Dèjá Vu
Este no es un libro espiritual. Es, más bien, la crónica de una serie de vivencias que la ciencia, en su rigor, aún no ha logrado descifrar.
Desde que tengo memoria, mis sueños han habitado los márgenes de la cordura. Siendo apenas una niña, llegué a creer que padecía esquizofrenia o algún trastorno psicológico oculto bajo el silencio del diagnóstico. ¿Cómo no dudar de mi propia salud mental cuando mis noches se poblaban de mundos donde la humanidad se mudaba al fondo del mar y la comunicación era solo vibración y señas? ¿Cómo ignorar la imagen de una Luna convertida en un proyector colosal que transmitía mensajes al resto de la Vía Láctea?
Siempre cuestioné los límites de mi imaginación, esa extraña capacidad de entrelazar la realidad con el tejido de mis sueños.
A los 23 años, la arquitectura de mi descanso cambió: llegaron los sueños lúcidos. Tengo la certeza de que mi mente no está reciclando fragmentos de libros o retazos de películas. Lo que experimento son visiones; ráfagas de sucesos que desfilan ante mis ojos antes de ocurrir. Los llamados déjà vu son, para mí, manifestaciones de mi "otro cerebro" —suena delirante, lo sé—, pero es precisamente él quien me envía señales para que rompa el guion de una vida que, de alguna manera, ya recorrí.
Muchas veces me he sentido como un peón en manos de mi propia mente. En otras ocasiones, me he quedado paralizada, suspendida en el tiempo, esperando a que las piezas encajaran tal y como las recordaba. Es una sensación extraña y visceral: como si mi cuerpo recordara secretos que no debería conocer.
Cuando el déjà vu ocurre, el tiempo se dilata, se vuelve lento y denso, hasta que algo externo rompe el hechizo. No escribo esto desde la investigación académica, sino desde la honestidad bruta de quien narra lo que siente en la piel. No me creo especial, ni ajena a este mundo; sin embargo, no puedo evitar sentir un escalofrío al preguntarme qué realidad alterna conocen mi cuerpo y mi cerebro, mientras yo sigo aquí, tratando de entenderlo.