⊰∙∘☽ Capítulo 1: Todavía seguimos aquí ☾∘∙⊱
EMMA
El silencio es lo primero que me golpea, como si el mundo se hubiera detenido para tomar aliento.
Mis oídos zumban. El olor a goma quemada y metal caliente me revuelve el estómago. Parpadeo con fuerza, intentando orientarme.
El parabrisas está agrietado, una telaraña de líneas que distorsiona la calle vacía frente a nosotros. Las bolsas de aire cuelgan desinfladas, como globos olvidados después de una fiesta.
Estoy viva. O eso creo.
Miro a mi derecha, intentando ignorar lo mucho que me duele el cuello. Brandon está desplomado contra el volante, con la cabeza inclinada hacia un lado. Un hilo de sangre le recorre la sien.
—¿Brandon? —mi voz suena aislada, como si no fuera mía—. Brandon, despierta, por favor.
No se mueve. Mi corazón se aprieta, pero no tengo tiempo para el pánico. Me miro a mí misma, buscando heridas. Mis manos están temblando, pero parecen estar bien.
Siento un ardor en la frente, y cuando me toco con los dedos, los retiro húmedos y pegajosos de sangre. No mucha, solo un corte superficial, probablemente por un pedazo de vidrio.
Afuera, el auto negro ya no está. Ni rastro de él. Solo un eco de neumáticos chirriando en mi memoria y el desastre que dejó atrás.
¿Quién demonios era? ¿Por qué nos embistieron? Mi mente da volteretas, buscando respuestas, pero no hay tiempo para eso ahora.
Las sirenas están más cerca. Giro hacia Brandon otra vez, mi mano finalmente aterriza en su brazo. Lo sacudo suavemente.
—Brandon, vamos, despierta. Estoy aquí.
Un gemido bajo escapa de sus labios, y sus párpados tiemblan. Alivio me inunda, pero no dura.
La puerta del conductor se abre de golpe, y un paramédico con una chaqueta reflectante aparece, moviéndose con la eficiencia de alguien que ha hecho esto mil veces.
—Señor, ¿puede oírme? —pregunta el paramédico, inclinándose sobre Brandon.
Brandon murmura algo incoherente, y el paramédico empieza a revisarlo, comprobando su pulso, sus pupilas.
Otro paramédico aparece en mi lado, abriendo la puerta del copiloto. Es una mujer, con el cabello recogido en una coleta apretada y una mirada que no deja espacio para discusiones.
—¿Estás bien? ¿Puedes moverte? —me pregunta, mientras sus manos ya están revisando mi cuello, mi cabeza.
—Estoy bien —digo, aunque mi voz tiembla más de lo que quiero—. Solo un corte en la frente. Pero él… —señalo a Brandon, mi garganta se cierra—. Necesita ayuda.
—Estamos en eso —dice ella, sin perder el ritmo. Sus manos son rápidas mientras limpia la sangre de mi frente con una gasa—. Parece superficial, pero vamos a revisarte bien. ¿Dolor en el cuello? ¿Mareos?
Niego con la cabeza, aunque todo mi cuerpo se siente como si estuviera vibrando. La adrenalina sigue corriendo por mis venas, haciendo que el mundo parezca demasiado brillante, demasiado agudo.
Miro a Brandon, que ahora está respondiendo con frases cortas al paramédico. Sus ojos están abiertos, y aunque parece aturdido, está consciente. Siento que puedo respirar de nuevo.
—¿Qué pasó? —pregunto. No estoy segura de si se lo pregunto a la paramédica, a mí misma, o al universo.
—No lo sabemos aún —responde ella, mientras coloca una venda adhesiva en mi frente—. La policía está en camino. ¿Viste quién los chocó?
—Un auto negro. No vi la placa. Todo pasó muy rápido.
Ella asiente, tomando nota mentalmente.
—Quédate quieta un momento. Vamos a sacarlos a ambos y llevarlos al hospital para una revisión completa.
—No necesito un hospital —protesto.
—Déjanos decidir eso —dice ella con una media sonrisa que no admite discusión.
Miro hacia Brandon otra vez. El paramédico lo está ayudando a salir del auto, y aunque se mueve con lentitud, parece estar recuperándose.
Nuestras miradas se encuentran por un segundo, y hay algo en sus ojos que no puedo descifrar. Quiero correr hacia él, asegurarme de que está bien, pero la paramédica me mantiene en mi lugar, revisando mis signos vitales.
Mientras me colocan un collarín por precaución, mi mente empieza a girar de nuevo. El auto negro. No fue un accidente. Nadie choca a alguien con esa fuerza y simplemente desaparece.
Esto tiene que estar conectado con Amanda, con la denuncia anónima, con todo lo que hemos estado removiendo. Pero, ¿quién? ¿Y por qué ahora?
—Emma —la voz de Brandon me saca de mis pensamientos. Está de pie ahora, apoyado contra la ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros—. ¿Estás bien?
Asiento, aunque el movimiento hace que mi cabeza palpite.
—Solo un corte. ¿Y tú?
—Cagándome de dolor, pero entero —dice, intentando una sonrisa que no llega del todo a sus ojos.
Hay algo más ahí, algo que no está diciendo. Pero antes de que pueda preguntar, la paramédica me guía hacia la ambulancia.
—Vamos a llevarlos a los dos al hospital —dice ella—. Solo para estar seguros.
—No —protesto, enderezándome—. No voy a ningún hospital. Estoy bien, y tenemos cosas que hacer.
—Emma —dice Brandon—. Escucha a los paramédicos. Solo será una revisión rápida.
Lo miro, lista para discutir, pero algo en su expresión me detiene. No es solo preocupación; es miedo. No por él, sino por mí.
Y de repente, me doy cuenta de lo cerca que estuvimos de no salir de esto. Si el impacto hubiera sido un poco más fuerte, si el auto hubiera golpeado en un ángulo diferente…
Pienso en mi padre, en sus ojos cansados y su confesión de estar en fase terminal. Pienso en qué hubiera pasado si hubiera muerto aquí mismo, cómo él se quedaría sin dos de sus hijas ahora.
—Está bien —cedo, mi voz más suave ahora—. Pero después de esto, vamos a encontrar a quien hizo esto.
Brandon asiente, y aunque no dice nada, sé que está conmigo. Siempre lo ha estado.
Mientras nos subimos a la ambulancia, las sirenas de la policía se acercan, y el caos de luces y sonidos me envuelve.
Pero mi mente está en otra parte. En el auto negro. En Amanda. En la verdad que se nos escapa, pero que está más cerca de lo que creemos.
─── ⋅ ∙ ∘ ☽ ༓ ☾ ∘ ⋅ ⋅ ───
El hospital huele a desinfectante y plástico, un olor que siempre me ha puesto los nervios de punta.
Las luces fluorescentes zumban sobre mi cabeza mientras me sientan en una camilla en una pequeña sala de exploración. La paramédica que me trajo ya se fue, reemplazada por unas enfermeras que toman mi presión arterial con movimientos rápidos y precisos.
Brandon está en otra habitación, probablemente pasando por lo mismo. Odio que nos hayan separado, aunque sé que es solo protocolo. Mi frente palpita bajo la venda, y cada vez que respiro hondo, siento una punzada en las costillas, pero estoy bien.
O al menos, lo estaré una vez que salgamos de aquí.
La puerta se abre, y otra mujer con uniforme de enfermera entra sosteniendo un portapapeles. Su cabello oscuro está recogido en un moño desordenado, y sus ojos tienen esa mezcla de cansancio y calidez que solo tienen las personas que han trabajado demasiados turnos.
Me resulta familiar, pero no logro ubicarla hasta que habla.
—¿Emma? ¿Emma Bennett? —Levanta la vista del portapapeles y me observa con más atención—. Soy Sydney, la mamá de Jace. Nos vimos hace un par de semanas, en su cumpleaños.
—Sydney, claro —digo, intentando sonreír—. Me alegra verte, aunque… no en estas circunstancias.
Ella asiente, su expresión suavizándose.
—Lo mismo digo. ¿Qué pasó? Me dijeron que fue un accidente automovilístico.
—Algo por el estilo —respondo, evasiva. No estoy lista para contarle a nadie sobre el auto negro, no hasta que Brandon y yo hablemos con la policía y decidamos nuestro próximo paso.
Sydney no insiste. En cambio, revisa mi historial en el portapapeles y se acerca para examinar el corte en mi frente.
—Esto no parece grave, pero vamos a hacer una radiografía para descartar cualquier problema interno. ¿Dolor en el cuello o la espalda?
—Solo las costillas, cuando respiro hondo —admito.
—Probablemente un moretón por el cinturón de seguridad, pero lo revisaremos. —Sus manos son gentiles mientras palpa mi caja torácica, pero su ceño se frunce ligeramente—. Escuché que Brandon está aquí también.
—Lo están revisando en otra sala.
—Bien. Me aseguraré de pasar a verlo después. —Sydney anota algo en el portapapeles y luego me mira con preocupación—. ¿Y tú? ¿Estás lidiando bien con todo esto? Sé que has pasado por mucho últimamente.
La mención implícita de Amanda me hace tragar saliva. No sé cuánto sabe Sydney, pero Jace y Garrett son cercanos, así que probablemente está al tanto de lo que ha pasado.
Me encojo de hombros, intentando mantener la voz firme.
—Lo estoy intentando.
Antes de que el silencio se vuelva incómodo, se me ocurre algo.
—Oye, hablando de Jace… ¿Cómo está él? ¿Podemos verlo?
—Está descansando ahora mismo. El ataque… fue duro. Perdió mucha sangre, pero está fuera de peligro. No está recibiendo visitas todavía, pero le diré que preguntaste por él.
—Siento mucho lo que pasó.
Jace siempre ha sido un buen tipo, y sé que tiene un corazón muy grande como para dejar entrar a tres personas en él. Pensar en él herido, atacado en su propio trabajo, hace que se me revuelva el estómago.
—Gracias, Emma. —Sydney suspira, ajustándose el estetoscopio alrededor del cuello—. Él es fuerte, pero esto lo ha sacudido. Y a mí también. Pero bueno, un día a la vez, ¿no?
Asiento, entendiendo demasiado bien esa sensación de avanzar paso a paso, sin saber qué viene después.
—Voy a mandar a alguien para que te lleve a rayos X —continúa, volviendo al modo profesional—. Quédate aquí y trata de relajarte, ¿de acuerdo? Sé que es más fácil decirlo que hacerlo.
Se va, y me quedo sola en la sala, el zumbido de las luces llenando el silencio. Mis pensamientos vuelven al auto negro, al impacto, a la forma en que el mundo se torció en un instante.
Esto no fue un accidente. Alguien quiso hacernos daño, o al menos asustarnos. Pero, ¿quién?
¿Y qué tan cerca estamos de la verdad sobre Amanda para que alguien tome medidas tan drásticas?
La puerta se abre de nuevo, y un técnico entra con una silla de ruedas.
—Vamos a llevarte a radiología —dice, con una sonrisa profesional que no llega a sus ojos.
Me subo a la silla, aunque me siento ridícula. No necesito esto. Pero mientras me llevan por los pasillos estériles, mi mente no está en las radiografías ni en el hospital.
Está en Brandon, en si está bien, en si está pensando lo mismo que yo. Y está en Jace, herido en alguna otra sala de este lugar, otra víctima de algo que no pudimos detener.
Cuando paso por el pasillo, veo a Brandon saliendo de otra sala de exploración, con un moretón empezando a formarse en su mejilla. Nuestras miradas se encuentran, y por un momento, el ruido del hospital se desvanece.
No necesito palabras para saber que está tan decidido como yo a seguir adelante, a encontrar respuestas, a no dejar que quien sea que esté detrás de esto gane.
—Te veo pronto —articula en silencio, y yo asiento, aferrándome a esa promesa mientras me llevan lejos.
Varias horas después, el médico me da el alta con una lista de instrucciones que apenas escucho: descansar, tomar analgésicos si es necesario, vigilar cualquier mareo o dolor que empeore.
El corte en mi frente está limpio y cubierto con una venda más pequeña, y las radiografías confirmaron que no hay fracturas, solo moretones en las costillas que sanarán con el tiempo.
Me siento como si me hubiera atropellado un camión, pero estoy entera, y eso es más de lo que esperaba después del choque.
Salgo de la sala de exploración, mis botas resonando en el suelo pulido del hospital. En el pasillo, veo a Brandon esperando, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. Tiene una tirita en la sien y un moretón oscuro en la mejilla, pero su postura es firme, como si nada pudiera derribarlo.
Cuando me ve, su expresión se suaviza, y una pequeña sonrisa tira de sus labios.
—¿Lista para salir de aquí? —pregunta, enderezándose.
—Más que lista —respondo, acercándome a él. Por un segundo, quiero besarlo, pero estando alrededor de tanta gente adolorida y sufriendo, no se siente tan correcto—. ¿Tú estás bien?
—Como nuevo —dice, aunque el cansancio en sus ojos cuenta otra historia—. Vamos a buscar un café o algo. Este lugar me está dando claustrofobia.
Asiento, pero antes de que podamos movernos, mi teléfono vibra en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saco y veo el nombre de Marcie en la pantalla.
—¿Te importa? —le digo a Brandon, levantando el teléfono.
—Adelante —responde, señalando una sala de espera cercana—. Te espero ahí.
Me alejo unos pasos y contesto.
—Hola, Marcie.
—¡Emma! —Su voz es un torbellino de energía, como siempre, pero hay una nota de preocupación—. ¿Dónde estás? Intenté llamarte como diez veces y no contestabas. Estaba a punto de enviar un equipo de búsqueda.
Suelto una risa débil, aunque me duele un poco el pecho al hacerlo.
—Estoy bien, solo… tuvimos un pequeño accidente. Estoy en el hospital, pero ya me dieron de alta.
—¡¿Un accidente?! —Su tono sube una octava, y puedo imaginarla con los ojos abiertos como platos, probablemente sosteniendo a Louis en un brazo—. ¿Qué pasó? ¿Estás herida?
—Solo un corte en la frente y unos moretones. Brandon también está bien. Fue un choque, nada grave.
—Dios, Emma, me estás dando un susto. ¿Dónde estás ahora? ¿En el General de Halloway?
—Sí, en la sala de emergencias, pero ya estamos saliendo.
—No te muevas. Estoy a diez minutos de ahí con Lou. Vamos a verte.
—No es necesario, Marcie, de verdad…
—Ni lo intentes —me interrumpe, con ese tono de mamá que ha perfeccionado desde que nació Louis—. Estaré ahí antes de que puedas escaparte. Quédate quieta.
Cuelga antes de que pueda protestar más, y me quedo mirando el teléfono, sintiendo una mezcla de exasperación y gratitud. Marcie siempre ha sido así, una fuerza de la naturaleza que aparece cuando más la necesito, incluso si no lo admito.
Vuelvo con Brandon, que está sentado en una de las sillas de la sala de espera, con una bebida en la mano. Me la ofrece, pero niego con la cabeza.
—Marcie viene para acá —le digo, sentándome a su lado—. Con su bebé. Seguro estarán aquí en unos minutos.
Él arquea una ceja.
—¿Le contaste lo que pasó?
—Solo que fue un accidente. Aunque… —bajo la voz, aunque no hay nadie cerca—, estoy pensando que no lo fue.
Brandon asiente, entendiendo.
—Buena idea. Mantengamos eso entre nosotros por ahora.
Nos quedamos en silencio hasta que la puerta de la sala de espera se abre y Marcie entra como un huracán, con Louis en una mochila portabebés contra su pecho.
Su cabello rizado está suelto, y lleva una sudadera que parece sacada de la universidad. Louis, con sus mejillas regordetas y un gorrito de lana, gorjea felizmente mientras ella se acerca.
—¡Emma! —Marcie me envuelve en un abrazo, teniendo cuidado de no aplastar a Louis entre nosotras—. Mírate, toda magullada. ¿Qué demonios pasó?
—Un idiota que no sabe conducir, eso pasó —miento, forzando una sonrisa mientras acaricio la cabeza de Louis. Él me mira con sus enormes ojos marrones y suelta un gorgoteo que me hace reír—. Hola, pequeño. ¿Cómo estás?
—Ignorando su siesta, como siempre —dice Marcie, ajustando la mochila portabebés antes de volverse hacia Brandon—. Tú debes ser el héroe del día. ¿Estás bien?
Brandon sonríe, levantándose para saludarla.
—Sobreviviendo. Un gusto verte otra vez, Marcie.
—Como si fuera a dejar a Emma sola después de un susto así —responde ella, dándole un rápido abrazo antes de sentarse a mi lado—. Bueno, cuéntenme. ¿Qué tan malo fue?
—Podría haber sido peor —digo, manteniendo mi voz ligera—. El auto de Brandon está destrozado, pero nosotros estamos bien.
Marcie frunce el ceño y acaricia la espalda de Louis, que empieza a moverse inquieto.
—Bueno, me alegra que estén bien. Pero, Emma, tienes que cuidarte. Entre lo de Amanda y ahora esto…
—Lo sé —Bajo la mirada y entrelazo mis dedos—. ¿Patrick no vino contigo?
Louis suelta un pequeño lloriqueo, y Marcie lo mece suavemente, pero sus ojos no se apartan de mí.
—Lo llamaron de última hora a la oficina. Pero cuando salga podemos ir a algún sitio a despejar tu mente.
—No. No le digas nada de hoy, por favor. Ya no quiero preocupar a nadie.
—¿Has hablado con tu padre últimamente? —pregunta con cuidado.
Suspiro, recostándome en la silla.
—Sí, hoy, de hecho. Antes del accidente. No fue… exactamente una reconciliación.
Ella ladea la cabeza, esperando que continúe. No quiero entrar en detalles, pero Marcie es Marcie, y sabe leer entre líneas.
—No me dijo nada útil sobre Amanda —admito, manteniendo la voz baja—. Solo que cenaban juntos a veces, que ella parecía feliz. Enamorada, según él. Pero no sabía nada de su embarazo ni de su muerte.
Marcie frunce los labios.
—¿Crees que está diciendo la verdad?
—No lo sé —respondo, y es la verdad.
Quiero creer que mi padre no tiene nada que ver con lo que le pasó a Amanda, pero después de tantos años de distancia, de mentiras por omisión, la confianza no es algo que pueda dar fácilmente. Pero no creo que sea el monstruo que pensé que era. Solo… un hombre roto, supongo.
Marcie alcanza mi mano y la aprieta suavemente.
—Lo siento, Em. Sé que no es fácil, con todo lo que ha pasado. Pero estás haciendo lo correcto, buscando respuestas. Amanda estaría orgullosa.
Las lágrimas pinchan en mis ojos, pero las contengo. Louis elige ese momento para soltar un chillido alegre, agitando sus pequeños puños, y no puedo evitar sonreír.
—Este pequeño es un experto en romper la tensión, ¿verdad?
—Es su superpoder —dice Marcie, riendo mientras besa la cabeza de Louis.
Brandon, que ha estado escuchando en silencio, se aclara la garganta.
—Deberíamos movernos. La policía querrá nuestras declaraciones, y tenemos que averiguar qué sigue.
Marcie asiente, poniéndose de pie con Louis.
—Los dejo ir a hacer sus cosas. Pero, Emma, llámame después, ¿sí? Y nada de accidentes por un tiempo, por favor.
—Trato hecho —prometo, levantándome para abrazarla de nuevo. Louis me agarra un mechón de cabello, y me río mientras lo libero suavemente.
Cuando Marcie se va, Brandon y yo nos quedamos solos en la sala de espera. Me mira, sus ojos buscando los míos.
—¿Estás lista para esto? —pregunta, y sé que no solo habla de la policía.
Asiento, aunque la incertidumbre pesa en mi pecho.








