Capítulo I - Donde surge la melodía.
El invierno caía sobre Francia con una elegancia silenciosa, tiñendo de gris las amplias ventanas del aeropuerto y empañando los cristales con el aliento apresurado de los viajeros.
Era una época en la que partir aún dolía y llegar conservaba algo de milagro.
Entre pasos apurados, sombreros inclinados y maletas de cuero gastado, la vida transcurría sin detenerse para nadie... hasta que la música apareció.
Un piano descansaba junto a una columna, olvidado por la prisa humana, sin embargo, bajo las manos de un joven desconocido, el instrumento despertó, sus dedos descendían sobre las teclas con una delicadeza casi reverente, como si cada nota fuese una confesión que solo el silencio merecía escuchar.
Las conversaciones comenzaron a apagarse.
El murmullo del aeropuerto cedió lentamente ante aquella melodía melancólica que parecía narrar despedidas que nadie se atrevía a pronunciar.
Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.
Una niña avanzó entre la multitud guiándose con su hermanita pequeña, sus pasos eran cautelosos, pero su rostro permanecía sereno, se detuvo junto al piano, inclinando ligeramente la cabeza hacia la melodía.
-Señor... -preguntó con una voz suave, casi temerosa de interrumpir.-
¿Puedo cantar con usted?
El pianista dudó apenas un instante.
Sus manos permanecieron suspendidas sobre las teclas, sorprendido, no respondió con palabras; simplemente retomó la melodía, esta vez más lenta, dejando espacio entre las notas.
Una invitación silenciosa.
La niña sonrió levemente al comprenderlo.
Y entonces cantó.
Un hombre se detuvo entre la multitud, alto, inmóvil, como si no perteneciera del todo a aquel lugar. Vestía un abrigo largo que caía con elegancia descuidada, una boina gris sombreando parcialmente su rostro y una bufanda del mismo tono rodeándole el cuello. Su atuendo era simple, casual... pero inevitablemente refinado.
Su mirada, fría y cargada de una melancolía silenciosa, permanecía fija únicamente en el piano.
El estuche del chelo descansaba junto a su pierna mientras observaba unos segundos más, como si intentara convencerse de que aquello no significaba nada, que solo era música, podía marcharse otra vez.
No lo hizo
La vio junto al piano y lo vio a él.
El pianista no parecía tocar para el público, ni siquiera parecía notar a la gente alrededor, sus manos se movían con una calma extraña, como si cada nota fuese importante solo para él y para la niña que cantaba a su lado.
Algo en la melodía, en la forma en que el pianista parecía perderse dentro de ella, volvió a tensarle el pecho.
Suspiró apenas. -Esto es ridiculo.- Dijo
Abrió el estuche.
El chelo descansó contra su cuerpo y el arco tembló levemente entre sus dedos.
Dudó solo un instante, consciente de que estaba a punto de cruzar un límite invisible.
Cuando la voz alcanzó su punto más alto, dejó escapar la primera nota era profunda y humana.
El piano reaccionó de inmediato, girando la armonía para recibirlo, no hubo sorpresa ni rechazo, solo aceptación, como si ambos músicos compartieran un idioma aprendido mucho antes de conocerse.
La canción creció entre ellos.
La voz de la niña ascendía mientras el piano ardía y el chelo sostenía cada emoción que amenazaba con desbordarse.
Era intenso, casi demasiado íntimo para un lugar lleno de desconocidos.
El chelista dejó de tocar para el público.
Comenzó a tocar para él.
Seguía cada respiración del pianista, cada mínima variación, sintiendo una conexión inexplicable que lo obligaba a permanecer allí, atrapado dentro de aquella música que parecía revelar algo esencial.
Cuando el último acorde cayó, el silencio resultó brutal.
El aplauso llegó distante, irrelevante,
porque el chelista ya no escuchaba nada.
Solo miraba al hombre frente al piano, con una certeza nueva y perturbadora creciendo en su interior
acababa de experimentar algo que no sabía cómo volver a encontrar.
Y desde ese instante, lo único que deseó fue repetirlo.
El aplauso se desvaneció rápido.
La gente volvió a moverse, los anuncios retomaron su eco metálico y el aeropuerto recuperó su ritmo habitual, como si nada extraordinario hubiese ocurrido.
Pero para él, algo no encajaba.
El chelista permaneció inmóvil, el arco aún suspendido en el aire, esperando.. aunque no sabía exactamente qué.
El pianista cerró lentamente la tapa del instrumento.
Ni una reverencia, ni una sonrisa, simplemente se levantó y se fue.
Desapareció entre la multitud con la misma facilidad con la que había aparecido, tragado por abrigos oscuros y maletas en movimiento.
El vacío llegó de inmediato, fue absurdo, Irracional. Pero el pecho del chelista se sintió repentinamente frío, como si la música hubiese abandonado el lugar llevándose algo que le pertenecía.
Guardó el chelo sin dejar de mirar hacia donde el desconocido había desaparecido.
Seguramente no volvería a verlo.
Los aeropuertos eran así.
Personas que coincidían una sola vez y luego dejaban de existir.








