Al Margen by Victoria at Inkitt
Customize readability
Aa

AL MARGEN

All Rights Reserved ©

Summary

Álvaro ya no puede más. El ruido por dentro es demasiado fuerte, y nadie parece escucharlo. Solo Daniel, su mejor amigo, intenta tenderle una mano. Y cuando nada parece suficiente, le propone escapar: una acampada lejos de todo. Sin padres, sin pantallas. Solo ellos dos. Pero no están tan solos como esperaban. Elena, la hermana de Daniel, y Victoria, una chica tan directa como impredecible, se suman al plan. Lo que iba a ser una huida silenciosa se convierte en un viaje de miradas, preguntas difíciles y emociones que apenas se atreven a salir. En el bosque no hay wifi, pero tampoco hay máscaras. Y tarde o temprano, lo que no se dice... aparece. Una historia sobre lo que duele, lo que se calla y lo que puede salvarte sin hacer ruido.

Genre
Other
Author
Victoria
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

1. Escapar del ruido

El espejo estaba completamente empañado. Las gotas resbalaban despacio por la superficie, deformando su reflejo hasta volverlo irreconocible. Álvaro se pasó una mano por la cara. Seguía mojada, aunque no solo por el agua de la ducha. Las lágrimas se camuflaban con las gotas que aún le caían por el rostro, y eso le venía bien. Era más fácil llorar si no parecía que lo estaba haciendo.

El baño olía a humedad y a gel de vainilla, el favorito de su madre. Todo estaba en silencio, como si el vapor hubiera apagado también el ruido del mundo.

Se inclinó sobre el lavabo y abrió el cajón. Sacó la cuchilla para afeitarse, pero al intentar ajustar la hoja con los dedos, se hizo un pequeño corte. Apenas sangró, pero fue suficiente.

La vio. Una línea roja, tan fina que casi no se notaba, empezó a brotar en la yema. Fue solo eso… pero no lo fue.

La sangre le recordó a otra cosa. A otra línea, en otro lugar. La muñeca. La piel abierta. El peso. Parpadeó.

El lavabo estaba limpio. No había sangre. No había nada. Solo un recuerdo escondido detrás de los ojos.

Pero el recuerdo dolía. Tanto, que, sin pensarlo, abrió el armario del baño. Sabía perfectamente dónde estaban. Las tijeritas pequeñas, de puntas afiladas. No eran suyas, pero conocía su forma. Las cogió.

Las acercó despacio a la muñeca.

Entonces llamaron a la puerta.

—Álvaro, sal ya, que se te va a hacer tarde —dijo su madre, con voz impaciente desde el otro lado.

El corazón se le desbocó. Dejó las tijeras de golpe dentro del armario y respondió rápido:

—¡Ya salgo, mamá!

Se vistió sin mirar el espejo. Bajó a desayunar sin cruzar mirada con su madre. Caminó al instituto con la cabeza baja, como si el suelo tuviera todas las respuestas. Nadie sospechó nada. Nadie nunca lo hacía.


Con los hombros hacia adelante y un poco encorvado por el peso de la mochila, entró al instituto. El murmullo y las carcajadas de los alumnos alegraron un poco al chico, le recordaba que estaba lejos de casa. Vio a lo lejos a su mejor amigo. Le hizo un gesto con la mano y caminó hacia él cambiando la expresión de su cara para no parecer cansado.

—¿Qué tal? —preguntó Daniel con una sonrisa.

—Bueno…, bien, sí, bien —respondió Álvaro, recuperando la postura e intentando mostrar una sonrisa de agradecimiento por la pregunta.

Justo en ese momento se tropezó. Le pasaba a menudo y le molestaba demostrar su torpeza estando al lado de Daniel; un chico alto, delgado y con cierto atractivo. A su lado, se sentía ridículo.

—¿Estás bien? —preguntó su amigo.

El joven apartó la mirada y contestó con un “Sí” bastante insistente.

Daniel, un chico observador, bastante responsable para sus 15 años, vio los gestos de Álvaro, la mirada, la manera de hablar… Parecía molesto, disgustado, triste. Esa última palabra invadió los pensamientos de Daniel. Triste. Hacía tan solo 2 años había empezado todo, y probablemente nunca acabaría. Sabiendo por todo lo que pasaba su amigo en esas fechas decidió animarlo, hacerlo hablar. Le vendría bien.

—Ven a mi casa esta tarde.


Cuando Álvaro llegó a casa de los Pardo, la puerta estaba abierta de par en par, como siempre. La casa estaba en silencio, y por un momento, sintió que podía respirar sin la presión constante de lo que había dejado atrás. En la entrada, se detuvo un momento, mirando la familiaridad del lugar: el pasillo adornado con fotos de momentos familiares, la cocina con el café ya servido, pero nada de eso logró calmar la ansiedad que sentía dentro.

Daniel no llegaría hasta más tarde, tenía cita con el dentista. Así que, sin prisa, caminó hacia el salón. Al girar la esquina, vio a Elena. Estaba en su cuarto, algo que, de alguna manera, hizo que Álvaro se sintiera como en casa, aunque a la vez incómodo. Siempre había sido diferente estar en la casa de Daniel, pero ahora, con todo lo que llevaba encima, no sabía cómo encajar en ese lugar tan cálido.

—¡Hola! —saludó Elena con una sonrisa amplia, levantándose de la silla donde estaba, casi sorprendida de verlo.

Álvaro asintió, pero no se acercó demasiado. Solo dio unos pasos hacia ella, sin saber cómo empezar la conversación. Al entrar a la habitación todo se volvió un mundo de color rosa. Las paredes estaban cubiertas por posters de Mark Ambor y a un lado de la habitación se encontraba ella junto a un montón de juegos.

—¿Vienes de clase? —preguntó Elena, al ver que él parecía algo distraído.

—Sí, he terminado... —respondió, sin mucha energía. Su voz era baja, casi apagada, como si aún estuviera atrapado en los ecos de su día.

Ella, una chica muy alegre, un poco friki y con el rostro muy similar al de su hermano, hizo todo lo posible para mostrarse amable. Su sonrisa estaba cubierta por cuadraditos de metal, con gomitas de colores, así parecía menos seria. Pero vio algo. El chico había dejado su mochila en el suelo y… Al apoyarla se le había levantado un poco la manga de la sudadera. Una pequeña línea apareció en su muñeca.

—¿Qué es eso? ¿Un tatuaje? —la joven muy curiosa, se acercó y le cogió la mano.

Álvaro apenas había tenido tiempo de explicarse. Esperaba una regañina, un enfado.

Elena frunció el ceño al ver la línea. La tocó con cuidado, y su gesto cambió por completo. Su sonrisa desapareció como si alguien apagara la luz. Álvaro intentó retirar la mano, pero ya era tarde. Elena lo había visto. Se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, como si acabara de descubrir algo que no debería estar ahí.

—¿Quién te ha hecho eso? —preguntó, más alto, con la voz temblorosa.

Álvaro se tensó. La manga volvió a cubrirle la muñeca, pero la herida ya no estaba solo en la piel, ahora flotaba en el aire.

—Nadie —dijo, con un tono seco, más por miedo que por enfado.

Elena no se movía. Su cara seguía pálida.

—¿Pero... te han tratado? ¿Fuiste a un psicólogo o algo?

—No quiero hablar de eso.

—¿Lo sabe alguien?

Álvaro dudó un momento, luego asintió despacio.

—Sí. Daniel —se le trabó la voz—. Me ayudó. Pero no quiero que nadie más lo sepa, Elena. Por favor — se estaba poniendo nervioso.

Elena tragó saliva. Se sentó de nuevo, en la cama, mirando al suelo, con los dedos apretados sobre las rodillas. Parecía muy nerviosa. Luego lo miró, pero no dijo nada.

En ese momento, sonó el timbre. Álvaro dio un respingo.

—Será Daniel —murmuró.

Escucharon la puerta abrirse, la mochila caer contra la pared del pasillo y unos pasos rápidos acercándose.

Daniel apareció en el umbral justo cuando Elena levantaba la vista, todavía con expresión de susto, y Álvaro parecía congelado a medio camino entre la cama y la puerta.

Daniel los miró a los dos, frunciendo el ceño.

—¿Qué ha pasado aquí?

Ambos respondieron rápidamente con un “NADA”.

Pasados unos segundos, Elena se levantó de un salto y, empujando a los chicos fuera de su habitación, anunció:

—Voy a llamar a Victoria. No entréis.

Daniel cerró la puerta tras ellos. Esta se golpeó contra el marco con un sonido seco que retumbó en las paredes. Bajo sus pies descalzos se sentía el calor que había dejado el sol esa misma mañana en el parqué.

Dejó que Álvaro caminara delante. No quería preguntar, pero sabía que algo no iba bien. Lo sentía en el aire, en cómo su amigo evitaba mirarlo, en cómo sus pasos parecían cada vez más pesados.

Álvaro se dejó caer en la cama de Daniel, cubierta por una colcha verde un poco arrugada. Fue a morderse las uñas, pero dudó al ver la enorme alfombra del mismo color que cubría parte del suelo. Estaba demasiado nervioso, enredado en sus pensamientos. En su lugar, empezó a jugar con los dedos, cruzándolos una y otra vez mientras miraba al vacío.

Daniel se sentó cerca, pero no demasiado. Lo observó unos segundos.

—¿Ál… te ha dicho algo mi hermana?

Álvaro no contestó. Tenía el rostro serio, casi inmóvil, pero sus ojos estaban llenos de tormenta. No sabía cómo responder. O tal vez no quería hacerlo. Lo único que sabía es que quería marcharse. Marcharse para siempre.

—Daniel —dijo al fin, con un tono bajo, casi apagado.

Y cuando lo llamaba así, por su nombre completo, Daniel sabía que era importante. Que dolía.

—Me voy a casa.

—No —respondió Daniel al instante, con ese impulso que da el miedo—. Quédate a dormir si quieres.

Álvaro bajó la cabeza. No lo decía por cortesía. Quería irse de verdad. Su mirada lo delataba. Era la misma de hace dos años, la que Daniel nunca había olvidado.

—¿No estarás pensando…? Álvaro, no te vayas.

El silencio que vino después lo dijo todo.

—No quiero preocuparos más —murmuró Álvaro, sin levantar la vista—. Pero no puedo con esto. Ya no puedo.

Daniel tragó saliva. Se levantó despacio, sin apartar la vista de él. No quería que se fuera. No podía.

—No tienes que cargar con eso solo —dijo—. No ahora. No más.

Álvaro lo miró por un segundo, con los ojos cristalinos. Luego se limpió la cara con una de sus mangas, como si no quisiera que nadie lo viera así.

—¿Te puedes quedar esta noche? —preguntó Daniel, más suave—. Aunque no quieras hablar. Solo... quédate.

El otro asintió muy levemente. No porque estuviera convencido, sino porque estaba demasiado cansado para resistirse más.

Daniel no dijo nada más. Solo encendió la lámpara de su mesilla y salió al pasillo. Asomándose por las escaleras, gritó:

—¡Elena, mete unas pizzas en el horno! Álvaro se queda a cenar.

—¡Vale! —respondió su hermana desde abajo, sin hacer más preguntas.

Él volvió a entrar en la habitación y le hizo un gesto a Álvaro.

—Sígueme.

Los dos caminaron por el pasillo hasta el fondo, donde un armario empotrado ocupaba parte de la pared. Daniel se agachó para sacar un par de mantas, pero mientras lo hacía, aprovechó para guardar con disimulo cualquier cosa que pudiera ser un riesgo. Tijeras, una vieja navaja de acampada, incluso un marco de cristal que había en el estante de arriba. Todo fuera de vista. No podía permitirse un error.

—Mis padres no vienen esta noche —comentó con voz baja mientras seguía ordenando—. Tienen un viaje de negocios, volverán mañana. Le he escrito a tu madre, le he dicho que te quedas aquí. No te preocupes.

Álvaro solo asintió.

En ese momento, una voz se oyó desde la cocina, clara y firme:

—¡Las pizzas están listas!

Daniel soltó el aire sin darse cuenta de que lo había estado conteniendo.

—Vamos —dijo, con un intento de sonrisa forzada—. Aunque sea por las pizzas de Elena.

Álvaro no respondió, pero lo siguió.

Bajaron juntos. El calor del horno aún se notaba en la cocina, y el olor del queso fundido llenaba el aire. Al entrar, Elena salió justo en ese momento por la otra puerta con el móvil en la oreja.

—Vale, te llamo mañana —dijo a su amiga con voz baja, y luego colgó—. Ya está, Victoria habla más que yo —añadió con una sonrisa rápida.

Dejó el móvil en la encimera y se acercó a la mesa, donde las pizzas ya estaban servidas. Se sentó en la silla frente a los chicos, con el pijama de dinosaurios y una coleta alta. Observó a ambos un segundo, como si intentara leerles la mente, pero al no sacar nada claro, simplemente se sirvió una porción.

El silencio se volvió espeso. Solo se escuchaban los cubiertos, el leve crujido de la masa, y alguna respiración contenida.

Elena no lo soportaba. Detestaba ese tipo de silencios que parecían pesar más que cualquier palabra. Aun así, no decía nada. No quería incomodar más de lo que ya estaban. Fue entonces cuando notó algo raro.

Daniel, sin darse cuenta, sujetaba la muñeca de Álvaro. No de forma evidente, no como quien quiere llamar la atención. Simplemente tenía la mano sobre la suya, en un gesto casi mecánico, como si así pudiera asegurarse de que aún estaba allí.

Álvaro no se movía. No parecía incómodo, ni sorprendido. De hecho, por primera vez desde que bajaron, tenía la mirada fija en algo: en sus manos.

Elena bajó la vista al plato, un poco más tranquila. No entendía todo lo que pasaba, pero entendía suficiente.

Siguieron comiendo en silencio.

Cuando terminaron de cenar, cada uno recogió su plato, excepto Álvaro, a quien ya se lo había recogido Daniel. Después todos fueron a sus cuartos después de las buenas noches de Elena.


Llamaron a la puerta, Álvaro y Daniel ya estaban acostados. Fue Álvaro quien se molestó en levantarse. Elena abrió la puerta y con una mochila verde agua en la mano dijo:

—¿No la has echado en falta?

Tanto ella como él sonrieron.

—Me mola tu pijama —a la chica le gustó el cumplido.

Llevaba una camiseta con capucha. La capucha tenía unos dientecitos en el borde, haciendo que pareciera que el hueco por el que pasaba la cabeza fuera la boca. Era un dinosaurio bastante logrado y molaba mucho.

—¡Gracias! Descansa.

El chico cerró la puerta y volvió a la cama de su amigo.

El silencio envolvía la habitación como una manta demasiado pesada. Daniel tumbado, fingía dormir, y cada pequeño movimiento a su lado lo mantenía despierto. Entonces, oyó cómo Álvaro respiraba de forma irregular. Pequeños sollozos ahogados. Contenidos. Y luego, el sonido leve de las sábanas apartándose.

Daniel no se movió.

Álvaro se levantó despacio, casi sin hacer ruido, como si sintiera que incluso el suelo podía delatarlo. Caminó hasta su mochila, la abrió con cuidado y rebuscó algo entre sus cosas. Su respiración era cada vez más agitada. Cuando por fin sacó lo que buscaba, el metal brilló apenas con la luz tenue que entraba por la ventana. Unas tijeras escolares.

Las sostuvo con una mano, apoyando el filo en su muñeca.

Y entonces, la voz de Daniel rompió la oscuridad.

—¡Álvaro! —exclamó, con un tono que se quebró entre el susto y la rabia.

Se incorporó de un salto, llegó hasta él y le arrebató las tijeras con tanta fuerza que casi se le cayeron al suelo.

—¿Qué haces? —gritó, sin poder contenerse.

Álvaro temblaba. No respondió. No sabía qué decir. Su cara mojada hablaba por él.

Daniel no dijo más. Lo abrazó. Lo abrazó con toda la fuerza que tenía, como si temiera que, si lo soltaba, desapareciera.

—No quiero perderte —susurró al oído—. Hazlo por mí, Álvaro. No me dejes solo.

Álvaro se quedó quieto. Cerró los ojos. Asintió sin palabras.

Volvieron a la cama, esta vez en silencio. Pero no como antes. Álvaro se metió bajo las mantas, sin soltar la mano de Daniel. Y solo cuando el ritmo de su respiración se volvió más pausado, cuando cayó dormido de verdad, Daniel se permitió soltarle la mano.

Y entonces, el miedo volvió. Ese miedo seco, frío, que te araña por dentro.

Se levantó. Bajó las escaleras en silencio, pensó en ir a por su hermana. Pero no quería asustarla. No todavía. Volvió a subir, se asomó a la habitación y vio a Álvaro dormido. Se apoyó contra el marco de la puerta y se pasó las manos por el rostro.

No podía no hacer nada.

Había que contarlo.

Let Victoria know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Read Now
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Read Now
Stripped Shadows

bm: Sehr gutes Schreiben. War total in der Geschichte und habe mitgefiebert, wie es weiter geht. Konnte das Buch kaum zur Seite legen Sehr spannend geschrieben. Freue mich auf Band 2 Hätte gern das Ruby mit Beiden lebt.Und es fehlen noch sehr viel Antworten

Read Now
My Playboy Roommate

luisasabato: Spitze! Sehr zu empfehlen und hoffe auf ein Happy End

Read Now
Bloodlines

miacoveventry92: Sad that it ended I was enjoying being sucked into this story since the first chapter. Beautiful story and I really hope there's a part two someday but as is it's a great story beginning to end and no cliffhanger at all.

Read Now
Our third chance

Susan: loved it! covered so many things that make a story unforgettable. they deserve a long good life together. thank you for sharing this story with us.

Read Now
Take the reins

Waterfront: Beautiful story! Love a happy ending!

Read Now
Til Kingdom Come

Debbie Vale: I love the book 📖. So nice and worth reading. The story line, the spellings and punctuations is giving. 10/10 minus nothing.

Read Now
Bear Roberts

elliewrites: Grammar wasn't great, the plot didn't really follow a strict line, but overall, it was good.

Read Now