Prologo
Había cincuenta cuando salieron.
Solo quedaba uno cuando el último escolta cayó.
No hubo celebración. No hubo alivio. Solo el silencio específico de los campos después de una batalla, cuando el ruido desaparece tan de golpe que duele más que el combate.
El hombre cayó de rodillas sobre el hielo.
Frente a él estaba el niño.
No debía tener más de diez años. Piel blanca como la porcelana, cabello del color de la nieve, ojos que miraban sin ver del todo, como si el mundo que tenía delante fuera menos real que algo que llevaba dentro. No parecía cansado. No parecía enfadado. Ni siquiera parecía comprender lo que acababa de hacer.
Detrás del hombre estaban los cuerpos de su padre, sus hermanos y los cuarenta y siete que habían salido con ellos esa mañana creyendo que podían detener algo que no tenía nombre.
No podían.
Nadie podía.
El hombre lo sabía ahora.
—¿Cuál es el punto?
La pregunta se perdió en el viento. El niño no respondió. No porque no pudiera, sino porque la pregunta no le interesaba.
El hombre miró sus manos temblar sobre el hielo.
Pensó en su padre corriendo sin pensar, sin plan, solo corriendo porque su hijo menor acababa de morir y no había nada más que hacer. Pensó en su hermano mayor ardiéndose entero para ganar tres segundos. Pensó en los arqueros que habían entregado un riñón cada uno por el privilegio de disparar flechas que perforaran el hielo, y en cómo eso no había sido suficiente de todas formas.
Nada había sido suficiente.
Y sin embargo.
Sus dedos se cerraron sobre la nieve. Buscaron algo, cualquier cosa. Encontraron una pequeña hoja que llevaba consigo desde hacía años, sin saber por qué. Se hizo un corte en la palma. La sangre cayó sobre el hielo y no se congeló.
Eso fue lo primero que le pareció extraño.
Con el dedo comenzó a dibujar. Un círculo. La sangre se extendió entre las grietas del hielo como si supiera adónde ir.
Había escuchado historias.
Todos los que conocían los contratos sabían que existía algo detrás de ellos. Algo que no pertenecía completamente a este mundo. Algo que respondía cuando alguien sabía cómo llamarlo.
Terminó el círculo.
El aire dejó de moverse.
No fue gradual. Fue inmediato, como si el mundo hubiera contenido la respiración.
—Quiero ganar esta batalla —dijo.
Silencio.
—Quiero continuar lo que comenzaron los míos.
Nada.
Sus dedos se clavaron en el hielo.
—Quiero que lo que murió aquí hoy no haya sido en vano.
Entonces algo respondió.
No con una voz. Con una pregunta.
¿Qué estás dispuesto a entregar?
El hombre abrió la boca.
—Lo que sea.
La respuesta llegó inmediata.
No.
Él parpadeó.
No sabes lo que estás ofreciendo.
Por primera vez desde que había comenzado aquella batalla, sintió miedo de verdad. No el miedo al dolor ni a la muerte. Algo más profundo. El miedo de quien acaba de entender que hay cosas más grandes que él en el mundo y que una de ellas le está hablando.
—Entonces dime el precio.
El mundo desaparecio.
Vio una casa.
No la reconocía. Sobre ella ondeaba un estandarte que conocía demasiado bien. Había gente entrando y saliendo. Soldados. Comerciantes. Niños. Ancianos. Una familia que había crecido mucho más allá de lo que él podría ver.
Vio ejércitos. Ciudades ardiendo. Hombres portando su símbolo en el pecho.
Vio guerras.
Y después de cada guerra, la casa seguía en pie.
Siempre.
Como si se negara a desaparecer.
Entonces todo cambió.
La casa estaba destruida. No quedaban soldados. No quedaban familias. Solo ruinas y un hombre de pie entre ellas. Un hombre cuyo nombre apareció en su mente sin que nadie lo pronunciara.
El hombre estaba solo.
Completamente solo.
Pero alrededor de él, en las calles, en los caminos, en los rostros de la gente que pasaba, no había cadenas.
Comprendió entonces lo que estaba mirando.
El precio no era su vida.
Era algo peor.
Era ver el final y no poder cambiarlo. Era cargar con el conocimiento de lo que su sangre pagaría, generación tras generación, hasta que llegara ese hombre solo entre ruinas rodeado de gente libre.
Este es el final de tu camino, dijo algo que no tenía voz.
¿Aceptas?
El hombre miró una última vez al hombre solitario entre las ruinas.
Quiso memorizar su rostro.
Supo que no podría.
—Acepto.
El mundo volvió.
El hielo. El frío. El niño frente a él.
No recordaba haber visto nada.
No recordaba el nombre que había aparecido en su mente.
No recordaba haber visto el final de su propia sangre.
Solo sabía que había aceptado un contrato. Y que el precio debía ser terrible porque no podía sentirlo en ningún lugar de su cuerpo, lo cual significaba que lo había pagado en algún lugar al que no tenía acceso.
Se puso de pie.
El niño lo miró.
Por primera vez, algo parecido a la incertidumbre apareció en sus ojos.
El hombre avanzó.
En las Tierras del Sol, el poder tiene un precio.
Siempre lo ha tenido.
Los que sobreviven son los que aprenden a calcularlo antes de pedirlo.
Los que no...
...se convierten en el precio de otro.









increíble introducción me quedé enganchada 🖤