Prólogo
La promesa
El atardecer cae sobre el monte Palmora. La oscuridad ya está encima de aquellas rocas y árboles escasos que pueblan aquel lugar. La subida es empinada, llegar a la cima es toda una proeza; solo los más fuertes han sido capaces de terminar el largo recorrido hasta la cima del monte de los inmortales.
Alguien lo está intentando. Sube con dificultades, la respiración se le entrecorta. Debe apoyarse en un árbol para poder seguir escalando. Se apoya en aquel árbol poniendo todo su peso sobre sus ramas secas y se sienta un rato recostado a él. Respira hondo, mira hacia atrás, no ve nada; debe continuar adelante. Observa su costado izquierdo: le sangra. La herida es profunda; ha sido casi imposible evitar el rastro de sangre en el suelo rocoso. Pero no puede detenerse a pensar en aquello, debe continuar adelante, ahora que tiene algo de ventaja. Se pone en pie de a poco; los dolores son inaguantables. Sus ojos azules reflejan su cansancio, un cuerpo extenuado de tanto andar, casi sin fuerzas para llegar a su destino. Se dispone a continuar adelante apoyada sobre las ramas cuando, de un momento a otro, estas se quiebran. No puede sostenerse. Sus manos buscan las demás ramas del árbol ya muerto, pero fue inútil; su cuerpo comenzó a caer.
Rodaba hacia abajo, parecía una avalancha de rocas indetenible. Rodaba, no se detenía; intentaba agarrarse de todo con lo que chocaba, pero era imposible. Sus fuerzas no le daban para agarrarse. Una roca le da en la frente, abriéndole una herida lo bastante profunda como para sangrar sin detenerse. Después de unos metros, su vientre choca contra lo que queda de un tronco de árbol seco, deteniendo su avance. El choque la dejó sin aire, sin oxígeno en sus pulmones; lanza un grito casi ahogado de dolor por sus heridas. Aún en el suelo, apoya sus manos sobre este; la sangre cae manchando las rocas. Mira el camino hacia arriba, no puede creerlo: ha perdido gran parte de lo avanzado. Su tiempo, lo más valioso, está perdido. Debía apurarse para llegar a su destino. Mira el sol, solo le quedan unos minutos si quiere lograr su cometido.
Con dolor, sin ganas, continúa adelante. Sus pasos ahora son cortos, lentos. Palpa su bolsillo; aún las tiene dentro, esa es una preocupación menos. Su vista se nubla, la sangre brota como un río, dejando un rastro mayor sobre el espacio por el cual camina. No puede casi sostenerse en pie. Toma una rama, agarra un puñal dorado y corta los pedazos que le impiden usarlo como bastón.
-¿Oíste ese grito? -dice Asgarid mirando a la zona norte, en la cual se puede ver un pequeño poblado que se observa desde la zona norte del monte.
-Sí, lo escuché perfecto -responde Atenea-. Es ella, no anda muy lejos de aquí. Está herida de gravedad, podemos seguirla fácilmente. Su mirada era de odio, quería ver cómo expiraba su último aliento.
Estaban cerca. La sangre que encontraban a cada paso cada vez era el doble de fresca. Alistan a los hombres y sueltan a los perros de caza; estos salen disparados como flechas a su objetivo final. Los soldados los siguen desde la distancia, sabiendo que pronto se encontrarán con su enemigo. Atrás quedan las dos mujeres; ellas saben que está demasiado débil para usar su magia, no podrá defenderse, pero les preocupa que pueda llegar al templo en la cima del monte.
Los siente detrás suyo. Los ladridos de los perros la alcanzarán, lo sabe. Se apresura tanto como puede; la subida cada vez es más empinada, cada esfuerzo le cuesta sangre. Quiere llegar, necesita llegar; solo allí podrá salvarse. Pero sus fuerzas se agotan. Piensa en él, en cuando estuvieron juntos, en todas las veces que le dijo: «No te rindas, sigue luchando». Su mero recuerdo le infunde aliento y ganas de continuar, pero el lugar donde habita su espíritu no la acompaña; todo lo contrario, cada vez tiene menos fuerza.
Los animales ya están sobre ella. No quiere detenerse, pero no le queda opción: debe luchar. La cima está cerca. Los perros se detienen, le muestran sus dientes. En otro tiempo no le hubieran intimidado, pero ahora sí; son solo cinco, pero en su estado son suficientes. Saca su daga, los mira y les dice:
-Vengan, los estoy esperando.
La lucha fue tenaz. Los perros mordieron sus manos, hicieron heridas en sus piernas, pero no la detuvieron. No pudieron con su voluntad de acero, con su inquebrantable deseo de vivir. Ya la cima está sobre ella; por fin ha logrado su objetivo: llegar al templo de los inmortales, lugar antiguo de reunión de los primeros seres. Se toma un respiro, lo observa. Mantenía la misma belleza de hace siglos; parecía que la guerra jamás lo tocó.
La noche ya estaba en su entrada, apagando lo poco que se ve del santuario. Camina hacia un círculo en el cual se encuentra dibujado quince imágenes que reflejan los inmortales creados por la luz para proteger al mundo. Las columnas ennegrecidas por la oscuridad comienzan a llenarse de luz mientras se escucha un rezo que prende todas las luces. Allí, en medio de toda aquella luz, se alza Eris sosteniendo su manzana dorada, su objeto de poder. Se alza un pedestal en el cual coloca la manzana, para luego cerrar los ojos y seguir recitando su cántico. Atenea sabe que debe apurarse; la luna se mostrará pronto; si eso sucede, será tarde para detenerla.
Desde la penumbra, los soldados llegan, muestran sus armas, listos para atacar. Lanzan sus lanzas contra ella, pero no pueden atravesar la barrera protectora; las lanzas regresan y los atraviesan a ellos. Se detienen ante la orden de Atenea. Esta apareció junto a Asgarid, toma la lanza que lleva en su mano, la arroja hacia ella, rompe la barrera, dándole solo tiempo para poder esquivar la lanza, pero arrojándola al suelo.
Atenea se abalanza sobre ella, seguida por Asgarid, como dos fieras dispuestas a destrozar la carne caída en su trampa. Eris solo tiene tiempo para ponerse en pie antes de que Atenea la ataque; su espada, Nausna, detrás hace lo mismo. Eris solo puede bloquear el ataque con su daga, pero cae de rodillas recibiendo una herida en su brazo. Su dolor es grande, su mente sabe que no sobrevivirá a esa pelea. La manzana dorada brilla con fuerza; su portadora se da cuenta de que desea protegerla, pero le dice:
-No, detente, no es el momento. Ya llegará nuestro momento.
Atenea se voltea un segundo, la ve brillando, sabe lo que quiere hacer; se dispone a cumplir con su tarea, pero algo la detiene: la piedra negra brilla en su bolsillo.
-Volveré, y cuando regrese eliminaré a todos aquellos que nos hicieron daño.
-¿Tú la tienes? -dice Atenea-. ¿Cómo es posible? ¡Yo la destruí cuando lo mataron!
Eris se sonríe y le dice:
-Me habéis detenido físicamente, pero jamás podrán pararme.
Observa su manzana; esta resplandece con un brillo que ciega a todos. Al terminar, Eris dice:
-Está hecho.
La manzana se apaga. Asgarid levanta su espada y corta la cabeza de Eris, que rueda ensangrentada por el suelo. Con la caída de la cabeza se cerraba una era de guerra y destrucción que arrasó el mundo durante años.
La piedra sale del bolsillo con un color tan negro como la noche, pero con un brillo diferente que la hacía destacar por encima de las demás cosas presentes en aquel lugar. Atenea se dobla, la toma en sus manos; siente una presencia guardada dentro. Sabe que no es Eris, pero se queda callada; sabe que no ha terminado. Asgarid, frente a sus hombres, muestra la cabeza del enemigo lejos de su cuerpo; los vítores hacen temblar el monte.
-No hemos terminado, Asgarid de Nausna.
Ella lo mira con cara de incredulidad; han ganado, ¿cómo puede decir eso? Se voltea hacia Atenea para saber, pero ella solo le ofrece la mano con algo dentro: era la piedra. Y le dice:
-Dásela a uno de tus hombres de confianza, que cuide de ella. Pero recuérdale que el peligro estará allí siempre, donde quiera que guarden la piedra.
-¿Qué es esta piedra? -pregunta Asgarid.
-No preguntes, solo haz lo que te pido, como hiciste siempre. Ya sabrás lo que es en su momento -responde Atenea.
Asiente con la cabeza.
-¿Qué pasará con la manzana?
Como pasaba muchas veces, Atenea no responde una sola palabra; solo entra al lugar donde está el cuerpo de su hermana caída. Mientras, Asgarid llama a uno de sus soldados, un veterano de guerra; le entrega la piedra y le dice al oído, en voz baja:
-Protégela hasta el final de tus días -dijo Nausna con voz grave-. Que tus descendientes nunca olviden el peso que llevan encima, pues eso es lo que cargarán durante generaciones.
Atenea se acerca a la manzana con lágrimas en los ojos. A pesar de todo, eran hermanas; le dolía haber acabado de esa manera entre ellas dos. Se acerca al lugar donde reposa la mejor arma de Eris, que ahora estaba dormida. Pero dentro, muy en su interior, algo se removía; algo grande, poderoso, con peligro de desatarse en algún momento.
La sombra de la noche se retiró lentamente, dando paso a una enorme luna llena, tan bella que opacaba lo ocurrido esa noche, dejando el mundo en calma aparente. Nada parecía indicar que la historia que acababa de escribirse en sangre, muerte, destrucción, vidas perdidas y promesas estaba lejos de terminar.
Porque, incluso dormida, la Manzana Dorada esperaría siglos, de ser necesario, para despertar en manos de la persona correcta. Y cuando despertara, su poder haría retornar la furia contenida de los vencidos.
Hola amigo o amiga si este prólogo te dejo feliz me gustaría leer tus comentarios y ideas para crecer mi historia.








