Pr贸logo
7:43 p.m.
Aria no recuerda qu茅 estaba comiendo esa noche. Ni mucho menos qu茅 llevaba puesto.
Ni siquiera qui茅n pag贸 la cuenta... pero si recuerda la hora.
Y sobre todo recuerda la forma en que Matteo dej贸 de mirarla antes de decirlo.
鈥擭o puedo seguir.
No levant贸 la voz.
No hubo una escena.
El restaurante sigui贸 lleno. Una pareja re铆a cerca de la ventana. Alguien pidi贸 otra botella de vino.
La vida continu贸 con una normalidad casi ofensiva.
Aria pens贸 que estaban atravesando una mala semana.
Que hablar铆an y que lo arreglar铆an.
Le costaba entender que 茅l ya hab铆a decidido por los dos.
鈥擭o es justo para ti 鈥攄ijo Matteo, como si el amor pudiera organizarse en categor铆as correctas.
Cuando se levant贸 de la mesa, el reloj detr谩s de la barra marcaba las 7:43 p.m.
Aria se qued贸 sentada.
Esper贸 a que regresara por su chaqueta.
Esper贸 a que volviera a decir que se hab铆a equivocado.
Esper贸 a que la puerta se abriera otra vez pero nunca lo hizo.
Pero el mundo sigui贸 avanzando y ella tambi茅n... en teor铆a.
Pero hay versiones de nosotros que no se levantan de la mesa, que se quedan ah铆, exactamente donde las dejaron.
Y durante diez a帽os, cada vez que el reloj marcaba las 7:43 p.m., Aria volv铆a a ese instante.
No porque quisiera.
Sino porque hay despedidas que no suenan como un final.








