LAS SOMBRAS DE LA CASA HOLLOW

All Rights Reserved ©

Summary

Verano de 2002. Adonis, Tomás y Leo tienen quince años y creen conocerse lo suficiente como para no tener miedo juntos. La casa a la que llegan no figura en los mapas. No está abandonada, pero tampoco parece habitada. Al principio, todo se reduce a bromas nerviosas, ruidos que se explican solos y la sensación incómoda de estar siendo observados. Pero la casa escucha. Poco a poco, el lugar comienza a tensar algo entre ellos: recuerdos que no comparten, discusiones sin motivo, silencios que pesan demasiado. La casa no ataca de frente; susurra, divide, enfrenta. Hace que cada uno dude de los otros… y de sí mismo. El tiempo se comporta de forma extraña. Las noches se alargan. Los relojes se detienen. Las puertas no siempre llevan al mismo sitio. Y hay nombres que aparecen donde no deberían, como si alguien los recordara antes de conocerlos. Atrapados entre la lealtad de la pandilla y el miedo a quedarse solos, los chicos tendrán que decidir en quién confiar cuando la casa empiece a pedir algo a cambio. Porque la Casa Hollow no necesita fantasmas. Solo necesita adolescentes que crean que nada puede romperlos. Y cuando lo consigue, nunca lo hace de golpe. Lo hace juntos.

Genre
Horror
Author
IZvitee
Status
8mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAP 1 VERANO 2002

El autobús se marchó sin despedirse.

Levantó una nube de polvo en la carretera estrecha y desapareció entre los árboles, dejando atrás un silencio tan brusco que a Adonis le pitaban los oídos. Durante unos segundos, ninguno de los tres habló. Permanecieron allí, con las mochilas a los pies, mirando cómo el camino volvía a quedarse vacío.

—Bueno —dijo Leo al final—. Supongo que ya no hay vuelta atrás.

Tomás soltó una risa corta, más por costumbre que por humor.

—Exagerado. Es solo una casa en el bosque.

Adonis no respondió. Tenía quince años y estaba acostumbrado a ocultar cuando algo le incomodaba, pero aquella sensación era distinta. No era miedo exactamente. Era… expectativa. Como si algo hubiera empezado antes de que ellos llegaran.

Miró el móvil. Sin cobertura. Lo guardó otra vez.

El camino de grava comenzaba unos metros más adelante. Ningún cartel. Ninguna señal que indicara que alguien viviera allí. Aun así, el sendero estaba despejado, como si se usara con cierta regularidad.

—¿Seguro que es por aquí? —preguntó Leo.

—Eso dijo mi tío —respondió Adonis—. Que siguiéramos el camino hasta verla.

—¿“Hasta verla”? —repitió Tomás—. Eso no tranquiliza nada.

Caminaron en silencio durante varios minutos. El bosque se cerraba a ambos lados, demasiado uniforme, demasiado recto. Los árboles parecían crecer hacia arriba sin ramas bajas, como columnas. No se oían pájaros. Ni insectos. Ni siquiera el viento.

Adonis se dio cuenta de que estaba contando los pasos sin querer.

Entonces la vieron.

La casa emergía entre los árboles como si siempre hubiera estado allí y, aun así, acabara de aparecer. Grande. Oscura. Con dos plantas y un tejado inclinado que parecía inclinarse un poco más de lo normal.

—Hostia… —murmuró Leo—. Vale. Esto sí que mola.

Adonis redujo el paso. Algo en su pecho se tensó, una presión leve pero insistente. La casa no parecía abandonada, pero tampoco daba la bienvenida. Las ventanas reflejaban el cielo apagado, devolviendo una imagen gris, sin profundidad.

La verja estaba abierta.

—¿Entramos? —preguntó Tomás, aunque ya avanzaba.

El chirrido del metal al moverse fue largo, desagradable. El sonido se quedó flotando más tiempo del que debería.

Dentro, el aire era frío. No el frío normal de sombra, sino uno que se colaba bajo la camiseta, que se pegaba a la piel. Leo se frotó los brazos.

—Vale, esto no es normal.

La puerta principal se abrió sin resistencia. El vestíbulo era amplio y estaba en penumbra. Una lámpara colgaba del techo, apagada. Frente a ellos, un espejo enorme ocupaba casi toda la pared.

—Eh, mirad eso —dijo Leo, acercándose—. Parece sacado de una peli.

Adonis entró el último. Al pasar frente al espejo, se detuvo. Su reflejo parecía ligeramente… retrasado. Como si imitara sus movimientos con una fracción de segundo de diferencia.

Parpadeó. Sacudió la cabeza.

—No empieces —se dijo en voz baja.

Dejaron las mochilas en el suelo. El sonido fue seco, demasiado fuerte. La casa respondió con un crujido lento, profundo, que no parecía venir de ningún sitio concreto.

—¿Habéis oído eso? —preguntó Tomás.

—La madera —respondió Leo rápidamente—. Casas viejas.

El salón estaba intacto. Muebles cubiertos de polvo fino, un piano en una esquina, un reloj antiguo en la pared. Adonis se acercó al reloj.

Marcaba las 6:17.

El segundero estaba detenido.

—¿Está roto? —preguntó.

Antes de que nadie respondiera, el segundero avanzó un clic seco.

Tomás dio un paso atrás sin darse cuenta.

—Vale. Eso sí ha sido raro.

Subieron a dejar las mochilas en una de las habitaciones. Las camas estaban hechas. Las cortinas cerradas. No había fotos, ni ropa, ni objetos personales.

—Es como un decorado —dijo Leo—. Como si nadie hubiera vivido aquí de verdad.

—O como si no quisiera que supiéramos quién —añadió Adonis, y se sorprendió a sí mismo al decirlo.

La tarde cayó rápido. Demasiado rápido. A las ocho, la casa ya estaba sumida en una penumbra espesa. Encendieron una lámpara del salón. La luz no llegaba a todos los rincones.

—Esta noche bajamos al pueblo mañana —dijo Tomás—. Compramos comida y ya está.

Leo asintió, pero no parecía convencido.

Se sentaron en el salón. Nadie habló durante un rato. El silencio no era cómodo. Pesaba. Como si algo escuchara.

Entonces, desde el piso superior, sonó un golpe.

No fuerte.

Lento.

Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—Seguro que es el viento —dijo Leo, demasiado deprisa.

—No hay viento —respondió Adonis.

Otro golpe. Más cerca.

Tomás tragó saliva.

—Adonis… ¿esta casa estuvo habitada hace poco?

Adonis negó despacio.

—No que yo sepa.

El reloj del salón volvió a hacer clic.

El segundero avanzó.

Afuera, el bosque seguía inmóvil.

Y la casa, sin que ellos lo supieran aún, había empezado a recordarlos.