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Vilo

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Summary

En un futuro donde la magia ha muerto, los humanos sobreviven en el último peldaño de la cadena. Desesperado por escapar de su miseria y alcanzar la promesa de la libertad, Shanar acepta consumir Lágrima de Esmeralda, una sustancia prohibida que elimina el sueño y concede una fuerza sobrehumana. Mientras la dependencia crece, descubrirá que el precio de ese poder no es solo su cuerpo, sino también su mente.

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Único

“Mastica.

Desgarra fibra por fibra la consciencia hasta dejarla en un amasijo.

Carnoso.

De sabor agrio el razonamiento que se pudre.

Acido hirviente de adrenalina fluye por el cuerpo.

Emocionado.

Pues ha olvidado cómo morir.

En este inmundo letargo.

Lleno de inmenso frenesí.”


Año 456 de la Era del Avance. En algún lugar de la Nueva Ciudad de Tepecua.


—No tiene buena pinta.

—Y no esperes que su sabor supere su aspecto, bébelo.

Nencat se mostró inquietantemente discreto al extender hacia mí aquel vial de cristal opaco. El contenido era una sustancia de viscosidad sospechosa, representando un color que me recordaba a los tarros de bilis de las criaturas abisales que exhibíamos en los estantes del almacén. Al descorchar, un hedor fétido se filtró corrosivo en mis pulmones, despertando un ardor familiar que subió por mi garganta en advertencia. Con toda esa densidad purulenta el líquido emitía unos destellos verdes y lánguidos, confirmando solo lo que ya sabía, sin duda alguna, era Lágrima de Esmeralda. Incluso yo, un simple ser atrapado en las redes de la ignorancia humana, fui capaz de reconocer aquella esencia.

—¿Energizante, habías dicho? —Mi voz fue una penosa vibración trémula que delataba mi inquietud. Intenté disimular el temblor de mis manos agitando el vial, viendo cómo el fluido se adhería a las paredes del cristal en cada círculo al aire. —Leí en una ocasión que exponerla a la luz del sol era mortal... Le roba el vigor.

—Shanar, bastardo astuto —Nencat siseó con condescendencia—. Pensé que los de tu ralea habían perdido hace eones esa... capacidad de descifrar la letra escrita.

Sentí cómo el calor me subía al rostro ante sus palabras, no en el rubor tímido de la vergüenza que sentía en nuestras primeras interacciones, sino con la congestión violenta de un odio que ahora tenía que sofocar.

Mis venas pulsaban contra la piel, calientes y coléricas, mientras él continuaba con esa cadencia inhumana:

—Tus datos pertenecen a los añales de un pasado lleno de magia y espadas polvorientas. La medicina actual es una entidad milagrosa, han diseccionado los métodos rudimentarios del viejo mundo hasta extraer la última gota. Ciencia lo llaman, Shanar... Y bendita sea la ciencia.

«Bendita arrogancia kashpaal, más bien». Mis dientes se apretaron, haciendo chirrear las encías.

Tras tantos años en este continente hostil, mi espíritu seguía sin metabolizar la altanería de estos hijos de la tierra. Nencat ni siquiera se dignaba a fijar su anatomía en la mía, si solo sus pupilas, que eran de una forma extraña y perturbadora, se desplazaban por la periferia de sus órbitas lo justo para juzgarme con superioridad. Él se jactaba de ser distinto, de no compartir el veneno etnocentrista de su estirpe, pero la realidad era otra. Un kashpaal a fin de cuentas.

En la penumbra de aquel callejón, su distancia no era la usual, era del asco. Quien evita que su sombra se mezcle con la de un simple y limitado humano como yo.

Aquel olor rancio volvió a colarse en mis fosas nasales, esa caricia repugnante espejaba a la perfección mi propia existencia: corrupto, estancado, tan miserable como mi posición en la cadena y la brevedad de mi vida.

—¿De verdad funcionará?

—Lo hará —La respuesta fue inmediata—. ¿Acaso no anhelabas optimizar tu rendimiento en el almacén? Es el límite de mi caridad, Shanar. Tu biología es... decepcionante. Tu carne es blanda, tu motor interno clama por el letargo y las fantasías oníricas con una frecuencia patética. Si persistes en esa fragilidad, solo les darás la excusa perfecta para desecharte.

Cinco coronos. Ese era el precio de mi mensualidad, una miseria para un obrero residente, una fortuna inalcanzable para un simple inmigrante de mi especie. Por supuesto, era una fracción insultante comparada con lo que Nencat y los demás amasaban. Yo arrastraba el peso físico, forzando mi cuerpo hasta que las fibras musculares ardían como si fueran a fundirse, y la presión detrás de mis ojos amenazaba con hacer estallarlos. Aun así, no parecía ser lo suficiente para el capataz, quien ya había comenzado a reclamar del bajo desempeño que mi cuerpo exhausto daba, me había dicho la última vez que revisó las cifras: “Pagarte es mucho más barato que mantener a un animal de carga, Shanar. No me hagas reconsiderar tales decisiones”.

—Necesitas robarle ese tiempo al sueño si tanto deseas irte de aquí —sentenció Nencat y su voz destilaba insistencia—. Un sacrificio momentáneo para la libertad que vendrá después.

Odiaba con todo mí ser darle la razón a este tipo. No era secreto mi ansiada huida de este lugar. Una existencia digna donde pudiera reclamar una nueva identidad y, tal vez, después de tanto, el Dios Resiliente me bendijera con un dulce descanso. Sea que sus palabras nacieran de una genuina intención de socorro, o del sádico placer de ver cómo un ser inferior se retorcía, la verdad ineludible era que necesitaba en demasía aquello.

Cerré los ojos con fuerza, sellando mis párpados como si con ello pudiera bloquear la realidad que se avecinaba, pincé mi nariz con los dedos para asfixiar aquel hedor a muerte. Tiré la cabeza hacia atrás exponiendo mi garganta y volqué el contenido en mi boca. Nencat no mintió, con su fisiología tan ajena a la mía, el concepto del sabor de la Lágrima era intraducible. Apenas la primera gota tocó mi lengua, mi estómago se contrajo en un puño cerrado, amenazando con invertir nuevamente su flujo. No era solo un mal sabor, era una completa agresión a mi organismo. El líquido sabía a cobre viejo, amargo, más no uno agradable. Era un amargo alcalino, aceitoso y tan denso como el lodo lleno de estiércol.

Por instinto, la glotis se selló para proteger mis órganos de aquella invasión, pero forcé la deglución con un gemido ahogado. Sentí el descenso del fluido, bajaba raspando, dejando un rastro de quemazón tan intenso que parecía cauterizar las paredes de mi esófago. Mis ojos cerrados se llenaron de lágrimas por el esfuerzo titánico de no vomitar. Cada trago era una batalla contra mi propia naturaleza. Mi ser entero gritaba“¡Veneno!¡Veneno!”, enviando espasmos de rechazo que me hacían temblar incontrolablemente las rodillas. Muy a pesar de eso, mi mente estaba enajenada por la promesa de libertad que obligaba a los músculos a ceder. Bebí hasta la última gota, la última. Hasta que la viscosidad cubrió cada rincón de mi boca con su película desagradable.

En el instante en que el frasco quedó vacío, mis dedos perdieron la fuerza. El vidrio se estrelló contra el suelo con un estallido agudo que resonó en el callejón, yo apenas lo oí. Me doblé sobre mí mismo, con una mano aplastada contra mi boca y la otra aferrando desesperado mi estómago, conteniendo las arcadas violentas que sacudían mi torso. Respiré entre silbidos agónicos para no dejar escapar aquel fundido líquido que ya empezaba a correr por mis venas.

Era la primera vez que experimentaba algo de tal magnitud, una anomalía sensorial absoluta. Mis pies terminaron por perder su ritmo, tropezando entre sí en una danza espasmódica donde mi hombro impactó contra el muro mugriento del callejón. El efecto no cesaba, no podía saber si aquello era la reacción de mi estómago deshaciéndose. Solo percibía los rastros de ardor cáustico en las entrañas que, en cuestión de segundos, mutó hacia una frescura inminente. Tal escalofrío erizó los vellos de mi cuerpo, pues sentía la frescura de un glacial invadiendo todas las extremidades.

Cuando logré abrir los ojos, mi visión seguía siendo un borrón acuoso por las lágrimas derramadas, y mis pulmones trabajaban a marchas forzadas, obligándome a jadear con pesadez desesperada.

—No luches contra la asimilación —la voz de Nencat me llegó en un eco, como si hablara desde el otro extremo de un túnel—. Déjalo entrar, Shanar.

El mundo me daba vueltas y vueltas, con la agonía en los talones saqué a flote el mayor esfuerzo para inhalar y exhalar con lentitud.

No desapareció el dolor interno, sino que, al poco tiempo, se convirtió en un raro combustible. Sentí una detonación silenciosa en la base del cráneo que hizo que mis pupilas se dilataran, tragándose toda la escasa luz del lugar. El cansancio crónico que arrastraba mis hombros por meses se evaporó, incinerado por una oleada de energía mágica tan pura y violenta que me obligó a erguirme de golpe. Mi corazón martillaba errático contra mis costillas, bombeando aquel icor verde que ahora me exigía una sola cosa: Moverme.

—¿Lo sientes ahora?

Fue una transgresión mirar directamente a los ojos de Nencat. Un acto ajeno que mi antigua cobardía jamás hubiera permitido. Quizás para él también fue una violación del orden natural, pues al clavar mi vista en la suya, el kashpaal retrocedió un paso imperceptible. Por incomodidad siempre había evitado detallar el aspecto de sus ojos. Eran globos oculares demasiado grandes para su cuenca rasgada, húmedos y de un color ámbar enfermizo, sus pupilas no eran puntos focales como los míos, sino hendiduras rectangulares, barras negras y horizontales flotando en aquel mar ictérico.

Al toparse con la violencia eléctrica que ahora emanaba de mí, las ranuras oblongas de Nencat se dilataron en un espasmo de sorpresa repulsiva, donde por primera vez desviaron la mirada, incapaces de sostener el peso de mi nueva euforia.

—Me siento como nunca —le sonreí.

O eso creí hacer.

Ya que en realidad sentí cómo los músculos de mi rostro se tensaban hasta el límite, tirando de las comisuras de mis labios hacia atrás con una fuerza casi dolorosa, exponiendo mis dientes y encías al aire frío en un rictus depredador del que mi consciencia ya no controlaba.

En los días subsecuentes, la mejora en mi desempeño se disparó a las nubes. Movía la mercancía entre los sectores de la ciudad con una facilidad impresionante. Mi cuerpo se había convertido en un autómata eficiente, disparándose a la acción milésimas de segundo antes de que mi cerebro pudiera siquiera procesar la orden. Existía en momentos una desconexión, una embriaguez lúcida similar a tener la sangre saturada de licor barato, donde la coordinación fina desaparecía, suplida por una fuerza bruta y espasmódica, que me hacía actuar por puro reflejo. No tenía que comprender, no tenía que pensar. La neblina mental que cubría mis pensamientos complejos actuaba de escudo; el tono de desprecio de mis compañeros y sus insultos me llegaban amortiguados, distantes e irrelevantes ante la excitación química que me mantenía en la cima.

Al trasladar los contenedores, mis pies golpeaban el pavimento sucio con una violencia innecesaria, enviaban una vibración eléctrica subiendo por mi columna vertebral hasta estallar en mi nuca. En algún momento me vi reflejado en el metal de un contenedor: mi piel tenía la palidez cerosa de un cadáver y mis ojos eran dos carbones ardiendo. No me importó. Me sentía bien. Demasiado bien

Nencat perpetuaba el suministro de los viales con puntualidad y yo los recibía sin cuestionar. En cuanto la pesadez del letargo amenazaba con arrastrarme hacia el sueño, descorchaba el cristal y bebía sin chistar. Aquella repulsión instintiva de los primeros días se había atrofiado; mi paladar y mi estómago no solo se habían habituado al sabor, sino que ahora lo exigían. La tolerancia, sin embargo, cobraba su precio. Comencé a aumentar la ingesta de forma voraz para alcanzar las mismas cumbres de adrenalina. Un frasco ya no bastaba para silenciar los gritos de mis células, necesitaba dos, a veces tres, para mantenerme en marcha.

—He de agradecerte, Nencat. Cuando el capataz revisó mis cifras, me concedió el acceso al doble turno.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera frenarlas. Imprudencia. Se suponía que existía un abismo infranqueable entre nosotros en horas laborales; la ley tácita de segregación. Nadie conocía de nuestras interacciones, era un secreto sucio que ahora yo estaba exponiendo al aire viciado del almacén. Los kashpaales que lo acompañaban volcaron sus ojos hacia mí con total extrañeza, juzgando la insolencia de esa acción.

—Ya lo había notado.

Su contestación fue corta y brusca. Nencat ni siquiera alzó la vista; se refugió en la revisión frenética de unos papeles.

—No necesitas decírmelo. No necesito la gratitud de un…

Un parpadeo.

Uno solo y yo ya no estaba frente a él.

Ahora mis manos estaban aferradas a una palanca de carga, con mis nudillos blancos por la presión. El aire tenía una densidad distinta y la luz había cambiado radicalmente, las sombras se alargaban desde los ventanales en ángulos que sugerían el atardecer.

¿Cómo había llegado allí? ¿Había caminado? ¿Habían pasado minutos? ¿Horas?

Si soy sincero, no recuerdo la conversación exacta. Mi memoria a corto plazo se había vuelto un colador, reteniendo solo el presente. El resto del mundo se convirtió en una proyección lenta y desenfocada, pues yo era la única entidad vibrando a la velocidad correcta en un universo estancado.

—Son microsueños. Tu consciencia está sufriendo intermitencias —Estaba de vuelta en el callejón de siempre, bajo la sombra opresiva de los edificios. Nencat fumaba de una pipa con indiferencia, exhalando volutas de humo.

—¿Es extraño? —Mi voz sonó lejana, atrapada en una garganta ajena.

—Te has vuelto extraño —corrigió él, señalándome con la boquilla de la pipa—. Date un vistazo, Shanar.

Bajé la vista hacia mis manos. Ya no parecían mías. La piel empeoró, había abdicado de su tono vital, transmutando por completo hacia un gris cetrino. Un tic nervioso asaltó mi párpado izquierdo, un aleteo espasmódico, rápido y sucio, como las alas de un insecto moribundo atrapado bajo la dermis, vibrando constante, constante. Pasé la lengua por mis labios resecos y el gusto a metal inundó mi boca. No había notado que una constelación de úlceras y herpes había estallado en las comisuras de mis labios y sobre las encías inflamadas, floreciendo sobre mi carne con la impunidad de los hongos colonizando un tronco podrido. Mi sistema inmune estaba colapsando, capitulando ante la tiranía de la vigilia, desmoronándose en silencio.

E incluso así la alarma del dolor llegaba amortiguada.

Un día percibí cómo el esfínter de mi estómago se atrofiaba y cerraba en un nudo apretado. Tragar un simple bocado de pan se volvió una tortura lacerante, era engullir vidrio molido en lugar de masa. Mi apetito había tomado camino a un plano diferente, un efecto secundario de la Lágrima que abracé con gratitud: la anorexia inducida era una bendición financiera. La bolsa de monedas atada a mi cinturón ganaba una densidad obscena día tras día, un peso metálico que contrastaba deliciosamente con la creciente levedad de mis propias entrañas.

Lamentablemente, la degradación era visible. El capataz comentó mi evidente emaciación con un tono que fingía preocupación, sugiriendo que mi delgadez podría comprometer la carga. Yo conocía la verdad detrás: no le interesaba mi salud, solo temía que su mejor herramienta se quebrara en mitad de la faena. Me requería funcional, me requería fuerte. Y lo era. Lejos de sentir debilidad, experimentaba una potencia febril. Levantaba pesos imposibles, cargas que habrían aplastado la columna de cualquiera de su especie, y me fascinaba la humillación que mi fuerza provocaba en ellos. No me importaba el precio. Ya no me importaba mi aspecto. Podía permitir que este traje de carne se siguiera pudriendo, que se consumiera hasta los huesos; incluso disfrutaba del chasquido húmedo de mis ligamentos desgarrándose en los hombros cada vez que izaba una caja hacia las alturas.

Mi consciencia, lubricada por la fiebre, se deslizaba sin fricción hacia el otro lado del océano, hacia aquellas tierras lejanas donde mi especie aún conserva una parodia de dignidad. Proyecté mi regreso… Pronto. Pronto sería suficiente. Había transcurrido un tiempo prudencial desde que mi madre decidió huir conmigo en brazos; al fin podría volver sin arrastrarme por las sombras como una alimaña acosada por las deudas de sus ancestros. Podía reclamar mi lugar con un nuevo apellido, o sin él.

Mis uñas comenzaron a arar los surcos de mis antebrazos. Sentía el pataleo. Miles de patas microscópicas y frenéticas recorriendo el espacio confinado entre el músculo y la dermis; una invasión subcutánea que exigía ser liberada. Pasé las uñas una y otra vez, cavando, rasgando, buscando la fuente de aquel cosquilleo enloquecedor, pero mis dedos solo consiguieron arrancar costras secas, revelando la carne viva y afiebrada que palpitaba debajo.

Podría vivir bien. Tendría lo suficiente para volverme intocable. Y con la Lágrima corriendo por mi sistema, sería poderoso. ¿Para qué necesitaría ese patético y dulce descanso?

Una convulsión sacudió mi caja torácica. Me dejé caer contra los ladrillos mugrientos, sintiendo cómo la humedad del muro se adhería a mi espalda mientras una risa brotaba de mi garganta, áspera, fuerte e incontrolable.

—Solo necesito un poco más —susurré a la nada, y mi voz rebotó en las paredes con un eco burlón.

Paredes… Las paredes tenían pulso. Lo sentía vibrar bajo el ladrillo húmedo, una sístole y diástole de mampostería que intentaba sincronizarse, de forma enfermiza, con el martilleo arrítmico de mi propio corazón.

Una sombra se arrastró a mi izquierda. Giré la cabeza tan rápido que el chasquido cervical resultó doloroso. No había nadie. Solo contenedores de basura rebosantes de inmundicia. Pero, a través de mi visión astillada y febril, habría jurado que una de las bolsas de plástico negro poseía la forma de un torso humano, un torso desollado, doblado en un ángulo imposible, cuyo pecho subía y bajaba respirando con una lentitud agónica.

La risa que hace unos segundos me dominaba se asfixió en mi garganta, sustituida por un frío denso, que me paralizó los pulmones en el instante exacto en que la oscuridad al final del callejón coaguló.

Una presencia pesada tomó forma. La silueta se despegó de la negrura, erigiéndose alta, herética y deforme. Entrecerré mis propios ojos, que ya eran dos llagas resecas y ardientes. Esa aberración carecía de rostro definido, pero la certeza de su escrutinio me aplastó contra los ladrillos. No era la mirada de un kashpaal ni la de otra criatura o humano; eran unos ojos inmundos, impropios de cualquier creación terrenal. Dos abismos de mar negro devorados por un iris de un blanco tan intenso y antinatural que no solo me juzgaban, sino que me consumían.

—¡Aléjate! ¡No estás ahí! —Un grito brotó de mi garganta reseca, desgarrándola a tal punto de deformar el sonido en el chillido agónico de un animal acorralado.

Quise retroceder más, fundirme con la pared, pero la sombra no respondió. En su lugar, se estiró hacia mí; era una inmensa marea alargando sus apéndices amorfos, los cuales buscaban enredarse en mis tobillos para arrastrarme hacia su abismo.

Apreté los ojos con fuerza para huir. Pero tratar de cerrarlos fue infinitamente peor. La barrera de mis párpados no trajo oscuridad, sino que me encerró en un vacío donde estallaban destellos estroboscópicos de luz verde, un verde esmeralda idéntico al de la Lágrima. Con cada fogonazo visual, un coro de gritos distorsionados, agudos y metálicos, taladraba mis tímpanos desde el interior de mi propio cráneo. Aumentaban y aumentaban. La presión fue tanta que de pronto sentí el líquido caliente de mi propia sangre escurrir por mis canales auditivos; el estallido interno me había sumido en un silencio que me tranquilizó.

Pero aquello que me sacó a la superficie fue el fuerte impacto seco que recibió mi mejilla izquierda.

El golpe reinició mi sistema nervioso. Parpadeé, aturdido, intentando enfocar a la figura que ahora se alzaba sobre mí.

La aberración se había disipado. Frente a mí estaba Nencat, con la mano aún suspendida en el aire tras haberme cruzado la cara de una bofetada. Sus pupilas rectangulares me escrutaban desde las alturas, pero su habitual superioridad fría se había fracturado. Sus facciones estaban torcidas en una expresión de perplejidad absoluta, una mezcla de desconcierto y asco genuino; un mudo y elocuente “¿qué demonios te pasa?” escrito en toda su postura.

Lentamente, bajó el brazo y frotó la palma de su mano contra la tela de su abrigo.

—Nencat… —logré articular, tragando el aire en jadeos roncos y espasmódicos.

Mi mirada escaneó el callejón con desesperación. Estaba seguro de la sangre, del estallido. Llevé mis manos temblorosas hacia mis oídos, escarbando los canales auditivos en busca del líquido caliente, pero mis dedos salieron dolorosamente secos. Estaban intactos. Todo el tormento, el coro de gritos metálicos... no había dejado rastro físico.

—Yo…

—Colapsaste y dormiste. Tuviste una pesadilla. Una bastante tormentosa, por lo visto —El tono desapasionado de Nencat cayó en un látigazo sobre mi confusión.

—¿Dormido? —El concepto me revolvió el estómago—. No. No, yo estaba despierto. ¡Yo he estado despierto!

—Acabas de abrir los ojos, Shanar. Estabas convulsionando contra los ladrillos, escupiendo saliva y farfullando incoherencias…Yo estaba ahí. —Extendió un dedo acusador hacia el rincón exacto donde apenas unos instantes atrás mi mente había esculpido el torso desollado—. Estaba esperando a que el efecto de tu estupidez cediera.

—¿El efecto? No... —Negué frenéticamente con la cabeza, sintiendo cómo el mundo giraba con ello—. Yo te estaba esperando. Esperaba mi dosis. La necesito ahora.

Las cejas del kashpaal se fruncieron en una genuina incomprensión.

—¿De qué hablas? Ingeriste hace no más de una hora diez viales consecutivos. Fue toda tu cuota semanal, Shanar. Y eso considerando que ya había incrementado el gramaje. Tendrás que sobrevivir hasta la próxima entrega.

Diez viales.

Las palabras cayeron como plomo fundido en mi estómago. No lo recordaba. Por más esfuerzo que hice, la amnesia había devorado un lapso completo de mi realidad. Mis rodillas cedieron ante el pánico y, en un acto de humillación absoluta que mi yo del pasado habría aborrecido, me arrastré hacia él, aferrando con desesperación el dobladillo de su pesado abrigo oscuro.

—¡Pero no puedo esperar a la siguiente! ¡Dámelo, Nencat! ¡Lo necesito!

El rechazo de Nencat fue instantáneo y violento. Me empujó con la bota, arrancando la tela de mis manos manchadas con un asco no disimulado.

—¡Suéltame, sucio humano! —escupió, por primera vez vi la verdadera repulsión desbordarse de esos ojos rasgados—. Es verdad lo que dicen los registros de tu especie... se hunden demasiado rápido —Se acomodó el abrigo con un gesto pulcro, observando mi patetismo desde su pedestal—. Quizás necesites rendirte. Descansa, duerme, Shanar. No te vendría mal.

La vergüenza humillante logró encender mis venas, no podía ser tan descarado.

—No hables como si te preocuparas por mi descanso —escupí, aunque las palabras salieron con un rocío de sangre tiñendo mis labios—. Sé que me mientes. Te asusta. Te aterra verme hacer mucho más que cualquiera de tu maldita especie.

Nencat soltó un sonido que quiso ser una carcajada, pero que carecía de cualquier atisbo de humor, aquello me encendió mucho más.

—¿Aterrarme? ¿De esto? —Levantó una mano, señalándome de arriba abajo con desdén absoluto—. Apestas a necrosis, Shanar. Supuras pus de llagas que ni siquiera alcanzas a ver. Estás tan escuálido que tus articulaciones parecen a punto de perforarte la piel. Se te han agrietado esos patéticos dientes amarillos de tanto que los rechinas y tu rostro… no es más que puro hueso y piel.

¿Acaso creía que me revelaba algo nuevo? Yo conocía a la perfección mi cuerpo en ruinas. Sabía que la grasa bajo mi piel había sido devorada hacía semanas, dejando únicamente tendones tensos como cuerdas de piano sobre un esqueleto afilado. Sentía cada fisura en el esmalte de mis dientes, percibiendo el sabor a calcio y cobre viejo cada vez que pasaba la lengua por mis encías retraídas e inflamadas. Las llagas no solo supuraban, ardían con una fiebre constante. Sabía bien qué era lo que habitaba ahora en mi interior: magia corrupta, vieja y parasitaria.

Me puse erguido, tambaleándome, con los huesos crujiendo bajo la absurda tensión de intentar proyectar una sombra amenazante.

—Es el precio —jadeé, aferrando mis manos en puños temblorosos—. Un precio que ustedes, bestias acomodadas, jamás entenderían. Yo seré libre.

Las facciones de Nencat se endurecieron, borrando cualquier rastro de la burla anterior.

—No serás nada —sentenció, dando un paso atrás como si de pronto temiera contagiarse de mi podredumbre—. Mi bondad termina aquí, Shanar. No habrá más Lágrima para ti. He cerrado el suministro. Vamos a ver cómo consigues largarte de este continente ahora.

Pánico. Pánico frío y la densa furia en mi ser luchaban entre sí para ver cual se superponía en sus palabras.

—Y escúchame bien —continuó Nencat, su tono destiló una amenaza—. Si alguna vez te atreves a buscarme, si se te ocurre acercarte a mí o siquiera respirar el mismo aire en el almacén, me encargaré personalmente de que te rompan las pocas costillas que te quedan intactas.

Esas fueron las últimas palabras de Nencat que escuché. Su silueta se disolvió en la bruma fétida del callejón, llevándose consigo mi única oportunidad de salvamento.

De nuevo no supe cuánto tiempo había pasado, solo que en algún momento las diez dosis de Lágrima que hervían en mi sangre alcanzaron su pico de saturación. El bajón no fue una caída gradual, me fue un choque frontal a toda velocidad, mis rodillas chocaron contra el empedrado con un crujido húmedo. Un frío cadavérico inundó mi médula espinal. Cada músculo gritó en una sinfonía de ácido láctico y roturas microscópicas.

La frustración era un veneno que me carcomía la laringe. Me arrastré de regreso a los altos portones del almacén. Necesitaba entrar. Necesitaba el ruido industrial, el peso en mis hombros, justificar mi dolor para que esta agonía tuviera algún sentido. Pero los guardias kashpaales ni siquiera me permitieron rozar el umbral. Uno de ellos me empujó con la boquilla de su larga arma en el pecho, sin fuerza, pero con la repulsión reflejada en su rostro alguien que aparta a un perro leproso muerto en la acera.

—El capataz ordenó que no se admiten despojos— gruñó, cubriéndose la nariz.

Vagué por los distritos bajos, arrastrando mis pies despellejados dentro de unas botas que de pronto pesaban toneladas. Intenté buscar a la desesperada cualquier otro trabajo, cualquier carga humillante que nadie más quisiera levantar. Pero mi aspecto era una sentencia de negación. Los capataces y mercaderes apartaban la vista, asqueados. Ya no parecía un obrero cansado; mi rostro era una monstruosidad, supurando licores turbios por las grietas de las comisuras y los lagrimales. Apestaba a vómito, a necrosis y a un sudor frío y rancio. Nadie le paga unas monedas a un cadáver que se niega a desplomarse.

Sin el trabajo para anclar mi mente, la cordura terminó de romperse.

Las calles se convirtieron en un laberinto de horrores superpuestos. Sin la falsa euforia de la Lagrima, solo quedaba el terror primitivo. Sufría arranques de locura paranoica a plena luz del día. El cielo plomizo me aplastaba, y juraba ver cómo los adoquines respiraban bajo mis suelas, palpitando con venas negras y mucosas. Las sombras de los transeúntes kashpaales se desprendían de sus dueños al pasar junto a mí, estirando brazos y manos que intentaban amputarme los tobillos.

Me descubrí a mí mismo horas más tarde, o tal vez días, acurrucado en posición fetal sobre el suelo del callejón. Le estaba gritando a una pared de ladrillos con la garganta deshecha, arañándome el pecho hasta sacar tiras de piel, convencido de que aquellos insectos subcutáneos ya no solo caminaban, sino que estaban construyendo colmenas enteras de larvas vibrantes bajo mis pulmones. Lloraba lágrimas secas y ardientes, suplicando a un cielo indiferente por un solo segundo de oscuridad, por un instante de sueño que mi cerebro, ya mutilado y frito, había olvidado por completo cómo conciliar.

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