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The First Taste

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Summary

Isabella Vega tiene una regla: nunca mezclar el trabajo con el placer. Hasta que conoce a Andrea Conti — chef, italiano, irritantemente irresistible — y de repente sus reglas no parecen tan sólidas. Es posesivo sin pedir permiso. Le deja el café en el escritorio antes de que despierte, la atrae hacia él antes de que pueda protestar, y la mira como si fuera lo único que merece su atención. Isabella sabe que esto es peligroso. Ya la han quemado antes — con suficiente profundidad como para dejar cicatrices que no menciona. Pero cuando su pasado regresa con amenazas, con fotos y con una sonrisa que todavía le revuelve el estómago, Andrea deja de ser solo una complicación. Se convierte en lo único que se interpone entre ella y la vida de la que apenas logró escapar la primera vez.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Me desperté y los tres primeros minutos fueron de una paz inmensa. Sabes eso que pasa cuando te despiertas y todo está bien, y luego recuerdas la vida y sus cosas y ya vuelve esa inquietud pues eso, más un plus de darme cuenta de que estaba en un apartamento que no era el mío.

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Me quedé quieta. Sin moverme. Escuchando.

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Desde el otro lado de la puerta llegaban ruidos de cocina el golpe suave de algo sobre una superficie, el sonido del gas encendiéndose, agua del grifo abriéndose y cerrándose con precisión. Nada apresurado. Era la cocina de alguien que sabe lo que está haciendo y no necesita pensar en ello. Intenté reconstruir la noche con los ojos cerrados, como si fuera un archivo al que le faltaran páginas. La fiesta, el vino, el ascensor. Después fragmentos: una risa, una voz con acento, que alguien me sujetara para ayudarme a andar. Y luego nada. Nada útil, al menos.

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Esto, en sí mismo, no era necesariamente un problema. Sí requería algo de contexto.

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La noche anterior había ido a una fiesta en casa de alguien cuyo nombre se me había borrado alrededor de la tercera copa. Era el tipo de fiesta a la que vas porque alguien te arrastra en este caso mi mejor amiga, a quien siempre le gana el optimismo y terminas quedándote porque la música es tolerable, la gente interesante y el vino mejor de lo que esperabas. En algún punto de la noche había coincidido con alguien en el ascensor del edificio, cuando yo ya me marchaba y él subía. Treinta segundos desde el portal hasta el cuarto piso. Lo que ocurrió exactamente en esos treinta segundos es información que mi cerebro ha decidido protegerme de conocer. Lo cual, en cualquier caso, explicaba el apartamento.

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Me quedé un momento más mirando el techo.

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Era un techo alto, con molduras, el tipo que ya no se hace. La habitación olía a madera y a algo limpio que no era ambientador sino simplemente ausencia de desorden. Giré la cabeza. La ropa estaba en la silla del rincón doblada. No amontonada. Doblada. Me gusta la gente organizada. Aparté las sábanas y me di cuenta de que estaba en ropa interior. Genial, Isa. Simplemente genial.

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Me vestí con una prisa que intentó ser silenciosa y no lo consiguió del todo, cogí el bolso de la mesilla y entré al baño.

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  *  *  *

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El baño estaba en la propia habitación una de esas puertas que parecen parte de la pared hasta que te fijas. Lo encontré a la primera, lo cual fue lo más digno de toda la mañana.

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Era un baño de hombre, pero de un hombre con criterio. Si señor, exclamé en mis adentros. Nada de botes de gel acumulados sin lógica. Una barra de jabón sólido, una crema sin marca visible, una navaja de afeitar de las antiguas de mango de madera oscura y hoja de metal apoyada en el borde del lavabo con la precisión de quien la deja siempre en el mismo sitio. Sobre el estante, un cologne. Lo abrí sin pensarlo, por deformación profesional o por cotilla, tanto da. Olía a madera y a algo cítrico que no supe identificar pero que reconocí porque era el olor que había en las sábanas, y que yo había respirado toda la noche.

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Lo dejé en su sitio exacto. Me miré en el espejo el tiempo justo.

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Tenía el aspecto de alguien a quien le había ido razonablemente bien la noche, y sabía perfectamente que eso no siempre es verdad. El rímel había sobrevivido mejor de lo que merecía pequeñas victorias. Cogí una goma del bolso, me recogí el pelo, me lavé la cara con el jabón de barra, y salí de la habitación como si alguien me estuviera echando en dirección a la salida.

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El apartamento era un ático. Ventanas del suelo al techo orientadas al sur, una librería que ocupaba una pared entera con libros que alguien había leído de verdad no de los que se compran para decorar, de los que tienen el lomo doblado y páginas marcadas. Era impresionante. Una cocina que no era decorativa: tablas de cortar con marcas de uso, cuchillos en una barra magnética ordenados por tamaño, un libro de cocina abierto sobre la encimera con una página marcada con un trozo de papel arrugado como si los hubieran arrancado con prisa. Y ahí estaba él, de espaldas.

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Alto. Ancho de hombros de una manera que no parecía cultivada sino natural, como quien carga cosas pesadas desde pequeño. El pelo oscuro, ligeramente revuelto, todavía del sueño. Llevaba una camiseta blanca y no estaba haciendo nada especialmente memorable solo movía una sartén con esa economía de gestos de quien sabe lo que hace y no necesita demostrarlo. Me pregunté si te puede gustar alguien solo viendo su espalda. Porque me gustaba lo que veía. Pensé que era buena idea salir de puntillas y ahorrarme la vergüenza de tener que decirle que no recordaba su nombre.

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Di dos pasos hacia la puerta.

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— Buenos días, Isabella. ¿Café? — dijo, sin girarse, con un acento que me atrevería a asegurar que era italiano.

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Mierda. Me detuve y me tapé la cara con la mano.

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— Sí, estaría bien — dije, y añadí en voz demasiado baja para que me oyera — aunque dudo que lo merezca.

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Me devolví hacia la isla de la cocina, dejé el bolso encima y me senté en el taburete con la dignidad que me quedaba, que no era mucha. Me pasó una taza sin mirarme todavía. La cogí. Luego se giró, y tuve un segundo para ver la cara completa línea de la mandíbula limpia, ojos verdes de una tonalidad que no esperaba, una expresión que no era ni incómoda ni excesivamente cómoda. Solo presente. Como alguien que está exactamente donde quiere estar y no necesita explicarlo. Me ardían las mejillas. Se giró de nuevo y siguió a lo suyo. Yo no sabía muy bien qué decir.

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— ¿Has dormido bien? — preguntó, en un intento evidente por hacerme sentir menos mal.

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— Sí. — Pausa. Allá voy. — Lo siento, no recuerdo tu nombre. Tierra trágame.

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Una media sonrisa. No de burla. De algo más parecido a la diversión tranquila de quien ya esperaba exactamente eso.

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— Andrea.

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Confirmado, italiano.

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— Isabella. Aunque con Isa vale. No solo no recordaba su nombre, había olvidado casi toda la noche. Tenía algún recuerdo borroso: creo que era a él a quien recordaba verle reír, que me sujetara para ayudarme a andar. Joder qué desastre. Nos habremos acostado, ¿no? Está como un queso, es cierto, pero está feo no recordarlo. Sentí cómo se me calentaban las mejillas otra vez. Ay, morirse sería una opción.

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— No, solo hemos dormido. Tú más que yo — dijo de espaldas, sin mirarme, como si pudiera leerme la mente.

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Buff. Menos mal. Empezaba a castigarme mentalmente por ello.

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Probé su café. Estaba increíble. No de cápsula café de verdad, preparado con la atención y el mimo que en cualquier otro momento de mi existencia podría haber merecido, pero no hoy.

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Un gato negro apareció de algún sitio y saltó a la encimera sin pedir permiso porque no lo necesitaba. Me miró. Lo miré. Se acercó despacio, con esa elegancia calculada de los gatos que saben exactamente lo que hacen, y se instaló a mi lado rozándome el brazo.

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— Tartufo — dijo Andrea, girándose para mirarnos y señalando al gato, como si eso lo explicara todo.

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— Es precioso — dije, mientras lo acariciaba. Y luego, sin poder evitarlo, en voz de cría — A que sí, Tartufo, que sí, que eres el más bonito. Al segundo me arrepentí. Levanté la vista. Andrea me miraba con algo que no era exactamente cara de enfado, pero tampoco aprobación.

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— Suelo gustar a todo el mundo — solté, intentando recuperar la dignidad —. Quiero decir que soy maja… — me encogí avergonzada.

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— De lo que estoy seguro — respondió, llevándose la taza a la boca — es que eres muy temeraria.

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¿Me está regañando?

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— Oye. — Su voz cambió de tono, más seria —. La próxima vez que salgas de noche, no te vayas sola con alguien que no conoces. Y menos en ese estado. Te podría haber pasado cualquier cosa.

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Miré la taza, un poco avergonzada. Tenía razón y lo sabía, y eso lo hacía peor.

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— Menos mal que era yo el del ascensor — continuó —. ¿Sabes la cantidad de hombres peligrosos que hay por ahí? — Hizo una pausa breve y añadió, casi para sí — Mereces una punizione.

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No entendí del todo lo último que dijo, en ese italiano suyo tan perfecto.

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Pero el tono lo entendí perfectamente.

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— Lo siento.

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Y lo dije en serio, que era lo más raro de todo. Porque yo no me disculpaba con desconocidos por mis decisiones. Pero la realidad es que lo que hice aquella noche estuvo mal. Ahí estaba, sentada en el taburete de un hombre que no conocía de nada, pidiéndole perdón con el café en la mano y sin saber muy bien a qué venía esa docilidad repentina.

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— Va bene. He de decir que eres muy divertida borracha.

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Me tapé la cara con las manos.

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— Nooo, no quiero saberlo. — Pausa —. De verdad que lo siento. No era la intención. Normalmente no suelo ni siquiera beber dije, y di un sorbo más al café sin saber por qué me justificaba.

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Y yo pensé que era una pésima idea quedarme un minuto más en esa cocina.

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Se giró y, sin preguntar, puso delante de mí un plato con tostadas. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si supiera y no tenía manera de saberlo que yo nunca desayuno pero que esa mañana lo necesitaba. Y Dios sabe que lo necesitaba: ya me empezaba a doler la cabeza, y no tenía claro si por la vergüenza o por la resaca.

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— Mermelada de albicocca, queso crema y un poco de miel — dijo, señalando el plato —. Y romero. No mucho.

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La tostada se veía deliciosa. Me encantan los albaricoques, eso sí lo entendí. Sin pensarlo mucho me la llevé a la boca, y con el primer mordisco tuve que hacer un esfuerzo consciente por no cerrar los ojos. La mermelada era cítrica y ligeramente ácida, el queso suavizaba todo, la miel lo redondeaba con el dulzor justo y el romero, que no esperaba para nada, lo convertía en otra cosa. En algo que no era solo una tostada. Cerré los ojos de todas formas. Cuando los abrí le pillé sonriendo, con los brazos cruzados y la taza en la mano, como quien espera un veredicto que ya sabe de antemano.

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— Está rica, ¿verdad? — dijo.

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— Mucho — respondí, y volví a morder sin ninguna vergüenza.

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— La mermelada la hice ayer. Así que eres la primera en probarla.

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Lo miré. Era chef, eso ya lo intuía la cocina, los cuchillos, el libro abierto con la página marcada. Pero una cosa es tener una cocina bien equipada y otra hacer mermelada un sábado por la mañana y dársela a una desconocida con romero encima.

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— ¿Eres cocinero? — pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

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— Chef — respondió, con la precisión de quien marca la diferencia —. Tengo mi propio restaurante.

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Hablé poco y pregunté mucho manía profesional que no consigo desactivar ni un domingo con resaca. Él habló de su restaurante en Gràcia, de los cinco años en Barcelona, de Milán y París antes de eso. Lo decía sin alardear, con la naturalidad de quien ha vivido cosas y no necesita convencer a nadie. Yo asentía, preguntaba lo justo, y cuando él intentó girar la conversación hacia mí dije algo vago sobre que escribía y lo dejé ahí. Me sorprendió darme cuenta de que disfrutaba de su conversación era tranquilo, educado, se le escapaba una sonrisa de vez en cuando sin que pareciera calculada. Y le brillaban los ojos cada vez que la conversación giraba hacia la comida o la cocina, con esa intensidad de quien habla de lo que de verdad le importa. La gente que ama lo que hace es gente de admirar. Eso pienso yo siempre. Y él lo amaba, estaba claro.

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Hubo un momento de silencio uno de esos silencios que no incomodan, que los dos agradecíamos y por eso era agradable. Tartufo dormitaba entre los dos. Yo miraba la taza. Me empezaba a doler la cabeza y pensé que era hora de volver a casa. Él miraba algún punto de la encimera, y me hubiera gustado mucho saber en qué pensaba.

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Me fui veinte minutos después de terminar el café o sea, casi una hora después de cuando debería haberme ido. Me acompañó a la puerta con las manos en los bolsillos, sin el protocolo torpe de las despedidas de una noche sin prometer llamar ni fingir que esto era algo que no era. Y eso me dio paz, aunque también algo que no era tristeza pero se le parecía. Porque la realidad era que no había pasado nada más que dormir juntos porque yo iba tan pedo que le di pena, cosa que me cabreaba. Mentiría si dijera que en el fondo no me hubiera gustado recordar la noche y haber estado lo suficientemente sobria como para haber hecho algo más que dormir. Borré ese pensamiento de mi cabeza de inmediato.

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Cogí el bolso de la isla. Abrió la puerta. Yo pasé. En ese segundo, sin que ninguno de los dos lo planeara, sus dedos rozaron los míos apenas un instante, sin importancia, del tipo de cosas que no deberían registrarse y que sin embargo se registran.

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En el rellano pulsé el botón del ascensor y esperé. La puerta del piso seguía abierta a mi espalda.

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— La entrevista de gastronomía. Llámame cuando quieras hacerla.

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Se abrió la puerta del ascensor. Antes de entrar me giré.

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— No te he dicho que sea periodista.

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— No. Hoy no. Pero anoche sí.

0

Ah. Joder. Qué vergüenza.

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La puerta del ascensor se cerró en el momento exacto para que yo y mi dignidad inexistente pudiéramos irnos en silencio.

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