Ave Pálida
Gotas de lluvia, mezcladas con lágrimas, se escurren por mi rostro muerto en vida. Contemplo el vacío kilométrico que yace bajo mis pies; ellos, descalzos, sienten el frío artificial de la cornisa. Luces nocturnas, lluvia torrencial, el bullicio urbano: una vista excepcional. El viento me oscila entre la vida y la muerte, pero ya lo decidí:
Voy a saltar. ... Quiero saltar. ... Voy a hacerlo.
Cierro los ojos. Me preparo en la oscuridad de mi ser. Siento la lluvia chocar contra mi cuerpo sin cobijo; cada gota es como una aguja ardiente que ataca sin piedad. Todo se vuelve, progresivamente, más oscuro. Creo que es el momento.
Ojos cerrados. Silencio. Lluvia. El vacío. De pronto... un “aleteo”. Un ruido metálico.
Abro los ojos y, justo a mi lado, yace una figura.
Estoy en la cima del edificio más alto de la ciudad. Llegar aquí requirió planificación; aproveché la tormenta para que nadie pudiera verme. Todo estaba calculado para la soledad absoluta y, sin embargo, aquí estoy, con otro ser que me hace compañía en mis momentos finales.
Eso cayó a mi lado sin aviso: una figura que miraba al vacío usando un paraguas enorme como bastón. Era un ser alto y delgado, con sombrero de copa y una máscara de médico medieval. Vestía un kimono negro con franjas amarillas y un chaleco de hilos pálidos. Bajo el borde de la seda, su humanidad se perdía en un diseño de pesadilla: una pierna prostética interrumpida a la altura de la rodilla, terminada en una garra mecánica que mordía el concreto con una seguridad absoluta. Mientras yo era una presa de la gravedad, ella era su dueña.
—¿Eres la muerte? —pregunté sin miedo.
Se produjo un silencio, seguido de una leve risa femenina.
—Si quieres que lo sea, que así sea —respondió con voz elegante, sin despegar la vista del abismo.
Detrás de esa máscara no había una mirada inerte, sino una precisión letal. Ella no miraba a la nada; buscaba un objetivo con total descaro. De pronto, su cuerpo se tensó. Lo había encontrado. Con una rapidez asombrosa, el paraguas se abrió de golpe dejando al descubierto el cañón largo de un rifle integrado. Apuntó hacia la negrura del vacío y disparó. El sonido fue apenas un leve siseo que se perdió entre el estruendo de la lluvia. Solo un tiro y, después, un silencio sepulcral.
—Yo también lo veo —dijo dulcemente, volviendo a cerrar el paraguas—: el vacío. Pero a mí sí me gusta. A ti te atrae hacia él, ¿no es cierto?
Guardo silencio.
—¿Quieres contar tu historia? —preguntó de nuevo. —La verdad, no. ¿Genuinamente importa? —La verdad, no —admitió ella—. El vacío seguirá ahí.
Entonces escojo no decir nada. Entonces, cierro los ojos y me dejo llevar por la gravedad.
El viento deja de oscilarme y se convierte en un aullido ensordecedor. La caída es real. Abro los ojos, pero ya no veo soledad; veo el peso brutal de mi decisión. El terror me atrapa y grito: “¡Ayuda!“, con desesperación, hacia el cielo que me abandona.
Hubo un silencio cruel. Un “Por favor...” salió desgarrado de mi garganta.
En ese instante de terror puro, la Ave Pálida cae con elegancia y fuerza hacia el abismo. No es una salvación, es una captura. Ella extiende su mano con gentileza hacia mí. Con mis dedos temblorosos, la acepto.
—Tienes suerte, niña. Justo necesito ayudantes —dice su voz elegante, nítida en medio del viento.
Ella no frena la caída. Al contrario. Con su garra prostética se impulsa con violencia contra la fachada del edificio mientras descendemos, y con ese impulso se lanza con fuerza hacia el cielo. Ella no me está subiendo a la cornisa. Me está llevando con ella, de la mano, hacia el vacío insondable de una noche de lluvia, en una ciudad que ya no tiene nombre.
La lluvia ya no quema. No siento el vacío. Solo la emoción.








