prólogo
Once años.
Once años creyendo que ya conocíamos el tono de nuestras voces,
nuestras heridas,
nuestras manías,
nuestros silencios.
Once años pensando que ya no éramos extraños.
Y entonces dijiste:
—Es que apenas vamos conociendonos :/
La frase cayó despacio,
pero rompió todo.
Como si el tiempo no hubiera sido tiempo,
como si cada conversación, cada espera,
cada silencio justificado…
hubiera sido solo un borrador.
¿Apenas?
Yo ya te había hecho un espacio en mi vida.
Ya había aprendido a defender tu ausencia,
a traducir tus silencios,
a leerte entre líneas y a entender lo que nunca decías.
Aprendí a esperar sin preguntar.
Aprendí a quedarme… incluso cuando no estabas.
Pero tú,
tú apenas estabas empezando.
Y ahí entendí algo que dolió más que tu distancia:
No estábamos en el mismo capítulo.
Yo iba por el final del libro,
con el corazón lleno de historia,
de versiones tuyas que construí para no perderte.
Tú…
apenas abrías la primera página.
Tal vez no mentías.
Tal vez, para ti, realmente era el comienzo.
Pero para mí…
ya era un recuerdo.
Y fue así,
con una frase tan simple,
que nació esta historia.








