Capitulo 2
Así es, su majestad. Le presento a mi hijo, su nombre es Moon —suavemente, con su mano, atrajo a Moon hacia el medio de ellas dos.
Él, perplejo al no saber qué hacer, solo copió los gestos de su madre.
—Vaya, qué educado es tu hijo, esa reverencia fue perfecta. Se parece mucho a ti, Cecilia —impresionada, halagó a Cecilia.
—Muchas gracias, majestad, pero no creo ser merecedora de tales halagos —respondió Cecilia volviendo a hacer una reverencia.
—No seas modesta; además, puedes llamarme por mi nombre, tenemos la misma edad —Moon pudo notar que esa mujer apreciaba a su madre.
—Jaja, su majestad, aunque quisiera quedarme, tengo que retirarme, espero me disculpe —hizo una última reverencia y volvió a colocarle la capucha a Moon.
—¡CECILIA, cuídate! ¡Espero nos volvamos a ver! —Moon pudo escuchar de lejos cómo la misteriosa y llamativa dama le gritaba a su madre, pero el niño no volteó. En cambio, no pudo quitarle la mirada a su madre; ella caminaba sutilmente apresurada y su rostro no se inmutó en lo más mínimo.
—Muy bien, Moon, solo puedes comer una caja hoy —al final, ambos llegaron a casa.
—Quiero la caja roja —respondió Moon emocionado—. Mamá, ¿quién era esa misteriosa mujer? —preguntó una vez que ambos ya estaban sentados a la mesa.
—... Esa dama es la señorita Abigail Raiforth, la emperatriz de nuestra nación —de pronto, ese tono tan dulce de Cecilia desapareció; ella sonaba totalmente serena, no se percibía ninguna emoción en su voz.
—Ajá —trató de responder Moon, con toda la cara y las manos embarradas de chocolate.
—Jajajaja, qué lindo es mi hijo. Escucha, Moon: cuando alguien es emperatriz, rey o general, tienen cierto poder.
—¿Poder? —preguntó desconcertado.
—Quiere decir que si ellos quieren llevarse todo el chocolate de la tienda, nadie los detendrá —intentó explicarle al niño.
—¡¡Todo!! —exclamó Moon.
—Así es, y eso es porque ellos tienen mucho dinero y un inmenso castillo —mientras Cecilia hablaba, Moon escuchaba atentamente, devorando toda la caja de chocolates.
—¿Entiendes? Bueno, no pasa nada si no me entendiste, solo asegúrate de no llamar la atención y, si de casualidad ves a una persona con ropa llamativa, vuelve a hacer lo que hiciste hoy: la reverencia —finalizó Cecilia, acariciando la cabeza de Moon antes de levantarse para limpiar.
Por otra parte, Moon no podía parar de pensar en lo que le explicó su madre. En su cabeza pasaba una y otra vez la idea de que su madre mentía pero... mentir era malo, ¿entonces por qué lo hacía? Esa idea fue interrumpida.
—Moon, cariño, es hora de dormir. Vamos a dar las gracias —dijo Cecilia mientras esperaba a Moon arrodillada delante de la ventana abierta. Lo único que se podía observar era la Luna. En cuanto se arrodilló Moon, Cecilia empezó a hablar.
—Querida doncella de plata, gracias por tu presencia y por permitirnos disfrutar de las noches tranquilas, por poder descansar bajo el cuidado de tu manto. Ahora tú, Moon, tienes que dar las gracias o pedir un deseo en tu cabeza —el viento era relajante y la noche no era aterradora; por esa ventana pasaba la luz de la luna.
—... Querida luna, gracias por... por permitirme dormir y crecer con tranquilidad en las noches —el niño no sabía qué decir, no entendía por qué debía darle gracias a la luna.
—Muy bien, es hora de dormir. Mañana tenemos un día ajetreado —dijo Cecilia.
Moon asintió con la cabeza y durmió hasta la mañana siguiente, solo que, en cuanto despertó, todo estaba muy silencioso.
—¿Mamá? ¿Mamá? —caminaba con pequeños pasos por la casa mientras se refregaba el ojo.
Al final, como no la encontró, solo se resignó y se sentó en medio del patio de su casa. Observó cómo se movían lentamente las nubes con la mente en blanco; una mariposa se posó en su nariz.
Alrededor de cinco minutos después, voló. Moon, impulsivamente, siguió a la mariposa.
—«¿A dónde va...?» —se preguntó a sí mismo mientras corría descalzo por la ciudad. Se cayó unas cuantas veces, pues no podía evitar distraerse con la presencia de las miradas que lo rodeaban.
Mientras giraba los ojos ignorando a todos, después de un rato, ya no podía seguir corriendo.
—Es... espera —dijo exhausto, apoyando sus manos en sus rodillas. En cuanto alzó la mirada, un destello del sol lo cegó.
—... —Sus ojos se iluminaron al ver un césped lleno de flores. Se recostó a descansar y se quedó dormido mientras veía revolotear a dos mariposas.
—Ey, niño. Niño —de pronto, una voz comenzó a sonar. En cuanto abrió los ojos, un niño de más o menos su edad lo llamaba.
—No te me quedes mirando. ¿Acaso no puedes hablar?








