PREFACIO
TRES AÑOS ATRÁS
Miro un punto fijo en la pared que esta frente a mí, solo hay blancura y el intenso olor característico de los hospitales que impregna mi nariz.
Llevo horas esperando una noticia, algo que me permita guardar la esperanza, pero nadie se apiada de mí; tal vez sea por mi aspecto desaliñado y que traigo las botas sucias de barro.
— ¡Familiares de la señora Deborah Contreras! —anuncia la voz gruesa de una enfermera y eso me saca de mi letargo.
—Soy yo —digo sin aliento al llegar justo a la entrada de la sala de emergecias; la mujer de no más de cuarenta y pocos me mira con curiosidad y parece dudar de mi palabra—. Soy su esposo.
Y para dar veracidad a mi palabra, le muestro la argolla de matrimonio que nunca me quito desde hace cinco años.
—De acuerdo, venga conmigo para que me facilite algunos datos de su esposa —habla como si nada, ajena a mi preocupación y me obliga a seguirla hasta el puesto de enfermeras.
— ¡Oiga! ¿Puede decirme como se encuentra mi esposa? —La interrumpo cuando empieza a hacerme un montón de preguntas que parecen innecesarias—. ¿Ella está bien?
La mujer tuerce la boca y deja caer el bolígrafo sobre la tablilla con evidente irritación; entiendo que debe estar cansada, es pasada la medianoche, pero este es su trabajo y necesito saber que pasa, no andar diciéndole a que es o no alérgica mi mujer.
—El doctor es quien puede darle esa información y él aún está en el quirófano intentado salvar a su mujer y a su hijo —la manera tan cruel en que me responde, aviva mi sangre y siento tanta impotencia de ser tratado de este modo solo por ser de bajos recursos—. Necesito llenar estas formas con todos los datos de su esposa para agilizar su ingreso, eso sin contar si usted posee el dinero para costear la operación a la que ella está siendo sometida.
Me tiemblan todo el cuerpo de la rabia que siento y tengo que morderme la lengua para no insultar a esta mujer que carece de un mínimo de empatia.
—Hagan lo que sea necesario para salvarlos, yo me encargaré de conseguir el dinero —mascullo las palabras e intento calmarme, la mujer me mira con hastío y enarca una ceja.
— ¿Eso quiere decir que no tiene como pagar la cuenta del hospital? —trago saliva y miro a otro lado para que no se de cuenta de que ahora mismo no tengo ni un centavo en mi cuenta de banco—. Señor Contreras. ¿Tiene o no él dinero? Le recuerdo que este no es un sitio de caridad y si no tenía como pagar, debió llevar a su esposa a un hospital del estado.
—Por favor, señorita. Le juro que voy a pagar —le imploro en voz baja, tragandome mi orgullo—. Pero por favor, salven a mi esposa y a mi hijo.
—Lo lamento, señor, pero jurar no paga las deudas. Yo a usted no lo conozco y una cesárea como la que están haciéndole a su esposa supone un gran gasto.
La mujer coge el teléfono que hay en el mostrador y marca un número que la redirige con la administración de la clínica, la voz al otro lado es audible desde donde estoy.
— ¡No por favor! —estiro la mano y me atrevo a cortar la comunicación antes de que diga nada—. ¡Se lo suplicó, por favor!
Ella me mira en medio de una gran disyuntiva y parece que se apiada de mi situación, pero si pensaba decir algo, muere en su boca porque un doctor con un traje azul sale del quirófano llamando a la familia de mi esposa. La enfermera me mira un segundo y con mis ojos le suplicó una vez más que no diga nada, al final asiente y me alienta a ir con el médico.
—Yo soy el esposo de Deborah —le aviso al llegar a su lado; su expresión no parece alentadora, pero intento mantener la fe—. ¿Cómo están mi esposa y mi hijo, doctor?
El matasanos pone una mano en mi hombro, condescendiente y luego suspira.
—La cesárea fue complicada, no voy a mentirle. El bebé no estaba en posición aún, asi que tuvimos que intervenir a la paciente —su voz es tan controlada y pacífica que me pone nervioso—. Se nota que su esposa no mantuvo la alimentación requerida para su estado; fue una suerte que el bebé alcanzará las treinta y seis semanas de gestación estando la madre anemica. Es obvio que no recibió los suplementos vitaminicos necesarios por eso el parto se adelanto.
Todo es mi culpa, lo sé y nunca voy a perdonarme todo esto que esta pasando, pero por más que intente que Deborah me dejara y volviera con su familia, ella insistió en seguir a mi lado, amándome sin condiciones.
— ¿Pero ella está bien? ¿Y el bebé?
—Su esposa presentó preclancia a mitad de la cesárea y eso agravó la situación, sin contar que necesito varias transfusiones de sangre —un sudor frío me recorre la espalda y el piso bajo mis pies se tambalea, tengo que sostenerme de una pared.
— ¿Eso que significa doctor? —Pregunto en un hilo de voz con el corazón acelerado.
—El bebé nació bajo de peso por la mala alimentación de la gestante y es probable que este presentando algún cuadro anemico, así que deberá quedarse un par de días en la incubadora —el aire me falta y comienzo a hiperventilar—. Por otra parte, su esposa está muy delicada.
No soy capaz de mirar al doctor, solo me concentró en sus zapatos que están cubiertas por un forro azul.
—La señora Contreras perdió mucha sangre en la operación y luego de sacar al bebé, convulsiono —los ojos se me llenan de lágrimas—. Su corazón se detuvo en el proceso por varios minutos y...
— ¿Ella está muerta? —me atrevo a mirarlo con desesperación y culpa.
El hombre parece acongojado al verme, pero al final se apiada de mí.
—No, ella está viva, pero muy débil —se me escapa un sollozo y me doblo a la mitad apoyándome con las manos en la rodillas para coger aire—. Ahora mismo su esposa está en la UCI. La hemos sedado para que pueda reponerse más rápido, pero no sabemos que daños haya podido sufrir.
— ¿Ella estará bien? —musito en voz baja y veo como mis lágrimas caen sobre el piso de mármol.
—Eso no lo puedo asegurar. Debemos esperar a que ella despierte para evaluar los daños —me advierte y siento una palmada en mi espalda—. Por ahora vaya a casa a descansar y deje que nosotros nos encarguemos de todo. Su esposa esta en buenas manos.
Me arrastro por la pared hasta tocar el suelo y abrazo mis piernas en medio del solitario pasillo. Todo esto es mi culpa y no tengo como solucionarlo. Si estás personas descubren que no tengo como pagar, echaran a mi mujer y a mi hijo a la calle y no puedo permitirlo.
Alzo la cabeza y a lo lejos me topo con la mirada de la enfermera de antes, parece preocupada, pero ni siquiera se acerca.
—Tengo que buscar una solución para esto.
Seco mis mejillas y abandono la sala de emergecias para buscar una caseta telefónica.
— ¿Hugo? —Cuestiona una voz somnolienta al otro lado de la línea—. ¿Paso algo malo? Son las tres de la madrugada, tipo. ¡¿Acaso los pobres no tenemos derecho a descansar como la gente decente?!
— ¿Sigue en pie lo que me dijiste la otra noche? —Pregunto sin rodeos y eso basta para que se calle la boca—. Deborah acaba de dar a luz y está grave.
Ruben suspira y parece espabilar de golpe.
— ¿Y no faltaban un par de semanas todavía?
—Sí, pero el bebé se adelanto —me remuevo nervioso dentro del pequeño cubículo y decido ir al grano—. Necesito que me digas si sigue en pie tu ofrecimiento. Traje a Deborah a un hospital privado y debo pagar la cuenta antes de que la echen a la calle.
— ¡Coño, pero claro que si, brother! —su respuesta me alivia e inquieta de la misma forma—. Estas en la vuelta, pero no puedes echarte atrás luego de que hable con mi jefe. Esta gente no está para jueguitos, aquí nos rifamos la vida. ¿Sí me entiendes?
Se que estoy entrando en un terreno peligroso, pero no tengo otra opción.
—Haré lo que sea necesario para que Deborah y nuestro hijo sigan con vida.
—Perfecto, entonces te espero a medio día en el taller —la operadora me avisa que ya esta por acabarse el crédito—. Ahora ve a descansar que necesitas estar con la cabeza fresca mañana.
—Así lo haré. Nos vemos.
Y con la certeza de que no podré pegar un ojo lo que resta de la noche, camino por la calle hasta encontrar un parque donde sentarme a esperar que esta noche de mierda llegue a su fin.
****
— ¿Estás listo, Hugo?
Aprieto mis manos y miro hacia el lugar donde vamos a entrar a robar; me suda la frente y siento la lengua reseca por los nervios, pero ya es muy tarde para arrepentimientos.
—Sí, listo —intento que no me tiemble la voz y parece funcionar porque Ruben asiente y se acomoda el pasamontañas.
—Bueno, brother. Llego la hora de la verdad y si estás nervioso, solo piensa en que con lo que te van a pagar por esto podrás ayudar a Deby.
Trago saliva y me coloco mi máscara.
Dejamos el auto parquedo cerca de la entrada para no tener pegas al huir.
—Sí algo malo pasa, promete que te encargaras de que Deborah reciba el dinero —lo tomo del brazo para que me vea a los ojos; confío en él.
—Sabes que si, brother —nos damos la mano y acabamos por salir del auto.
— ¡Manos arriba todo el mundo! ¡Esto es un atraco! —Grito como puedo apenas entramos al banco.
La gente comienza a gritar y de inmediato todo se vuelve un caos, los vigilantes están fuera del juego porque otra parte de la banda ya se encargo de ellos y a Ruben y a mi nos toca vaciar las cajas.
— ¡Colaboren todos y nadie saldrá herido!
La gente se pone las manos sobre la cabeza y caen al piso por miedo a que nuestras armas se disparen, pero esa no es nuestra intención.
— ¡Muévanse ustedes! ¡Pongan todo el dinero que puedan en estas bolsas y nada de llamar a la policía!
Ruben tiene más experiencia en atracos y sabe muy bien lo que debe hacer, yo solo debo parecer intimidante a su lado mientras apunto con mi arma causando temor; al menos las manos no me tiemblan para ser mi primera vez.
Solo pasan veinte minutos desde que entramos y nos llenan las bolsas con dinero y todo parece demasiado fácil; ver tantas películas de acción me sirve para saber que en la vida real nada nunca es tan sencillo. Y mi pensamiento se vuelve certeza cuandoun policía vestido de civil nos sorprende abriendo fuego entre los rehenes.
— ¡Joder! ¡Salgamos de aquí, brother! —me grita Ruben que ya casi sale por la puerta mientras devuelve los disparos sin importarle herir a alguien—. ¡Coño, dispara o muévete!
Y cuando alcanzo a entender sus palabras, siento mi pecho vibrar y luego una oleada de frío que quema. La sensación se repite en varias partes de mi cuerpo y mis piernas fallan haciéndome caer de rodillas muy cerca de Ruben que parece solo un borrón ante mis ojos.
— ¡Hugo, levántate! —lo escucho gritar, pero no puedo, siento la ropa mojada y me pesa el cuerpo—. ¡Vamos, brother! ¡Salgamos de aquí!
Los disparos continúan y el frío comienza a dar paso al dolor, veo la bolsa de dinero a un lado y con mis últimas fuerzas le grito a mi amigo.
— ¡Llévate el dinero! ¡Llevátelo y cumple tu promesa! —se agacha como puede a mi lado y aprieta mi mano, luego coge la bolsa y se incorpora sin dejar de disparar.
Sirenas se escuchan a lo lejos cuando Ruben me da una última mirada y luego desaparece; sonrió con tristeza y siento el sabor de la sangre llenarme la boca, ya no tengo la lengua reseca.
El dolor se vuelve insoportable y me falta el aire, mis ojos comienzan a cerrarse y lo último que veo es un grupo de policías armados apuntandome con su arma.
¿Acaso no ven que ya estoy muerto?
La sonrisa de Deby se materializa en mi mente y con ese último pensamiento me entrego a la oscuridad, confiando en que ella al fin podrá ser feliz sin mí.








