Capitulo 1: Sangre sobre terciopelo
En el centro de Aethelgard, entre las frías paredes de roca del castillo, se encuentra la princesa Aurelien Valerius tomando un baño en su tina de bronce forrada con lino. A su lado se halla su sirvienta personal, quien le cepilla su larga y dorada cabellera. El silencio y la calma de la habitación son interrumpidos por Lady Rowena, madre de Aurelien.
—¿¡Qué se supone que haces, Aurelien!? —exclamó.
Un silencio breve pero intenso sacudió el espacio.
—Yo... yo solo pensaba.
—Querida hija, te lo he dicho miles y miles de veces: preocuparse por los problemas reales no es digno de una princesa.
La joven, incrédula, miró hacia el agua caliente que envolvía su cuerpo.
—¿Quién heredará la corona ahora que padre se ha retirado y Guntram est...?
—¡Ni lo pienses! —exclamó agitada la reina, al enfrentarse a la dura y cruel pregunta que su hija había divagado—. –Estos temas nunca se discuten frente a la servidumbre... entonó, mientras una mirada de desdén se posaba sobre la sirvienta.
Aurelien observó a su sirvienta retirarse cabizbaja mientras ella se ponía de pie y se colocaba su camisón de baño.
—Aurelien, lo que hizo tu hermano es... es algo difícil de manejar.
La joven no dijo nada; simplemente salió de su lujoso baño camino a su habitación. Al recorrer el pasillo, observó que el invierno había llegado y, junto a este, la dolorosa noticia del suicidio de su hermano, el príncipe Guntram.
Más tarde, Aurelien se encontraba alistándose para el consejo que decidiría al siguiente sucesor ahora que su hermano y su padre se habían ido. De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos por un toque breve a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió lentamente y detrás de ella apareció la mujer que había sido lo más cercano a una madre que los hermanos Valerius habían tenido.
—Lady Aurelien, permítame ayudarle —pronunció la mujer mientras abrochaba los interminables botones de su cotte.
—Lo que hizo su hermano fue...
—Fue un acto de cobardía y una deshonra al reino, nana.
La nana, dudosa y sorprendida por las palabras de la joven, no supo si contestar a aquella oración tan cruda.
—Ahora que mi hermano ha decidido irse, alguien tiene que tomar el trono en su lugar. Lord Mallacor estará encantado de hacerlo, ¿no crees, nana?
—Lady Aurelien, tal vez llamen a un reino vecino y traigan a un apuesto joven para que usted pueda ser la reina
La princesa no podía creerlo; su nana estaba insinuando un casamiento.
—Me gustaría que el consejo me tomara en cuenta para gobernar. Yo podría ser una excelente reina —susurró, mientras colocaba en sus pálidos y largos dedos anillos de oro con grandes zafiros incrustados.
—Mi querida niña, las cosas no son fáciles solo porque ves a los demás hacerlas fácilmente; no es así como funciona.
La chica observó por su ventana; ya era tarde y era hora de irse.
—Tengo que irme, nana. Nos vemos después.
Fuera de su habitación se encontraba su madre, quien, desesperada, observó a su hija caminar sin decir una palabra.
—Tenemos que hacerle creer a Mallacor que tu hermano murió mientras dormía.
—Madre, eso es imposible. Su sirvienta lo encontró antes que tú, postrado en el suelo.
La joven princesa no pudo evitar recordar aquella noche. Recordó la habitación oscura llena de sangre, a su madre gritando desesperada intentando colocar el cuerpo en la cama.
—¡Aurelien, vamos... ayúdame, Aurelien! —gritaba su madre con lágrimas en los ojos y su fino vestido de terciopelo morado manchado con la sangre de su propio hijo.
—¿Qué ha pasado...? ¿Guntram?
—¡Ayúdame a postrarlo en su cama, Aurelien!
La chica, paralizada y sin poder creer lo que estaba viendo, corrió a ayudar a su madre. No podía asimilarlo: su hermano, su único hermano a quien podía platicarle absolutamente todo, ahora estaba muerto.
—¡Por Dios, Aurelien, te estoy hablando! —le gritó su madre mientras se acomodaba el vestido y el tocado.
La chica regresó a su realidad. Estaban frente a la recámara del rey, donde se discutiría el futuro de la corona y del reino.








