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~•Costuras del corazón •~

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Summary

Cuenta la historia de una hermana que pierde a su hermano menor y que, con el tiempo y a través de relatos, intenta sanar su herida para así recordar a su hermanito y ayudar a otros. Esta historia no está basada en hechos reales; está creada al 100 % desde mi imaginación y mi experiencia con mis hermanos. Disfruten la historia. (Ninguna imagen mostrada es de mi autoría; todos los créditos son para sus autores originales).

Genre
Drama
Author
Valeria
Status
6mo ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 ~•Primeras puntadas•~

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••Te extraño. Me duele pensarte. Me duele existir sin ti. Eso es lo único que hago todos los días pensarte y dolerme.

Esta es la primera carta que te escribo y, para ser sincera, no sé ni por dónde empezar. No sé qué escribir, ni por dónde empezar mucho menos siquiera sé si de verdad quiero hacerlo, porque escribirte es aceptar que ya no estás y no simplemente no.

Pensar se ha vuelto una tortura, recordar lo que paso lo vuelve todo insoportable. En estos últimos días, tan solo escuchar tu nombre me rompe por dentro. Es insoportable.

¿Cómo es posible que ya no estés aquí? ¿Cómo es posible que te hayas ido? Eras más joven que yo. Por amor a Dios, yo tenía que irme primero, no tú. Esto no tenía que pasar así. No a ti. Nunca a ti.

¿Ahora qué se supone que haga?¿Que siga con mi vida como si nada? ¿Que finja que puedo respirar igual sin ti? ¿Están locos? ¿Cómo se aprende a vivir cuando te arrancan a alguien que era tu todo? ¿Cómo se supera una pérdida que no se puede aceptar? Dime, ¿cómo quieren que te olvide, si eras parte de mí?

No sé cómo se supone que deba sentirme. No sé cómo se supera tu pérdida. Tú, que eras mi todo. ¿Cómo quieren que te olvide? Eso es imposible. No quiero pensarte, porque cada vez que lo hago termino atrapada en el mismo “¿por qué?”.

Nada es justo. Nada.

Yo debí estar ahí, protegiéndote como siempre… y no lo estuve.Y esa culpa me persigue todos los días.

Te extraño más de lo que las palabras pueden decir. Me duele tu ausencia de una forma que no sabía que existía, me duele imaginar todo lo que pudiste llegar a ser, me duele que ahora solo vivas en mi memoria. Cada día te extraño más. Siempre creí que tú dependías de mí, pero ahora entiendo que era al revés.

No sé qué decirte, y no es porque no tenga nada que decir. Es porque tengo demasiado guardado en el pecho y no sé cómo sacarlo sin romperme. Se suponía que por eso estabas aquí conmigo. Se suponía que teníamos más tiempo. Se suponía que íbamos a crecer juntos. Se suponía que ibas a quedarte.

Te extraño, pequeño ratón.


Att:Celia

•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••

Cuando terminé de escribir la carta, no supe qué hacer con ella.

La miré durante un largo rato, como si fuera algo ajeno a mí, como si no hubiera salido de mis manos.

¿A quién se la doy?

¿La guardo?

¿La quemo?

¿Qué hago con ella?

¿Y qué hago conmigo?

Las preguntas se amontonaban unas sobre otras, pesadas, insistentes. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no noté cuándo Anna se acercó.

—¿Y cómo te fue con la carta? —preguntó con cuidado.

—Un poco mejor —respondí sin convicción.

—¿Cómo voy a estar mejor? —continué casi de inmediato—. Acabo de perder a mi único hermano.

Anna no se sorprendió. Nunca lo hacía cuando el dolor me ganaba la voz.

—Lo sé… pero al menos ahora puedes ponerle palabras a lo que sientes.

—¿Y eso de qué ayuda? —dije mientras me levantaba de la mesa.

Sabía que quería ayudarme. Sabía que me quería, y yo a ella. Pero, siendo sincera, no quería hablar con nadie. No quería explicarme. Solo quería estar sola, incluso de mí misma.

—Sé que no es fácil —dijo—. Sé que estás rota por dentro. Sé que nada de lo que diga va a borrar tu dolor. Pero si no puedo aliviarlo, al menos puedo acompañarte. Y eso es lo único que voy a hacer.

Sus palabras eran suaves, pero no entraban. Nada entraba.

—¿Pero cómo camino? —pregunté—. ¿Cómo respiro desde que se fue? Era mi hermanito… era un niño.

—Lo sé —respondió—, y lo siento. Pero no lo recuerdes solo desde el dolor…

—¡No me digas cómo recordarlo! —la interrumpí—. Me duele respirar sabiendo que no está. Me duele pensar. Me duele todo, Anna. No sé qué hacer.

Y entonces me rompí.

Lloré como nunca. Sin medida, sin control. Como si todo lo que había contenido durante días se hubiera cansado de obedecerme. El mundo se me había venido abajo y, por primera vez, no intenté sostenerlo.

Después de eso, no supe cómo seguir. No supe cómo tratar conmigo misma, mucho menos con alguien más.

No supe qué hacer cuando Celia se rompió de esa manera.

Había visto a personas llorar antes, había visto tristeza, incluso desesperación, pero esto era distinto. Era como si todo lo que ella había estado sosteniendo se hubiera desplomado de golpe. Sus sollozos no pedían consuelo; eran pura pérdida.

Supe, en ese instante, que mis palabras ya no servían. Que nada de lo que dijera iba a llegar a donde ella estaba. Aun así, no podía quedarme quieta.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Caminé hacia ella y la abracé con fuerza. No fue un abrazo delicado ni cuidadoso; fue uno desesperado, torpe, como si soltarla significara perderla también. Quería que supiera que no me iba a ir, que no importaba nada más, que no la iba a soltar.

Ella lloraba sin control y yo solo la sostenía. No sabía qué decirle.

¿Cómo consuelas a alguien que acaba de perder su mundo?

Entonces pensé que tal vez no tenía que consolarla. Tal vez solo tenía que escuchar.

—No creo que esté mal recordarlo —le dije al fin—. Lo que duele es recordarlo solo desde la herida. Mejor dime… ¿cómo era tu ratoncito? ¿Qué le gustaba? ¿Quién era?

La sentí tensarse un segundo. Luego, algo cambió.

Sonrió entre lágrimas.

—Era un pequeño ladrón —dijo—. Siempre me robaba la comida. Era fastidioso, siempre quería jugar y casi siempre le decía que no. No era muy bueno en la escuela, pero fuera de ella era un genio de las travesuras. Era alegre… era mi niño.

Entonces lloró aún más fuerte.

No supe si estaba haciendo lo correcto, pero tampoco me soltó. Nos quedamos así, sentadas en el suelo. Me dolía el cuerpo, los brazos, la espalda, pero no importaba. Ese abrazo tenía que durar lo que tuviera que durar.

Nunca había visto a alguien llorar de esa forma. No dije nada más. Solo estuve ahí, sosteniéndola, respirando con ella, esperando a que el dolor aflojara un poco.

Con el tiempo, su respiración se calmó. Me di cuenta, casi con sorpresa, de que se había quedado dormida.

No pude llevarla a su cama, así que fui por una manta y la cubrí con cuidado. Así fue como acompañé a Celia hasta que el sueño la sostuvo cuando yo ya no podía hacerlo por ella.

Cuando desperté, lo primero que vi fue a Anna. Y entonces, de golpe, todo regresó: la conversación, el dolor, el vacío.

No sabía si aquello me había ayudado, pero al menos ahora sabía qué hacer con la carta.

Me levanté y caminé hasta la mesita de la sala, donde estaba la foto de mi hermanito. Tomé una silla y me senté frente a ella. Abrí la carta y empecé a leérsela. En lo más profundo de mí esperaba que pudiera oírme, aunque no sabía si podría entenderme. Mi voz estaba quebrada; cada palabra me pesaba en el pecho.

Cuando terminé, doblé la carta una última vez. La rompí en pequeños trozos y los enterré en la planta de al lado. No quise quemarla. No quería que desapareciera.

Quería que tuviera otra vida.



Cuando me levanté, lo primero que vi fue a Anna. Y entonces, de golpe, todo regresó: la conversación de ayer, el dolor, el vacío. La verdad, no sabía si aquello me había ayudado, pero al menos ahora sabía qué hacer con la carta.

Me levanté y caminé hasta la mesita de la sala, donde estaba la foto de mi hermanito. Tomé una silla, me senté frente a ella, abrí la carta y empecé a leérsela. En lo más profundo de mi ser esperaba que pudiera oírme, aunque, siendo sincera, no sabía si alcanzaría a entenderme. Mi voz estaba completamente quebrada, temblaba con cada palabra, como si el aire mismo me pesara en el pecho.

Cuando terminé de leer, doblé la carta una última vez, la rompí en pequeños trozos y los enterré en la planta de al lado. No quise quemarla. No quería que desapareciera.

Quería que tuviera otra vida.

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Good Writing

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Great Character

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