Capítulo 1: Dedicada a ti
Siempre quise tener un perro, un gato o la mascota que fuera, pero por el poco espacio que teníamos y porque mis padres me creían irresponsable, nunca la tuve. Por eso, cada vez que podía, acompañaba a Kike a su casa. Él tenía una hermosa labradora que lo adoraba y, al ver lo fiel que era, sentía que mi amigo la había domesticado de tal manera que ella era capaz de hacer absolutamente todo lo que él quisiera.
Se llamaba Nana y había estado con él desde que era niño. Era algo así como su niñera, porque lo cuidaba y lo seguía a todos lados apenas se despertaba.
Su tierno rostro cambiaba si percibía algún peligro. Más de una vez mordió a alguno de nuestros compañeros por atreverse a jugar a pelear con Kike en su presencia. Esto le dio más de un susto a su mamá, quien salía gritando, preocupada, cada vez que ocurría, pensando que tendría que llevarnos a urgencias para que nos pusieran puntos. Pero Nana no era una salvaje; sus mordidas solían ser moderadas y suficientes para detener cualquier pelea que viera.
En sus ojos era evidente el inmenso amor que sentía por Kike. Su mirada era solo comparable con la de una madre. Lo cuidó desde pequeño. Quizá por eso, para Nana, él siempre sería su cachorro.
Lo obedecía ciegamente, tanto que un día casi la matamos.
Un viernes, después de clases, fui con Kike a su casa, que quedaba de camino a la mía. Ahí estaba Nana esperándolo, como todos los días, moviendo la cola fuertemente y dando vueltas a nuestro alrededor apenas cruzábamos la puerta.
Ese día fuimos con un frisbee que Kike acababa de comprar para jugar a atraparlo en el aire, ver quién era el más rápido y quien saltaba más alto. Se nos ocurrió incluir a Nana en el juego y creímos, tontamente, que era buena idea jugar en la azotea de su casa, por miedo a estropear alguna de las preciadas plantas de su mamá en el patio.
Así, empezamos a lanzarnos el frisbee de un lado a otro. Nana corría emocionada, queriendo agarrarlo primero. Una y otra vez lo lanzábamos más y más lejos. Kike lo lanzó con tanta fuerza que no pude alcanzarlo, pero Nana era incapaz de fallarle a su dueño, así que dio un salto tan increíble que no creí que fuera posible. Se impulsó y, con un gran brinco, atrapó el frisbee. Juraría que pude ver la emoción en sus ojos y una sonrisa.
Kike y yo estábamos emocionadísimos con su sorprendente logro, pero poco nos duró la alegría cuando la vimos caer al vacío, porque el salto la hizo salir volando y cruzar a toda velocidad el bajo muro de la azotea. Y, entre gritos, la vimos caer.
Felizmente, cuando nos acercamos, nos dimos con la sorpresa de que la pobre había quedado atrapada entre las ramas del árbol que estaba frente a la casa. Aun así, movía la cola y nos miraba contenta, con el frisbee en la boca.
Bajamos corriendo para auxiliarla. No sabíamos muy bien qué hacer. Kike quiso trepar al árbol, pero, en su intento, rompió una de las ramas. Nos dimos cuenta de que las delgadas ramitas del árbol no soportarían nuestro peso.
Kike se agarraba la cabeza, imaginando los gritos que daría su madre al ver la escena cuando llegara y, lo que es peor, le daríamos un motivo más a nuestros padres para que nos consideraran irresponsables.
En nuestra ayuda vino corriendo el vecino de enfrente, otro chico de nuestra edad que iba a una secundaria diferente. No lo conocíamos, nunca habíamos hablado con él; solo lo habíamos visto de lejos un par de veces.
Como su familia, que recién se había mudado, tenía un restaurante de comida china en el barrio, creo que inconscientemente asumimos que no hablaba español. Pero sí lo hablaba, y bastante bien, de una manera más formal y educada que nosotros. No sé cómo nos entendió porque, cuando nos preguntó qué había pasado, Kike y yo le hablamos al mismo tiempo, gritando, agitados.
Se llamaba Jing. Cuando se nos acercó le contamos que estábamos jugando en la azotea y que Nana se había caído desde allí. Él dijo que tenía una escalera y fue a traerla de inmediato. Kike subió por ella y agarró a la muy tranquila y contenta Nana, que no tenía ni idea de que su vida había corrido peligro. Curiosamente, ella bajó con una flor en la cabeza y con la expresión feliz que solía tener cada vez que jugaba con su querido dueño.
Ya más tranquilos, pudimos conversar con Jing, que resultó ser un gran aficionado —por no decir experto— de los dinosaurios. Era muy amable; tenía movimientos tan tranquilos y una calma tan natural que logró que Nana lo aceptara de inmediato como parte de la manada.
Fue una de las pocas veces que no gruñó al conocer a alguien nuevo. Ella era conocida por su olfato especial para identificar qué tan buena era una persona. Por ejemplo, siempre le gruñía al novio de Marisa, la hermana de Kike. Le molestaba tanto verlo que había que llevarla y encerrarla en otra habitación para que no lo mordiera. Nadie entendió el motivo hasta que, al poco tiempo, el chico le rompió el corazón a Marisa. Fue entonces cuando todos comprendimos que Nana supo, desde el primer momento, que ese chico solo traería desgracias.
Después de acompañarlo a guardar la escalera, Jing nos invitó a conocer su casa, específicamente su cuarto, que era como un templo de los dinosaurios por la cantidad de juguetes y libros que tenía acerca de ellos. Mientras mirábamos con asombro toda su colección, notamos que también jugaba el mismo videojuego que nosotros: Rush, Noob! Kill! Kill!
Comenzamos a hablar de eso y el tiempo se nos pasó volando. Recordamos nuestra infancia tratando de no morir en Run, Noob! Kill! Kill!, el primer juego de la serie, que salió cuando apenas teníamos nueve años. Como era un juego muchísimo más divertido en línea, para un grupo de niños como nosotros era complicado no ser aniquilados por los innumerables adultos que lo jugaban y desfogaban su furia disparando por todas partes.
Como no nos dimos cuenta de la hora, nos quedamos hasta tarde. La mamá de Kike lo llamó por teléfono para saber dónde estaba. Le dijo que acabábamos de conocer al vecino y que estábamos en su casa, que quedaba enfrente. Su mamá vino corriendo a recogernos y aprovechó para presentarse.
Luego nos dimos cuenta de que su verdadero propósito era ver si Jing le daba un descuento para comer en su restaurante. Ella era realmente fanática de los cupones. Para su suerte, le dio un cupón que ella aceptó feliz, prometiendo que irían muy pronto.
Después de eso, empezamos a ir religiosamente cada semana a cenar en su restaurante. La mamá de Kike se volvió muy amiga de los padres de Jing… y nosotros nos volvimos sus mejores amigos.









Hola!! 👋🏻 Que gusto y emociones tengo en leer tu primer capítulo de la nueva historia, estoy muy feliz, gracias y que tengas un gran día!!
muchas gracias ♥️♥️♥️ que tengas un gran día también
Qué emoción leer esta nueva aventura ♥♥♥♥