INTRODUCCIÓN
"Bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios". Ahora entiendo por qué, a pesar de escuchar su voz, ninguno de sus ángeles, ninguno de sus hijos, ninguno de todos aquellos que cumplíamos cada uno de sus caprichos, pudimos mirar a los ojos al que se autodenominaba «el hacedor de la existencia». Quizá no quisimos ver la realidad; nos encandilaba la excesiva luz que nos mostraba. Fuimos nada hasta que aquel ser divino nos encontró, nos dio un motivo, una razón y nos mostró nuestra misión en este plano terrenal. Gracias al padre de la nada, pudimos encontrar la utilidad para permanecer a través del tiempo.
¡Qué idiotas fuimos! Éramos ciegos sin siquiera saberlo. Cada uno de sus ángeles, como yo, cometieron pecados imperdonables para después confesarnos en su presencia para seguir pecando; nos envolvimos en un ciclo mortal en el que nuestro redentor era la causa de nuestros actos y, al mismo tiempo, nuestro refugio y perdón cuando sentíamos culpa. Codiciamos los bienes ajenos y, más allá de eso, nos hicimos poseedores de todo lo que quisimos, aunque perteneciera a alguien más. Por supuesto, también mentimos y dimos falsos testimonios; en algunos casos, inventamos lo que fuera necesario para lograr la misión que se nos encomendaba. Cometimos tantos actos impuros como estuvo a nuestro alcance. El adulterio fue parte de nuestras experiencias, parte de nuestra rutina; era tan común que se convirtió en una serie de actos mecánicos, vacíos de pasión. Está de más decir que robamos innumerables veces; fue nuestro distintivo común y, aunque se convirtió en algo cotidiano, no dejó de ser un pecado.
Por último, matar... Matar fue nuestro primer pecado. Sin quererlo, fue nuestro ritual para ser dignos de un lugar en la mesa del creador; fue nuestro bautizo, nuestra purificación. Pero en vez de agua en la frente, lo que obtuvimos fue sangre en las manos. Cada acto impuro nos dejaba en deuda y, de manera absurda, pensamos que nuestro guía nos absolvía. Surgió entonces entre nuestra congregación la palabra «misericordia», porque la buscamos en nuestros días oscuros. "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". Siempre quisimos misericordia para nuestras vidas, pero nunca fuimos misericordes con las vidas que hicimos pedazos. De misericordia no es necesario hablar más, porque sé que nunca la voy a obtener.
Nos dijeron que éramos sus elegidos, sus manos en la tierra, sus instrumentos de perfección. ¡Mentira! Fuimos sus perros de caza, sus verdugos con aureola. Hoy entierro mi nombre junto con los cadáveres que dejé en el camino. Para mí no hay cielo, porque ya aprendí que el infierno no es un lugar: es la memoria de lo que fuimos capaces de hacer bajo su mando. Y la memoria, a diferencia del soberano de lo manifiesto, nunca olvida. Si la bienaventuranza es para los limpios de corazón, yo soy el desecho de su creación. Pero incluso en la basura se gestan los incendios. Mi historia no comienza en la luz, sino aquí, en el barro y la traición, donde aprendí que para ver a quien todo lo ve, primero hay que estar dispuesto a arrancarle los ojos.
Esto no es una confesión; es el lamento de un ser que ya lo perdió todo y que ya no teme decir la verdad. No busco perdón y no espero la absolución, pero me niego a sentenciar mi historia al olvido. He aquí mi testimonio. Hoy revelo cómo las alas que alguna vez me elevaron ahora solo ocultan las cicatrices de las heridas que provocó mi creador; cómo perdieron sentido las súplicas cuando la fe murió; cómo renuncié al perdón para optar por la venganza, para que el cielo también aprendiera lo que significa sangrar.
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados". Bienvenidos a la búsqueda de mi justicia, al final de mi obediencia ante Dios.








