El apellido Montreval
Les voy a contar una historia.
Hace mucho tiempo, una guerra comenzó en nuestro mundo. Nadie recuerda exactamente cómo empezó, pero todos recuerdan sus consecuencias. Ciudades destruidas, familias rotas y un silencio pesado que quedó después de cada batalla.
Mucha gente murió.
Otros sobrevivieron, pero perdieron a alguien importante... y eso, a veces, duele más.
Cuando todo parecía perdido, una chica apareció en el campo de batalla. Nadie sabía de dónde venía. No llevaba armas ni armadura. Solo estaba allí.
Entonces, con un simple chasquido, todo volvió a ser como antes.
Las personas en los hospitales comenzaron a recuperarse. Los heridos sanaron. Y aquellos que habían muerto por culpa del conflicto se levantaron de entre los muertos, como si la guerra jamás hubiera existido.
Nadie sabe qué ocurrió realmente en esos tiempos.
Algunos decían que Dios se apiadó de nosotros. Otros creían que era el fin del mundo. Y también estaban quienes aseguraban que el mismo diablo caminaba entre nosotros.
Desde ese día, el mundo ya no volvió a ser el mismo.
Los países empezaron a dividirse en distintos grupos. Las fronteras dejaron de importar y el orden mundial se rompió. A esos nuevos bandos los llamamos mafias.
Cada una tenía su propio estilo y su propia sangre en las manos. Había una variedad increíble de asesinos: españoles, italianos y muchos otros más. Cada uno con su reputación. Cada uno con su forma de matar.
Pero existía un lugar en específico que destacaba por encima de todos los demás.
Un sitio donde se encontraban los tres asesinos más poderosos del mundo.
No eran reyes.
No eran dioses.
Pero todos los temían.
Los conocían como los Tres Mosqueteros.
Y cuando sus nombres eran susurrados, incluso las mafias guardaban silencio.
Por eso la mafia francesa siempre fue la más poderosa de todas.
Los Montreval eran tan respetados y tan temidos que nadie volvió a atreverse a enfrentarlos.
Meterse con ellos no era una opción.
Era una sentencia.
Pero eso fue hace años.
Ahora vivimos en la era moderna, donde el mundo decidió fingir que el pasado podía borrarse. Por el bien de la sociedad, o eso dijeron, las mafias fueron disueltas. Los gobiernos hablaron de paz, de orden y de empezar de nuevo.
Y los asesinos... simplemente desaparecieron.
Nadie supo qué fue de ellos.
Algunos creen que murieron.
Otros creen que se escondieron entre la gente común.
Y también están quienes juran que solo esperan el momento adecuado para regresar.
Porque las leyendas no mueren.
Solo duermen.
Yo no me preocupo demasiado por eso.
Lo que realmente me preocupa ahora mismo es que estoy llegando tarde al trabajo.
—Hola, Rick —saludo mientras tomo mi café y salgo casi corriendo.
—Es tarde, Nate —responde sin siquiera mirarme.
—Lo sé, lo sé.
Cruzo la puerta a toda prisa.
Por cierto, hola.
Soy Nathan Montreval.
Y sí, tengo ese apellido. Pero antes de que empiecen a sacar conclusiones, déjenme aclarar algo: toda esa historia me la contaba mi mamá cuando yo era niño.
Así que lo más probable es que sea mentira.
Ella era muy buena inventando historias para mí. Siempre decía que lo hacía para que no me aburriera, para que el mundo pareciera más interesante de lo que realmente era.
Y, siendo honesto...
Yo también quiero creer que solo fue eso: un cuento.
Porque si no lo fuera, significaría que el pasado no está tan muerto como todos creen.
Y que mi apellido pesa más de lo que debería.
Trabajo en Montreval ’s Company. Y sí, se supone que algún día seré el dueño de este enorme edificio de vidrio, acero y secretos mal guardados.
Cuando entro, el guardia y la recepcionista hablan al mismo tiempo.
—Es tarde.
—Sí, ya entendí —respondo mientras entro al ascensor, derrotado pero digno.
Al llegar al piso, la secretaria ni siquiera despega la vista de la pantalla.
—Es tarde, Nate.
—Que ya lo sé.
Justo cuando estoy por entrar a la oficina, unos compañeros salen del pasillo.
—Ya es tarde —dice una chica mientras pasa junto a mí.
—Increíble. Nadie me había avisado todavía.
Entro antes de que el edificio entero vuelva a recordármelo.
Y ahí está él.
Sentado frente a su computadora, rodeado de archivos y pantallas como si el tiempo no existiera.
Mi padre.
—Es tarde, Nathan —dice con su voz tranquila.
No suena molesto. Eso me alivia. Tampoco parece cansado, y eso me tranquiliza todavía más.
—Lo sé. Te traje café —digo mientras se lo entrego.
Por fin levanta la mirada y me observa.
Él es mi padre.
O, bueno, eso es lo que dice él.
Su nombre es Antoine Montreval. Y aunque hoy parece solamente otro empresario importante, hay algo en su mirada que no termina de encajar con la vida tranquila que el mundo cree que llevamos.
—Nathan, recuerdas para qué es esta reunión, ¿verdad? —pregunta sin apartar del todo la vista de los documentos.
—Vamos, papá, ya no soy un niño pequeño que necesita que le recuerden qué hacer.
—Pero aparentemente sí necesitas que alguien te ponga una alarma.
—Touché.
Me dejo caer en la silla frente a su escritorio.
Él suspira, se reclina un poco y cruza las manos.
—Bueno, el punto es que hoy será la gran fiesta.
—Papá, ¿estás diciendo que...? —empiezo, pero él me interrumpe.
—Sí, Nathan. Voy a jubilarme —dice con total calma.
La palabra cae pesada en el aire.
Jubilarse.
No lo dice como una pregunta. Lo dice como una decisión tomada hace mucho tiempo.
Y, por alguna razón, siento que esta fiesta no es solo una despedida.
Es el inicio de algo que nadie me ha contado todavía.
Odio esto.
El esmoquin me queda bien, no voy a mentir, pero el corbatín me está dejando sin aire. Y encima estoy nervioso. ¿Cómo se supone que voy a hablar frente a tanta gente si ni siquiera puedo saludar a mi papá sin sentir un poco de presión?
Mi padre da un discurso impecable. Habla de confianza, de orgullo, de la empresa... y de todo lo que, según él, yo le hago sentir. Cada palabra pesa más que la anterior.
Entonces me hace pasar al frente.
Trago saliva y miro a la multitud.
—Bueno... bienvenidos. Para empezar —digo mientras me arranco el corbatín de un tirón—, ahora entiendo perfectamente por qué usamos esta cosa.
Veo a mi padre sonriendo.
Esa sonrisa que dice: ese es mi hijo.
Las risas llenan el salón y el nudo en mi pecho desaparece un poco. Continúo hablando, digo lo que siento, remarco algunas cosas importantes e improviso más de lo que había planeado. Sorprendentemente, funciona.
Cuando termino, los aplausos invaden el lugar.
Yo solo asiento, sonrío y me retiro.
Entro a una habitación cercana y cierro la puerta detrás de mí. Recién ahí logro respirar de verdad.
Sin saber que esa tranquilidad está a punto de romperse.
Siento un escalofrío en la nuca. De esos que aparecen cuando sabes que alguien te está mirando sin apartar la vista.
Me doy la vuelta, pero no hay nadie.
Recorro la habitación con la mirada, buscando alguna sombra o algún reflejo extraño. Nada.
Solo silencio.
Demasiado silencio.
Cuando estoy a punto de salir, la puerta se abre.
Mi padre entra.
—Nathan, te estaba buscando —dice con una pequeña sonrisa—. ¿Qué haces aquí?
—Hola, papá... bueno, yo... —suspiro—. Necesitaba un momento a solas. Es un poco agobiante pensar que ahora voy a tener que cargar solo con toda la empresa.
Él me observa con atención. No responde enseguida, como si estuviera midiendo cada palabra antes de decirla.
Y, por primera vez desde que comenzó la fiesta, su mirada no parece la de un empresario tranquilo.
Parece la de alguien que sabe que algo se acerca.
—Bueno, Nathan... en realidad no tendrás que lidiar con todo esto solo.
Siento un nudo extraño en el estómago. De esos que no anuncian nada bueno.
—¿De qué hablas, papá?
Él sostiene mi mirada unos segundos antes de responder.
—Bueno, Nate, creo que deberías ver esto —dice mientras apoya una mano sobre mi hombro.
Y esa sensación empeora. Porque mi padre casi nunca me llama Nate. Para él siempre fui Nathan.
Siempre.
Me guía hasta otra habitación, ubicada en el último piso del edificio.
Cuando entramos, juro que veo algo moverse.
—Nathan, prométeme algo —dice en voz baja—. No salgas corriendo.
—No prometo nada —respondo sin apartar la vista de la oscuridad frente a nosotros.
Él suspira y se acerca a las cortinas.
—Bueno... voy a empezar.
La luz de la luna invade la habitación e ilumina apenas las sombras.
—¿Recuerdas la historia que te contaba tu madre?
—Sí, la de las guerras, las mafias y pium pium —bromeo mientras hago una pistola con los dedos.
Entonces escucho una risa.
No viene de mi padre.
Viene de la oscuridad.
Vuelvo la mirada hacia la ventana y tres siluetas ya están allí.
Por puro instinto, me tenso.
—Entonces, ¿para ti no somos más que pium pium? —dice uno de ellos, imitando mi voz con burla.
—¿Él será el nuevo Monsieur? —pregunta otro, dirigiéndose al que está en el medio.
No puedo moverme ni hablar. Mi corazón golpea tan fuerte contra mi pecho que siento que va a delatarme.
Todo lo que mi madre me contaba cuando era pequeño...
Las guerras. Las mafias. Los asesinos. Los Tres Mosqueteros.
Era real.
Muy real.
Y ahora estaban frente a mí.
Observándome.
Juzgándome.
Mi apellido no era solo un nombre.
Era una herencia.
Y acababa de despertar.
—Basta —dice la figura del medio—. Déjenlo en paz.
Los tres salen finalmente de entre las sombras.
Ahora puedo verlos bien: dos chicos y una chica. No parecen monstruos ni demonios. Tampoco leyendas imposibles.
Parecen jóvenes.
Demasiado jóvenes para todo lo que representan.
Los tres llevan capas cortas, chalecos y botas. Parecen mosqueteros adaptados a otro tiempo, modernos sin dejar de sentirse antiguos.
Cada uno lleva un collar con un pequeño dije en forma de sable. No es llamativo ni brillante. No busca llamar la atención.
Y, aun así, se siente importante.
Mi padre finalmente enciende la luz.
El cuarto cambia al instante. Se siente más pesado. Más real.
—Hijo —dice con voz firme—, te presento a los Tres Mosqueteros.
El silencio que sigue no es incómodo.
Es histórico.
Porque en ese instante entiendo algo muy simple y muy aterrador:
no estoy frente a un cuento.
Estoy frente al pasado.
Y también frente al futuro que me están entregando sin preguntarme si lo quiero.
—¿En serio piensas que somos demasiado jóvenes para tener este título? —pregunta la chica mientras alza una ceja.
Me quedo helado.
¿Cómo demonios lo supo?
No lo dije.
Ni siquiera lo susurré.
Pero la sensación es clara, incómoda, invasiva. Como si pudiera revisar mi cabeza sin pedir permiso. Como si mis pensamientos dejaran de pertenecerme cuando ella está cerca.
Trago saliva y aparto la mirada por un segundo, intentando recomponerme.
Ella sonríe apenas.
No es una sonrisa amable.
—Nathan, él es Aramis —dice mi padre, señalando al chico que preguntó si yo era el nuevo Monsieur.
Luego señala al otro.
—Él es Porthos.
Hace una breve pausa antes de mirar a la chica.
—Y ella es Athos.
La observo en silencio.
Athos no sonríe. No necesita hacerlo. Tiene esa clase de presencia que llena la habitación sin levantar la voz. Y, sin exagerar, es la chica más hermosa que he visto en mi vida. Pero no de una forma dulce o frágil.
Hermosa como una tormenta.
Sus ojos se cruzan con los míos y vuelvo a sentir esa presión extraña en la cabeza, como si pudiera analizar cada parte de mí en cuestión de segundos.
No dice nada.
No hace falta.
En ese momento lo entiendo.
Aramis observa.
Porthos provoca.
Pero Athos manda.
Y yo acabo de conocer a las personas que cambiaron la historia del mundo.
El problema es que ahora también van a cambiar la mía.
—Athos —dice mi padre mientras la mira.
Ella asiente.
Después vuelve la vista hacia mí y comienza a acercarse.
Me pongo tenso. Mi primer impulso es correr, pero mi cuerpo no responde. Es como si el aire se hubiera vuelto más pesado alrededor de ella.
Athos se detiene frente a mí y me toma la nuca con una sola mano.
—Vas a sentir un pellizco —dice con calma.
Entonces aparece un brillo tenue en sus ojos.
Carmesí.
Intenso.
Imposible de ignorar.
Cierro los ojos.
Siento un pinchazo suave.
Y cuando vuelvo a abrirlos... ya no estoy ahí.
Veo la guerra.
El caos.
La destrucción.
La veo a ella deteniéndolo todo sin esfuerzo, como si el conflicto entero no fuera más que ruido. Después la veo caer en un coma profundo mientras el mundo continúa avanzando sin ella.
Luego despierta.
Conoce a Aramis.
Conoce a Porthos.
Los veo trabajando juntos, haciendo lo que nadie más se atrevía a hacer. Enfrentándose a otras mafias y ganándose el respeto... y el miedo... de todos.
Hasta que un día simplemente se quedan dormidos.
Y despiertan en otros cuerpos.
Más jóvenes.
Más pequeños.
Abro los ojos de golpe.
Athos sigue frente a mí.
—¿Le mostraste todo? —pregunta Aramis mientras se acerca.
Ella asiente y retira la mano de mi nuca. El peso desaparece, pero el temblor no.
—Entonces ya sabe que recordamos todo lo que pasó por culpa de la maldición que nos lanzaste —dice Porthos.
El silencio que sigue se siente distinto.
Más peligroso.
Porque ahora conozco la verdad.
Y una vez que ves algo así...
ya no hay vuelta atrás.
—Oigan... o sea, ¿ustedes recuerdan sus vidas pasadas? —pregunto todavía intentando procesarlo todo.
—¿No es lógico? —responde Porthos con evidente fastidio.
—Ya cállate —dice Athos mientras lo mira.
Porthos se calla al instante.
Aramis da un paso al frente y habla con calma, como si estuviera explicándole algo importante a alguien que por fin está listo para escuchar.
—Sí, Nathan. Nosotros recordamos todo.
Hace una breve pausa.
—Por eso nos ves en estos cuerpos y piensas que somos menores que tú. Pero nuestra conciencia es mucho más antigua.
Sus palabras pesan más de lo que deberían.
—Incluso más antigua que la de tu abuelo. De hecho, el primer Montreval que fue nuestro Monsieur... fue el padre del abuelo de tu abuelo.
La frase me golpea más fuerte que cualquier visión.
Eso no es solo historia.
Es linaje.
Es un contrato que nunca firmé y que, aun así, lleva mi apellido.
Miro a mi padre. Luego a ellos.
Y por primera vez entiendo que no heredé solamente una empresa.
Heredé algo mucho más antiguo.
Mucho más peligroso.
Y los Tres Mosqueteros no están aquí para una presentación.
Están aquí porque el tiempo volvió a moverse.








