Prólogo
Interrogatorio 1 – Sala 0
20 de diciembre de 1980
Oficinas centrales de asuntos internos
Agente: Salazar
Sospechoso: Alex Ortega
—Buenas noches, agente.
Confío en que se encuentra en condiciones de declarar.
—Gracias... —respondí.
Mis manos temblaban.
El agente Salazar tomó asiento frente a mí con una calma casi irritante.
No había prisa en sus movimientos.
No había emoción en su rostro.
Solo observaba.
—Bien —dijo finalmente—.
Comencemos desde el principio.
Bajé la mirada unos segundos.
—No sabría decirle por dónde empezar... Todo pasó muy rápido.
Hay cosas que... simplemente no recuerdo.
El silencio que siguió fue incómodo.
Salazar no respondió.
En su lugar, abrió una carpeta.
Y dejó caer varias fotografías sobre la mesa.
Una por una.
El sonido del papel contra la madera retumbó más de lo que debería.
Cuerpos.
Adultos.
Niños.
Tragué saliva.
—Tengo veintiún cadáveres en la morgue, agente Ortega —dijo sin alterar el tono—.
Hizo una pausa.
—Y todos... de una forma u otra... terminan en usted.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
—No sé cómo responder a eso... señor.
—No se preocupe —respondió con tranquilidad—
Yo sí.
Cerró la carpeta con cuidado, como si nada de lo que había dentro tuviera peso alguno.
—Usted era analista.
Un hombre de escritorio.
Lejos del campo.
Lejos de la sangre.
Sus dedos se entrelazaron sobre la mesa.
—Lo que me interesa entender... es en qué momento decidió dejar de serlo.
Apreté los puños.
—Más vale que responda con sinceridad —continuó—.
Porque, hasta donde tengo entendido... en ese pueblo todos lo señalan a usted y a su compañero.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Los únicos sospechosos.
—Créame... —murmuré— en ese pueblo todos están locos.
Por primera vez, levantó la mirada.
Y me sostuvo.
—Eso no es una respuesta, agente.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Afuera... algo golpeó el vidrio de observación.
Salazar ni siquiera volteó.
—Explíqueme qué ocurrió —dijo finalmente—.
Se inclinó apenas unos centímetros más.
— ¿Por qué hay veintiún cadáveres relacionados con usted?
Miré el café frente a mí.
Ya estaba frío.
Respiré hondo.
—De acuerdo... —dije—
Pero no le prometo recordar todo.
Salazar asintió apenas.
—No necesito que lo recuerde todo —respondió—Solo necesito que no me mienta.
Hizo una pausa.
—Tráiganme otro café.
Nadie respondió del otro lado del vidrio.
Aun así, él no apartó la mirada de mí.
—Tengo la impresión... de que esta será una noche muy larga.
Sus dedos golpearon suavemente la mesa.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
—Y usted... agente Ortega...
Se inclinó lo suficiente para que su voz apenas fuera un susurro.
—Va a contarme exactamente qué ocurrió en ese pueblo.
Porque si no lo hace... alguien más lo hará por usted.








