0.1: El inicio.
El aire de Los Ángeles me golpeó en cuanto crucé las puertas automáticas, una mezcla densa de calor seco, combustible de avión y ese olor a asfalto que solo tiene California. Me detuve un segundo, ajustando la correa de mi bolso sobre el hombro mientras terminaba de procesar el checkout.
Se sentía... extraño. Habían pasado cinco años desde que empaqué mi vida en maletas y me largué a estudiar Literatura en la UCL. En aquel entonces, huir parecía la única opción lógica, pero ahora, pisar de nuevo este suelo me hacía sentir como una intrusa en mi propia historia.
La ciudad se mantenía constante, bañada en ese sol eterno, mientras que yo sentía que cada célula de mi cuerpo había mutado en el extranjero. Ya no era la niña que se fue; Londres me había dado una armadura de humor ácido y una distancia que antes no poseía.
Me detuve frente a una máquina expendedora, buscando algo frío para calmar la sequedad de mi garganta. Mientras esperaba que la botella de agua cayera, encendí mi móvil. La pantalla se iluminó de inmediato, saturada de notificaciones.
André (10 mensajes nuevos):
"¿A qué hora llegas?", "¿Ya aterrizaste?", "Dime que no perdiste el vuelo".
—¿Por qué les interesa tanto ahora? —murmuré para mí misma, guardando el teléfono con un gesto de fastidio.
Mi relación con mi hermano mayor siempre había sido difícil, un puente roto que ninguno de los dos se había molestado en reconstruir en dos años de silencio absoluto. Pero el accidente de mi madre lo había cambiado todo, poniéndome de nuevo en un radar del que me había esforzado mucho por desaparecer.
Caminé hacia la salida y levanté la mano para detener un taxi. No iba a casa. No iba a ver a André. Fui directa al hospital.
Me hundí en el asiento del vehículo amarillo, observando cómo las palmeras pasaban a toda velocidad por la ventana. El conductor hablaba por radio, pero yo apenas lo escuchaba. Cerré los ojos con fuerza, obligándome a respirar con calma.
"Ya no tienes 17 años, Cheery," me repetí mentalmente como un mantra. "Ya no eres esa chica".
El nerviosismo me trepaba por el estómago, pero no era por la ciudad, ni por los fantasmas que pudieran recorrer estas calles. Era por ella. Enfrentarme de nuevo al ojo crítico de mi madre, incluso en su estado actual, siempre se sentía como un examen para el que no había estudiado lo suficiente.
Mantenía la mente fija en los pasillos de mármol del hospital, en el diagnóstico médico y en los años de literatura que ahora me sirven de refugio intelectual. No había espacio para nadie más. Ni para viejos amigos, ni para rencores del pasado, ni mucho menos para rostros que se suponía ya estaban olvidados. Mi único objetivo era cumplir con mi deber familiar y, si la suerte estaba de mi parte, volver a Londres antes de que el aire de California lograra asfixiarme de nuevo.








