Prólogo

Quizás para liberarse a sí mismo, o en el peor de los casos, para volcar las culpas ajenas sobre él.
Cuando hubo terminado el frenético arrebato de confesión, poseído entre el amor y la culpa, contempló la hoja con el pesar en los ojos azules y un nudo atrapando su garganta, despejando su frente de los mechones rubios que caían sobre ella.
«Padre, he pecado.
A pesar de mi fe ciega en ti, me he separado del rebaño.
Padre, he pecado en palabra, pensamiento, obra y omisión.
Y después de haber probado lo que me fue prohibido por años, amándolo hasta consumirme a mí mismo… No soy capaz de pedirte perdón.
Cuando sea el tiempo de tu juicio, solo podré ofrecerte una explicación.
Y aceptaré el castigo que me impongas cuando me plante ante ti.
Padre, he pecado.
Pequé por amor.»
Un golpeteo cauteloso y bien conocido lo hizo desviar la mirada hasta la puerta, con el corazón dando un vuelco en su pecho al saber quién era. Se levantó de un salto, ágil como un felino, y arrugando la hoja en la mano, dio amplias zancadas a través de la habitación hasta quedar a un lado de la butaca, tirando aquel descargo a la chimenea.
Vio el papel consumirse entre las brasas, como él mismo lo hizo con otro tipo de llama: retorciéndose despacio, cediendo al calor hasta convertir todo lo que era en cenizas.
Y sin embargo, aquella comparación no lo entristeció.
No podía dar cabida al dolor o la vergüenza cuando él había disfrutado tanto de perderse en el infierno por ella.








