Capitulo 1: La rueda comienza a girar
En aquel mundo, nadie nacía especial.
Al menos, no al principio.
En Astraeon, el único continente del planeta homónimo, los niños crecían como cualquier otro: aprendían a leer, a contar, a escribir, a obedecer. No existían países, solo reinos, y cada reino respondía a una jerarquía tan antigua como injusta. En la cúspide estaban los Grandes Apellidos, linajes tan poderosos que la ley no se atrevía a tocarlos. No eran reyes únicamente por corona, sino por naturaleza. En Astraeon, un apellido podía convertir a un hombre en dios… y a otros en nada.
Los niños nacidos el mismo día y el mismo mes eran reunidos y educados juntos. No importaba si provenían de la nobleza o del barro.
Cuando cumplían nueve años.
Ese era el momento en que los poderes latentes despertaban.
No nacían activos. Dormían. Esperaban.
Y cuando despertaban, lo hacían para siempre.
El gran salón ceremonial se alzaba como una catedral de piedra viva. Columnas imposibles sostenían un techo que parecía perderse en la oscuridad, y en el centro reposaba aquello que decidiría el destino de cada niño:
la Máquina Ancestral.
No era mecánica.
No era mágica, al menos no como la entendían los eruditos.
No funcionaba con engranajes ni con energía visible.
Había sido creada con una piedra única del mundo, un mineral que no respondía a las leyes humanas. Decían que la máquina no otorgaba poderes… sino que los reconocía.
Como si algo, en algún lugar, eligiera al portador.
Uno a uno, los niños ingresaban. La máquina brillaba de un azul profundo.
El azul era lo normal.
Equilibrio.
Poderes comunes.
Destinos previsibles.
Entonces, las puertas se abrieron nuevamente.
—¡Ya viene!
—Es él…
—Un heredero real…
Un niño avanzó con paso seguro. Espalda recta. Mentón en alto. Vestía telas finas, bordadas con símbolos antiguos.
—Preséntate —ordenó el anciano guardián.
—Kael Ignivar Valenroth —respondió—. Tercer hijo de la Casa Valenroth, linaje directo del Trono Ígneo.
Un murmullo reverente recorrió la sala.
La Casa Valenroth era uno de los Grandes Apellidos. Una familia real cuya sangre había gobernado generaciones enteras. Guerreros, conquistadores, portadores de habilidades devastadoras. Desde que cruzó la puerta, todos —incluso los eruditos— aguardaban expectantes.
Kael sonrió.
Sabía exactamente lo que provocaba.
Entró en la Máquina Ancestral.
La piedra vibró.
El azul apareció…
pero no fue un azul común.
Era un azul intenso. Luminoso. Ardiente.
Más brillante de lo que jamás se había visto.
—Esto es… —susurró uno de los eruditos, levantándose—. Increíble…
La inscripción emergió.
—Habilidad latente despertada: Llamas del Muspelheim
El salón estalló.
Uno de los poderes más ofensivos que existían.
Raro. Temido. Destructivo.
—¡Como era de esperarse!
—¡Un Valenroth!
—¡El linaje no falla!
Kael levantó el rostro, orgulloso. La admiración se reflejaba en cada mirada. Había crecido entre alabanzas, y ese momento solo reafirmaba lo que siempre creyó: estaba por encima de los demás.
Salió de la máquina sin mirar atrás.
Entonces, llamaron al siguiente.
Un niño delgado dio un paso al frente. Su respiración era irregular. Las manos le temblaban levemente.
—Tu nombre —preguntó el anciano guardián.
—Elion… Elion Rota.
Un murmullo recorrió la sala.
El niño entró.
La piedra vibró.
Y entonces ocurrió.
La máquina no brilló azul.
Brilló blanco.
Un blanco puro, cegador, antiguo.
La sala entera contuvo el aliento.
El blanco solo aparecía en una situación: realeza. Poderes mitológicos. Linajes legendarios.
Pero Elion no era nadie.
Un plebeyo.
Un huérfano reciente.
Un niño sin apellido importante.
Cuando la inscripción emergió, el anciano cerró los ojos con decepción.
—Habilidad latente despertada: Rueda de la Fortuna.
Las risas no tardaron.
Era un poder famoso. No por grande… sino por inútil.
Un poder que jamás evolucionaba.
Un poder que nunca había pertenecido a la nobleza.
Un poder condenado a los de abajo.
—Siempre basura —murmuró alguien.
—deberia llamarse rueda que da basura—rió otro.
Elion apretó los puños.
—¡Ya van a ver! —gritó—. ¡Voy a ser uno de los mayores protectores de este reino!
Las carcajadas fueron su respuesta.
Y entonces corrió.
El bosque era su refugio. Siempre lo había sido.
Pero esa vez, incluso los árboles parecían mirarlo con lástima.
Elion sollozaba, avanzando sin rumbo, hasta que el rugido lo congeló.
Las bestias.
Criaturas nacidas del desequilibrio del mundo, imposibles de domar… o eso se creía.
Elion corrió.
Tropezó.
Cayó.
Desesperado, activó su habilidad por primera vez.
La rueda giró.
Y le dio…
una rama...
Una simple rama.
Elion lo miró con horror.
—¿Eso… es todo…?
Las garras lo alcanzaron.
El dolor fue inmediato.
Entonces, una voz interrumpió el festín.
—Con cuidado —dijo alguien—. Si lo dañan mucho, no valdrá nada.
Las bestias retrocedieron.
Hombres encapuchados aparecieron. Traficantes.
En Astraeon, la esclavitud no era ilegal… si el comprador tenía el apellido correcto.
Elion fue encadenado.
EL PUEBLO
Ese mismo día, Aurel Barrón caminaba por el pueblo.
Su ropa estaba gastada, manchada de hollín. Manos ásperas. Espalda cansada. Herrero. Obrero. Nada más.
—¡Aurel!
—¡Buen día!
—Gracias por el arreglo.
Sonreía. Saludaba. Respondía con paciencia.
Era querido. No por poder. No por apellido.
Por ser buena persona.
La noche cayó.
Elion no volvió.
Aurel esperó.
Luego salió.
Preguntó.
Buscó.
Nada.
El miedo se le metió en los huesos.
EL CAUTIVERIO
Elion estaba encerrado.
Sin comida.
Sin agua.
Con las muñecas marcadas por las cadenas.
—¡Cuando salga de aquí les voy a patear el trasero! —gritó con voz rota.
Las risas fueron inmediatas.
—¿Escucharon al mocoso?
—Niños como vos valen monedas.
Un golpe.
Luego otro.
Elion cayó al suelo.
Y entonces…
FLASHBACK
La lluvia caía como si quisiera borrar la tierra.
Un hombre herido sostuvo a un niño inconsciente.
—Su nombre es Elion… —susurró— el ya no tendrá a nadie.
Aurel lo observó.
—Por eso te lo dejo —continuó el hombre—.
—eres el único al que puedo dejárselo.
Aurel tomó al niño.
PRESENTE
Aurel siguió las huellas.
Pisadas mal ocultas.
Ramas rotas.
Sangre seca.
Encontró el campamento.
Entró sin miedo.
—¿Quién sos vos para plantarte frente a nosotros? —rió el traficante—. ¿Un plebeyo?
Aurel observó a las bestias.
—Así que es cierto… —murmuró—. Encontraron la forma de controlarlas.
Rayos translúcidos estallaron desde su espalda.
Desapareció.
Las bestias cayeron antes de entender qué pasó.
El traficante levantó una tormenta de polvo con su habilidad innata,
A lo que poco a poco Aurel fue abriéndose paso por los huracanes de polvo a velocidades inimaginables que a un humano normal mataría en instantes.
Aurel se acercó al traficante pero el traficante confiado por su habilidad intangible solo sonrió
Elion grita: ¡huye viejo! El es intangible
¡Ya lo oíste bastardo! No hay forma de que ¡Golpe!
El golpe fue limpio.
Un destello.
Silencio.
Elion temblaba.
—¿Qué… qué hiciste…?
Aurel lo miró.
—No hay necesidad de tener una habilidad innata fuerte para alzarse como el más poderoso —dijo—. Basta con esforzarse como ningún otro.
—¿Puedo… puedo ser el más fuerte con mi rueda de la fortuna?
Aurel estalló en carcajadas.
—No. Esa habilidad es basura.
Elion lo miró ofendido.
—¡¿Y cómo demonios me volveré el más fuerte entonces, viejo?!
Aurel se puso serio.
—Tu papá me mataría si dejara que te pasara algo hoy… o en el futuro.
—Así que necesito que te vuelvas fuerte.
Se acercó.
—Hay otras maneras.
—¿Me preguntaste cómo logré golpear a ese tipo?
Elion asintió.
—Esa habilidad vuelve tangible a quienes no deberían serlo.
Sonrió.
—Espero estés dispuesto a todo.
—Porque a partir de ahora… te espera el mayor infierno.
—Te enseñaré a usar el
*TÍTULO*








