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Sonnengeräush

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Summary

Si la rebelión es el único camino...¿somos mejor que los tiranos?. Y aunque no lo fuéramos, ¿alguna vez nos dieron otra opción?. ¿Y que si el único camino es al lado del ser más terrible del mundo?. Albrinn se ve envuelta por Alastor en una traición a la corona imperial que desata solo lo que ya era inevitable en un mundo corrupto y desolador para lo más débiles, ¿pero podrán derrotar a los tiranos o son realmente ellos los nuevos tiranos?

Status
8mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

—Maldición...

Volvió a caer en el barro; esta era posiblemente la cuarta vez esta noche. No las contaba realmente, sería incluso más vergonzoso llevar una cuenta detallada.

No es que llevara la cuenta de cuántas veces había caído mientras huía de los traficantes de esclavos todos estos años; podrían ser más numerosas de las que podía recordar.

Una vez más no era importante; siempre y cuando sus rodillas no se hicieran trizas, podría correr.

Albrinn levantó su cansado cuerpo y siguió corriendo sin siquiera sacudir el barro de sus rodillas.

Era el mismo camino de siempre por las callejuelas del "distrito del placer" que daban hasta la taberna. Se repetía constantemente en susurros que solo serían unos metros más, como si de alguna manera eso ayudara a sus pies a moverse rápido sin trastabillar. Cansada y ya sin oír a los traficantes detrás de sus pasos, se detuvo un momento a recuperar el aliento; lanzó una pequeña plegaria en su corazón por la pobre alma que había sido atrapada por los traficantes en su lugar.

La noche no estaba especialmente iluminada; como siempre, la luna parecía olvidar a los pobres para dejarlos en un manto de oscuridad.

No le molestaba particularmente prefería moverse entre las sombras sin ser vista.

Estaba lista para seguir su camino hacia la taberna cuando un brillo antinatural salió de un pequeño callejón a su derecha.

Una luz carmesí, lo suficientemente brillante como para iluminar las callejuelas, llamaría la atención de cualquiera, y Albrinn no fue la excepción.

Se acercó con cuidado, midiendo incluso el sonido de su respiración agitada. Un olor extraño salía junto con la luz. Solo será un vistazo rápido por curiosidad, se juró a sí misma. Incluso cuando se oían gritos y los lloriqueos de las mujeres abusadas entre los callejones, Albrinn pasaba en silencio y sin apartar los ojos de las estrechas calles; en el imperio de Valengar era casi una regla pensar primero en mantener la cabeza unida al cuello.

Y aun así, sabiendo que la curiosidad era la primera parte para un gran desastre, Albrinn asomó su cabeza por el callejón ocultando lo más posible su cuerpo entre las sombras de la pared. Lo que vio bien podría valer la pena el riesgo de ser descubierta curioseando asuntos ajenos.

La luz carmesí provenía de un intrincado círculo y líneas convergentes que parecían dibujadas en el piso rocoso del callejón. Sobre el círculo estaba un hombre alto y enmascarado. Albrinn se podía jactar de que había robado al menos a la mitad de los nobles que se atrevían a pasar borrachos por el barrio del placer, pero ese hombre claramente no era uno de ellos. Por más que sus ropas oscuras relucían demostrando lo costosas que fueron las telas, no era, al menos, uno de los nobles que había visto antes, ni siquiera uno que frecuentara el barrio.

No se tambaleaba intentando sostenerse de las paredes; su ropa estaba bien puesta e incluso llevaba una máscara dorada que ocultaba la mitad inferior de su rostro. ¿Qué noble taparía su boca, el lugar por donde entraría el vino y por donde saldrían sandeces hacia las trabajadoras del barrio?

Aunque los nobles fueran excéntricos, no podía imaginar a ninguno usando una máscara, o quizá su pensamiento era demasiado corto para entender cosas de los ricos.

Frunció el ceño. El aura que desprendía ese hombre era cautivadora, tanto que por un momento había obviado que lo más raro no era la máscara; desde luego, era la luz que salía de ese círculo. Parecía que el círculo latía y la luz se iba atenuando. Intentó imaginarse las líneas que cruzaban el círculo en su mente, pero el resultado era algo incomprensible para ella.

Negó con la cabeza y su mirada subió para detallar más al hombre, pero este ya no estaba allí. Una angustia se apoderó de ella de repente. ¿Y si la había visto? Siempre era mejor no observar de más a menos que quisiera lidiar con las consecuencias. Dio un paso atrás dispuesta a correr, pero su espalda golpeó contra algo sólido.

No quería voltear. Había alguien a su espalda; donde debería estar esperándola el aire, había un cuerpo, y podía sentir el latido de ese cuerpo detrás de ella.

—Impresionante, ¿no es así?

La voz parecía llenar el estrecho espacio entre las callejuelas; era un tono alegre, llenando y rebotando entre las sucias paredes de piedra. Hizo vibrar todas las alertas en la mente de Albrinn, pero había un marcado deje de autosuficiencia en la voz.

—¡Claro! Estás demasiado impresionado para poder hablar. —Una mano cayó sin cuidado sobre la cabeza de Albrinn y le dio una especie de palmada suave revolviendo el escaso cabello blanco; era más como la palmada que se le daba a un animal, nada que se le diera a un ser humano—. Aunque podría haber sido mejor, debería ser suficiente para impresionar a un huérfano.

Albrinn se giró con brusquedad en contra de su buen juicio, y allí estaba el hombre del círculo carmesí. De cerca era intimidante: alto, con sus iris verdes que se asemejaban un poco a las bestias —demasiado brillantes en la oscuridad—. Las comisuras de sus ojos se inclinaron hacia arriba como si estuviera sonriendo, aunque era difícil decir cuál era su verdadera expresión bajo la máscara, lo que acrecentaba la incomodidad de la chica.

Albrinn se arrodilló de inmediato; ante los nobles siempre era mejor suplicar y parecer más patética de lo que ya era.

—Mi lord —Albrinn carraspeó con sumo cuidado de no irritar al hombre frente a ella—. No vi nada, mi lord.

—Oh, pero sí lo hiciste, pequeño ratón blanco. —La risa alegre del hombre hizo estremecer a Albrinn; era una risa demasiado alegre para un lugar tan sucio y maltrecho—. Verás, tal vez tenga unos pocos minutos, así que debes prestar toda tu poquita atención, pequeño huérfano. Te daré un pequeño encargo, extiende la mano.

El hombre habló rápido. Albrinn se atrevió a subir la mirada mientras él hacía unos ademanes muy exagerados mientras rebuscaba en el bolsillo de su levita. Se pudo ver cómo fruncía el ceño al ver la mano sucia que Albrinn le extendió.

Una, dos, diez, veinte, treinta monedas de oro; Albrinn contó otra vez para estar segura. Era más de lo que el tabernero ganaba al año, lo que significaba que el noble frente a ella había perdido la cabeza.

—Mi lord, esto es demasiado.

—¿En serio? Oh, bueno, está bien, solo procura tener la mano limpia la próxima vez. —El tono de asco fue muy marcado y nada disimulado—. De cualquier forma no es caridad: te buscaré en un par de días y te daré el doble si guardas bien un libro. No puedes hablar de él con nadie o será lo último que hagas. ¿Entiendes, cierto?

Un chasquido de dedos después, un libro del tamaño de la palma de la mano apareció en el regazo de Albrinn sin explicación, igual que los trucos que hacían en los espectáculos ambulantes que visitaban a menudo la ciudad.

«Es viejo», fue el primer pensamiento que cruzó su mente en cuanto observó el libro. El lomo estaba gastado a simple vista y la portada, donde en algún tiempo debía haber inscripciones doradas, ahora solo parecía una mancha de lodo amarillo ilegible.

¿Tanto dinero por guardar un libro? ¿Acaso se veía tan ingenua y estúpida para aceptar?

—No quiero faltarle el respeto, señor; sin embargo, tantas monedas de oro... ¿Esto no es un libro normal, cierto? No quiero involucrarme, lo siento.

Albrinn extendió el libro con las dos manos mientras seguía arrodillada. Quizá se ganaría un golpe por ser presuntuosa y no aceptar, pero algo no podía ir bien si le estaba dando treinta monedas de oro.

—Tsk —el hombre chasqueó la lengua y empujó el libro de vuelta al regazo de la pobre chica—. ¿Alguna vez te di el permiso de negarte? No tengo el tiempo ni el ánimo de convencer a un chico sucio y huérfano. Si el dinero es el problema, te daré el triple cuando venga por el libro. No es difícil guardar un libro, incluso una rata de callejón como tú podrá hacerlo sin problemas.

Albrinn negó con la cabeza; incluso si le pagaba más, ¿no sería eso mucho más extraño?

La mano del hombre se movió veloz y tomó la mandíbula de la chica con fuerza, acercándose peligrosamente a su rostro. Albrinn tragó grueso y miró fijamente los ojos verdes que brillaban de forma anómala.

—Incluso si te niegas ahora, debes guardarlo porque así está destinado a suceder, mocoso.

Se levantó con cuidado y guardó el libro en la bolsa de lona que siempre llevaba al hombro, como hipnotizada.

—Mi lord, usualmente me muevo por las callejuelas, pero... —La risa escandalosa del hombre interrumpió las palabras de Albrinn.

—¿Qué, pensabas darme una dirección para encontrarte? No es necesario, te encontraré.

Albrinn apretó la bolsa de lona en sus manos. Este hombre le había mostrado que definitivamente estaba loco; nadie podía enojarse, reír y humillar en tan poco tiempo.

Un fuerte sonido de pasos se hizo presente. El hombre se pasó una mano por el cabello rubio como si se estuviera divirtiendo.

—¡Vete ya, mocoso!

El grito hizo que respingara. Corrió sin mirar atrás. Había un traqueteo en su bolsa cuando las monedas golpeaban el libro cada vez que derrapaba en una esquina para no caer sin dejar de correr.

Cuando llegó a la taberna "El pequeño diablo", estaba empapada de un sudor frío. La sensación de curiosidad por aquel noble aún no abandonaba su espina dorsal. Sacudió la cabeza un par de veces y entró a la taberna. Caminó rápido y en silencio al almacén donde la dejaban quedarse por unas pocas monedas de cobre al mes.

El tabernero era un exmercenario que sentía lástima de ella y de todos los "debiluchos", como él mismo los llamaba. Desde que Albrinn tenía unos seis años se quedaba en el almacén de Derrick y, gracias a los consejos bruscos del hombre, pudo sobrevivir hasta ahora.

Tiró sin cuidado la bolsa entre dos barriles de vino y recostó su cabeza allí. Había sido un día insólito. Empezó la mañana corriendo de un lugar a otro por los traficantes, entorpeciendo sus pequeños robos, y sin embargo ahora era tan rica como un comerciante. ¿Incluso si las monedas se le clavaban en la cabeza se podría decir que dormiría como rica? No, imposible.

Tenía que haber algo mal: nadie daba algo solo porque sí, mucho menos dinero. También estaba esa extraña luz que salía de ese círculo.

¿Qué era todo eso?

Incluso si su cuerpo estaba terriblemente cansado, no podía conciliar el sueño. Había una sensación en su cuerpo de alerta, como si estuviera al borde del abismo, que no la dejaba cerrar los ojos.

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