Prólogo: Mis recuerdos
La memoria es como los pantalones con los que empezó todo —ya sabéis: las gafas, mi moneda de la suerte, las desgracias—. Tienen muchos bolsillos, sí, pero solo uno sirve de verdad: el que guarda lo justo para sobrevivir. Los demás están agujereados, hechos para que los recuerdos se escapen antes de que puedas retenerlos.
¡Eh!, que no me estoy quejando. Claro que me habría gustado recordar más a mis padres o algún momento decente de mi infancia, pero en la calle esos recuerdos sirven para poco. ¿Para qué quieres recuerdos dolorosos cuando tienes demasiado tiempo para pensar?
Así que, en cierto modo, agradezco no tener casi recuerdos, tanto como agradecí que Elena volviera a buscarme. Mi vida cambió drásticamente con ella. Pero ahora, después de tantas misiones tontas juntos, matando criaturas umbra del montón, tengo una sensación contradictoria: me siento como un sugar daddy, pero de los malos. Ella consigue que haga todo lo que quiere… y yo sigo sin derecho a roce.
Esta historia va sobre los recuerdos: los míos, los de Elena, los del verdadero Agente Eduard. Sobre los recuerdos que se pierden por los agujeros rotos de la memoria y que creemos olvidados. Pero cuando vuelven, lo hacen con la fuerza de un demonio primario —y sé de lo que hablo; ya me cargué a uno—.








