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Peligrosa Seducción: El precio de amarte

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Summary

Amelia lo sintió antes de entenderlo. Ese vacío en su matrimonio… ese silencio incómodo entre caricias que ya no significaban nada. Su vida era una rutina perfecta por fuera… y completamente rota por dentro. Hasta que él apareció. Christopher no llegó para salvarla. Llegó para despertarla. Con una mirada que se desliza por su piel como si la desnudara sin tocarla. Con una cercanía que acelera su pulso y desarma su voluntad. Con esa peligrosa forma de hacerla desear… sin siquiera intentarlo. Y Amelia lo sabe. Sabe que es un error. Que cada segundo cerca de él es una traición. Pero también sabe que hace mucho dejó de sentirse así. Viva. Entre secretos, ausencias y un matrimonio que se desmorona en silencio, Amelia empieza a perder el control… de sus pensamientos, de su cuerpo, de sus decisiones. Porque hay deseos que no se confiesan. Se esconden. Se reprimen. …hasta que es demasiado tarde. Y cuando finalmente salen a la superficie, no piden permiso. Arrasan.

Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

Una casualidad

Una Casualidad

Y cuando lo haga… no habrá vuelta atrás. Porque algunas historias de amor no empiezan con un beso. Empiezan con una caída. Todos los días Amelia se despertaba a las cinco de la mañana.

Preparaba el desayuno de su esposo, guardaba su almuerzo, se despedía de él y volvía a acostarse a escuchar las noticias de la mañana. Revisaba su celular esperando encontrar algo interesante en las redes sociales, hasta que llegaban las ocho y era hora de despertar a su hijo.

—Buenos días, mi amor. ¿Ya despertaste?

—Aún tengo sueño, mamá.

—Ya es tarde. A lavarte los dientes y cámbiate el pijama.

Ambos bajaban a la sala y, mientras Amelia preparaba el desayuno, su hijo veía dibujos en Netflix. De vez en cuando ella tomaba su celular y le escribía un mensaje a su esposo, deseándole que hubiera llegado bien a su trabajo. Todos los días eran iguales. Todos.

Pero ese día, algo estaba a punto de cambiar.

Como cada tarde, Amelia llevó a su hijo al parque que estaba cruzando la calle. Lo vigilaba como un halcón desde una banca frente a los columpios mientras él jugaba. Fue entonces cuando percibió un perfume. Era agradable, diferente.

Amelia giró ligeramente la cabeza, buscando de dónde provenía aquella exquisita fragancia, y se encontró con un hombre. A primera vista le pareció atractivo.

Llevaba zapatos deportivos y ropa deportiva, como si acabara de salir a caminar o a correr.

Amelia no le prestó mayor atención y volvió a mirar hacia los columpios.

Pero su hijo ya no estaba donde lo había dejado. Se levantó de golpe.

—¡Matt!

—¡Matt!

—¡Aquí estoy, mamá!

Nada. Miró alrededor. El parque estaba prácticamente desierto. El niño apareció detrás de uno de los árboles.

Amelia soltó el aire que había estado conteniendo y caminó rápidamente hacia él.

—¿No escuchaste que te llamé la primera vez? ¿Dónde estabas? ¡Me asustaste!

—Estaba acá atrás viendo unas hormigas que llevaban unas hojitas a su casita.

—No te vuelvas a alejar sin decirme, ¿está bien?

—Está bien, mamá.

Amelia suspiró. El hombre que hasta ese momento solo había observado la escena se giró hacia ellos.

—Niños, ¿eh? Hacen que uno se vuelva loco en segundos.

—Sí.

—¿Cuántos años tiene tu hijo?

—Tiene seis.

Amelia sonrió. El hombre cambió de lugar y se sentó en la misma banca. Amelia se movió ligeramente para darle espacio. Tenía un acento extranjero.

Ahora que estaba tan cerca, era inevitable no mirarlo.

Su rostro tenía facciones delicadas, pero la barba le daba un aspecto mucho más varonil. Tenía un pequeño hoyuelo en la barbilla, ojos marrones claro y unas pestañas largas que, por alguna razón, llamaban demasiado la atención. Sus cejas eran espesas, pero perfectamente perfiladas. Una nariz fina y unos labios carnosos completaban aquel rostro que Amelia intentó dejar de mirar. Pero fue demasiado tarde.

Por alguna extraña razón, al fijarse en sus labios sintió un cosquilleo en su entrepierna. Apartó la mirada inmediatamente.

—¿Usted es nuevo en el barrio?

—Sí y no.

—¿Cómo es eso?

—Vivo a unas cuadras de aquí, pero paso la mayor parte del tiempo viajando por mi trabajo. El tiempo no me da para salir. Llego a mi casa a dormir y vuelvo a salir.

—¿Y qué trabajo es ese que lo consume tanto?

—Soy abogado. La mayoría de mis casos están fuera de la ciudad o del país.

—Debe ser divertido que le paguen por pelear.

—Sí, pero no es tan divertido cuando pierdo la pelea.

Amelia lo miró. Amelia sonrió. El hombre soltó una carcajada. La conversación continuó sin que Amelia pudiera explicar exactamente cómo.

Cuando quiso darse cuenta, habían pasado varias horas y la noche comenzaba a caer. Amelia llamó a su hijo.

—Matt, ya es hora de irnos.

El pequeño corrió hacia ella. Amelia tomó su mano y antes de marcharse miró al hombre.

—Un gusto haberlo conocido, señor...

—Christopher. Pero mis amigos me dicen Chris.

—Está bien, señor Christopher.

—Dime Chris, por favor.

—De acuerdo, Chris. Un gusto conocerlo.

—El gusto fue mío.

Amelia sonrió. Amelia tomó a su hijo de la mano y comenzó a caminar hacia su casa.

Habían avanzado unos metros cuando escuchó un grito detrás de ella.

—¡No me has dicho tu nombre!

Amelia se giró. Chris seguía de pie junto a la banca.

—Nunca lo preguntaste.

Él sonrió. Amelia negó con la cabeza y continuó caminando.

Cuando llegó a casa encontró la mochila de su esposo sobre el sofá. Subió al dormitorio y lo encontró dormido. No lo despertó.

Se quedó unos segundos observándolo antes de cambiarse.

Sin embargo, aquella noche, mientras se metía en la cama, no pudo evitar pensar en el hombre que acababa de conocer. Un abogado. Atractivo. Extraño.

Y por alguna razón que no comprendía, había conseguido despertar algo dentro de ella.

…………….

Pasaron varias semanas desde aquel encuentro. Amelia continuó con su rutina como todos los días, hasta que una mañana decidió que ya era momento de ponerse en forma.

Y, ¿por qué no aprovechar el parque que estaba tan cerca de casa?

Después de que su esposo se fue al trabajo, se puso ropa deportiva, comprobó que su hijo todavía estuviera dormido y salió.

Eran las cinco cuarenta y cinco de la mañana. El parque estaba vacío.

Solo había algunos guardias y una persona trotando alrededor de la piscina. Amelia comenzó a estirarse. Después calentó y empezó a caminar.

Mientras avanzaba iba haciendo mentalmente una lista de todo lo que tenía que hacer ese día. Lavar la ropa. Ir al mercado. Coser unas prendas que estaban rotas.

Terminar de leer aquel libro que llevaba semanas posponiendo.

Su caminata tomó un rumbo que no había planeado cuando un hombre se detuvo frente a ella.

Llevaba una capucha y Amelia no podía ver bien su rostro.

Solo alcanzó a notar lo alto que era. Sintió un pequeño escalofrío.

—¿Hay algún problema?

—Buenos días, desconocida.

El hombre descubrió su rostro. Sonrió. Amelia soltó el aire y llevó una mano al pecho.

—¡Chris! Casi me mata del susto.

—No sabía que venías a caminar tan temprano.

—Es la primera vez. Tengo tiempo libre y decidí aprovecharlo.

—Qué coincidencia. Yo igual.

Amelia lo miró con los ojos entrecerrados. Si no fuera porque dice que es la primera vez que sale a esta hora, diría que no es coincidencia.

¿Qué posibilidades había de que un hombre al que había conocido semanas atrás y visto una sola vez apareciera justamente allí?

Y esta vez no había nadie que pudiera interrumpirlos. Un ligero viento sopló entre los árboles. Amelia decidió continuar caminando.

—Bueno, Chris, debo terminar mi caminata.

Siguió su camino. Pero después de unos segundos se dio cuenta de que él caminaba detrás de ella. Comenzó a ignorarlo. No quería prestarle mayor atención.

Pero Chris parecía empeñado en arrancarle unas palabras. Finalmente, Amelia se detuvo. Giró y lo miró fijamente.

—¿Qué quiere?

—Solo ser tu amigo.

—Soy una mujer casada.

—¿Y eso qué tiene que ver? Quiero ser tu amigo, no el de tu esposo.

Amelia abrió ligeramente los ojos. Ahora podía ver mejor sus ojos. La última vez le habían parecido marrones. Ahora podía notar que eran verdes, con pequeñas notas marrones.

Llevaba una barba de dos días y aquella sonrisa encantadora que parecía aparecer cada vez que conseguía incomodarla. Chris la observó detenidamente. Cabello castaño. Ojos cafés. Largas pestañas.

Las mejillas ligeramente rosadas por el frío de la mañana. Y esos labios.

Los mismos labios que, desde el primer día, no había conseguido sacar completamente de su cabeza. Ella tenía el ceño fruncido. Parecía molesta.

—Yo no quiero ser su amiga.

—Es una pena. Soy un excelente amigo. De hecho, soy el mejor amigo que podrías tener.

—¿Ah, sí?

—Por supuesto. Pregúntale a cualquier vecino de mi cuadra. O mejor dicho, vecina. Tengo un don con las mujeres.

Chris sonrió. Antes de que Amelia pudiera responder con algún comentario sarcástico, la alarma de su reloj sonó. Siete cuarenta y cinco. En cualquier momento Matt despertaría.

¿Cómo se le había pasado el tiempo hablando con aquel hombre?

—Me tengo que ir.

—Te acompaño.

—No, gracias.

Amelia se alejó despidiéndose de los guardias, que habían permanecido atentos por si necesitaba ayuda. Cuando llegó a casa, Matt todavía dormía.

Puso agua a calentar en la cocina y fue a ducharse.

Mientras se lavaba el cabello, pensó nuevamente en la mirada de Chris. Aquellos ojos verdes. La forma en que la miraba fijamente.

Por un instante tuvo la sensación de que podía verla más allá de la ropa. Sintió un cosquilleo en su entrepierna. Cerró los ojos. No. Apartó esos pensamientos.

………………

El desayuno ya estaba listo cuando Matt despertó, como siempre, a las ocho.

Después de dejarlo en la escuela, Amelia pasó por el supermercado.

Le hacía falta comprar algunas cosas para la casa. Tomó lo que pudo recordar. Pero su mente estaba en otra parte.

¿Quién era ese hombre?

De alguna manera había despertado una curiosidad que Amelia no sabía explicar.

Una terrible tentación que jamás había imaginado sentir.

Ya en la caja se encontró con una conocida del barrio.

—¡Hola! Mamá de Charlotte... lo siento, no recuerdo tu nombre.

—No se preocupe, me pasa igual. Mi nombre es Carla.

—Carla. Carlita. Ya no se me va a olvidar. Mi nombre es Amelia, la mamá de Matt.

—Sí, lo sé. ¿Y cómo está Matt?

—Bien. Inquieto como siempre. Lo pasé dejando en la escuela.

—Así son los niños. Charlotte es igual.

—¿Ya conociste al nuevo vecino? —preguntó Carla—. Lo he visto trotando en la mañana en el parque. Es muy atractivo y misterioso.

—Sí. Lo conocí hace unas semanas, por casualidad.

—¡¿De verdad?! ¿Y cómo es?

—Como todos los hombres, supongo.

—¿Es casado? ¿Tiene hijos? Dicen que es abogado.

—No tengo idea. Nos vemos otro día.

La mujer sonrió. La fila avanzó lentamente. Amelia sintió algo extraño. Carla soltó una pequeña risa. Amelia tomó sus compras. Pagó y salió a toda prisa. No entendía por qué aquella mujer la había bombardeado con tantas preguntas.

Y mucho menos entendía por qué le había molestado tanto escuchar hablar de él.

Lo peor era que, mientras caminaba hacia su automóvil, se descubrió pensando en algo que jamás debería haber pensado. Quería volver a verlo.

………………….

Ya en casa, su esposo había llegado del trabajo con una noticia. Lo habían trasladado de destacamento.

Amelia permaneció escuchándolo mientras una pregunta aparecía en su cabeza.

¿Chris tenía esposa?

¿Tenía hijos?

Eran preguntas normales cuando conocías a alguien. Pero ella no las había hecho. Ni siquiera la segunda vez que lo vio.

¿Por qué?

Tal vez porque no quería que Chris pensara que estaba interesada en él.

—¿Y tú qué opinas, mi amor?

—¿Qué?

—¿Qué opinas del cambio de destacamento?

—¿Qué? ¿Cómo te van a cambiar de destacamento?

—Sí. Te estoy contando que me acaban de transferir al destacamento del condado vecino. Estaré veintisiete días allá y siete días aquí en casa.

—Lo sé, es algo repentino, pero sabías que tendrían que transferirme en cualquier momento. Así es la vida militar.

Amelia levantó la mirada. Hizo una pausa. Amelia se quedó en silencio. Una sola palabra comenzó a repetirse en su cabeza. Transferir.

………………..

Ernesto hacía las maletas y guardaba todo lo que iba a necesitar. Ropa limpia. Zapatos. Uniformes. Amelia lo observaba sin decir palabra.

Estaba más distante de lo que él pensaba. Sus ideas estaban en otro lugar. En Chris.

Ahora que su esposo no iba a estar... Podría...

No quiso terminar aquella oración ni siquiera dentro de su cabeza. Miró a Ernesto.

—¿Por cuánto tiempo estarás lejos de casa?

—No estoy muy seguro. Hasta que me informe bien prefiero no especular, pero calculo unos tres meses, hasta que llegue el siguiente relevo.

—¿Tanto tiempo?

Ernesto se marchó a primera hora de la mañana siguiente.

Amelia lo despidió con un beso y un fuerte abrazo.

No entendía por qué sonreía al verlo marcharse.

Por muy terrible que sonara, sintió una especie de alivio mezclado con tristeza. Sabía que volvería pronto. Y eso la reconfortaba.

Como se había vuelto habitual despertarse temprano para atender a su esposo, ahora que él ya no estaba Amelia no sabía qué hacer con aquellas horas. Esperó hasta las cinco y media. Después salió al parque.

Esta vez estaba segura de encontrarse con Chris. Pero no llegó hasta las seis.

Amelia tuvo tiempo de hacer su rutina y, cuando estaba a punto de marcharse, escuchó su voz.

—Buenos días, desconocida.

—Buenos días... y chao.

—Pero ¿te vas tan pronto? Acabo de llegar.

—Porque llegas es que me voy.

—Auch.

—Por lo menos dime tu nombre.

—¿Con eso va a dejar de molestarme?

—Probablemente.

—Amelia Ferrer.

—Mucho gusto, señora Ferrer. Mi nombre es Christopher Daniels.

Amelia sonrió sin querer. Chris sonrió. Amelia suspiró. Chris extendió la mano. Amelia estrechó su mano. Sintió el pulgar de Chris acariciar ligeramente el dorso de la suya. La soltó inmediatamente.

—Bueno, me tengo que ir.

—Te veré mañana.

—Espero que no...

Chris sonrió. Amelia comenzó a caminar. Aunque en el fondo de su corazón quiso decir exactamente lo contrario.

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