CAPÍTULO 1: LA ESPALDA DEL LEÓN
El sol desaparecía detrás de los vitrales de la Iglesia Templo Bethel, tiñendo el polvo del suelo de un naranja que recordaba a Peter el cabello de esa chica rusa que había visto una vez en televisión. Ana, creo que la llamaban. Modelo, empresaria, alguien tan lejana de su mundo como las estrellas de las que hablaba el pastor en sus sermones.
Peter terminó de apilar las Biblias de la clase juvenil. Diecisiete años, cabello castaño que nunca obedecía al peine, ojos del color del café frío. No destacaba en nada. Ni en calificaciones, ni en deportes, ni en fe, solo en su corazón noble. Asistía a la iglesia porque su abuela lo había criado así, y ella había muerto hacía tres años dejándole una casa pequeña y la costumbre de seguir viniendo los domingos. Tenía padres, pero ellos no asistían.
El ardor comenzó entre sus omóplatos.
Fue como si alguien hubiera derramado agua hirviendo en su piel, pero no había nadie detrás de él. Peter soltó las Biblias —cayeron con un ruido sordo que ofendió el silencio de la iglesia vacía— y se agarró la espalda. Su camisa polo azul, ya descolorida por los lavados, de repente le pareció demasiado caliente, demasiado pesada, demasiado pequeña.
Tambaleándose hasta el baño, Peter se enfrentó al espejo roto que nadie había reparado desde que él tenía memoria. Se quitó la camisa de un tirón.
Y dejó de respirar.
En su espalda, entre los omóplatos, había una cabeza de león.
No era un tatuaje. Los tatuajes no respiraban. Las líneas doradas que formaban el rostro del león se movían como llamas bajo la piel, ondulantes, vivas. Los ojos del león —dos puntos de luz más intensa— parpadearon al mismo tiempo que Peter parpadeó. Era un relieve imposible, como si alguien hubiera tallado oro líquido bajo su epidermis y este se negara a solidificarse.
—He discernido tu alma, Pedro. Hijo de Jonás.
La voz no vino de ningún lado. Vino de dentro, de la marca, resonando en sus huesos como el bajo de una canción que no podía escuchar completamente.
—Mi nombre es Peter —susurró, tocando el espejo como si pudiera tocar la marca— No Pedro. Y no soy hijo de Jonás.
No terminó. Porque la puerta trasera de la iglesia —esa que daba al baldío donde los vecinos dejaban sus basuras— se abrió con una fuerza que arrancó las bisagras de óxido.
Peter se puso la camisa de cualquier manera y salió corriendo.
El baldío era un cementerio de cosas que la ciudad había olvidado: autos sin ruedas, refrigeradores abiertos como bocas vacías, muros de ladrillo cubiertos de grafitis que en su mayoría eran insultos creativos. La hierba crecía donde podía, amarillenta y testaruda.
Peter se detuvo en el centro del espacio abierto, jadeando. La marca en su espalda ardía con intensidad creciente, tanto que podía ver el brillo dorado traspasando la tela de su camisa, proyectando sombras extrañas en el suelo.
—Hola —dijo Peter, porque el miedo a veces lo hacía a uno cortés.
La cosa que emergió no tenía nombre en ningún idioma que Peter conociera. Era canina en la forma general —cuatro patas, cola, hocico— pero las patas eran demasiado largas, articuladas como las de una araña, y el hocico se abría en tres mandíbulas separadas. Los ojos eran negros completos, reflectantes, como bolas de billar sumergidas en aceite.
Peter retrocedió hasta chocar con un muro de ladrillo. La marca en su espalda gritó . No él. La marca.
Y sus manos respondieron.
Por un segundo —un microsegundo que después Peter dudaría de haber vivido— sus dedos se alargaron, cubriéndose de una energía dorada que tenía forma de garras. No eran garras reales, eran promesas de garras, luz solidificada por el pánico. Desaparecieron tan rápido como aparecieron, pero el demonio —porque eso era, Peter lo sabía con certeza que no podía explicar— se detuvo. Inclinó la cabeza. Las tres mandíbulas se cerraron, confundidas.
—¿Qué...? —Peter miró sus manos temblorosas. ¿Qué había sido eso? ¿Un reflejo? ¿Una alucinación?
—Eso fue un "casi-despertar".
La voz vino desde arriba. Peter levantó la vista.
Un hombre estaba sentado en el borde del muro, las piernas colgando casualmente, como si estuviera en un picnic. La sombra ocultaba parte de su rostro, pero Peter pudo ver la sonrisa: perezosa, divertida, la de alguien que conocía el final de un chiste que tú aún no entendías. Su vestimenta parecía sacada de otra época: zapatos oxford de cuero café, impecables a pesar del polvo del baldío; pantalón negro ajustado; camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos; y su brazo derecho vendado.
—Interesante —continuó el hombre, ajustándose unos goggles redondas con montura dorada que colgaban de su cuello—. Normalmente lleva semanas alcanzar ese punto. La marca del León nunca ha sido sutil, ¿verdad?
El demonio gruñó. Las tres mandíbulas se abrieron de nuevo, revelando hileras de dientes de aguja.
El hombre saltó del muro. Aterrizó con una elegancia que contradecía la altura, y lo primero que hizo —antes de siquiera mirar al demonio— fue ajustarse los zapatos cafés, como si el aterrizaje los hubiera desacomodado.
—Un momento —dijo al demonio, levantando un dedo.
Y entonces se movió.
Peter no vio el ataque. Vio el resultado: el demonio, que un segundo antes era una amenaza de pesadilla, ahora estaba cortado en diagonal. Dos mitades. Humo negro que el viento del baldío dispersó antes de que Peter pudiera parpadear.
El hombre se enderezó. En su antebrazo izquierdo, Peter vio algo que lo hizo sentirse menos solo y más aterrorizado al mismo tiempo: una marca. Líneas azul-plateadas formando una espada, pero rota. Grietas visibles recorriendo el diseño, como cerámica reparada con oro, como algo que había sido destruido y vuelto a unir a la fuerza.
—Esto —dijo el hombre, notando la mirada de Peter —es una larga historia. Que incluye, entre otras cosas, por qué me despierto a las cinco de la mañana sin necesidad de alarma. —Sonrió, pero había algo calculador en sus ojos. Evaluador. —Soy David. Y tú, Peter —la pronunciación fue deliberada, no Pedro—, tienes la marca del León en la espalda. Posición del yugo. Del peso del liderazgo.
Señaló su propio antebrazo.
—La mía está aquí. Posición de servicio. Diferente vocación.
—¿Cómo sabe mi nombre? —logró preguntar Peter.
David se acercó. Su sombra cubrió a Peter, que se dio cuenta de que estaba encogido contra el muro, temblando.
—Él te lo dijo —respondió David, señalando la espalda de Peter—. La marca tiene memoria. Tiene... personalidad. —Su sonrisa se volvió más genuina, más cansada—. A veces es molesto. La mía me hace orar en momentos incómodos. Pero eso es bueno.
Extendió una mano enguantada en cuero marrón.
—Y si no quieres que ese demonio vuelva con toda su familia —dijo—, ven conmigo. El León no despierta para los cobardes... Ni para los que huyen.
Peter miró la mano. Miró el baldío vacío, donde hacía segundos había una pesadilla con tres mandíbulas. Miró la iglesia, que de repente le pareció un edificio de cartón, incapaz de protegerlo de lo que sea que acababa de suceder.
Tomó la mano de David.
Y su mundo cambió...



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