanecía abierta. Tres agentes descendieron, tensos, y uno de ellos empujó la puerta principal. El interior olía a hierro.
Fue Sofía Bernardinni quien se adelantó. Tenía poco más de treinta años, cabello oscuro recogido en un moño apurado, ojos firmes que rara vez temblaban. Su chaqueta de cuero estaba mojada por la llovizna. Entró sin esperar a los demás, con una linterna en una mano y la otra rozando la funda de su arma.
El haz de luz recorrió la sala y se detuvo. El suelo manchado, los cuerpos en la habitación, la quietud. Sofía contuvo la respiración. No era la primera vez que veía la muerte, pero había algo en aquella escena… algo que parecía más cruel, más íntimo.
Un movimiento la hizo girar. Al pie de la escalera estaba la niña. Cecile, temblando, con los ojos aún humedecidos por el llanto. Su pijama de ositos estaba manchado con pequeñas gotas rojas, probablemente al tocar sin comprender.
—Mon Dieu… —susurró Sofía, bajando la linterna para no enceguecerla.
Se acercó despacio, con la misma delicadeza con la que se toca un cristal a punto de romperse.
—¿Estás bien? —preguntó en un tono bajo, casi maternal.
La niña no respondió, solo alzó la mirada, perdida, y señaló con un dedo tembloroso hacia la habitación. Luego corrió hacia Sofía y se aferró a su pierna como si aquella desconocida fuera la única isla en medio del desastre.
Sofía le acarició el cabello, intentando contener la rabia que hervía en su pecho. Se giró hacia los agentes.
—Que nadie toque nada. Llamen a forenses, ahora.
Los hombres asintieron, aunque algunos se quedaron clavados, incapaces de apartar la vista de la carnicería que había quedado en la habitación.
Sofía se agachó al nivel de la niña.
—Escúchame, cariño. ¿Tienes algún otro familiar? ¿Alguien a quien podamos llamar?
Cecile negó con la cabeza, con un movimiento lento, casi resignado. Apenas podía articular palabra. Entre sollozos, alcanzó a decir:
—Solo mamá… y papá.
El silencio que siguió fue más cruel que cualquier palabra. Sofía comprendió de inmediato.
Mientras los peritos comenzaban a entrar, con sus trajes blancos y cámaras fotográficas, Sofía se quedó al margen con la pequeña. No iba a dejarla rodeada de hombres con guantes de látex y miradas frías. La levantó en brazos, ligera como un suspiro, y la llevó hacia el porche para que respirara aire.
La llovizna le empapó el rostro, pero Cecile no se movió. Estaba aferrada al cuello de Sofía.
Un colega se acercó.
—Comisaria Bernardinni, ¿qué hacemos con la niña? Debe quedar bajo custodia de menores…
—Custodia miseria —cortó ella, con un tono seco—. ¿Sabes cuánto tarda un expediente en esas oficinas? ¿Sabes lo que hacen con criaturas que acaban de ver esto? —señaló con la barbilla la puerta de la casa.
El agente bajó la mirada. No se atrevió a contradecirla.
Sofía suspiró y se dirigió a Cecile otra vez:
—¿Quieres venir conmigo esta noche? No te dejaré sola, te lo prometo.
Los ojos de la niña brillaron entre lágrimas. No hubo palabra, solo un asentimiento casi imperceptible.
Horas después, el amanecer comenzaba a pintar Lyon con un gris deslucido. La ciudad despertaba sin saber nada de la tragedia ocurrida en aquel barrio.
El auto de Sofía se deslizaba por las avenidas desiertas, con Cecile dormida en el asiento trasero, envuelta en una manta de la comisaría. Cada tanto, la pequeña se movía inquieta, como si las imágenes del horror la persiguieran incluso en sueños.
Sofía conducía con una mezcla de determinación y duda. Sabía que lo que hacía no era del todo “legal”, pero en su interior estaba convencida de que era lo único correcto. Dejar a esa niña en un centro temporal sería condenarla a un vacío aún más frío que la muerte de sus padres.
El coche se internó en Barigaldi, un barrio de edificios bajos y calles empedradas. Finalmente se detuvo frente al número 1600. Una casa modesta, con persianas verdes y un pequeño balcón adornado con macetas de geranios. El hogar de Sofía.
Aparcó, salió y abrió la puerta trasera. Cecile se despertó con un leve sobresalto.
—Ya llegamos, pequeña. Ven —le dijo con voz serena.
La niña bajó, todavía abrazada a la manta. Sus pies descalzos tocaron el suelo húmedo, y Sofía la alzó antes de que pudiera temblar.
Entraron en la casa. El aroma a café viejo y madera impregnaba el aire. En la sala había un sillón amplio, una estantería con libros policiales y un cuadro torcido que Sofía nunca arreglaba. Para Cecile, aquello era otro mundo: un lugar desconocido, pero cálido, sin sangre en el suelo.
Sofía la dejó en el sofá, le puso una taza de leche caliente que preparó con manos rápidas y torpes. La niña la observaba con ojos enormes, sin entender del todo qué estaba pasando.
—Te quedarás aquí conmigo, ¿sí? —dijo Sofía, arrodillándose frente a ella.
—¿Y mamá? —preguntó Cecile, la voz quebrada.
Sofía sintió un nudo en la garganta. Nunca había tenido hijos, y ahora debía responder lo imposible. Tomó aire.
—Tu mamá… y tu papá… ya no están. Pero yo voy a cuidarte, te lo juro. No voy a dejar que te pase nada.
Cecile bajó la mirada. Una lágrima rodó por su mejilla y cayó en la manta. Después, lentamente, se inclinó hacia adelante y abrazó a Sofía, con una fuerza inesperada para alguien tan pequeña.
Sofía cerró los ojos. Acarició la espalda de la niña, consciente de que esa noche había cambiado dos destinos: el de la pequeña, que había perdido todo, y el suyo propio, que acababa de encontrar una razón nueva y peligrosa para luchar.
El tiempo, en Lyon, parecía avanzar con la cadencia del río Ródano: lento, gris, inevitable. Los días posteriores a la tragedia de 1995 fueron una maraña de trámites, interrogatorios y documentos. Pero Sofía Bernardinni, además de inspectora, llevaba otro peso en su currículum: era abogada penalista, egresada de la Universidad Jean Moulin Lyon 3. Nunca lo había dejado de lado, aunque rara vez lo mostraba. Esa doble formación la convertía en alguien incómoda para sus superiores: sabía demasiado de la ley como para ser manipulada.
Fue esa combinación de policía y abogada la que permitió que Cecile no terminara en un hogar de tránsito. Sofía utilizó cada resquicio legal, cada artículo olvidado, para asegurar la custodia. “La niña carece de familia directa”, repitió en audiencias y firmas interminables, “y el Estado no tiene mejor tutor que una servidora pública con estabilidad laboral y formación jurídica”. No era habitual, pero el argumento funcionó. En 1997, dos años después de la tragedia, el apellido Bernardinni apareció oficialmente en los papeles de Cecile como tutora legal.
La vida en Barigaldi 1600 adquirió una rutina tranquila. La casa pequeña se llenó de libros escolares, dibujos infantiles y fotografías pegadas en la nevera. Sofía se adaptó a ser madre improvisada: ayudaba con tareas, asistía a reuniones en la escuela, y aprendió a preparar crêpes los domingos porque eran lo único que siempre lograba arrancar una sonrisa a la niña.
Pero algo en Cecile nunca fue del todo común.
Desde pequeña, además de ser increíblemente inteligente y audaz, mostró fascinación por lo religioso. Mientras otros niños garabateaban caricaturas, ella trazaba cruces, ángeles y llamas en sus cuadernos. No era una religiosidad parroquial, sino casi literaria, poética. Cuando cumplió doce años, descubrió en la biblioteca de Sofía una edición gastada de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Pasaba horas perdida en sus versos, repitiendo en voz baja los nombres de los círculos del Infierno como si fueran plegarias.
Los psicólogos escolares comenzaron a inquietarse. Informes llegaban periódicamente a Sofía: “Cecile refiere escuchar voces. Dice que en ocasiones los personajes de la Comedia le hablan. En especial describe a un ‘guía’ que la acompaña en la oscuridad. No presenta signos claros de psicosis, pero sugerimos estudios más profundos. Podría tratarse de un caso incipiente de esquizofrenia, aunque aún no hay pruebas.”
Sofía se enfurecía cada vez que leía esas conclusiones ambiguas. “No hay pruebas”, repetía. Para ella, Cecile era sensible, sí, con una imaginación desbordante, pero no estaba enferma. ¿Cómo no escuchar voces después de ver lo que había visto a los cinco años? La mente encontraba refugios donde podía.
Aun así, guardaba silencio. Observaba, con la paciencia de quien vigila un terreno volcánico, esperando el primer temblor.
El años 2005 llegó y Cecile cumplió quince años. Era alta, de cabellos negros como los de sus padres, y en sus ojos brillaba un verde inquietante que recordaba a Yanel. Tenía una madurez precoz y un aire enigmático que la hacía destacar entre sus compañeros. Los profesores decían que su oratoria era magnética, aunque a veces excesiva, “casi de predicadora”.
Sofía notaba que la adolescente vivía dividida entre dos mundos: el real, con su rutina escolar, y el interior, donde Dante, Beatriz y las voces invisibles habitaban como familia.
Fue una mañana de invierno cuando la conversación inevitable llegó. La casa estaba impregnada de olor a café recién hecho y pan tostado. La mesa de la cocina, pequeña y cubierta por un mantel a cuadros, estaba servida. Cecile hojeaba distraída un libro de poemas mientras untaba mantequilla en una rebanada. Sofía, con su taza humeante entre las manos, la observaba con gesto serio.
—Cecile —empezó, con ese tono que la joven ya conocía como tema importante.
—¿Sí? —respondió, sin apartar los ojos del papel.
—Hay algo que llevamos diez años evitando. Algo que no podemos seguir enterrando.
La adolescente levantó la vista. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de Yanel, la atravesaron.
—Hablas de aquella noche.
Sofía asintió.
—Necesito saber si recuerdas algo más. No un detalle suelto, no un ruido. Quiero que me digas la verdad, Cecile. ¿Viste al asesino?
La palabra resonó como un trueno en la cocina. Cecile dejó el cuchillo sobre el plato, el sonido metálico chocando contra la loza. Permaneció en silencio unos segundos.
—No… no lo vi.
Sofía arqueó una ceja.
—¿Estás segura? Has mencionado voces, presencias. Has descrito sombras en tus sesiones con el psicólogo.
—Eso no es lo mismo —replicó ella, firme—. Lo que escucho ahora no lo escuché entonces. Esa noche… —hizo una pausa, como si buscara entre sus memorias—. Esa noche solo bajé y vi lo que ya sabes. A mamá… a papá…
La voz se quebró, pero Cecile respiró hondo y recuperó la calma.
—Nunca vi un rostro. Nunca vi una silueta. Solo silencio después del grito.
Sofía bebió un sorbo de café, intentando ocultar la frustración.
—Los informes psicológicos insisten en que podrías estar reprimiendo. Que tu mente bloqueó la imagen del asesino y la reemplazó por esas “voces”.
Cecile sonrió con amargura.
—Siempre creen que estoy loca. Que lo que escucho es un síntoma. Pero tú sabes que no lo es, Sofía.
Sofía dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—No confundas las cosas. Soy tu tutora, no tu cómplice en fantasías. Necesito saber si recuerdas, porque ese caso sigue abierto. El asesino nunca fue encontrado. Y si hay algo que puedas darme, cualquier pista, aunque parezca absurda, debes hacerlo.
El silencio cayó sobre la mesa. Cecile miró fijamente su plato, su rostro se reflejaba en él, arqueo tristemente las cejas y sus labios temblaron, luego levantó la vista con una serenidad inquietante.
—No vi al asesino. Pero… —dudó—, a veces creo que él nunca se fue.
Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que cuando camino por la ciudad, cuando cierro los ojos en misa o cuando leo a Dante, siento una sombra cerca. No puedo describirla. Es como… un aliento en mi oído. Y a veces esa voz me dice cosas. Me advierte. Me guía.
—¿Y tú crees que esa voz es…? —Sofía no terminó la frase.
Cecile la miró con intensidad.
—No sé si es él. No sé si es Dios. O si es simplemente mi mente. Pero está allí. Y me acompaña.
La inspectora se quedó muda, luchando entre la incredulidad y la necesidad de protegerla. Había jurado criarla, defenderla, pero en ese momento se sintió como si la niña que rescató diez años atrás caminara al borde de un abismo invisible.
Finalmente, Sofía suspiró.
—Cecile, escucha. No importa lo que digan los psicólogos ni lo que tú sientas en tus noches más oscuras. Si alguna vez recuerdas algo real, algo concreto sobre esa noche, prométeme que vendrás a mí primero.
La adolescente asintió lentamente.
El desayuno continuó en silencio. El pan se enfrió, el café se quedó sin aroma, y ambas entendieron que, aunque habían compartido palabras, el misterio de aquella noche de 1995 seguía intacto, más vivo que nunca.
Los años se fueron deslizando como hojas que caen en otoño. Cecile, que había sido aquella niña curiosa y de ojos demasiado atentos para su edad, empezó a crecer con una determinación que hasta a Sofía le resultaba inquietante. A los trece ya decía que quería "atrapar monstruos", y a los quince lo dijo en serio:
—Quiero entrar a la policía.
Sofía se rió al principio, como si fuera una ocurrencia pasajera, pero cuando la vio con diecisiete, más alta, delgada pero con la mirada cortante como un cuchillo nuevo, entendió que hablaba en serio. Cecile se anotó, ingresó y quedó. Fue una mezcla de inteligencia fría, disciplina silenciosa y una fuerza física que, aunque no se notaba en músculos, sí se percibía en resistencia.
En 2009, ya con diecinueve años, Cecile no era la misma muchacha. Algo en ella se había endurecido: la forma en que caminaba, en que medía sus palabras, incluso en cómo miraba los relojes, siempre como si estuviera en guerra con el tiempo.
Aquella noche, tras entrenar y bañarse, subió a su cuarto. La habitación estaba tan ordenada que hasta causaría nerviosismo estar allí por más de una hora. Se sentó frente a la mesa, encendió la lámpara y escribió una carta en un papel blanco que absorbía cada palabra con lentitud:
"Cecile:
Dios... Acaso eres tú el hijo del diablo? O solo eres azar en relación al destino?
Diría que no creo en ti... pero mentiría.
Aun así no descarto que quizás ya no estés escuchando, dime Dios...
El monstruo está bajo la cama... o solo duerme sobre ella?
Para el azar"
Dobló la hoja con precisión, la metió en un sobre, y lo dejó sobre un libro grueso de ciberseguridad que estaba en la mesa.
Cécile estudió en una escuela llamada “La Marcelle de bognea”, escuela que solía visitar de niña solo por recorrer los momentos en que estudiaba allí.
En dicha escuela, ella era muy inteligente, y tan especial que se pasaba las tardes estudiando con el director Samuel Bernard. Todas las tardes estudiaban Caligrafía y Ortografía, También solían hablar sobre Matemáticas avanzadas y Física. Según él mismo le rebelaba a Sofía.
Con el tiempo, Cécile terminó la escuela y jamás más volvió a ver a aquel hombre.
Minutos después, bajó con un bolso y se detuvo frente a Sofía:
—Voy a salir con unos amigos —dijo breve, sin dar espacio a preguntas.
Sofía solo asintió, aunque la notó más distante que de costumbre.
La casa se fue quedando en silencio. La televisión del living escupía luces intermitentes hacia el sillón, único foco encendido en medio de la oscuridad. Sofía, sola, se dejó envolver por ese resplandor parpadeante. El ventanal de vidrio a la derecha de Sofía permanecía tapado por grandes cortinan que impedian el paso de la luz y esto, sumado a la oscuridad de toda la casa ocasionaba que Sofía no tuviera otro campo visual que no fuera El aportado por su televisión.
El reloj avanzaba despacio, y con cada minuto más largo, comenzó a aburrirse.
Excepto que, entre movimiento y movimiento dirigió su vista al cuarto de Cecile... Las escaleras que llevaban a la puerta de roble marrón...
No había subido en quince años. Ni siquiera cuando limpiaba, porque Cecile siempre lo hacía sola, como si ese cuarto fuera un santuario o una trinchera. La idea se le clavó en la cabeza: ¿qué habrá allí arriba?
Sofía miró hacia la escalera. La penumbra la esperaba como una boca abierta.
Se levantó y el silencio la golpeó. La casa respiraba distinto, con un silencio pesado, tan denso que hasta el zumbido eléctrico del televisor parecía un intruso.
Sofía dio el primer paso hacia la escalera.
El crujido de la madera le respondió como una queja vieja. Otro paso. Otro. Sus piernas obedecían, pero dentro de ella algo palpitaba con un aviso ancestral: no subas. No era una voz. Era un instinto. El mismo que obliga a un ciervo a detenerse en el bosque antes de la emboscada.
El aire se espesaba más arriba, casi líquido. Se sintió atrapada en una densidad invisible que la hacía respirar con dificultad. Llegó a la puerta de Cecile. El manubrio estaba frío, absurdamente frío, como si la habitación hubiera estado aislada del calor humano durante siglos.
Giró la perilla. El clic metálico fue brutalmente alto.
Abrió despacio. La luz de la lámpara en el escritorio seguía encendida, bañando la habitación en un amarillo cansado. No era acogedor. Era enfermizo. Al entrar, un cansancio repentino la invadió como plomo derramado en la sangre. No debería estar allí. Cada músculo lo sabía, pero su ansiedad la empujaba a avanzar.
El sobre estaba allí. Encima del libro de ciberseguridad, blanco, limpio, como una herida en medio del cuarto.
Sofía se acercó despacio, la respiración agitada, los ojos fijos en ese rectángulo de papel. Se preguntó que hacía allí una carta, tal vez Cecile la había olvidado.
Suspiró, controló su respiración para evitar que la escucharan, aunque no hubiera nadie en la casa, sentia que algo iba a atacarla en cualquier instante. Extendió la mano. La sombra de su propio brazo se proyectaba sobre el escritorio, temblorosa, gigantesca.
Su dedo índice rozó el borde del sobre. El corazón martillaba tan fuerte que le dolía en el pecho. Lo deslizó apenas con la yema del pulgar, tanteando la solapa. Casi podía abrirlo. Casi.
Entonces, el silencio se quebró.
Un estallido seco, brutal: el celular vibrando y sonando en el bolsillo de su abrigo. El timbre irrumpió como un disparo en una iglesia vacía.
Sofía dio un salto, el corazón en la garganta, sobresaltada. Soltó el sobre de golpe y lo acomodó torpemente sobre el libro.
Sacó el celular con manos tensas, temblaban del nerviosismo. Sofia intentaba tragar saliva pero le costaba, el sudor frío recorría su frente y las náuseas por el nerviosismo fueron tales que tuvo que descender las escaleras rápidamente para poder sentarse en su sillón ante el riesgo de desmayo. La pantalla iluminó su rostro sudoroso: Fiscal Deveraux.
Atendió, todavía con la adrenalina quemándole las venas.
—¿Sofía Bernardinni? —la voz del fiscal era seca, burocrática, pero cargada de urgencia—. Necesito que mañana esté en el juzgado a primera hora. Hay un caso que no puede esperar.
Ella asintió en silencio antes de responder un “sí” apenas audible. Colgó.
La televisión aún estaba allí, lanzando parpadeos de luz blanca que golpeaban su rostro cansado. Se dejó caer en el sillón, respirando hondo, como si acabara de escapar de una corriente subterránea.
Por un instante se dejó envolver por el ruido del televisor. Pero algo la obligó a mirar hacia arriba.
Las escaleras permanecían en penumbras, erguidas, mudas. Sofía frunció el ceño, había visto la muerte muchas veces... Pero jamás la había sentido respirar tan cerca de su cien.
Luego giró la cabeza de nuevo hacia la pantalla, como si pudiera engañarse a sí misma.
Cecile regresó de la salida con sus amigos cuando la noche ya se había cerrado sobre Lyon. El aire olía a humedad, a hojas mojadas, y traía consigo una calma artificial que no coincidía con lo que ella sentía al entrar en la casa. Cerró la puerta suavemente y subió directo a su cuarto, como siempre.
Empujó la puerta.
La lámpara aún estaba encendida sobre el escritorio. El libro de ciberseguridad reposaba allí, obediente. Y encima, el sobre.
Se detuvo.
Lo supo de inmediato: no estaba como lo había dejado. El ángulo, la forma en que reposaba sobre la tapa dura… todo era apenas distinto, pero suficiente para que el orden obsesivo de Cecile lo notara. Se acercó, despacio, y tocó con dos dedos el borde. Sí. Alguien lo había movido.
No necesitó pensar mucho. Sofía.
Una chispa de rabia le cruzó la mirada, mezclada con una sonrisa irónica apenas dibujada en los labios. “Así que no pudo resistirse…”. Guardó la carta de nuevo en el mismo lugar, esta vez más cuidadosamente. Luego apagó la lámpara.
No bajó de inmediato. Se quedó unos segundos en silencio, observando su propio reflejo en el vidrio de la ventana. Tenía los ojos serios, demasiado para su edad.
Finalmente salió del cuarto y bajó las escaleras con pasos lentos, calculados, como quien no quiere anunciar su llegada.
La cocina estaba iluminada por una única lámpara de techo. Se sentó en la mesa y esperó. El reloj marcaba las once pasadas. Sacó un vaso, lo llenó con agua y lo dejó frente a ella sin beber. La superficie del líquido vibraba apenas, como si compartiera la tensión de sus pensamientos.
Escuchó el ruido de la llave en la cerradura. Sofía entraba al fin, más tarde de lo habitual, seguramente agotada del juzgado. Cecile no se movió. Esperó a escuchar los pasos, la chaqueta colgándose en el perchero, el suspiro cansado en el pasillo.
Solo entonces, con voz tranquila, dijo desde la cocina:
—Buenas tardes, Sofía.
No había reproche en el tono. Ni siquiera dulzura. Solo una calma cortante, la calma que precede a la revelación de que algo se sabe.
Esperó que Sofía apareciera en la puerta, y cuando la vio, sus ojos verdes brillaban de un modo que no habian brillado nunca.
—¿Qué haces? —le preguntó, mientras bebía agua.
—Ayer estuviste en mi habitación ¿Verdad?
—Sí, escuché unos ruidos y decidí investigar —contesta Sofía, mientras Cécile:
—Oh… está bien. —Ante tal respuesta, Cécile solo continúa su día como si nada de aquello estuviese ocurriendo.
Pero al caer la noche, mientras ambas cenaban. Cécile le preguntó a Sofía:
—¿Crees que Dios castigue al azar?
Sofía, casi sin poder hablar, responde:
—Quizás, después de todo, el azar es cuestión del destino…
Ante dichas palabras, Cécile se pone de pie y camina a su habitación en silencio.
Se recostó sobre su cama y leyó:
—Dios… ¿Acaso eres tú el hijo del Diablo… o solo eres azar en relación al destino?
Diría que no creo en ti, pero mentiría, aún así no descarto que ya no estés escuchando.
¿Dime, Dios… del monstruo está bajo la cama? ¿O solo duerme sobre ella? No… azar.
25 de marzo 08:00am:
—¡¡¡Cécile!!! —gritaba Sofía desde la sala mientras preparaba su café— ¡¡Cécile, llegarás tarde a la escuela de policías!!! Agh, tendré que subir a despertarla.
Sofía caminó hacia la habitación de Cécile y abre la puerta diciendo
—¡Cécile, llegarás tarde! —se inquieta y silencia al ver que Cécile ya había salido.
—¿Pero… pero cómo? —Sofía revisa las cámaras de seguridad, pero Cécile no aparecía en ninguna…
—Ja… Cécile… siempre así —Sofía sonríe y camina limpiando
Cécile se encontraba ordenando sus carpetas cuando, de repente, un oficial de policía la llama al despacho.
—El jefe de policía, Richard Bonseur, quiere verte en su oficina ahora mismo.
Todos guardan silencio y Cécile, sin decir más, se dirige a la oficina del jefe de policía.
(Golpea la puerta)
—¡Adelante! —responde Richard.
—¿que-quería verme, señor? —pregunta tímidamente Cécile.
—Sí… como sabrás, eres la mejor de tu clase. Tu entendimiento y habilidad son tan enormes que esta escuela queda corta —responde el jefe, alzando a Cécile en sus palabras.
—Ante ello sabrás que necesitamos gente como tú en las calles —continúa diciendo el jefe—. Por eso mismo, mañana te transportarás para la división de policías de Lyon, Francia, y ante ello tendrás que... —(Cécile lo interrumpe).
—Perdón, jefe, pero tengo que rechazar su oferta —dice Cécile, pensando en que sería una traición al reglamento adelantar el entrenamiento de 3 años.
—Tienes espíritu, señorita Moreau, pero no estoy haciendo "una oferta"—dijo Richard, levantando las manos a la altura de sus oídos, haciendo el típico gesto de las comillas. Gesto que Cecile interpreta como que el jefe se está riendo de ella.
—P...Pero señor —dice Cécile mientras que el director golpeaba su escritorio y golpeaba.
—Mañana a primera hora te encontrarás en la jefatura de policías y ellos te dirán qué hacer. Es una orden. ¿Alguna duda, señorita Moreau? —dice mientras vuelve a sentarse en su sofá.
Pero Cécile solo aguardó en silencio, ya que observaba la ira que aquel hombre emanaba de sus ojos…a lo que Cécile solo pudo responder:
—No, señor. Ninguna.
Cécile toma las cosas de su cuarto y las lleva hacia su casa. Allí se encuentra con Sofía, ésta creyendo que Cécile había sido expulsada, le pregunta qué ocurrió, y Cécile luego de contarle todo toma su mochila y decide salir a caminar. El atardecer era cada vez más y más brillante y mientras miraba el cielo, Cécile, se preguntaba en silencio:
—¿Acaso me juzgarás por esto? El jefe de policía, tu, mis padres¿Por qué son así?¿Qué debo hacer, Dios? Dímelo… ¿Qué debo hacer?
Al mismo momento en que terminó de pronunciar esas palabras, Cécile observa a un hombre frente a ella, conversan solo por un momento, y ella luego regresa a casa, se recuesta en su cama y duerme.
El mundo le había dado a Cécile una moneda, y con la misma moneda le iba a pagar al mundo…
Días después, Cécile recibe el informe de un asesino que había arrasado la ciudad apuñalando a las personas que se rehusaban a cooperar.
Ante ello, Cécile y varios agentes de los policías comenzaron a revisar la zona en que fue visto por última vez.
Sorprendentemente, Cécile encontró con una cartera, la cartera del posible asesino, al revisarla llegaron a la conclusión de que aquel asesino era un hombre llamado Emilis Welles, de 32 años, de cabello castaño claro y barba al estilo inglés.
Además, se encontraron con un folleto que estaba firmado por él dónde afirmaba que asistiria a una iglesia llamada ‘Visión del Futuro’.
Cécile había encontrado la próxima parada…








