Canto De Ceniza Y Sangre by Kou - GG at Inkitt
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Canto de Ceniza y Sangre

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Summary

Reinterpretación de los acontecimientos vividos en Britannia, en el año 60 d.C. Roma gobierna con hierro, impuestos y humillación. Cuando el rey de los icenos muere, Roma traiciona sus pactos. Azotan a su viuda. Violentan a sus hijas. Confiscan sus tierras como si fueran botín. El nombre de esa mujer es Boudica. Lo que comienza como una injusticia más bajo el yugo romano se convierte en una llama imposible de contener. Tribus divididas durante siglos se alzan bajo un mismo estandarte. Camulodunum arde. Londinium tiembla. La sangre corre tanto romana como britana. Pero la guerra no es solo fuego y victoria. Cada ciudad conquistada deja cenizas. Cada victoria exige un precio. Y frente a ellas se alza Suetonio Paulino, general de Roma, decidido a aplastar la rebelión antes de que el Imperio pierda su honor… y su provincia. Entre lealtades quebradas, ambición, traición y fe antigua, Boudica deberá decidir qué está dispuesta a sacrificar: su venganza, su pueblo… o el futuro mismo de Britannia. Porque si Roma cae en britania, el mundo cambiará. Y si Roma vence, no quedará nada que salvar.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

El humo era tan espeso que se pegaba a la garganta.

El centurión Marcus Aelius Varro avanzó entre ruinas negras con la mano sobre el pomo de su gladius. Cada paso hundía sus sandalias en barro mezclado con ceniza y sangre. No era suelo. Era un lodazal de una ciudad muerta.

Camulodunum había sido romana. Había tenido calles rectas, columnas, estatuas, un templo para el divino Claudio. Había tenido orden.

Ahora solo tenía silencio.

Un silencio que no pertenecía a los vivos.

Varro vio un cuerpo calcinado contra una pared caída. El hombre tenía los brazos levantados, como si hubiese intentado cubrirse del fuego. Su piel era carbón. Su boca estaba abierta, congelada en un grito sin sonido.

Más adelante, el cadáver de un niño, pequeño, aplastado bajo una viga. La mitad de su rostro aún tenía color. La otra mitad era un agujero oscuro.

Varro apartó la mirada.

No por compasión. Por disciplina.

La compasión era un lujo que se permitían los poetas. Los soldados solo contaban muertos.

—¡Avancen! —gruñó.

Detrás de él, una decena de legionarios caminaban en formación dispersa, escudos manchados, lanzas listas. Sus ojos se movían de un lado a otro como animales encerrados. Nadie hablaba. No había bromas, no había chistes, no había orgullo.

Camulodunum olía a derrota.

A un lado del camino, la estatua del emperador había caído boca abajo. La cabeza se había desprendido y rodado hasta quedar atrapada entre piedras. El rostro de mármol, sin cuerpo, miraba hacia el cielo gris.

Parecía un dios decapitado.

Varro se agachó, tocó el mármol con dos dedos y sintió el frío.

—Esto es sacrilegio —murmuró.

Un legionario joven, apenas un muchacho con barba incompleta, tragó saliva.

—¿Cómo pudieron entrar, señor? La ciudad tenía guarnición… tenía auxiliares…

Varro apretó la mandíbula.

—Porque los auxiliares corren cuando ven fuego.

No dijo más. No necesitaba decir más.

A unos metros, el templo ardía todavía. Las columnas se mantenían en pie, pero ennegrecidas, como huesos que se negaban a caer. El interior era un horno. Las llamas no bailaban: devoraban.

Habían dejado el templo como un mensaje.

No hay dioses aquí. Solo muerte.

Varro giró hacia un callejón estrecho. Allí encontró un grupo de cuerpos amontonados. Mujeres. Ancianos. Gente que había intentado esconderse.

Los habían encontrado igual.

Había marcas de espada. No eran heridas de batalla. Eran cortes cortos, repetidos. Brutales. Hechos a corta distancia. A veces en la espalda.

Varro los observó un instante y sintió algo extraño en el estómago.

No era asco.

Era una incomodidad que no conocía.

Aquello no era guerra. Era una ejecución colectiva.

Y sin embargo…

Roma había hecho cosas peores.

Varro lo sabía.

Siguió caminando. Cada paso lo llevaba más cerca del centro, donde se suponía que la legión IX había sido enviada a rescatar la ciudad. Donde los romanos debieron haber formado un muro de escudos para resistir...

Pero no había muro.

Solo cadáveres con armaduras abiertas como conchas.

Un soldado romano yacía boca arriba con los ojos abiertos. Tenía una lanza clavada en el cuello. Había sangre seca alrededor de la herida. Su mano aún apretaba el mango de su espada.

Murió intentando levantarse.

Varro lo reconoció.

—Manio… —dijo en voz baja.

Uno de los hombres de su cohorte se acercó.

—¿Lo conocía señor?

—Era un buen soldado.

—Todos lo eran.

Varro se incorporó lentamente. Miró el campo de ruinas como quien mira un mapa de derrota. En su mente, cada calle destruida era una línea rota. Cada cuerpo era un error táctico.

¿Cuántos? pensó.

No lo sabía. Pero sabía algo peor:

Los barbaros no solo habían atacado. Habían planeado.

Habían esperado el momento exacto.

Y habían golpeado con rabia.

Una rabia tan antigua que parecía parte de la tierra.

En medio de la plaza, encontró lo que quedaba del estandarte.

El águila.

El símbolo de Roma.

No estaba en manos de un soldado muerto, defendida hasta el final. Estaba tirada en el barro, doblada, manchada, con una pata rota.

Varro se quedó quieto.

La mirada de sus hombres se clavó en el estandarte como si fuera un cadáver familiar.

—La tomaron… —susurró el muchacho de la barba incompleta como si acabará de presenciar sacrilegio contra los dioses

Varro se agachó y levantó el águila con cuidado. El metal estaba caliente aún, como si el fuego hubiera querido fundirlo.

Su pulso se aceleró.

Eso no era solo una derrota.

Eso era un insulto directo.

Varro apretó los dedos.

—Esto no debió ocurrir.

Su voz salió más dura de lo que esperaba.

Uno de los auxiliares britanos, un hombre flaco con cicatrices en el rostro, se acercó con la cabeza baja. No era un soldado romano. Nunca lo sería. Pero tenía ojos inteligentes.

Ojos llenos de miedo.

—Señor… —dijo—. Esto no fue un ataque común.

Varro lo miró con desprecio contenido.

—Explícate.

El auxiliar tragó saliva.

—Vinieron como una tormenta. No eran solo guerreros. Eran familias. Mujeres también. Cantaban mientras mataban. Cantaban mientras ardía todo.

Varro sintió un escalofrío. No por superstición. Por cálculo.

Una fuerza que canta mientras destruye no se detiene por miedo.

—¿Quién los lideraba? —preguntó.

El auxiliar dudó, como si pronunciar el nombre pudiera traerlo de vuelta.

—Una reina.

Varro se enderezó.

—¿Una reina?

—Sí, señor.

—¿De qué tribu?

El auxiliar bajó la mirada al suelo, como un hombre que teme a los dioses y a los hombres por igual.

—Icenos.

Varro apretó la mandíbula. Los Icenos eran clientes de Roma. Domesticados. Útiles. No una amenaza.

—¿Y su nombre?

El auxiliar se humedeció los labios. Su voz salió casi como un rezo.

—Boudica.

Varro sostuvo el águila contra su pecho.

Boudica.

Un nombre bárbaro. Un nombre de mujer... Pero había reducido una colonia romana ceniza.

Varro miró las ruinas otra vez. Miró el templo ardiendo. Miró la estatua decapitada. Miró los cuerpos.

Y comprendió, con una certeza fría:

Esto no era una revuelta.

Era una guerra.

Varro giró hacia sus hombres.

—Recojan lo que quede útil. Cuenten los muertos. Busquen supervivientes.

Nadie se movió al principio. Nadie quería tocar nada.

Varro alzó la voz.

—¡Muévanse! ¡Son soldados, maldita sea!

Los hombres obedecieron por reflejo. Por costumbre. Por miedo a la disciplina.

Pero Varro los vio bien.

Ya no tenían la mirada de conquistadores.

Tenían la mirada de quienes han entendido que el enemigo puede morder.

El centurión volvió a mirar al horizonte, hacia el bosque oscuro.

Allí estaba el verdadero enemigo.

No en una muralla. No en una ciudad. No en un ejército organizado.

Sino en los árboles.

En la niebla.

En una reina que había decidido que el mundo debía arder.

Varro apretó el águila contra sí.

—Que los dioses me perdonen —susurró—… porque Roma no lo hará.

Y por primera vez desde que juró servir al Imperio, sintió una verdad incómoda clavarse en su mente:

Roma sangraba.

Y la sangre tenía nombre.

Boudica.

Chapters
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