Aeternum Capitulo Piloto
Esta obra es un Capítulo Piloto de una saga de alta fantasía en desarrollo. El estilo narrativo busca rendir homenaje a la prosa clásica y descriptiva del género. Agradezco especialmente comentarios sobre el ritmo (pacing) y la construcción del mundo (world-building). La trama general ya ha sido planificada, por lo que este fragmento sirve como validación de tono antes de la publicación extendida.
Aeternum Parte 1
CAPÍTULO 1
Era el quinto mes de la Era de Obsidia, un tiempo que parecía llegar a su fin. En las tierras áridas de Khor-Thul, el reino de los demonios, la arena negra se tragaba la sangre de los caídos. El aire apestaba a azufre y metal, cargado con el olor de una guerra que finalmente terminaba.
Entre estandartes quemados y una alfombra de cadáveres, Aris se mantenía en pie frente a Morgath, el señor demonio. Tras una batalla que pareció durar una eternidad, el tirano soltó su último aliento de odio cuando la espada de Aris atravesó su corazón.
El silencio que siguió a la caída del tirano fue más pesado que el ruido del combate. Aris, con el alma rota y el cuerpo al límite tras días de lucha, cayó de rodillas sobre la arena teñida de rojo. A pocos metros, la muerte se llevaba a Lyra, su esposa. Una lanza le atravesaba el pecho, llevándose con ella toda su esperanza. Allí, en medio de aquel desierto de ceniza, Aris lloró una victoria amarga; la paz había llegado, pero el precio había sido perderlo todo.
Pasaron las horas. Aris apenas podía moverse, pero reunió las pocas fuerzas que le quedaban para intentar ponerse en pie y anunciar el fin del horror. Fue entonces cuando el destino lo golpeó de nuevo.
Sintió un frío antinatural, más gélido que el hielo, atravesándole la espalda. Al bajar la vista, vio con horror una hoja saliendo de su pecho: era la Daga del Tiempo, un artefacto que había escuchado en historias y leyendas cuando era niño. Mientras la luz se apagaba en sus ojos, alcanzó a ver una figura envuelta en sombras, con una capa negra que ondeaba al viento y un extraño símbolo grabado en la espalda.
Con ese enigma en la mente, Aris dio su último suspiro. De pronto, se vio sumergido en una oscuridad absoluta y asfixiante, donde el tiempo parecía no existir. Sin embargo, en medio de ese vacío, algo lo llamó de vuelta hacia la luz, una fuerza que lo arrastró con violencia fuera del abismo.
Aris despertó de golpe. Se llevó la mano al pecho instintivamente, buscando la herida abierta y el rastro de la sangre, pero solo encontró la piel intacta bajo su ropa.
—¿Qué fue lo que pasó? —se preguntó en un susurro, con la voz temblorosa—. Yo... yo debería estar muerto. Sentí el acero, sentí el frío... ¿Cómo puedo estar aquí?.
El aire en sus pulmones ya no sabe a ceniza, sino al frescor de una mañana de otoño. Estaba en su cama, en su casa dentro de los muros de Orodiel. Al mirar por la ventana, vio que la ciudad que recordaba haber visto arder estaba ahora en pie, con sus torres de piedra intactas alzándose contra el cielo claro.
—Orodiel... —pensó, mientras sus ojos recorrían la habitación con incredulidad—. Todo está intacto. No hay humo, no hay gritos. ¿He regresado? ¿O es que la guerra nunca ocurrió? No, las cicatrices de mi mente son demasiado reales para ser un sueño.No era el fin del mundo; se encontraba décadas antes de que la Gran Guerra Eclipsa consumiera todo.
Al apartar las mantas, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Allí, sobre la madera de la mesa, descansaba la Daga del Tiempo. Junto a ella había un pergamino con una sola instrucción: "Busca la Gran Biblioteca". Al darle la vuelta al papel, se encontró con un símbolo que le provocó un escalofrío en todo su cuerpo, el mismo que llevaba su asesino en la espalda.
Bajó las escaleras con el corazón a mil por hora. Allí, entre los aromas de la cocina y la tranquilidad del hogar, estaba ella. Lyra. Estaba viva y radiante, sin sospechar nada de las sombras que atormentaban a su esposo. Aris la abrazó con una desesperación que ella no pudo comprender, llorando sobre su hombro como si llevara mil vidas buscándola.
—Todo está bien ahora —susurró él, más para convencerse a sí mismo que a ella—. Me alegra tanto que estés aquí...
Después de comer y disfrutar de su compañía, Aris salió de casa hacia la Gran Biblioteca. Mientras caminaba por las calles de Orodiel, el bullicio de la gente y el pregón de los mercaderes eran un recordatorio de que su misión no era solo salvarse a sí mismo, sino evitar que ciudades como esa terminaran reducidas a sangre y polvo.
Aris entró en la Gran Biblioteca de Orodiel. El eco de sus pasos sobre el mármol frío era el único sonido que rompía el silencio. Caminó entre pasillos con estanterías altísimas que olían a papel viejo y polvo acumulado. Sus ojos no buscaban títulos ni autores, sino una señal.
Tras horas de búsqueda, llegó a un rincón apartado donde la arquitectura parecía distinta. Allí, en una estantería de madera oscura, los lomos se alinearon bajo la luz de una vela para formar el Símbolo que vio en el pergamino. Con el pulso acelerado, accionó una palanca con un grabado de una pluma que encontró en medio de dos libros. Un chasquido seco resonó en la sala y la estantería se deslizó, revelando una escalera de caracol. Aris apretó la Daga del Tiempo bajo su túnica y comenzó el descenso.
Al final de la escalera, la cámara se abrió ante él revelando una proeza de ingeniería antigua. En el centro se alzaba el Altar de la Daga del Tiempo, una estructura donde la piedra se mezclaba con complejos engranajes dorados que giraban en un silencio absoluto. El aire allí abajo vibraba con un tic-tac rítmicamente, casi como un corazón mecánico. Justo frente al altar, el suelo se transformaba en un inmenso mapa del mundo tallado en cristal, cuyas líneas geográficas brillaban con una tenue luz azulada desde el interior de la roca.
Al desenvainar la daga, la hoja empezó a vibrar. Cuando acercó la punta al suelo, los mecanismos del altar reaccionaron: los engranajes bajo el cristal se movieron con un siseo metálico, alineando las placas del mapa hasta que la punta de la daga fue atraída como un imán hacia un punto específico que comenzó a brillar intensamente: Vellumia.
En ese momento, el suelo tembló. De entre las sombras de las columnas salió un guerrero con una armadura blanca y dorada. Parecía ser el guardián del altar. De sus fundas extrajo dos dagas de metal reluciente con mangos de oro puro. Las hizo girar en sus manos con una elegancia letal antes de hablar con una voz clara y fría:
—La sangre que lleva esa hoja reclama su lugar. No eres el dueño del tiempo, muchacho, solo eres su prisionero.
El combate fue rápido y brutal. Aris, sorprendido por la velocidad de aquel guerrero, apenas pudo reaccionar. El guardián se movía como un destello; antes de que Aris pudiera defenderse, sintió un tajo seco en el hombro. El dolor fue inmediato, una quemadura de luz que le robó las fuerzas. Desesperado, Aris empuñó la daga con la convicción de un guerrero listo para morir, entonces un destello de energía salió de la daga y logró cegar al guardián por un instante. Aprovechó ese segundo para huir por los túneles de desagüe, dejando un rastro de sangre sobre el mapa de cristal que aún marcaba su destino.








