Bajo Su Control. 2. El Precio De Una Sonrisa. by _MsFlawergirl_ at Inkitt
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Bajo su control. 2. El precio de una sonrisa.

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Summary

A Diego Salazar le han roto el corazón, y tras varios meses de despecho, se siente muy solo. Dominic Vance ha contratado a 5 asistentas nuevas, todas tienen 20 años, pero una de ellas tiene algo que a Diego le interesa, Anne Rose Jones. ⚠️ Advertencia ⚠️ •••••••••••••••••••••••• Historia con contenido adulto y dinámicas de poder extremas. Leer bajo tu propia responsabilidad.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

1.

La mansión Vance se sentía extrañamente inmensa, casi hueca, sin el eco de los gritos de Dominic o el llanto exigente de la pequeña Rose. Diego Salazar caminaba por el gran salón con un vaso de whisky en la mano, disfrutando del silencio, aunque el silencio fuera un recordatorio constante de su propia soledad.

Hacía apenas tres meses que Rose había llegado al mundo en aquel parto improvisado y sangriento. Tres meses en los que Diego había visto a Dominic —el hombre más peligroso de Londres— transformarse en un títere que se derretía cada vez que la bebé le agarraba un dedo con su mano diminuta. Elena, radiante en su nueva faceta, parecía haber completado el puzzle de la vida de los Vance.

Pero Diego... Diego era la pieza que sobraba en el cuadro familiar, o así lo sentía el.

Dominic se había llevado a su pequeña familia a Madrid para visitar a la madre y la abuela de Elena. Incluso Smith, el viejo y serio Smith, se había marchado con ellos. Resultaba cómico ver cómo el jefe del servicio y la seguridad se había convertido en un niñero experto, cargando con el bolso de los pañales como si fuera un maletín con códigos nucleares.

Diego se dejó caer en el sofá de cuero donde meses atrás Elena lucía su enorme barriga. Dominic le había confiado las llaves del reino por una semana. Los negocios, la seguridad, la mansión... todo estaba bajo su mano. Era el máximo honor, pero para Diego, era solo otra forma de estar ocupado para no pensar.

—A tu salud, Ro —murmuró Diego, levantando el vaso hacia una de las fotos del salón donde aparecía la bebé con esos ojos azules glaciales—. Ojalá heredes mi paciencia y no el mal humor de tu padre.

A pesar de su actitud de bufón, de sus bromas constantes y su sonrisa arrogante, Diego estaba destrozado por dentro. Lucía le había dejado una herida que no se cerraba con whisky ni con el desfile de mujeres que pasaban por su cama. Aquella traición —porque así la sentía él, como un abandono en su momento más oscuro— lo había vuelto cínico, aunque el la hubiera alejado sin rechistar.

Ya no buscaba "el amor". Ahora, Diego Salazar era un hombre de transacciones:

Sexo sin nombres.

Lealtad sin preguntas.

Poder sin remordimientos.

Se puso en pie y caminó hacia los grandes ventanales que daban a los jardines. La seguridad de la casa estaba al máximo, los hombres de Vance patrullaban el perímetro, pero él se sentía el único prisionero.

—Una semana solo —se dijo a sí mismo, con una sonrisa amarga—. Una semana para ser el dueño de este castillo de sombras sin tener que fingir que me alegra ver cómo todos son felices menos yo.

De repente, el monitor de seguridad de la entrada principal parpadeó. Un vehículo no identificado se detuvo ante la verja. No era una visita esperada, y menos con el dueño fuera del país. Diego dejó el vaso sobre la mesa, su mano bajó instintivamente a la culata de su arma y su rostro relajado desapareció, dejando paso al depredador que Dominic tanto respetaba.

Diego soltó el aire que contenía y relajó la mano sobre el arma. Por un momento, su mente de soldado había imaginado un asalto coordinado, pero la realidad era mucho más doméstica. Al ver a Martha bajar del coche, su postura cambió a una de relajada arrogancia, apoyándose en el marco de la puerta con la suficiencia de quien se cree dueño de la finca en ausencia del rey.

La mansión había cambiado drásticamente en los últimos meses. Dominic, en su obsesión por la pequeña Ro, había convertido el mausoleo de lujo en un búnker infantil. Había tirado tabiques para crear una sala de juegos que parecía más un parque temático que una habitación, llena de peluches caros y tecnología de seguridad de última generación.

Martha entró saludando a Diego con una sonrisa de confianza. Tom, el pequeño protegido de Dominic, ya no iba pegado a su falda; el niño campaba a sus anchas por la zona de juguetes, bajo la atenta mirada de las cámaras que Dominic monitoreaba incluso desde Madrid. Dominic solía decir que Tom tenía "madera", y que pronto cambiaría el sonajero por una Glock de polímero, una broma que a Martha le hacía gracia y le daba escalofríos a partes iguales.

—Nuevas reclutas para el servicio, Diego —dijo Martha, pasando por su lado con autoridad—. Dominic quiere que la casa esté impecable para cuando Elena y la niña vuelvan. Ya sabes cómo se pone con el polvo... y con la seguridad.

Diego asintió con un leve movimiento de cabeza, manteniendo esa sonrisa ladeada de "me da todo igual". Sus ojos recorrieron al grupo de chicas que entraban en fila, todas con aspecto profesional y algo intimidadas por la magnitud de la propiedad.

Sin embargo, sus ojos se detuvieron en una de ellas.

No era la más alta, ni la que llevaba el uniforme más ajustado, pero había algo en su forma de caminar, una especie de dignidad silenciosa o quizás un rastro de descaro que no encajaba con el resto de las asistentas. Diego sintió una chispa de curiosidad, algo que no le pasaba desde hacía meses, pero la apagó rápidamente. No quería complicaciones, y menos con el personal de la casa. Si Dominic se enteraba de que andaba "cazando" en su propio patio, le cortaría algo más que el sueldo, ya había ligado con algunas de sus asistentas, y siempre eran poblemas logisticos para Vance.

Se hizo el disimulado, apartando la mirada y dándole un trago a su whisky mientras se daba la vuelta para caminar hacia el despacho.

—Que se pongan a trabajar, Martha —soltó Diego por encima del hombro, con voz desinteresada—. Y asegúrate de que ninguna se pierda por las zonas restringidas. No querría tener que explicarle a Dominic por qué una de sus nuevas empleadas terminó en el sótano por error.

Mientras andaba hacia el despacho, Diego sintió esa mirada en su espalda. Una parte de él, la que aún estaba herida y despechada, le decía que se diera la vuelta y le preguntara su nombre. La otra, la que ahora mandaba en su vida, le recordaba que las mujeres eran solo ruido, y que el silencio de la mansión era lo único que realmente poseía.

Diego se detuvo en el pasillo. Desde su posición privilegiada, podía observar sin ser visto, una costumbre que se le había quedado grabada a fuego tras años de cuidar las espaldas de Dominic.

La chica que le había llamado la atención —esa de aire altivo y mirada descarada— estaba demostrando tener una lengua bastante afilada. Diego frunció el ceño al ver cómo se ensañaba con otra de las nuevas, una muchacha joven, notablemente gordita, que parecía querer hundirse en el suelo ante las burlas.

—¿Cómo has pasado el filtro, pesada? —decía la otra entre risitas, mientras se ajustaba el delantal—. Si te agachas a limpiar la plata, va a saltar un botón y vas a dejar ciego a alguien. Los Vance buscan elegancia, no... esto.

La chica gorda no respondió. Tenía esa mirada de quien ha escuchado lo mismo mil veces en mil sitios distintos. Bajó la cabeza, apretó el cubo con fuerza y se limitó a seguir las instrucciones de Martha.

—¡A trabajar! —ordenó Martha, cortando el aire con su voz de mando—. Tú, ve a los pasillos del ala este, los que dan al despacho principal. Quiero que esos suelos brillen tanto que el señor Salazar pueda reflejarse en ellos.

La muchacha asintió en silencio y se dirigió hacia la zona del despacho, justo donde Diego se encontraba.

Diego la vio acercarse. Se movía con una timidez extrema, como si intentara ocupar el menor espacio posible a pesar de su cuerpo. Al llegar, se encontró de frente con Diego. La chica se sobresaltó, casi dejando caer el cubo de agua, y rápidamente clavó la vista en sus propios zapatos, roja como un tomate.

—P-perdón, señor... —balbuceó, apartándose para dejarle paso.

Diego la observó un segundo de más. Estar en el despecho y su cinismo solían hacerlo indiferente a todo, pero detestaba a los abusones. Esa "chica bonita" de abajo le había caído mal en tiempo récord, y esta muchacha, con su silencio sufrido, le recordaba de alguna manera a esa sensación de ser juzgado que todos en ese mundo oscuro conocían bien.

—No te disculpes —dijo Diego, con su voz barítona recuperando ese tono burlón pero menos afilado—. El pasillo es largo y la niñata esa es una tirana. Si rompes el vestido limpiando, dile que te compre otro de mi parte, con el sudor de su frente.

La chica levantó la vista un segundo, sorprendida por el comentario, pero Diego ya le había dado la espalda, caminando hacia el despacho con las manos en los bolsillos. No era amable, era simplemente Diego; pero para la muchacha, aquel comentario fue el primer respiro que tuvo en todo el día.

Diego entró en el despacho de Dominic y cerró la puerta, pero se quedó un momento mirando el escritorio.

"Esa otra víbora va a dar problemas", pensó, refiriéndose a la chica que se burlaba. En la mansión Vance, la crueldad estaba reservada para los enemigos, no para el servicio. Y Diego, que estaba muy aburrido por afrontar esa semana, decidió que vigilaría de cerca a las nuevas adquisiciones.

Diego se sentó en el imponente sillón de cuero de Dominic, estirando las piernas sobre la mesa de caoba. Abrió la carpeta de cuero negro que contenía los expedientes. En la mansión Vance, nadie entraba por "suerte". Las cinco chicas habían pasado un filtro de seguridad que incluía antecedentes penales, pruebas de lealtad y la firma de un contrato de confidencialidad que básicamente decía: "Si abres la boca, no habrá cuerpo que enterrar".

Sus ojos recorrieron los nombres: Erica, Anne, Iris, Dámaris y Monic. Todas de veinte años. Juventud para ser moldeada a la disciplina de la casa. Eso era lo que se buscaba siempre en la pensión Vance, como solía decir Diego.

Diego encendió un cigarrillo, dejando que el humo flotara sobre los papeles mientras analizaba los perfiles con esa agudeza que lo hacía indispensable para Dominic.

Erica: La "chica bonita" que se había burlado en el vestíbulo. Diego bufó al leer su expediente. "Experiencia: Ninguna". Era la sobrina de uno de los guardias del perímetro exterior. Un enchufe de manual. Ese tipo de incorporaciones siempre traían problemas; se sentían con derechos que no se habían ganado y solían ser las primeras en romper las reglas. Para Diego, Erica ya tenía un pie fuera antes de empezar a ser alguien en esa casa.

Anne: La chica gorda que acababa de ver en el pasillo. Diego se detuvo aquí. A diferencia de la sobrina mimada, Anne no tenía padrinos en la organización.

Origen: Clase trabajadora.

Experiencia: Hostelería pesada, pinche de cocina.

Notas de reclutamiento: Eficiente, silenciosa, alta resistencia al estrés.

—Vaya, vaya... —murmuró Diego para sí mismo, soltando una nube de humo—. Así que no estás aquí por un favor, Anne. Estás aquí porque sabes lo que es doblar el lomo.

Le resultaba fascinante. En un lugar lleno de gente que quería aparentar ser más de lo que era, una chica que simplemente venía a trabajar sin el respaldo de nadie era una anomalía. Erica tenía la belleza estándar y el contacto familiar, pero Anne tenía la disciplina de quien ha sobrevivido a trabajos infernales.

Diego cerró la carpeta y miró hacia la puerta del despacho. Fuera, escuchaba el suave sonido de la mopa de Anne rozando el suelo del pasillo. Era un sonido rítmico, constante.

Su despecho hacia las mujeres seguía ahí, quemándole el pecho, pero su instinto de protección —el mismo que lo hacía ser el mejor tío para Rose— se activó de forma extraña. Odiaba el derecho que Erica creía tener para humillar a alguien que, según los papeles, era mucho más valiosa para el servicio de la casa.

Se levantó y caminó hacia la puerta, abriéndola de golpe. Anne dio un pequeño salto, aferrando el palo de la mopa como si fuera un escudo. Diego la miró de arriba abajo, no con deseo, sino con esa mirada evaluadora que usaba para detectar debilidades en sus enemigos.

—Anne, ¿verdad? —dijo, usando su nombre por primera vez.

Ella asintió tímidamente, sin atreverse a sostenerle la mirada.

—He leído tu informe. Pinche de cocina —comentó Diego, apoyándose en el marco de la puerta—. Si Martha te agobia demasiado con la limpieza, dile que te mande a ayudar con los banquetes. Necesitamos gente que no se corte un dedo al ver un cuchillo de carnicero.

Anne esbozó una sonrisa minúscula, casi imperceptible, antes de volver a bajar la vista. Diego no esperó respuesta; volvió a entrar en el despacho, pero esta vez dejó la puerta entreabierta. Quería ver qué pasaba cuando Erica subiera a "inspeccionar" el trabajo de su compañera. Algo le decía que la tarde iba a dejar de ser aburrida muy pronto.

Erica caminaba pavoneándose, moviendo las caderas con una exageración que buscaba desesperadamente una audiencia. En su cabeza, ella era la protagonista de una película de gánsteres: la chica guapa que conquista al brazo derecho del jefe. Estaba convencida de que los ojos de Diego en el vestíbulo habían sido de lujuria pura, y no de ese análisis clínico y frío que él solía dedicar a todo lo que entraba en su radar últimamente.

Al llegar al pasillo, vio a Anne pasando la mopa con la cabeza baja. La rabia le subió por el cuello. ¿Cómo podía esa "bola de grasa" estar ocupando el espacio vital del hombre más increíble que había visto en su vida?

—¿Todavía no has terminado, Anne? —soltó Erica con voz chillona, lo suficientemente alta para que se escuchara tras la puerta del despacho—. Mírate, estás sudando. Déjame a mí, que yo sí sé cómo lucir este uniforme sin que parezca que va a estallar. Vete a la cocina a por unos pasteles, que es lo tuyo.

Anne se tensó, sus dedos apretaron el palo de la mopa y sintió ese nudo familiar en la garganta. Pero antes de que pudiera balbucear una palabra, la puerta del despacho se abrió por completo.

Diego salió con una elegancia perezosa, apoyando el hombro en el marco de la puerta. Erica, al verlo, cambió el gesto al instante; se colocó un mechón de pelo tras la oreja y se inclinó un poco, resaltando su escote de forma nada sutil.

—Señor Salazar... —ronroneó Erica, ignorando por completo a Anne—. Estaba diciéndole a mi compañera que quizás yo debería encargarme de esta zona. Usted merece un entorno impecable, y alguien que... bueno, que esté a la altura de sus exigencias.

Diego la miró de arriba abajo. Erica sonreía, esperando el cumplido, el coqueteo, la invitación a pasar. Pero la mirada de Diego era la de quien observa a un insecto molesto.

—¿A la altura de mis exigencias? —repitió Diego, su voz bajando a un tono peligroso—. Tienes mucha confianza para ser una enchufada que no ha pegado palo al agua en su vida, Erica.

Erica parpadeó, desconcertada. Diego dio un paso al frente, ignorando su perfume barato, y se giró hacia Anne, que estaba asustada, roja como un tomate y deseando que el suelo de mármol se abriera para tragarla.

—Me estás diciendo que no me gusta lo que veo —continuó Diego, mirando a Erica con desprecio—. Pero te equivocas. Mis gustos son mucho más... sabrosos. A mí me gusta la carne de verdad, no los esqueletos con aires de grandeza. Me gusta Anne, por ejemplo. Ella sí que tiene donde agarrar y, sobre todo, sabe lo que es el trabajo duro, y el respeto.

Anne levantó la cabeza de golpe, sus ojos muy abiertos y el corazón galopando. Sabía que Diego estaba usando su artillería pesada para humillar a la soberbia de Erica, pero la mención a su cuerpo, a que él la encontraba "sabrosa", la hizo sentir una mezcla insoportable de vergüenza y una extraña, muy extraña, electricidad.

Erica se quedó de piedra, con la boca abierta y el orgullo hecho pedazos.

—¿Ella? —logró decir Erica con asco—. ¿Usted prefiere a esa gorda que a mí?

—No tengo dudas de que sí —sentenció Diego con una sonrisa cruel—. Ahora, vuelve abajo antes de que llame a tu tío y le diga que su sobrina es demasiado vaga para limpiar un pasillo. Anne, tú sigue. Me gusta cómo dejas el suelo... y me gusta cómo te queda ese uniforme.

Diego se dio la vuelta y entró en el despacho, cerrando la puerta con un clic seco.

Fuera, el silencio era ensordecedor. Erica, roja de furia y humillación, le lanzó una mirada asesina a Anne antes de salir huyendo hacia el salón. Anne se quedó sola en el pasillo, con la mopa en la mano y las palabras de Diego resonando en su cabeza. Sabía que él solo estaba jugando, que un hombre como él jamás se fijaría en alguien como ella... pero el calor que sentía en las mejillas no se iba.

Desde dentro del despacho, Diego presenció el silencio y suspiró. Se sentía como un auténtico imbécil. Había defendido a la chica, sí, pero también la había puesto en el foco de una manera que ella probablemente odiaba. Pero así era él: un incendio que arrasaba con todo, incluso cuando intentaba apagar un fuego pequeño.

Diego abrió la puerta con lentitud, observando cómo Anne intentaba retomar su tarea con las manos todavía temblorosas. El pasillo estaba en silencio, pero el aire seguía cargado con la humillación que Erica había dejado atrás.

—Anne —llamó él, con un tono más suave, desprovisto de la agresividad anterior—. Entra un momento. Este despacho está hecho un desastre, necesito que le des un repaso a fondo.

Anne lo miró confundida. Ella sabía, y Diego también, que el despacho de Dominic era prácticamente un quirófano; ni una mota de polvo se atrevía a posarse sobre los libros de cuentas del jefe. Sin embargo, bajó la cabeza y entró arrastrando el cubo, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas al cerrarse la puerta tras ella.

Diego se sentó en el borde de la mesa de Dominic, cruzando los brazos sobre su pecho tatuado.

—Escucha —empezó él, rompiendo el hielo—. He estado escuchando a esa víbora de Erica desde que puso un pie en esta casa. No soporto esa actitud en nadie, y mucho menos en la propiedad de Vance. Si te sirve de consuelo, tiene los días contados. Tú, en cambio, te quedarás permanentemente. Yo mismo me encargaré de decírselo a Dominic cuando vuelva.

Anne se quedó paralizada con el trapo en la mano, procesando las palabras. No estaba acostumbrada a que alguien como Diego Salazar se rebajara a explicar sus motivos, y mucho menos a que la defendiera de forma tan directa.

—Y... —añadió Diego, rascándose la nuca con un gesto extrañamente humano—, lo que dije antes... No creas que ha sido una burla hacia ti. De verdad pienso que eres bonita, Anne. Tienes algo que a esa flacucha le falta por todos lados: clase.

Anne sintió que la cara le ardía. Se sentía expuesta, como si las luces del despacho fueran demasiado brillantes.

—G-gracias, señor Salazar —balbuceó ella, evitando a toda costa mirar esos ojos marrones que parecían leerle el alma—. ¿Podría... podría salir ya? Me gustaría seguir limpiando el pasillo tranquila. Me gusta trabajar sola.

Diego dejó escapar una sonrisa burlona, esa que siempre usaba para ocultar lo que realmente sentía. Se inclinó un poco hacia ella, invadiendo sutilmente su espacio personal.

—¿Qué pasa, Anne? ¿Te asusta mi presencia? —preguntó con voz aterciopelada, disfrutando de ver cómo ella se ponía aún más nerviosa.

—No es eso —respondió ella con una pizca de valentía, aunque sin levantar la vista—. Solo que... prefiero concentrarme en lo que hago sin que nadie me mire.

—Pues vas a tener que acostumbrarte —sentenció Diego, volviendo a recostarse en el sillón de Dominic con total parsimonia—. No pienso moverme de aquí. Hay cosas muy importantes en este despacho que no pueden quedarse sin mi supervisión. Y ahora mismo, mi supervisión dice que empieces por los estantes de arriba.

Anne suspiró, comprendiendo que Diego Salazar no era un hombre que aceptara un "no" por respuesta. Se puso a trabajar en silencio, sintiendo la mirada de él clavada en su espalda como un fuego constante. Diego, por su parte, fingió revisar unos papeles, pero su mente estaba en otra parte. Por primera vez en meses, el vacío que le había dejado Lucía no dolía tanto; estaba demasiado ocupado intentando descifrar por qué esa chica callada y trabajadora le resultaba tan jodidamente interesante.

Diego nunca había sido un hombre de prototipos cerrados. A diferencia de Dominic, que era un depredador de gustos específicos y posesivos, Diego tenía un ojo clínico para encontrar la belleza donde otros solo veían lo obvio. Y en Anne, lo que veía era una armonía que lo dejaba descolocado. Tenía un cabello castaño brillante que caía con fuerza en esa coleta hasta su cintura, y un rostro que, de haber nacido en otra cuna, estaría en las portadas de revistas: labios carnosos y una nariz pequeña y perfecta.

Y luego estaba el resto. Diego la observaba mientras ella se estiraba para alcanzar el estante superior. El uniforme de la mansión, diseñado para ser elegante y discreto, sufría para contener las curvas de Anne. Sus caderas eran anchas y su trasero era, sencillamente, imponente. Estaba gorda, pero que gorda más bonita.

Diego soltó una risita involuntaria, una mezcla de asombro y de esa picardía que siempre lo acompañaba.

Anne se giró de golpe al oír la risa, pillándolo con la mirada clavada justo donde ella más temía. Sus mejillas se encendieron en un rojo violáceo.

—¿Se está riendo de mí? —preguntó Anne, con la voz temblorosa pero cargada de una chispa de indignación—. Ya lo ha dicho antes... no hace falta que se burle más. Sé que no encajo en este uniforme, ni en esta casa.

Diego dejó de reír y se puso en pie. Sus 190 centímetros de altura se impusieron en la habitación, una mole de músculo y tatuajes que hacía que el metro sesenta de Anne pareciera aún más menudo. Aunque ella se veía "grande" ante el espejo, al lado de Diego parecía una muñeca de porcelana. Él pesaba lo suyo, era puro acero, pero su altura lo estilizaba; ella, en cambio, era una explosión de curvas concentradas bajo es uniforme.

—¿Burla? —Diego caminó hacia ella con esa seguridad felina, deteniéndose a menos de un paso—. Anne, tienes un problema de percepción muy serio.

Él se inclinó un poco para quedar a su altura, obligándola a sostenerle la mirada.

—He visto a muchas mujeres en esta ciudad, de todas las formas y tamaños —continuó Diego, su voz bajando a un registro grave que vibraba en el aire—. Y te aseguro que no me estoy riendo de ti. Me estaba riendo porque me parece increíble que creas que Erica tiene algo que envidiarte. Tienes un cuerpo que vuelve locos a hombres con mucho más criterio que ese montón de huesos. Crees que a los hombre nos gusta pasar hambre, y no es así.

Anne tragó saliva, sintiendo el calor que emanaba de Diego. Estaba atrapada entre la estantería y el pecho tatuado del hombre más peligroso que había conocido en su vida.

—Eres bajita, eres suave y, sobre todo, eres real —añadió Diego, recorriendo con la mirada su rostro—. Si pesas más que yo o no, me trae sin cuidado. En mi mundo, lo que a veces sobra es lo que vale la pena. Así que deja de pedir perdón por existir y sigue limpiando, porque si me sigues mirando así con esos labios, voy a empezar a pensar que la "supervisión" del despacho requiere contacto físico.

Anne se quedó sin respiración. Sabía que Diego era un seductor nato, un hombre que probablemente usaba las palabras como armas, pero había algo en la forma en que la miraba —sin asco, con un hambre genuina y curiosa— que la hizo dudar de todo lo que creía saber sobre sí misma.

Diego se recostó en el lujoso sillón de cuero, cruzando las manos tras la nuca con una lentitud calculada. Disfrutaba del caos silencioso que provocaba en Anne; le resultaba fascinante ver cómo una sola mirada suya podía hacer que ella perdiera el control de sus propios pies.

—Anne... —dijo él, con un tono de falsa inocencia—. ¿Te importa si me pongo cómodo? Hace un calor infernal aquí dentro y, la verdad, no tengo ni idea de cómo funciona el aire acondicionado de Dominic. Es demasiado tecnológico para mí, será la edad...

Anne apretó el trapo contra su pecho, mirándolo con escepticismo. Sabía perfectamente que Diego Salazar conocía cada rincón y cada sistema de esa mansión como la palma de su mano. Era una mentira descarada, una trampa para ver hasta dónde llegaban sus nervios.

Sin esperar respuesta, Diego se puso en pie y comenzó a despojarse de su chaqueta de cuero. Luego, con un movimiento fluido y arrogante, se quitó la camiseta negra, lanzándola sobre la mesa de caoba.

Anne intentó apartar la vista, pero fue imposible. Sus ojos, traicioneros, se clavaron en el torso de Diego. No era solo el músculo sólido y la piel bronceada; era la historia escrita en su cuerpo. Diego estaba cubierto de tatuajes, pero muchos de ellos estaban deformados y cortados por cicatrices blancas y rugosas. Había marcas de balas, surcos de cuchillos y suturas que interrumpían los dibujos de tinta oscura, dándole un aspecto de guerrero que ha sobrevivido a mil infiernos.

Aquello, lejos de asustarla, le generó una curiosidad magnética. Sin darse cuenta, Anne dejó de limpiar. Se quedó allí, con la boca ligeramente entreabierta, recorriendo con la mirada el mapa de violencia que era el pecho de Diego.

Diego, que no perdía detalle de la reacción de la chica, soltó una carcajada ronca que vibró en las paredes del despacho.

—¿Qué pasa, Anne? —preguntó él, dándose un paso hacia ella, dejando que la luz de la lámpara resaltara cada relieve de sus músculos—. ¿Se te ha olvidado cómo se usa el trapo? ¿O es que mis tatuajes son más interesantes que el polvo de los estantes?

Anne parpadeó, volviendo a la realidad de golpe, sintiendo que la sangre le subía a las orejas.

—Yo... yo solo... —balbuceó, intentando buscar un lugar donde mirar que no fuera su abdomen marcado.

—Si se te ha olvidado limpiar, no te preocupes —le susurró Diego, acercándose tanto que ella pudo oler su perfume mezclado con el aroma del tabaco y el cuero—. Yo puedo enseñarte. Aunque, a juzgar por cómo me miras, creo que los dos tenemos cosas mucho más divertidas en mente que sacar brillo a la madera.

La mirada de Diego bajó de nuevo a los labios de Anne, y por un segundo, el aire en el despacho se volvió tan denso que a ella le costó respirar. El "bufón" de la familia Vance acababa de desplegar todas sus armas, y Anne estaba empezando a entender que su semana de trabajo iba a ser cualquier cosa menos tranquila.

Diego no aceptó un no por respuesta. Con un movimiento rápido y seguro, atrapó la mano pequeña de Anne y, antes de que ella pudiera protestar, la estampó contra la calidez de su torso.

Anne se puso rígida como una piedra. Su palma sentía el relieve de las cicatrices, el latido potente del corazón de Diego y la suavidad de la tinta sobre el músculo firme. Giró la cabeza hacia la derecha, cerrando los ojos con fuerza, deseando que una trampilla se abriera bajo sus pies.

—Mírame, Anne —ordenó Diego con esa voz que era puro terciopelo y peligro—. No muerdo... a menos que me lo pidas.

Él disfrutaba de cada segundo de su incomodidad. Verla así, tan pura y aterrada por un simple juego de seducción, le devolvía una chispa de vida que creía haber perdido con el despecho. Era divertido, era fresco y, sobre todo, era real.

—Dime una cosa —continuó él, apretando la mano de ella contra sus pectorales cuando sintió que intentaba zafarse—. ¿Has tenido novio alguna vez? ¿Algún ligue de esos de barrio que te haya dicho cosas bonitas al oído?

Anne negó con la cabeza frenéticamente, todavía sin mirarlo, con el rostro encendido.

—Nunca —susurró ella, apenas en un hilo de voz.

Diego se quedó un momento en silencio, procesando la respuesta. Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en sus labios. La soltó solo para atraparla de nuevo por la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Vaya... —soltó Diego con una risotada ronca—. Nunca he follado con una virgen. Es un terreno que no he pisado nunca.

Anne abrió los ojos de par en par, el horror y la indignación sustituyendo al miedo por un segundo. La palabra, dicha con tanta crudeza en la boca de aquel hombre, la golpeó como un bofetón. Sacó su mano que aún estaba en el torso de el.

—¡Yo no quiero hacerlo con usted! —exclamó Anne, retrocediendo dos pasos hasta chocar contra la estantería de libros—. No voy a... no voy a perder algo así con alguien que no conozco de nada, y menos con alguien que solo busca burlarse de mí.

Diego no se ofendió. Al contrario, se cruzó de brazos, dejando que sus músculos bailaran bajo la luz del despacho, y la observó con una mezcla de respeto y diversión.

—¿Que no me conoces? —Diego dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Soy el hombre que te acaba de salvar el puesto de trabajo. Soy el que va a cuidar de que nadie te toque un pelo en esta casa. Y créeme, Anne, en mi mundo, eso es conocer a alguien mucho más de lo que crees.

Se inclinó hacia ella, apoyando una mano en la estantería, acorralándola sin tocarla.

—Pero no te equivoques. No me burlo de ti. Me gusta el desafío. Y ahora que sé que eres un tesoro sin estrenar... el desafío se ha vuelto mucho más interesante. Sigue limpiando, virgencita. Me gusta verte trabajar bajo presión.

Diego no tenía piedad. Se quedó recostado en el umbral, con el torso desnudo y esa sonrisa de diablo, mientras se llevaba la mano al pecho y hacía el gesto de santiguarse con una exageración cómica.

—Ay, virgencita... —susurró con su voz ronca, arrastrando las palabras—. Protégenos a todos, que aquí hace mucho calor.

Anne sentía que los oídos le pitaban de la pura vergüenza. Movía el trapo mecánicamente, repasando superficies que ya brillaban, solo para evitar cruzar la mirada con él. Cada vez que se agachaba o se estiraba, sentía los ojos de Diego recorriendo sus curvas como si estuviera marcando territorio.

En cuanto consideró que ya no podía limpiar nada más sin resultar ridícula, recogió sus cosas a toda prisa. Salió del despacho como alma que lleva el diablo, casi tropezando con sus propios pies, pero su pesadilla no había terminado: todavía le quedaba el resto del pasillo.

Diego no se volvió a meter en el despacho. Se quedó allí fuera, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola trabajar centímetro a centímetro. No decía nada, pero su presencia era aplastante.

Desde que Lucía se había ido, Diego Salazar había desarrollado una posesividad agresiva. El vacío que le dejó en su vida lo había llenado con una ambición voraz: lo que Diego ponía en su radar, terminaba siendo suyo, por las buenas o por las malas. Y ahora, Anne —con su timidez, su cuerpo real y su pureza inesperada— se había convertido en el objetivo principal.

Anne terminó el pasillo bajo esa mirada que quemaba más que el sol de mediodía. Cuando guardó el cubo y la mopa, lanzó una última mirada de reojo y lo vio ahí: una mole de músculos tatuados que parecía el dueño y señor no solo de la mansión, sino de su destino.

—Buen trabajo, Anne —le soltó él cuando ella ya se alejaba—. Ve a descansar. Pero no te acostumbres mucho a la soledad... Mañana tengo mucho más que supervisar.

Anne salió del pasillo casi corriendo, con el corazón martilleando contra su pecho. Diego, por su parte, se quedó mirando el pasillo vacío mientras se pasaba la lengua por los labios. El juego acababa de empezar, y él no tenía ninguna intención de jugar limpio.

Anne llegó al salón con las mejillas todavía encendidas y la respiración algo agitada, tratando de recomponerse antes de que Martha notara nada extraño. El grupo de chicas estaba reunido en el centro de la estancia, rodeado por la opulencia de los cuadros y las molduras plateadas que Dominic tanto apreciaba.

Martha, al verla aparecer, consultó su reloj y asintió con aprobación.

—Justo a tiempo, Anne. Estaba a punto de llevarlas a la zona de descanso —dijo Martha con su tono eficiente—. El servicio suele dormir en habitaciones dobles, pero para este grupo de apoyo, Dominic ha habilitado la habitación principal del ala norte. Dormiréis las cinco juntas por ahora, para que estéis localizables y bajo el mismo horario.

Erica, que todavía arrastraba el mal humor tras su encuentro con Diego y el desplante que este le había hecho delante de la gorda, no pudo contenerse. Cruzó los brazos y soltó un suspiro de indignación que resonó en todo el salón.

—¿Cinco en una habitación? —protestó Erica con arrogancia—. Perdone, Martha, pero teniendo en cuenta que esta mansión tiene como treinta dormitorios vacíos, meternos a todas juntas como si estuviéramos en un internado me parece un abuso. Yo necesito mi espacio y mi privacidad.

Martha se giró lentamente hacia ella. Su mirada no era de enfado, sino de esa paciencia fría que se tiene con alguien que no entiende dónde está parada.

—Escúchame bien, Erica —sentenció Martha, dando un paso hacia ella—. Esa habitación es gigantesca, más grande que cualquier piso en el que hayas vivido. Tiene cinco camas de lujo, un baño privado y espacio de sobra. Aquí se viene a trabajar, no a exigir comodidades de invitada. Si el señor Vance o el señor Salazar dicen que dormís juntas para optimizar la seguridad, así se hace.

Anne se mantuvo en silencio, agradecida por el hecho de que Martha pusiera a Erica en su sitio una vez más. A ella no le importaba compartir; después de lo que acababa de vivir en el despacho con Diego, lo último que quería era estar sola con sus pensamientos en otro lado, aunque fuera en compañía de ellas.

—Subid vuestras cosas ahora mismo —ordenó Martha, dándoles la espalda—. Tenéis diez minutos para instalaros. Luego, Anne e Iris irán a la cocina; Erica, tú y las demás os encargaréis de la plata del comedor principal. Y que no oiga ni una queja más.

Erica lanzó una mirada cargada de veneno a Anne, culpándola de alguna manera de su mala suerte del día. Anne, por su parte, agarró su maleta con fuerza y empezó a subir las escaleras, sintiendo todavía el fantasma de la mano de Diego sobre su piel y preguntándose cómo iba a sobrevivir a una semana entera bajo el mismo techo que ese hombre, con sus constantes burlas, porque sí, ella sentía que el se estaba burlando de ella.

Diego se puso la camiseta negra, ocultando de nuevo el mapa de cicatrices que tanto había impresionado a Anne, y salió del despacho con paso firme. A pesar de su cinismo, la mansión se sentía vacía sin el llanto de Ro, así que sus pies lo llevaron directamente a la sala de juegos.

Dominic había diseñado ese lugar con la paranoia de un señor de la guerra. Era, literalmente, un búnker de lujo disfrazado de guardería. Paredes acolchadas, cámaras térmicas y una verja de seguridad que Diego siempre bromeaba diciendo que era una "cárcel de máxima seguridad para bebés". Pero en el fondo, ambos sabían que era el único lugar de la casa donde un niño podía ser un niño sin peligro.

Allí estaba Tom, sentado sobre una alfombra de foam, rodeado de bloques de construcción y juguetes que costaban más que el sueldo anual de una de las asistentas.

—¿Qué pasa, pequeño delincuente? —dijo Diego, apoyándose en la verja antes de abrir el pestillo electrónico.

Tom levantó la cabeza. Al ver a Diego, sus ojos se iluminaron. Dominic siempre decía que el niño era un "mini Diego" por esa mezcla de curiosidad y descaro que ya empezaba a mostrar. Incluso lo llamaba Tom Salazar cuando el niño hacía alguna trastada especialmente ingeniosa, algo que a Diego le inflaba el pecho de un orgullo extraño.

Tom, que ya cumplía los hitos del lenguaje, soltó el bloque de madera y señaló a Diego con un dedo gordito.

—¡Dego! —exclamó el niño, tropezando con sus propias piernas mientras intentaba correr hacia él.

Diego soltó una carcajada y entró en el recinto, cargando al niño en un solo movimiento y sentándolo sobre su antebrazo tatuado.

—"Dego", sí. Casi lo tienes, campeón —le revolvió el pelo con cariño—. ¿Qué haces aquí solo? ¿Planeando cómo asaltar la nevera cuando Martha se despiste?

—Malo... —balbuceó Tom, señalando la puerta por donde se había ido su madre—. Mamá... malo.

—No, mamá no es mala, Tom. Mamá está trabajando para que tú puedas heredar este imperio de peluches algún día —le explicó Diego con tono serio, como si hablara con un adulto—. Pero no te preocupes, el tío Diego está aquí. ¿Quieres que te enseñe a montar una defensa táctica con esos bloques o prefieres que busquemos dónde ha escondido Dominic las galletas de chocolate?

Tom rió, agarrando la cadena de plata que Diego llevaba al cuello. Por un momento, el hombre implacable que acababa de acorralar a Anne en el despacho desapareció. Con Tom, Diego no necesitaba muros, ni despechos, ni posesividad. Solo era él, cuidando del que Dominic consideraba el futuro segundo al mando si a Diego le daba por volverse más tonto.

Diego entró en la cocina con Tom a caballito sobre sus hombros, dominando el espacio con esa soltura que solo dan los años de lealtad. El aroma a guiso casero inundaba el lugar; Martha estaba en su salsa, moviéndose entre ollas con una agilidad que Smith envidiaría. Al ver a su hijo entrar con Diego, dejó de picar verduras y le hizo unas muecas exageradas al pequeño, sacándole la lengua y moviendo las manos.

Tom soltó una carcajada sonora que resonó en los azulejos.

—Mira quién viene ahí... —dijo Martha con voz cantarina—. ¡Si es el rey de la casa!

—Aquí tienes a tu prisionero, mala madre —soltó Diego con una sonrisa socarrona, bajando a Tom con cuidado sobre la encimera—. Lo tienes encerrado en esa celda de peluches mientras tú te paseas por la mansión como si fueras la generala de un ejército, repartiendo látigo a las nuevas.

Martha puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar que se le escapara una risa.

—Alguien tiene que poner orden, Diego. Si por ti fuera, esas chicas estarían dándole vueltas a la casa sin saber ni dónde está el plumero —respondió ella, dándole un trozo de manzana a Tom—. Y no lo llames cárcel, llámalo "guardería premium". Dominic me mataría si a este niño le sale un chichón por mi culpa, y eso que soy la mamá de Tom.

La relación entre ellos había mutado en algo sagrado. Desde que Dominic decidió que Tom era parte de su linaje —"el hijo que no tuvo que engendrar"—, Martha había pasado de ser una empleada a ser el corazón de la mansión. Elena la adoraba como a una hermana mayor, y Diego, a pesar de sus muros de cinismo, encontraba en ella la única voz femenina que no intentaba seducirlo ni le recordaba a sus fracasos, a la par que Elena.

—Sabes que Dominic te tiene en un altar, Martha —dijo Diego, robando un trozo de queso de la tabla de cortar—. A veces creo que te tiene más miedo a ti que a la Interpol.

—Porque ya le digo las verdades —replicó ella, mirando a Diego con esa sabiduría que solo tienen las personas que han sufrido—. Por cierto, he mandado a Anne e Iris a la despensa del fondo. Si vas a ir a "inspeccionar" algo más, intenta no asustar a la pobre chica. Que venía con una cara que parecía que había visto a un fantasma... o a un demonio sin camiseta.

Diego soltó una carcajada corta, pero sus ojos brillaron. Martha lo conocía demasiado bien.

—Solo le estaba enseñando las normas de la casa —murmuró él, guiñándole un ojo a Tom—. ¿Verdad, campeón? En esta casa, al tío Diego se le consiente en todo.

Se apoyó contra la mesa de acero, observando a Martha cocinar. En ese momento, en esa cocina, Diego se sentía en casa. No había armas, no había deudas de sangre, solo la familia que habían construido entre las sombras de Londres. Pero, por supuesto, la curiosidad por la "virgencita" seguía ahí, latente, esperando el momento de volver al ataque.

En la habitación del ala norte, el ambiente era una mezcla extraña de camaradería y tensión. El espacio era, como bien había dicho Martha, ridículamente grande; las cinco camas de roble con doseles modernos parecían pequeñas en comparación con la inmensidad del cuarto.

Mientras Erica se había adueñado del rincón más cercano a la ventana grande, lanzando sus prendas con desdén sobre la colcha, las demás se habían agrupado de forma natural en el otro extremo.

Monic, la morena de gestos decididos, e Iris, la rubia que parecía tener siempre una sonrisa amable, se acercaron a Anne. Estaban colocando sus jerseys y vaqueros en los armarios empotrados que olían a madera cara y cera. Dominic era un hombre de reglas, pero no un tirano con las apariencias: sabía que para limpiar chimeneas y fregar mármoles, un uniforme era lo más práctico para no arruinar la ropa propia, pero fuera de las horas de faena, quería que su personal se sintiera humano.

—¿Te has fijado en la cara que pone? —susurró Monic, señalando con la barbilla hacia donde Erica peleaba con una percha—. Cualquiera diría que es la dueña de la casa y que nosotras somos sus invitadas pobres.

—Es que no tiene sentido —añadió Iris, bajando la voz mientras doblaba una camiseta—. Chica, que estamos aquí para fregar suelos, no para que nos traigan el té. Tener esos humos trabajando en el servicio es tener un problema de ubicación muy serio.

Anne asintió tímidamente, tratando de que sus manos no temblaran mientras ordenaba su ropa. El recuerdo de Diego en el despacho todavía la hacía sentir como si tuviera fiebre.

—Es la sobrina de uno de los guardias —comentó Anne en voz baja—. Supongo que cree que eso le da derecho a mirarnos por encima del hombro.

—Pues como se descuide, el señor Salazar la va a poner en su sitio —dijo Monic con una chispa de picardía—. He visto cómo la miraba abajo en el vestíbulo... no le hace ni pizca de gracia. A ti, en cambio, Anne, parece que te ha tomado estima. Te ha tocado la zona del despacho, que es la más difícil de limpiar pero la que más vigilancia tiene.

Anne se puso roja al instante, ocultando el rostro tras una sudadera que estaba guardando.

—Solo... solo es muy estricto con la limpieza —mintió Anne, aunque sabía que ninguna de las presentes se creería que Diego Salazar estaba interesado en el polvo de las estanterías.

Dámaris, que hasta entonces había estado en silencio probando la comodidad de su colchón, se unió al grupo.

—A mí me caéis bien vosotras —sentenció Dámaris—. Si vamos a estar encerradas aquí una semana mientras el jefe está en Madrid, más vale que nos llevemos bien. Porque como tengamos que aguantar a la princesa de Erica sin apoyo mutuo, esto va a ser un infierno.

Erica, desde su rincón, les lanzó una mirada de asco al verlas cuchichear.

—¿Habéis terminado ya la reunión de pastoras? —soltó Erica con veneno—. Martha ha dicho diez minutos, y dudo que el señor Salazar quiera esperar a que Anne termine de ordenar sus tallas especiales para que bajéis a la cocina.

Monic estuvo a punto de contestar, pero Anne le puso una mano en el brazo. No valía la pena. Lo que Erica no sabía es que, en esa mansión, las paredes oían, y Diego Salazar tenía un oído excelente para las lenguas largas.

Martha no perdió el tiempo. En cuanto las cinco bajaron, empezó a repartir tareas como si fuera el general de un ejército de porcelana. Y sempre cambiando planes y formado otros.

—¡Monic, Anne! A la cocina conmigo. El resto, a sus puestos —ordenó Martha, señalando las diferentes alas de la mansión—. Quiero este lugar impecable antes de que caiga el sol.

Al entrar en la cocina, el ambiente cambió. Ya no era solo el territorio de Martha, sino el escenario de caza de Diego. Él seguía allí, sentado en uno de los taburetes de la isla de mármol, ayudando a Tom a apilar trozos de queso mientras mantenía una conversación silenciosa con su vaso de whisky. Sin embargo, en cuanto Anne cruzó el umbral, sus ojos marrones se clavaron en ella con una intensidad que casi se podía palpar.

Martha, ajena al juego de tensiones —o fingiendo estarlo—, se acercó a Anne.

—A ver, niña, dime —empezó Martha mientras se anudaba el delantal—. En tu informe decía que eras pinche. ¿Qué tal te llevas con los fondos y los sofritos? Necesito a alguien que no me queme el guiso mientras yo atiendo al pequeño.

Anne intentó responder, pero sentía la mirada de Diego recorriéndole la nuca. Era como si el aire en la cocina se hubiera vuelto más denso.

Monic, que tenía un ojo clínico para los dramas y las hormonas, se acercó a Anne bajo el pretexto de pasarle un paño. Se inclinó hacia su oído y le susurró con una sonrisa cómplice:

—Oye... ¿te estás dando cuenta de cómo te está devorando con la mirada el señor Salazar? Si sigue así, te va a salir fuego en la espalda.

El comentario fue el detonante. Anne, que ya estaba al límite de sus nervios, dio un respingo justo cuando iba a retirar una olla pequeña que Martha había dejado al fuego. Sus dedos rozaron el metal ardiente sin protección.

—¡Ah! —soltó Anne, retirando la mano de golpe mientras el siseo del contacto con el metal llenaba la cocina.

En un segundo, la paz de la cocina se rompió. Diego, con unos reflejos que daban miedo, dejó a Tom en el suelo —quien se quedó mirando confundido desde su altura— y se plantó al lado de Anne antes de que Martha pudiera siquiera reaccionar.

—Déjame ver eso —gruñó Diego, agarrando la muñeca de Anne con una firmeza que no admitía réplicas.

Sus manos grandes y tatuadas contrastaban con la piel clara de Anne. Diego la arrastró literalmente hacia el fregadero y abrió el grifo del agua fría a máxima potencia, metiendo la mano de la chica debajo del chorro.

—Eres una torpe, virgencita —le dijo al oído, aunque su voz no era de burla, sino que tenía un matiz de preocupación ruda que la hizo temblar más que el dolor—. Ponte nerviosa con mis labios, no con las ollas. Si te dejas una cicatriz, que sea porque yo te la he hecho, no por un descuido.

Monic se quedó de piedra, mirando la escena con la boca abierta, mientras Martha suspiraba, dándose cuenta de que la semana tranquila en la mansión Vance acababa de complicarse seriamente.

Diego mantenía la mano de Anne bajo el chorro de agua fría, ignorando por completo que Monic seguía allí con los ojos como platos y que Martha estaba a punto de darle con la cuchara de madera en la cabeza. Él era así: no conocía el concepto de "discreción" ni le importaba el qué dirán. Si quería tocar a alguien, lo hacía; si quería marcar territorio, lo hacía delante del Papa si era necesario.

—¡Diego, suéltala ya! —exclamó Martha, acercándose con un paño limpio y una pomada para quemaduras—. Vas a hacer que la niña se desmaye, y no precisamente por el dolor de la mano. Déjala que respire, que me la tienes bloqueada.

Diego soltó una carcajada ronca, liberando la muñeca de Anne pero quedándose peligrosamente cerca de ella, invadiendo su espacio personal con esa suficiencia que lo caracterizaba.

—Solo estoy ayudando, Martha. No querrás que se le caiga la piel a tiras, ¿verdad? —dijo él, volviendo a apoyarse en la encimera con una sonrisa ladeada.

—Lo que quiero es que dejes de cazar en esta cocina —le espetó Martha, señalándolo con el dedo—. Dominic ya me lo advirtió. Estás hecho un picaflor, Diego. Las enamoras a todas, les prometes el cielo con esos tatuajes y esa palabrería, y luego ahí las tengo yo, llorando por los rincones y dejando los cristales con churretes porque no ven de tanto lagrimeo. ¡Me arruinas el servicio!

Diego se rió con ganas, una risa limpia que hizo que Tom también empezara a reírse desde el suelo, imitando a su tío favorito.

—Eso es mentira, yo nunca prometo nada —se defendió Diego, guiñándole un ojo a una Anne que deseaba ser invisible—. Soy un hombre honesto. Les doy una noche que no olvidarán y luego... bueno, el mundo sigue girando. Pero no te preocupes, con la virgencita aquí presente, voy a ser un caballero... a mi manera.

Anne sintió que el corazón le iba a salir por la boca. Ver a Diego reírse de las quejas de Martha, admitiendo tan campante que se acostaba con las empleadas y que luego las "desechaba", debería haberla asustado. Debería haber sentido asco. Pero lo que sentía era una punzada de algo parecido a la envidia por esas mujeres y, al mismo tiempo, un miedo atroz a ser la siguiente en esa lista de corazones rotos.

—Vete a jugar con Tom al jardín, anda —le ordenó Martha, empujándolo ligeramente hacia la salida—. Deja que Anne aprenda a hacer el sofrito sin que le tiemblen las rodillas.

Diego agarró a Tom del suelo, se lo cargó al hombro como un saco de patatas y se dirigió a la puerta, pero no sin antes detenerse un segundo al lado de Anne.

—Ponte la pomada, Anne —le susurró lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera—. No quiero que esa mano se estropee. Mañana te quiero impecable... tengo muchas cosas que requieren que uses bien las manos.

Salió de la cocina silbando, dejando tras de sí un silencio sepulcral que Monic rompió con un suspiro exagerado.

—Madre mía, Anne... —dijo Monic, acercándose—. Si sales viva de esta semana, te pongo un monumento. Ese hombre es un peligro público para las hormonas.

Anne se mantenía en un silencio sepulcral, concentrada en picar cebolla con una precisión casi quirúrgica para evitar que sus manos volvieran a temblar. El agua fría y la pomada habían calmado el ardor de la piel, pero el fuego que sentía en las mejillas no se apagaba con nada.

Martha y Monic, mientras tanto, seguían con la charla como si estuvieran comentando el último capítulo de una telenovela, ignorando que la protagonista involuntaria estaba a medio metro de ellas.

—Es que no lo entiendes, Anne —dijo Monic, apoyándose en la mesa con un trapo en la mano—. No es solo que sea el contable y mano derecha de Vance. Es que ese hombre es una celebridad fuera de estos muros. El año pasado salió en una de esas listas de las revistas de moda... lo nombraron uno de los 100 hombres más guapos del mundo.

Martha soltó un bufido mientras removía el guiso.

—Guapo y con la cabeza llena de pájaros —gruñó Martha, aunque con un deje de cariño—. Siempre sale en las fotos saliendo de algún club con una modelo distinta colgada del brazo. Un rompecorazones de manual, de los que no dejan ni las cenizas.

Monic asintió con entusiasmo, mirando a Anne con una chispa de picardía en los ojos.

—Por eso te digo... todas las que se lleva son iguales: rubias, altas como palos y con menos curvas que una tabla de planchar. Por eso me he quedado muerta con lo que ha pasado hoy. Nadie sabía que Salazar tenía gusto por las chicas curvilíneas, Anne. Te lo digo en serio, le has roto los esquemas, y eso significa que hay algo más que simple atracción.

Anne sintió que el cuchillo se detenía un segundo sobre la tabla de madera.

—No creo que tenga gustos por nada —murmuró Anne, tratando de sonar indiferente—. Solo se estaba burlando de Erica usadome a mí. Yo soy... lo opuesto a lo que él suele tener. Solo soy alguien a quien usar para molestar a los demás.

—No te equivoques, niña —intervino Martha, volviéndose hacia ella con la cuchara de madera en alto—. Diego Salazar es muchas cosas: peligroso, arrogante y un mujeriego redomado. Pero si hay algo que no es, es un mentiroso con esas cosas. Si te ha echado el ojo y te ha dicho esas barbaridades delante de mí, es porque ha visto algo que le ha encendido la chispa. Le has llamado la atención para bien, y desde ya te digo, se va a obsesionar, es como un niño.

Anne tragó saliva. La idea de ser "la chispa" de un hombre que aparecía en revistas y que tenía el mundo a sus pies le parecía una broma de mal gusto del destino.

—Solo quiero terminar mi turno y dormir —dijo Anne finalmente, tratando de cerrar el tema—. Mañana será otro día y seguro que se habrá olvidado de que existo.

Monic y Martha compartieron una mirada que Anne no alcanzó a ver. Ambas sabían que, una vez que Diego Salazar marcaba un objetivo, no se olvidaba de él ni aunque la mansión se viniera abajo. Aquella "virgencita" no tenía ni idea del huracán que se le venía encima.

Diego se reía a carcajadas mientras rodaba por el césped impecable del jardín, fingiendo que los ataques de Tom eran letales. Era una imagen surrealista: el hombre que infundía terror en los bajos fondos de Londres, cubierto de tatuajes y cicatrices de guerra, siendo "derrotado" por un niño que apenas llegaba a sus rodillas.

—¡Me diste, pequeño salvaje! —exclamó Diego, llevándose la mano al pecho y dejándose caer dramáticamente—. Ese gancho de izquierda ha sido de manual.

Tom, envalentonado, soltó un grito de guerra infantil y se lanzó sobre el abdomen de Diego. Había aprendido de los mejores. Dominic y Diego solían entrenar a menudo en el gimnasio de la mansión, y el niño absorbía cada movimiento como una esponja.

Diego recordó la escena de hace unas semanas y no pudo evitar que se le escapara una risa ronca. Dominic estaba en su momento más "padre mentor", sosteniendo a Tom mientras le explicaba la importancia de la diversificación de activos y el blanqueo de capitales en el mercado asiático. Tom, harto de la charla financiera, simplemente cargó el brazo y le soltó un puñetazo seco en toda la mandíbula.

La cara de Dominic fue un poema: sorpresa, orgullo y una pizca de "no puedo creer que mi propio hijo de prácticas me haya dado un puño".

Como buen Vance, Dominic no dejó pasar la insurrección sin una lección de disciplina. Encerró a Tom dos horas en su "cuna búnker" con una pantalla proyectando un documental sobre la migración de las ballenas en alemán. Dominic decía que si iba a ser un rebelde, al menos aprendería un idioma útil y entendería que en esa casa, el mando no se tomaba por la fuerza... todavía.

—Tu jefe es un psicópata, Tom —le susurró Diego, sentando al niño sobre su pecho mientras recuperaba el aliento—. Ponerte ballenas en alemán es tortura psicológica. Yo te habría dado una bolsa de hielos y te habría enseñado a cubrirte la guardia.

Tom tiró de la camiseta de Diego, riendo, ajeno a las conspiraciones de su tío. Diego lo miró con una mezcla de afecto y melancolía. Sabía que ese niño estaba destinado a ser un tiburón, pero mientras pudiera, lo dejaría jugar a que era un héroe.

Sin embargo, su mente traicionera volvió a la cocina. Se imaginó a Anne, con su delantal manchado de harina y sus manos picando verduras. Se preguntó si ella también estaría prestando atención a las historias de terror sobre su pasado mujeriego.

—Vamos, campeón —dijo Diego, levantándose y cargando a Tom de un tirón—. Entremos antes de que tu madre piense que te estoy enseñando a fabricar explosivos caseros. Además, tengo que ver cómo va esa quemadura... y si la "virgencita" ha dejado de temblar.

Diego cruzó el umbral de la cocina con la seguridad de quien sabe que tiene el as en la manga. Sin mediar palabra, le entregó a Tom a Martha, quien lo recibió con un gesto experto. Antes de soltar al niño, Diego le lanzó a Martha una mirada rápida, una de esas señales silenciosas que compartían después de tanto tiempo: "No me jodas el plan, amiga".

Martha arqueó una ceja, detectando la jugada al vuelo, pero decidió que ese espectáculo valía la pena.

—Martha, necesito un favor —dijo Diego, recuperando su tono de mando pero con esa chispa de juego en los ojos—. Mi habitación es un caos absoluto. He estado buscando unos informes y parece que ha pasado un tornado por allí. Necesito que una de las chicas suba a ayudarme a poner orden.

La habitación de Diego era su santuario. A diferencia de las pulcras estancias de la mansión, la suya era el reflejo de su vida: pesas por el suelo, equipo táctico, botellas de whisky de colección y una tecnología que ni el propio Dominic sabía usar. Era, como decía Dominic, el cuarto de un adolescente peligroso con demasiado presupuesto para tonterías.

—Puedes llevarte a las dos —sugirió Martha con malicia, mirando a Monic y a Anne—. Acabaréis antes.

—No, no... —Diego levantó una mano, fingiendo humildad—. Con una es suficiente. Además, yo mismo voy a ayudar. Soy un caballero, Martha, no voy a dejar que la chica lo haga todo sola.

Anne sintió que el mundo se detenía. Empezó a rezar mentalmente, suplicando que eligiera a Monic. Monic, por su parte, sentía una punzada de lástima por su compañera; veía cómo Anne apretaba el trapo de cocina hasta que los nudillos se le ponían blancos. Monic abrió la boca para ofrecerse voluntaria y salvarla del foso de los leones, pero Diego fue más rápido.

—Quiero a la virgencita Anne —soltó él con una naturalidad pasmosa.

Mientras lo decía, volvió a hacer el gesto de santiguarse con una lentitud exasperante, dedicándole a Anne una sonrisa depredadora que prometía cualquier cosa menos recoger la habitación.

—Vamos, Anne. Deja ese cuchillo, que ya has tenido suficiente peligro por hoy con la quemadura. Mis estanterías te esperan —añadió, inclinando la cabeza hacia la puerta.

Monic le lanzó a Anne una mirada de "lo siento mucho, amiga", y Martha simplemente suspiró, volviendo su atención a Tom. Anne tragó saliva, sintiendo que sus piernas pesaban una tonelada. No tenía escapatoria. Tenía que subir a solas a la habitación del que era jefe de la mansión en ese momento, el hombre que la ponía nerviosa con solo respirar cerca de ella.

—M-marcho ya... —balbuceó Anne, bajando la cabeza y caminando hacia la salida, sintiendo los pasos pesados y rítmicos de Diego justo detrás de ella, como un lobo siguiendo a su presa por el pasillo.

Anne caminaba por el pasillo y subía las escaleras del ala principal con la espalda tensa, consciente de cada paso que daba. Podía sentir la presencia de Diego justo detrás, una mole de energía y testosterona que parecía ocupar todo el espacio.

Por su parte, Diego no tenía remedio. Mientras subían, su mirada se clavó inevitablemente en el pompis imponente de Anne, que se contoneaba ligeramente con el esfuerzo del ascenso bajo el uniforme de la mansión. Diego, con su mentalidad de lobo estepario y posesivo, fantaseaba sin pudor alguno, recreándose en las curvas que tanto lo habían impresionado. Pero cada vez que Anne, presintiendo su escrutinio, giraba la cabeza de reojo para comprobarlo, él reaccionaba con una agilidad pasmosa: levantaba la vista al techo, fruncía el ceño y fingía examinar con sumo interés artístico las lámparas de araña de cristal que decoraban el pasillo, murmurando algo sobre el polvo que acumulaban.

Al llegar a la habitación de Diego, Anne se detuvo en el umbral. El lugar era, efectivamente, un caos, pero un caos que encajaba perfectamente con la personalidad extravagante y arrolladora del hombre. No era desorden sucio, era el desorden de alguien que vive al límite y no tiene tiempo para nimiedades domésticas. Había chaquetas de cuero tiradas sobre una butaca de terciopelo, pesas rusas junto a la cama, botas militares en un rincón y una colección de botellas de whisky vacías pero artísticas sobre una cómoda antigua. El aura de Diego, esa mezcla de peligro, lujo y rebeldía, impregnaba cada centímetro.

Nada más cerrar la puerta tras ellos, Diego hizo un movimiento que hizo que el corazón de Anne diera un vuelco: se agarró el dobladillo de la camiseta negra y se la quitó de un tirón, lanzándola sobre un montón de ropa.

—Uff, qué calor hace aquí arriba —exclamó él, estirando los brazos y dejando al descubierto de nuevo su torso cincelado, cubierto de ese mapa de tatuajes y cicatrices que tanto la fascinaba y asustaba a partes iguales.

Anne sintió que la respiración se le entrecortaba y desvió la mirada rápidamente, buscando refugio en cualquier otro objeto de la habitación. Se acercó a unas estanterías de madera oscura que cubrían una pared entera, repletas de libros de arte, manuales tácticos y objetos curiosos que Diego había coleccionado en sus viajes.

Tratando de concentrarse en su supuesta tarea, empezó a pasar el dedo por el lomo de unos libros, pero algo llamó su atención en el estante inferior. Detrás de unas cajas de munición vacías, entreabiertas, asomaban varias revistas. Al fijarse bien, sintió que la sangre se le helaba en las venas. No eran revistas de coches ni de armas. Eran revistas porno.

En las portadas de Hustler y Penthouse, se veían mujeres con poses sugerentes, todas cortadas por el mismo patrón que Monic y Martha habían descrito: chicas de piernas kilométricas, delgadísimas como juncos y con rostros de belleza clásica y perfecta.

Anne sintió una punzada de dolor y humillación que la golpeó con más fuerza que la quemadura de la cocina. Todo lo que Diego le había dicho en el despacho, esas palabras sobre que era "sabrosa" y que Erica no tenía nada que envidiarle, sonaron de repente vacías y crueles en su mente. Esas revistas eran la prueba irrefutable de cuáles eran sus verdaderos gustos. Ella no era más que un divertimento, una forma de pasar el rato y reírse un poco de la chica gorda y tímida antes de volver a su mundo de modelos de pasarela. Se quedó paralizada frente a la estantería, con ganas de llorar y deseando, más que nunca, que el suelo se la tragara.

Diego vio cómo los hombros de Anne se tensaban al ver las revistas. Él sabía exactamente qué estaba pensando ella: que era una más, que sus palabras en el despacho eran mentiras para llevarla a la cama. Pero Diego, con esa parsimonia suya, ni siquiera se inmutó.

—Esas revistas no son mías, virgencita —soltó él, caminando hacia ella mientras se rascaba el pecho tatuado—. Se las quité al hijo de uno de los guardias del perímetro. El chaval tiene dieciocho años y se pasaba el día encerrado con papel higiénico. Se las confisqué por pajero. Le dije que si quería ver mujeres desnudas, que madurara, buscara una novia o se pagara una profesional, pero que dejara de vivir en un mundo de papel.

Diego se acercó un poco más, observando cómo Anne seguía escaneando la estantería con una intensidad casi cómica, buscando cualquier cosa que no fuera su torso desnudo. Pero lo que encontró esta vez la dejó petrificada.

En un hueco preferente, entre un libro de tácticas militares y una calavera de cristal, había un consolador de dimensiones considerables, un juguete erótico que parecía una escultura hiperrealista. Anne abrió los ojos tanto que Diego temió que se le salieran de las órbitas.

—¿Qué...? ¿Por qué tiene eso ahí? —balbuceó Anne, señalando el objeto con un dedo tembloroso—. ¿Es... decoración?

Diego soltó una carcajada que retumbó en toda la habitación, echando la cabeza hacia atrás.

—Eso, Anne, es mi mayor derrota y mi mayor éxito comercial —dijo él, limpiándose una lágrima de risa—. Perdí una apuesta con Dominic hace un par de años. No me preguntes qué apostamos, pero el castigo fue que tuve que dejar que hicieran un molde real de mi pene para sacarlo al mercado.

Anne se quedó de piedra. La anécdota era tan surrealista que no sabía si reír o salir corriendo.

—A Dominic se le ocurrió como una "estrategia de marketing" —continuó Diego, señalando el objeto con naturalidad—. Dijo que con la de fans que tengo por ahí, sería un desperdicio no monetizarlo. Y oye, el tío tenía razón. Se vendieron miles en todo el mundo. Hay mujeres por todo el planeta que tienen "la polla de Salazar" guardada en la mesita de noche, siempre lista para la acción.

Se inclinó hacia ella, bajando la voz y recuperando ese tono juguetón que la ponía a mil revoluciones.

—Ese que ves ahí es el prototipo original. El molde exacto. Así que, si alguna vez te habías preguntado cómo soy por debajo de los vaqueros... ahí tienes la respuesta en escala uno a uno. Aunque te aseguro que el original funciona mucho mejor y no necesita pilas.

Anne sintió que el mundo daba vueltas. La mezcla de la vulgaridad de Diego, la locura de Dominic y el hecho de estar viendo una réplica exacta de la intimidad del hombre que la tenía acorralada era demasiado para su mente de chica de barrio.

—Es usted... un degenerado —logró decir Anne, aunque su voz no tenía fuerza, mientras trataba de procesar que estaba en la habitación de algo así como una estrella del porno.

Diego borró la sonrisa burlona de un plumazo. La atmósfera en la habitación cambió en un segundo, volviéndose pesada, eléctrica y cargada de una tensión que Anne no sabía cómo manejar. Dio un paso lento hacia ella, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra la madera fría de la estantería, justo al lado del polémico molde.

Él apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Anne, acorralándola por completo. Su torso desnudo, caliente y marcado por la historia de su vida, estaba a escasos centímetros de ella.

—¿De verdad me crees tan tonto, Anne? —susurró Diego, su voz ahora era un ronquido grave que le erizaba el vello de la nuca—. Sé perfectamente que te estás haciendo la dura. Pero tus ojos no mienten. Estás excitada, estás nerviosa y tienes el corazón martilleando tan fuerte que puedo oírlo desde aquí.

—Es que... sigo pensando que esto es una burla —logró articular Anne, aunque su voz temblaba—. Que lo hace para reírse con Dominic después. No tiene sentido que usted se fije en alguien como yo... teniendo esas revistas y esas modelos.

Diego soltó un bufido de impaciencia. Odiaba que ella se hiciera de menos. Sin previo aviso, la agarró de la barbilla con firmeza, obligándola a levantar el rostro, y le plantó un beso en los labios. Fue un beso corto pero devastador, cargado de posesividad y de una verdad que no necesitaba palabras. Sabía a tabaco caro, a whisky y a un hambre que Anne nunca había experimentado.

Cuando se separó, apenas unos milímetros, la miró fijamente a los ojos, disfrutando de su expresión de absoluto shock.

—¿Te ha parecido una burla eso? —preguntó él, con los labios todavía rozando los de ella.

Antes de que Anne pudiera procesar el cortocircuito que acababa de sufrir su sistema, Diego se alejó con una agilidad felina, recuperando su tono desenfadado como si nada hubiera pasado. Se dio la vuelta y empezó a recoger unas pesas del suelo.

—Venga, a trabajar, que la habitación no se va a recoger sola —dijo, dándole la espalda para que ella pudiera admirar sus tatuajes traseros—. Y un consejo, virgencita... agradecería que le pasaras el trapo a ese molde de ahí. Sácale brillo, que es mi mayor orgullo.

Le guiñó un ojo por encima del hombro, soltando una risita mientras Anne se quedaba allí, con los labios todavía vibrando y la mano apretada contra el pecho, preguntándose en qué clase de locura se había metido al aceptar ese trabajo. Aquel hombre era un demonio, pero uno que besaba como los ángeles, aunque fue su primer beso.

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