Te Extraño Infinito by Joel at Inkitt
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Te Extraño Infinito

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Summary

​A los cincuenta años, la vida de Damián se parece a una habitación a oscuras donde los detalles se han ido borrando con el polvo del tiempo. Sin embargo, existe una sola imagen que conserva la nitidez de lo sagrado: Nahomi. A través de una narración íntima y desgarradora, Damián desentierra los días en que fue un joven lleno de miedos que encontró su hogar en la sonrisa de una violinista que no creía en finales felices. Es una crónica sobre cuánto estamos dispuestos a perdonar cuando el dolor es el único precio para mantener vivo un recuerdo, y cómo una breve historia de juventud puede ser suficiente para llenar toda una vida de soledad.

Genre
Drama
Author
Joel
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El génesis.

La lluvia golpeaba con fuerza la ventana de la cafetería, las gotas eran similares a centenares de lágrimas derramadas. Mi mirada estaba fija hacia la calle. El café era cálido y acogedor, el aroma del recién hecho se entrelazaba con el dulce olor de los pasteles; sin embargo, me encontraba ajeno a todo esto, porque una escena se reproducía sin parar en mi mente.

—¡Ey, Damián, mírame, te estoy hablando! —escuché una voz lejana, como si estuviera a muchos kilómetros de mí. Caí en cuenta de que estaba delirando otra vez.

—Lo siento, Andrés, me distraje de nuevo.

—Ya van dos veces en el día, me estás preocupando, viejo —dijo Andrés en tono de broma, aunque su mirada reflejaba una preocupación genuina.

—Tranquilo —le respondí con simpatía.

—Estabas pensando en ella otra vez, ¿verdad? —me preguntó, su voz clara y seria.

—Eh, yo solo... perdón, solo estaba llenando mi mente de inútiles recuerdos.

Me miró confundido.

—No has respondido a mi pregunta.

Lo miré con un poco de culpa en los ojos.

—Ehh, sí, yo... estaba pensando en ella.

—Debe de ser difícil, ¿no? Digo, seguir amándola.

—No, Andrés, lo difícil es no tenerla aquí para demostrarle que la amo.

Una voz interrumpió la conversación.

—Aquí tienen la cuenta: dos cafés y dos pasteles, ¿cómo desean pagar, amigos?

—Efectivo —dije, saqué mi dinero y pagué la cuenta.

Nos subimos a la camioneta y Andrés me dijo con cierta vergüenza:

—Oye, ¿me contarías la historia?

—¿De qué?

—De cómo la conociste y de cómo viviste con ella.

—Ni lo pienses, muchacho —Encendí el vehículo y comencé a conducir.

—En serio, es que tengo que entregar una tarea en la universidad y no soy bueno para las historias.

—¿Crees que dejaré que la historia de mi vida vaya a las manos de un profesor universitario?

—Cambiaré los nombres y algunas cosas. Solo quiero escribir algo real. Las mejores historias son las que se viven de verdad.

—Andrés, esta no es la primera vez que me pides que te cuente esa historia, y tu invento de que es para la universidad es la peor idea que se te pudo haber ocurrido.

—Está bien, en realidad, solo quiero saberlo y quizás aprender. Sabes muy bien que me encanta aprender de tus historias, y además he estado escribiendo un poco. Quizás tu historia me ayude a inspirarme, ¿no crees?

Andrés es un buen chico, muy joven, tiene solo 19 años. Es raro que un joven como él sea amigo de un viejo de 50 años. Lo veo quizás como un hijo. Vive enfrente de mi casa y su madre siempre ha sido una buena amiga. Sin embargo, no quisiera contar mis desgracias ni mis aventuras a nadie. Aunque, para ser sincero, ya me lo había pedido alrededor de treinta veces.

—Pues escribe sobre algo que tú hayas vivido.

—¿Es en serio, señor Damián? Aún no he vivido nada que valga la pena contar.

Guardé silencio por unos segundos.

—Está bien. Ven hoy a mi casa. Ven en la tarde y trae todo lo que necesites.

—¿No puede ser mañana?

—No. Es hoy o nunca, antes de que me arrepienta.

Aceptó los términos, así que fuimos a hacer las compras de la comida y lo dejé en su casa.

—Gracias por ayudarme con las compras, hijo.

—Tranquilo, ahora vaya a descansar un poco, viejo.

Dos horas después tocaron a mi puerta.

—Señor Damián, soy yo.

—Sí, sí, ya voy —respondí refunfuñando, como todo hombre de mi edad.

Abrí la puerta y ahí estaba él, vestido como si fuera a una importante entrevista de trabajo.

—¿Por qué te vistes así? ¿Eres tonto o qué?

—Porque es una ocasión especial, al menos para mí —dijo sonriendo.

—Está bien, tú solo pasa.

Agarré dos sillas cómodas, de esas reclinables. Luego tomé dos pastillas para mis dolores, respiré profundo y me preparé. Sentí como si estuviera a punto de volver en el tiempo, como si estuviese alistándome para un viaje doloroso. Hacía ya mucho tiempo que no me proponía recordar lo que vivimos, aunque innegablemente, siempre la recuerdo a ella.

—Puede que odies mi historia, y para cuando termine, es muy probable que ya no quieras escribirla. ¿Estás listo?

—Listo, señor —me dijo como si hablara con un sargento.

[Aquí se produce la transición definitiva al pasado de Damián. La siguiente sección es su narración de los hechos.]

Ella era perfecta. Tal vez yo estaba demasiado ciego por amor, o en verdad los defectos en ella eran casi inexistentes. Todo en ella me cautivó; la definiría como la mejor de las creaciones de Dios.


Viví con ella un tiempo, y recuerdo con perfección el día en que la conocí. Estaba yo allí, esperando el tren junto a muchas personas comunes, de esas que ocultan sus anhelos y venden sus sueños para sobrevivir en esta vida. Mi cara era igual a la de todos ellos, estaba llena de desesperanza, aunque la frágil sonrisa en mi rostro podría ocultar al menos una gran parte de lo que sentía. Recuerdo que el tren finalmente llegó, todos subimos al vagón y, justo cuando la puerta estaba a punto de cerrarse, una hermosa chica de unos 18 años, la misma edad que yo tenía en ese entonces, entró apresurada. Casi perdió el equilibrio, pero finalmente logró restablecerse, se acomodó rápidamente el cabello y dijo, tomando otra vez postura:

—Buenos días.

—Buenos días —respondimos todos como un coro.

"¿Por qué seremos tan obvios?", pensé.

Todos los hombres estábamos allí, impresionados por su belleza, y aunque no soy de los que codician tontamente a una dama, ese día, mi amigo, ese bendito día, fui el más tonto del mundo.

La observé tanto que logré detallar cada instante, cada gesto y cada prenda. Tenía una hermosa chaqueta marrón que parecía vieja, pero muy bien cuidada. La chaqueta dejaba ver una camiseta verde oscuro que me hacía recordar las tardes en el césped. Su tejido se veía tan hermoso y único que me hizo pensar que muy probablemente era una prenda importada. Tenía unas botas que hacían juego con su chaqueta, y un pantalón beige muy sencillo. Sostenía entre sus cálidos dedos una cartera ochentera; tal vez había sido un regalo de un familiar mayor. Y su piel, ¡oh Dios!, su piel era blanca, tan blanca que podría confundirse con la nieve. Su cabello era rubio, un rubio luminoso que podría ser fácilmente el sol si quisiera. Había en ella unos hermosos lunares en su rostro y otros en su cuello; sentía que me estaban invitando a descubrir dónde más se escondían. Y sus ojos... pues si has visto el mar de Los Roques, podrás saber de qué color eran sus ojos. Ella transmitía todo lo soñado; era normal que yo y todos los presentes estuviéramos atontados, como si un ángel hubiese venido para liberarnos de nuestras miserias. Supe que ese momento no duraría mucho, pues en unos pocos minutos ya habría llegado a mi destino.

Unos cinco minutos después, el tren se detuvo. Me bajé con esa imagen en mi mente, hasta que recapacité como si hubiese salido de un hechizo. Ya sabía lo que me esperaba: una tortuosa mañana de trabajo en una linda cafetería. Al menos me consolaba un poco saber que era un lugar agradable.

Llegué a mi trabajo y vi a mis compañeros sentados; habían llegado primero, como era de costumbre.

—Buenos días —dije mientras colocaba mi bolso en el guindadero.

—Buenos días, campeón. Llegas tarde, lo más probable es que hoy te lleves un buen regalo —me dijo Carlos con tono burlón.

—¿En serio es tan tarde?

—Einstein diría que el tiempo es relativo, pero a Karla le importa un comino si casi pierdes tu vida en un accidente; para ella deberías haberle avisado que un carro te iba a atropellar.

Karla era la encargada. Era típica: arrogante, grosera y con delirios de grandeza. Solo me causaba lástima su simple existencia.

—Ugh, qué fastidio. Espero que no diga nada.

Y como si la hubiese invocado, se paró justo a mi lado, mientras me clavaba su atípica y estúpida mirada de desprecio.

—¿Crees necesario que te lo recuerde, Damián?

—No, no, no es necesario, tú tranquila, no quisiera escuchar una charla tuya de veinte minutos.

—¿Cómo dijiste?

—Nada. Me voy a preparar los cafés.

Me alejé como si no hubiese estado hablando con la persona de la cual dependía mi empleo y escuché sus gritos de reclamo, pero honestamente no recuerdo ninguna palabra de las que dijo excepto "idiota". Esa palabra me la habían dicho tantas veces que ciertamente podía sentir afinidad con ella, aunque me repetía una y otra vez que no era el idiota que muchos decían, lo cierto es que cada vez que escuchaba esa palabra sentía que me pertenecía.

Unos minutos después llegaron varios clientes. Yo estaba preparando los cafés mientras Carlos atendía la barra, cuando de repente escuché la voz más dulce que nunca antes había oído.

—Me da un café con leche y sin azúcar, por favor —fueron las palabras que pronunció.

Inmediatamente me di la vuelta. Claramente necesitaba saber dos cosas: primero, de dónde venía tan hermosa voz, y segundo, quién pide un café con leche y sin azúcar. Volteé mientras fingía tomar algo de la barra, alcé la mirada y allí estaba ella. Para mi sorpresa y mi suerte, era la misma chica con la que había fantaseado hacía unos minutos. ¿Era la vida dándome una oportunidad? No lo sabía, pero algo tenía que hacer, si no, no me lo perdonaría. Sentí la extraña obligación de cruzar al menos alguna palabra con ella. Tomó asiento y se recostó, mostrándose cansada. Suspiró como si al haberse sentado alguna carga se hubiera liberado de ella. Tomé una rápida decisión: tenía que hablar con Carlos para que él preparara los cafés y yo poder hablar con ella.

—Ey, Carlos, cambiemos de puesto.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Es ella —la señalé—. Quiero sacarle conversación.

—¿Y desde cuándo tú eres así, Damián?

—Ni me lo preguntes, no sé ni siquiera qué estoy haciendo.

—Dale, tú tranquilo.

—Te debo una.

Tomé una postura más varonil de la acostumbrada, mastiqué un chicle, tosí para aclarar mi voz y fui hacia donde estaba ella, dejando de pensar en el futuro y en el pasado. Mi mente solo reconocía el ahora, no había nada más, así que me perdí de todo juicio y me acerqué.

—Hola. Aquí tienes tu café, con leche y sin azúcar. Que lo disfrutes.

—Muchas gracias.

—Eh... ¿eres de por aquí? No recuerdo haberte visto.

—No, no, apenas me mudé.

—Entiendo, ¿trabajas o estudias?

—Estudio, estoy estudiando música, especialmente el violín.

—¡Qué bueno! A mí me encanta Niccolò Paganini.

—¿Sí? Pues a mí no, de hecho creo que es el que menos me gusta.

—Bueno, son solo gustos. (Carajo, ya voy mal, debí cerrar el pico).

Su mirada se volvió distante, como esperando a que me marchara. Pero no porque no le gustara Niccolò Paganini, sino porque parecía que quería estar sola.

—Nada, yo... solo me dabas curiosidad, por ser un rostro nuevo. En fin, disfruta tu café, adiós.

Me fui y comencé a pensar en cómo habría sido su impresión de mí. Suelo sobrepensar mucho, así que esta situación no me es favorable. ¿Qué pensará? ¿Debería simplemente volver a preparar los cafés o tal vez dar un último intento? No lo sabía.

La miré y estaba leyendo un libro. Sus dedos acariciaban las páginas, un gesto casi olvidado en un mundo moderno lleno de cabezas inclinadas sobre teléfonos, incluso para leer. ¿Cuándo habíamos perdido tan hermoso hábito? ¿Cuándo abandonamos el papel por las pantallas?

Finalmente, se puso de pie, se acomodó un mechón de cabello que danzaba sobre su mejilla, recogió sus cosas y se fue. Bueno, casi todas sus cosas. Cuando se marchó, noté un pequeño objeto olvidado sobre la mesa. No pude resistir la curiosidad. Me acerqué y descubrí que era una cartera color rosa pastel. La revisé con cuidado. Había un par de fotos (ella y sus padres), una tarjeta y un trozo de papel con una frase: "Valorar mis días".

Me pareció extraña la nota en su cartera. En mi mente divagaban tres opciones. Primero: estaba considerando acabar con la tan preciada vida, y la nota era su salvavidas, un recordatorio constante de que podía aferrarse a algo para permanecer despierta. En ese caso, no la juzgaría, porque yo también me he encontrado sobre un edificio, con siete pisos separándome de mis demonios. Segundo: tal vez se trataba de una chica optimista, y esta frase la ayudaba a aprovechar mejor cada minuto del día. Y por último, podría tratarse solo de alguna frase de un escritor, el cual le encantaba, y llevaba su frase como amuleto de la suerte.


Chapters
1. El génesis.
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