Capítulo 1 El Príncipe que Prefería las Canciones
Mucho antes de que las cenizas cubrieran su reino…
mucho antes de que la corona se convirtiera en espinas…
Banarion Valcyr Aurelth era simplemente un príncipe.
El castillo de Aurelth se alzaba sobre colinas verdes que parecían no tener fin. Desde sus murallas se podían ver bosques interminables y ríos que brillaban bajo el sol como cintas de plata. Era un reino próspero, lleno de música, comercio y festivales.
Pero dentro del gran palacio de piedra blanca, había algo curioso sobre el joven heredero.
Banarion no disfrutaba de la guerra.
Mientras los hijos de nobles entrenaban con espadas y lanzas en los patios del castillo, el príncipe prefería esconderse en los jardines más alejados del palacio.
Allí, bajo un viejo árbol de hojas plateadas, practicaba con un instrumento que pocos príncipes habrían elegido como arma.
Un laúd.
Sus dedos aún eran torpes, pero la melodía que nacía del instrumento tenía una calma extraña, como si el mundo alrededor guardara silencio para escuchar.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz grave de su padre rompió la música.
Banarion levantó la mirada lentamente.
El rey Valcyr Aurelth observaba a su hijo con los brazos cruzados. Su armadura ceremonial brillaba bajo la luz del atardecer.
—Deberías estar entrenando con los caballeros —dijo el rey.
Banarion bajó la mirada hacia el laúd.
—Ya entrené esta mañana.
—Una hora no es suficiente para alguien que algún día llevará una corona.
El príncipe guardó silencio.
El rey caminó unos pasos hacia él y observó el instrumento.
—La música es hermosa, hijo… pero un reino no se defiende con canciones.
Banarion dudó un momento antes de responder.
—Tal vez no sea necesario defenderlo si nadie quiere atacarlo.
El rey soltó una risa corta.
—Ojalá el mundo fuera tan simple.
El viento movió las hojas del árbol.
Banarion volvió a tocar una nota suave.
—Si los reinos hablaran más… quizá habría menos guerras.
El rey lo miró en silencio durante unos segundos.
Había algo en su hijo que siempre le había preocupado.
No era debilidad.
Era… esperanza.
Y el mundo no solía ser amable con los hombres que creían demasiado en ella.
—Algún día entenderás —dijo finalmente el rey.
Luego se dio la vuelta y caminó de regreso hacia el castillo.
Banarion se quedó solo otra vez.
La melodía volvió a llenar el jardín.
Y aunque nadie lo sabía aún…
esa música estaba destinada a cambiar el destino de reinos enteros.








