Chapter 1
Inglaterra, 1878
Hoy era el día. Mi estómago dolía, trataba de controlar mis nervios; sin importar cuánto tiempo pase, seguía sin acostumbrarme a estos eventos.
El baile de las debutantes de este año es aún más espléndido que el anterior. Aunque ya había debutado en el mercado matrimonial cuatro temporadas atrás, este año cumplía veintidós años y aún no había recibido ninguna propuesta seria. Y esta velada, organizada por Lady Perkins, sería mi oportunidad.
Papá dijo que estaba hermosa. Incluso me entregó el collar de perlas de mamá. Aun así, me resultaba difícil creerle.
—Esta es la noche de tu hermana. Procura no arruinarla, Edwina. Espero que te comportes. —espetó con voz autoritaria.
Nuestro padre dirigía esas palabras a mi hermana menor, rubia y delicada como una muñeca de porcelana.
Los ojos castaños de Edwina eran siempre expresivos; aunque no estuviera del todo conforme con cederme protagonismo, obedecía porque así lo había dispuesto papá.
—Lo haré, padre. No se preocupe.
Entonces su mirada severa se posó en mí. Se suavizó apenas, no mucho; la ternura nunca fue su fuerte y tomó mi mano para colocar en ella su anillo, el que rara vez se quitaba.
—Te ves hermosa, hija.
—Gracias, padre.
Esa noche se había planeado durante meses. El baile de los Perkins siempre era memorable; no había temporada en que no quedara grabado en la memoria de la ciudad. El lugar estaría lleno de jóvenes solteros, títulos disponibles y alianzas en juego.
Al bajar del carruaje, me invadió una mezcla de expectativa y resignación.
«No debía hacerme ilusiones. No era probable que él me invitara a bailar. Nunca lo había hecho en dos años desde mi debut.
¿Por qué habría de ser diferente esta noche?»
Entramos al salón y mis ojos lo buscaron de inmediato. Él no estaba aquí, era demasiado llamativo como para pasar desapercibido.
«¿Dónde estaba?»
Muchos caballeros se acercaban a pedirle baile a Edwina, pero se desalentaron cuando ella les indicaba que, según el protocolo familiar, debían sacarme a mí primero. Ninguno aceptaba.
Era una humillación constante.
La rabia me quemaba por dentro.
Y entonces sucedió.
Su presencia. Era imposible no notarlo cuando Daemon Alexander Blackthorne entraba en una estancia.
—Su Excelencia, Daemon Alexander Blackthorne. —lo anunciaron.
Las miradas femeninas se volvieron hacia él como girasoles hacia el sol y los murmullos no se hicieron esperar.
Sonrisas detrás de los abanicos, sonrojos apenas disimulados y él lo sabía. Sabía lo atractivo que era. Sabía lo que provocaba una sola de sus sonrisas.
A veces me costaba creer que fuera menor que yo. Apenas tenía veinte años, y sin embargo se veía mayor. Más severo. Más endurecido. Como si la vida ya lo hubiese forjado con demasiado rigor.
Había cambiado este año.
«Y vaya que lo hizo»
Más alto. Hombros más anchos. Atlético. Impecablemente afeitado y peinado. Y sus ojos… esos ojos disparejos. Uno gris, el otro oscuro, casi negro. Podían susurrar dulzura o dictar sentencia en una sola mirada.
Un hombre capaz de endulzar el oído con palabras suaves… y hacerte temblar sin pronunciar una sola.
Había sido mi vecino durante años.
Siempre a una calle de distancia.
Me sentaba en el jardín con un libro que apenas leía, esperando verlo montar a caballo frente a su casona. Esperando que, alguna vez, se acercara a la mía.
Nunca lo hizo…. «¡Hasta ahora! Él está mirándome» dijo una voz inquieta en mi cabeza.
Y, como si el destino estuviera jugando conmigo, Lord Blackthorne comenzó a caminar en mi dirección.
«¿Estoy soñando?»
No sabía si debía esconderme, hacer como si no estuviera aquí mientras Daemon Blackthorne se acercaba cada vez más a mí.
Cuando estuvimos frente a frente, olvidé todo lo que debía decir. Cómo inclinar la cabeza. Cómo sonreír con elegancia.
—Lady Aura Whitmore, lady Edwina Whitmore… lucen encantadoras esta noche.
Sus ojos estaban en mí.
«Siempre he odiado admitir cuánto me afectaba eso».
—¿A alguna de ustedes le gustaría concederme este baile?
Sus ojos —gris y oscuro— volvieron a posarse en mí.
—¡Sí! —respondió otra voz.
No era la mía.
—¿Disculpe? —La mirada de Daemon se desvió a mi lado.
—Me encantaría bailar con usted, milord.
Edwina dio un paso al frente y tomó su brazo con naturalidad. Él no se opuso y yo me quedé allí sola.
«¡Tonta!» me recriminé en silencio.
Terminé observándolos girar bajo las luces del salón. Algo ardió en mi pecho, un fuego furioso y lleno de celos .
—Aura. —La voz de mi padre me arrancó del trance.
—¿Me permite, padre? Necesito aire. —dije sin mirarlo.
No podía seguir aquí. Era obvio que nadie me sacaría a bailar.
«¿Por qué lo harían?»
Celos. Rabia. Humillación.
Todo mezclado en una tormenta amarga. Odiaba sentir aquello hacia mi propia hermana aunque sabía que no debía.
«Dios manda amar a nuestros hermanos.»
Esa noche, me resultaba imposible.
Edwina era dulce. Amable. Hermosa.
Yo no.
Yo era la mayor. La severa. La que debía casarse primero por conveniencia y preservar el legado familiar. Mi ventaja no era mi encanto, era mi posición y eso jamás había hecho que un hombre me mirara como yo deseaba.
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Daemon
Lady Edwina Whitmore era una excelente bailarina. Se movía con gracia y parecía disfrutar ser guiada por mí. Era bonita, sí, pero su perfume me revolvía el estómago.
«Odio las rosas. Su aroma es demasiado dulce»
Hubiera preferido que lady Aura aceptara.
Estaba contando los compases para que terminara la primera pieza y liberarse con elegancia. Aunque Edwina era la sensación de la noche —muchos ya habían puesto sus ojos en la hermana rubia—, su interés no estaba allí.
Por fin la música cesó. No perdí tiempo en soltarla con cortesía buscando a su hermana mayor pero Lady Aura no estaba a la vista y el padre de las Whitmore observaba a la menor con un disgusto apenas disimulado.
«¿Dónde se encontraba Lady Aura?»
La noche era igual a todas las demás: sofocante, cargada de conversaciones vacías y risas que no alcanzaban los ojos. Yo cumplía mi papel con la precisión que la sociedad exige.
Lo único digno de mención había sido la presencia de los Whitmore. Sin embargo, Lady Aura no apareció en ningún momento. Permanecí el tiempo suficiente para no resultar descortés y me retiré.
El carruaje aguardaba afuera.
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Apenas llegué a la residencia, advertí algo extraño en el aire.
Silencio. Expectativa.
El único sirviente que aún quedaba en la casa se adelantó.
—Milord… su padre…
—¿Ya ha muerto? —pregunté con curiosidad desapasionada.
—No, milord… pero está por partir. Insiste en verlo.
Me quité los guantes con calma.
—Avísame cuando exhale su último aliento.
—Mi lord… súplica por usted.—insisitio el anciano mayordomo.
Suspiré con cansancio.
—Al diablo.
Subí las escaleras.
La habitación estaba impregnada de olor a medicina rancia y decadencia. Él yacía en la cama, reducido, casi irreconocible.
—Por fin viniste… —murmuró con esa voz áspera que tantas veces me ordenó.
—¿Qué desea?
—Serás el heredero ahora…
Solté una risa seca.
—¿Y qué he de heredar? ¿Ruinas? ¿Deudas? Usted se encargó de destruirlo todo.
Sus ojos apagados me observaron con un rastro de reproche.
—Siempre fuiste un niño oscuro y malagradecido.
—Tal vez —respondí acercándome a la cama—. Y lo culpo a usted por ello.
Me incliné apenas.
—Descanse de una vez. Nos ahorraría a ambos esta farsa. No espere lágrimas de mi parte.
Lo observé hasta que sus jadeos se volvieron más espaciados, más débiles. Hasta que el silencio se impuso definitivamente.
No sentí nada.
Solo alivio.
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El funeral, el velatorio, las formalidades, todo cayó sobre mis hombros.
Pero fue cuando tuve en mis manos los documentos financieros que comprendí la magnitud del desastre.
No quedaba ni un penique.
Ni siquiera para enterrarlo con dignidad.
—Maldito.—murmuré, llevándome la mano a la frente mientras el dolor punzaba detrás de mis sienes—. Se marcha y me deja el infierno.
Arrojé la copa de cristal contra la pared. Era su favorita para el whisky que fingía poder costear.
—Daemon.
Levanté la mirada. Simon Carter, abogado de mi padre y el único hombre que aún lo defendía, permanecía sereno.
—Dígame, señor Carter —respondí con amarga cortesía—. ¿Dónde habré de vivir cuando los acreedores llamen a mi puerta? ¿Bajo qué techo? Porque ni trabajando toda mi vida saldaría estas deudas, y los intereses crecen con cada amanecer.
Caminé por la estancia.
—Hipotecó la casa. Vendió tierras. Firmó pagarés como si el oro brotara de los cimientos. Quisiera revivirlo solo para matarlo de nuevo.
El anciano entrelazó las manos.
—Aún te queda una opción.
Me detuve.
—Ilumíneme.
—Casarte. —Lo miré con incredulidad.
—¿Pretende que seduzca a una heredera como quien compra pan?
—Pretendo que sobrevivas.
Reí sin humor.
—Ningún aristócrata comprometería a su hija conmigo. Y si, por milagro, lo hiciera, bien podría desheredarla. Entonces solo tendría otra boca que alimentar y ninguna fortuna.
Simon se acercó a la ventana. Desde allí se divisaba la residencia de los Whitmore, imponente, quizá ostentosa, pero innegablemente rica.
—James Whitmore posee dos hijas y ningún hijo varón. He confirmado que su hija mayor será la única heredera.
Mi silencio lo invitó a continuar.
—Lady Aura Whitmore.
Pronunció el nombre con intención.
—Es tu vecina. Te ha observado desde la reja más veces de las que imaginas. Si existe en ella algún afecto podrías inclinarlo a tu favor.
—¿Quiere que me aproveche de ella? —pregunté con frialdad.
—Quiero que consideres una solución viable.
Tomé una copa de vino, esta vez sin romperla.
«Ahora comprendo por qué se llevaba tan bien con mi padre» pensé.
—Eres un hombre atractivo, Daemon. No te costará conquistarla. Aunque dicen que su hermana menor es más agraciada. Lady Aura no destaca precisamente por su belleza.
Algo en mí se tensó.
—No es fea.
Simon alzó una ceja.
—¿Ah, no?
Lo miré fijamente.
—No lo es.
Y no supe por qué me molestaba tanto que lo insinuara.
Actualizaciones serán los martes. Un pequeño proyecto para volver a retomar la escritura. ❤️








